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EL RELATO DEL CORONEL ZAMENHOFF

He nacido en la alta Sajonia y en dicha provincia he pasado prácticamente toda mi vida. Bien merece el hombre sensible hacer un largo viaje a las regiones septentrionales, con el fin de conocer las soberbias cascadas que tanto abundan en aquellas latitudes y gozar desde la cumbre de los montes más altos del espectáculo de los inmensos bosques.
Vivía yo en este país encantador y habitaba el castillo familiar. Por este tiempo, era capitán de dragones y me hallaba en mi hacienda disfrutando de un corto permiso. Era invierno y un vasto manto de nieve cubría el paisaje. Desde tiempos inmemoriales, han ido pasando de generación en generación historias maravillosas y fantásticas. No encontrarán ustedes un rumano que no crea a pies juntillas que bajo la clara superficie de la razón y del orden aparente de los acontecimientos diarios, yace el misterio. Se ha hablado siempre de hombres muertos hace tiempo que resucitan y caminan entre los vivos, haciendo fechorías y causando males. A estos espectros se les llama de manera distinta según la comarca, pero constituyen en todas partes un peligro mortal para los vivos. Durante ese tiempo al que me estoy refiriendo, se murmuraba que un vampiro infestaba la región. En las pequeñas villas campesinas, la gente estaba aterrada. Aseguraba que yacía en las ruinas de un monasterio, a unas doce millas de mi heredad. Era uno de esos lugares de leyenda donde nadie se acercaba y que estaba habitado solamente por las lechuzas y los murciélagos. Antes de que cerrara la noche, habíamos vuelto de una cacería y cuando mis huéspedes se acostaron, y se hubo retirado la servidumbre, me recogí en la biblioteca, donde tenía la costumbre de fumar un cigarro antes de dormir. La alta chimenea gótica desprendía un vivo resplandor, en el cual ondulaban fantásticamente las vetas azuladas del humo de mi cigarro. Disfrutaba del profundo silencio de la casa, cuando oí mi nombre que era pronunciado desde el exterior. Me acerqué a la ventana y miré al jardín, donde descubrí una figura en el césped. Desde entonces creo que los presentimientos pueden cumplirse, pues supe desde el principio que aquel era el upiro que estaba atemorizando a las gentes de las aldeas. No era otra cosa que cadáver, envuelto en jirones de su sudario. Tenía blanca y fungosa la tez y sus ojos, hundidos en las cuencas, producían una extraña fascinación sobre mí. Era una criatura horrenda y, no obstante, sentía una emoción extraordinaria y primitiva que se sobreponía a la aprensión y que me vinculaba, de algún modo, con él. Supe que se estaba adueñando de mi voluntad y reaccioné rápidamente.
-¿Qué quieres de mí, maligno espíritu? -dije a voces..
-No soy quien piensas -respondió una voz terrible-. Abre, amigo, que soy un peregrino que busca posada para esta noche.
Con el cuerpo bañado en sudor ardiente me negué a su deseo.
-¿Cómo no me das amparo, castellano? -me dijo-. ¿No te han dicho que no es de buen cristiano negar el hospedaje de tu casa?.
Muchos que ignoraran la naturaleza de tales espíritus, no advirtiendo el peligro que corrían, hubieran abierto las puertas de su casa, albergando entonces a un demonio que no esperaría a la mañana para saciar su apetito. Así que volví a mi butaca y me sumí en la oración. La luz del día me dio aviso de que ya podía estará salvo de la maldita presencia de aquel espectro.

***

EL ULTIMO RECURSO

Había transcurrido un largo tiempo y casi la mitad de la población de Koztul había sido enterrada. Nuestros amigos seguían sin encontrar la tumba del destructor, por lo cual se decidió tomar una medida extrema.
-Tenemos que hacer lo que en su día hicieron algunos de nuestros predecesores -había dicho el conde visiblemente preocupado-. Es necesario que consigamos una orden gubernamental para llevar a cabo exhumaciones masivas en los cementerios y empalar aquellos cadáveres que sean sospechosos.
Parecía ser, pues, la única alternativa. Aquellas estúpidas ideas habían cobrado cuerpo en el espíritu popular. Y hasta en las esferas más elevadas de la sociedad se contemplaba dicha posibilidad con terror, debido en parte a las supersticiones folklóricas y a los prejuicios nacidos de la ignorancia que generalmente reinaba en la época. Un informe detallado, llevado por la mano adecuada, podía conducir a que la Sociedad obtuviese el permiso para comenzar su trabajo.
Semejante estado de cosas, llevó al conde Delius a llamar a Koztul a su viejo e influyente amigo el coronel Zamenhoff, político destacado en su juventud y, por aquel entonces, comandante del Primer Regimiento de Dragones, acuartelado al norte, en la Sajonia, cerca del territorio tártaro. El coronel hallaría la manera más adecuada de obtener una orden, en virtud de la cual actuarían inmediatamente. Hacía ya una semana que le había escrito y no le cabía duda de que su amigo acudiría a la cita con el documento deseado.
Aquella noche, Delius no quiso retirarse a dormir. Cuando sus compañeros se hubieron acostado, el se sentó en una butaca junto al fuego a esperar al día, fumando pipa tras pipa. Estaba convencido de que Zamenhoff llegaría al amanecer y traería la notificación oficial para llevar a cabo tan monstruoso y tremendo deber.
A las seis en punto, penetró en el despacho el coronel Zamenhoff y miró a Delius en silencio.
-Mi buen amigo -dijo-, nunca creímos llegar a este punto, pero esta autorización que llevo en la mano es el símbolo de que no nos hemos equivocado del todo. Tus palabras me dejaron frío de espanto, pero esta emoción no puede compararse al terror que ahora siento ante el duro camino que nos aguarda.
Delius dio orden a un sirviente para que fuese a despertar a Lödenbruk y a Galtrupp, quienes bajaron a los pocos minutos en bata. Se reunieron junto al fuego y acordaron comenzar a la mañana siguiente.
-No creo que haya ningún problema -dijo Zamenhoff-. Pero por si acaso algún familiar llega a enterarse de nuestros planes y no está de cuerdo con ellos, una compañía de mis soldados en el exterior impedirá el paso a las personas que no estén autorizadas.
En caso de no encontrar ningún sospechoso de vampirismo en el cementerio de Koztul, se llevaría a cabo la misma operación en las aldeas vecinas. Zamenhoff ponía toda su energía en la empresa y sobradas razones tenía para ello, pues hacía muchos años había tenido una experiencia singular con un espectro. He aquí la historia, que él mismo contó a los escépticos al calor del fuego.
CONTINUARÁ...

***


SHAITAN, ESE VIEJO Y SINIESTRO COMPAÑERO (2)

Al poco, resonó en el silencio el rumor de un carricoche sobre el pavimento, que se acercaba. Delius y sus amigos se ocultaron en el hueco de la cerrada puerta de la casa frente a la cual estaban parados y desde donde podían ver sin ser vistos. El caballero emergió de nuevo de su escondite y volvió la cabeza hacia el fondo de la calle, por donde se oía el ruido del coche. El carruaje iba tirado por cuatro caballos y tal era su velocidad que, en breve tiempo, llegó a su altura. Delius, Lödenbruk y Galtrupp advirtieron entonces que el vehículo y los caballos eran negros y el cochero y los lacayos vestían ricas libreas de terciopelo negro. Uno de los criados abrió la portezuela del vehículo y el hombre entró en él. Se asomó a la ventanilla y le dijo al postillón unas palabras en dialecto. En esta ocasión, su rostro pudo ser visto con mayor claridad a la luz mortecina de las linternas del carruaje. El hombre tenía un rostro muy pálido y de facciones, hasta cierto punto, delicadas, al contrario que los lacayos, de tez morena y rasgos vulgares, pero había en sus ojos tal expresión de ardiente y viciada ferocidad que difícilmente podría ser igualada por el más elemental y depravado de los hombres. Los caballos, al momento, comenzaron a galopar velozmente y el coche desapareció al doblar la esquina de la calle, en dirección sur.
-He aquí a nuestro enemigo-prorrumpió Delius saliendo del escondite-. ¿No habéis visto, acaso, el escudo condal?. ¿No coincidían sus rasgos con la descripción que dio Balcestru del misterioso caballero que mantuvo una entrevista con el jefe de la partida de bandoleros?. Sí, ese es el ser al que debemos dar fin. Esa criatura demoníaca, si es que no hay más, es el responsable de la devastación que se ha adueñado de la ciudadela, antes hermosa y rebosante de vida. En vano intentaríamos seguirle, porque ya debe estar lejos de aquí. Lo único que podemos hacer es irnos al hotel y esperar a que llegue el momento oportuno para poner en marcha el plan que todos conocen. Espero que podamos comenzar pronto nuestro trabajo.
Caminaron en silencio hacia la salida de la ciudadela, donde se alzaba el hotel. A lo lejos se veía el enorme edificio que llamaban Ritter-Heiden, fundiéndose con la negrura de la noche. Tenía aspecto de vejez y melancólica majestuosidad. No se veía ninguna luz en las ventanas. Era la mansión de las sombras.

***


SHAITAN, ESE VIEJO Y SINIESTRO COMPAÑERO (1)

Pasada la media noche, cuando el conde Delius y sus amigos salieron de la taberna de Kebelk y se dirigieron al hotel, no se veía ningún ser vivo por las calles y el silencio era opresivo. La antigua iglesia de San Cristobal se confundía con la pesada lobreguez del cielo de la noche. Había maldad en el ambiente y una gran nube de muerte flotaba sobre Koztul. Parecía como si las almas de todos y cada uno de sus habitantes fueran a ser arrastradas por el viento del infierno a un desolado abismo interminable, el oscuro y prohibido abismo que se extiende entre el cielo y el averno. Al otro lado del Bien, el Mal, ahora absoluto, se erigía por esencia en fuente de todo lo contrario, en origen de todos los eventos negativos, del que emanaban la desgracia y la destrucción.
Ningún inexorable poder podía librar su batalla sin un agente que se adueñase de los hombres, no solo en esta vida sino en el eterno Más Allá tras la muerte. ¿Dónde estaba el diablo vampiro que ganaba almas para el Maligno?. Nuestros sabios llevaban semanas en la ciudad y no habían conseguido el menor rastro que les condujese a la ruinosa sepultura donde el rey de los muertos yacía seguro y henchido de sangre.
No habían caminado nuestros amigos mucho trecho cuando, de pronto, Delius levantó la mano en señal de alto. Señaló en dirección a un oscuro y bajo seto. Había un hombre parado junto a la casa que era, por su apariencia, residencia de gente adinarada. Delius no podría jurarlo ni sabía si sus acompañantes habían visto lo que él, pero tuvo la impresión de que aquel caballero, con un movimiento macilento y fluctuante, había surgido del mismo muro de la residencia. Tenía el aspecto gallardo y apuesto. Iba vestido de negro, con un hábito talar, posiblemente un largo abrigo o una capa. Las densas tinieblas no permitían ver más. Casi nada podía divisarse de su fisionomía desde donde ellos estaban, si no unos ojos que brillaban como brasas en el fondo de una profunda y oscura caverna. El hombre, indiferente al mundo que le rodeaba, dio unos pasos, abrió la cancela y tranquilamente se detuvo en la acera, mirando al fondo de la calle. Sin duda esperaba la llegada de alguien. Bajo la decrépita luz de la farola, sus facciones eran finas y pálidas, incluso de una belleza enigmática. Se colocó los guantes y el sombrero y retrocedió un poco, ocultándose nuevamente en las sombras. El demonio caminaba, a gusto, por los páramos del infierno.
CONTINUARÁ...


KOZTUL, LA DESDICHADA

Los habitantes de Koztul ya sabían lo que era estar masivamente en cuarentena. El Dr. Hunyadi había sido nombrado jefe médico para intentar atajar una enfermedad de la cual nadie sabía su origen. Poco a poco, ante la impotencia general, Koztul pasó a ser una ciudad estigmatizada por la muerte. El mal, cada semana, se cobraba una nueva víctima.
La semiología de la dolencia era, por lo demás, sumamente desconcertante. Los enfermos mostraban un debilitamiento progresivo, que terminaba llevándolos a la tumba sin remisión. Se perdía el apetito, las fuerzas iban desapareciendo, aparecía un estado permanente de astenia, sudores nocturnos, dolores precordiales, anemia, debilidad crónica, estupor en bastantes casos y finalmente la muerte.
Las opiniones sobre la causa del infortunio eran variopintas. Cada cual se arrogaba el derecho a opinar y las teorías iban desde las más materialistas hasta las más peregrinas. Digamos que, en ciertos círculos herméticos de la ciudad, de hablaba de hechizamiento, mal de ojo o ritual de encantamientos. El ciudadano Fegosy, medio brujo, medio filósofo, era el principal portador de esta tesis y abogaba por la participación de una fuerza negativa y personal en el desarrollo de las calamidades. Según él, el procedimiento más común del que se valían las brujas para el maleficio, llamado también hechizamiento, consistía en el mal de ojo, que el desdichado podía comenzar a sufrir desde el mismo nacimiento o padecerlo ya en la edad adulta. Bastaba que la hechicera mirara a la víctima con mala intención y desease que tuviera lugar el maleficio y se ponía en marcha el complejo mecanismo que acabaría con la vida del infortunado.
Frente al embrujamiento tan solo cabía un medio de defensa, que consistía en un contragolpe realizado por otra bruja o brujo, para anularlo. Su método se basaba en contrarestrar los efluvios maléficos de la mirada de la bruja por otros poderes negativos de mayor entidad. Estas eran, en suma, las hipótesis del brujo Fegosy, quien se encargaba, además, de afrontar el influjo diabólico del maleficio en aquellos casos en que se requiriesen sus servicios.
La medicina oficial, profundamente desconcertada en el fondo, tomaba cuantas medidas profilácticas y terapéuticas estaban en su mano para eliminar al hipotético microbio responsable de la epidemia.
Delius y sus camaradas habían tomado habitaciones en el hotel Teszaily, donde también residía Fegosy. Trabaron mutuamente una amistad superficial, pero la suficiente para que el brujo les permitiese asistir a una sesión de desencantamiento. El moribundo era una anciano octogenario, que se moría a ojos vista. Fueron Fegosy y nuestros héroes a la habitación del convaleciente. El brujo procedió según las normas de rigor, eso sí con gran aparatosidad. El primer paso consistía en determinar si el enfermo lo era a causa del mal de ojo, para lo cual Fegosy puso sobre su cabeza un plato de aceite, sobre el cual echó unas pocas gotas de agua. Si el agua se iba al fondo o se situaba en los bordes del plato, ello indicaba la existencia del hechizo. Tal fue, en efecto, el caso, por lo que el brujo realizó una serie de invocaciones encaminadas a alejar el maleficio. Si la intervención de fuerzas benefactoras era más poderosa que la de las fuerzas diabólicas, el paciente recobraría la salud en pocos días. De no ser este el caso, la muerte era segura.
Realizado el ritual, el grupo abandonó la casa y nuestros amigos, a decir verdad, nunca supieron el resultado de aquella intervención extraordinaria. Sin embargo, las dos pequeñas heridas en el cuello del viejo, inclinaron el juicio de Delius, Galtrupp y Lödenbruk en un sentido muy diferente.
En Upertrasse, una calleja recoleta del barrio más miserable de Koztul, se reunían a diario en la taberna de Kebelk personajes de otra opinión, quienes veían en la tragedia la intervención del Wurdalak. Esta creencia estaba bastante extendida en la ciudadela, pues muchas personas solamente salían a la calle durante el día y, después del ocaso, se recluían en sus casa, que cerraban y aherrojaban. ¡Como si al diablo le importasen cerraduras y cerrojos!. Aunque las ventanas se atrancasen y se llenase la casa de ajos y cruces, no había plena seguridad de que los poderes de seducción del upiro no acabaran triunfando. La cosa ya iba bastante mal de día, pero al llegar la noche los crédulos se encerraban en el ambiente de terror y protección que ellos mismos habían fabricado, un ambiente fúnebre, sordo, violentado y urdido, en una acción simultánea, por todos los inextricables elementos del miedo. Se escuchaba febrilmente en el intenso silencio, creyendo percibir el presunto deambular del enemigo por el exterior de la casa. Y cuando la voluntad cedía, él se arrastraba con pasos fantasmales hasta donde la víctima, sumida en un trance extraño, aguardaba la muerte segura. El desgraciado aparecía muerto y lívido al amanecer. Sería un muerto más de la epidemia oficial del doctor Hunyadi y sus colaboradores y, no obstante, el enemigo seguía deambulando noche tras noche para saciar sus indescriptibles pasiones.
Cada amanecer, cuando los cadáveres eran sacados de las casas y depositados en el coche fúnebre, el paseante causal y solitario sentía una imperiosa necesidad de vida, y un temor sordo y profundo hacia el porvenir le desgarraba el corazón.
En Octubre la epidemia llegó a su apogeo y en las instituciones sanitarias se comenzaba a admitir que no sabían contra lo que luchaban y que para aquel caos no había remedio. Las calles comenzaron a estar desiertas y los supervivientes apenas se atrevían a abandonar sus casas. No se agitaba el soplo de la vida en la languidez del aire muerto.

***

de Desconocido


LA CONFESION DE BALCESTRU

-Llegaron de noche y todos quedamos sorprendidos por su arrogancia, pues ninguna persona juiciosa entra en la guarida de unos bandoleros temidos -dijo Balcestru.
Se mesó la barba y añadió:
-Como pueden imaginar, lo primero que hicimos fue tomar las armas y rodear el carruaje. Dominsky se adelantó encañonando a conductor y, entonces, bajó un hombre y fue a su encuentro. Las fogatas del campamento y la luna apenas alumbraban el lugar pero, por lo que podía verse, se trataba de alguien singular. Su aspecto mostraba gran donaire, un alma decidida y altiva. No tenía aire provinciano, sino extranjero. Y era de noble alcurnia, pues en la puerta del coche lucía un escudo condal. Dijo algo en dialecto a sus criados y luego le habló en ruso al jefe, pues la familia de éste fueron judíos de Kiev. Estrechamos más el círculo, pero Dominsky dio la orden de que no avanzásemos. Había bajado el arma y hablaba distendidamente con el desconocido. Como estábamos más cerca de ellos, pudimos verles mejor. Los criados llevaban peluca empolvada y vestían negras libreas, con ricas abotonaduras de oro. En cuanto al conde, porque este debía ser su título según todas las apariencias, su persona irradiaba una exquisita elegancia, pero que se mezclaba con algo instintivo, incluso misterioso. He de confesar que, desde un principio, aquel personaje no me gustó. Un buen observador habría encontrado en torno suyo solamente soledad y orgullo, y un no sé qué que no vaticinaba nada bueno. ¿Quién era y de dónde venía?: Tal vez un melancólico castellano del norte, ya que en su espléndida apariencia se delataban los rasgos del aventurero y del cazador, y, sin embargo, yo apreciaba en él notables y extraordinarias contradicciones. Entre la costumbre del silencio del bosque, del viento bravío de los picos escarpados y de las graves horas crepusculares, se vislumbraba un aire meditabundo, taciturno en cierto modo, del hombre excesivamente equilibrado y juicioso. Entre los trazos de la más refinada erudición, se adivinaba un sesgo elemental y extraño. Todos comprendimos que aquel hombre pertenecía a la raza de los que mandan y no a la raza de los que obedecen, junto a los cuales los de la grey humana no son más que una imitación casi simiesca. No obstante, albergaba un fondo de maldad suficiente para hacer palidecer a cualquiera. Oh sí, ciertamente, ¡había tanta protervia e impureza en sus ojos!. El tiempo hace que el hombre juicioso aprenda a estudiar el aspecto de muchas emociones y en aquel caballero solamente podía ver un alma impía y cruel. Todos pertenecemos al rango que el destino nos otorga, pero hay muchas zonas oscuras en la vida.
-Los rumanos y los húngaros comenzaron al murmurar -continuó diciendo el bandolero- y extendieron hacia Dominsky los dedos índice y corazón en forma de V, para protegerle del mal de ojo. El extranjero advirtió este gesto y respondió con una sonrisa displicente. Estábamos desde el primero al último terriblemente asustados y quien permanecía impávido era precisamente nuestro cabecilla el que, tal vez sin darse cuenta, comenzaba a caminar por una senda sombría. Como una marca cárdena en su frente, vi el signo inconfundible de aquellos cuya vida, dominada y oscurecida por las pasiones, se centra en el deleite de las emociones mundanas, aíslan los ideales de sus principios, se sumergen en las voluptuosidades más impuras y refinadas y para quienes la vida humana no vale más que una moneda de cobre. Cuanto más le mirábamos, más aterrorizados nos sentíamos. ¡Que enigmático océano de maldad, de suficiencia y de corrupción reflejaba sus facciones!. Dominsky, estaba convencido, iba a pagar su relación con el extraño a un precio inestimable.
Balcestru removió las brasas de la fogata con la punta de su sable turco. Meditó unos momentos, añadiendo:
-Demasiadas cosas extraordinarias para no levantar sospechas... Y más aquí, que se cree en todo. Tenemos, en principio, que unos hombres se atreven a entrar en la misma guarida de Dominsky y su gente. Aparecen por el camino que da a las ruinas de este monasterio y, sin embargo, no son vistos por nuestros centinelas. En tercer lugar, el caballero maneja a un hombre tan hosco como el jefe como el pastor conduce al cordero. ¿Qué pensar de todo eso?. Ah, hay nombres que no es prudente pronunciar.
-Continúe, por favor -insistió Delius vivamente interesado, a la par que sus acompañantes y los bandoleros se estrechaban en torno a la hoguera.
-Antes de verme mezclado en el bandidaje, yo era un estudiante brillante en Bucarest. Pero un asunto de venganza acabó definitivamente con todos mis planes -añadió Balcestru-. En esa época, tuve oportunidad de leer libros antiguos y misteriosos, donde hombres sabios se afanaban en estudiar aquellos horrores centenarios que llegaron a nosotros por boca de nuestros abuelos. No se puede entender si no se conoce el terreno que se pisa. Mis sospechas eran mayores por momentos. Esa música inefable escondida en la voz del caballero, ese murmullo con inflexiones inauditas, era como la voz de la Indeseada que llama a la puerta. Dominsky asintió con la cabeza y recibió del desconocido dos sacas. Después, el tipo aquél subió al coche. Un momento después, habían desaparecido. Domisnky nos mostró las monedas de oro que contenían las bolsas y nos dijo que tenía que matar a unos extranjeros al día siguiente y que ese era el precio por el trabajo. Todos sabíamos que era un esfuerzo vano intentar disuadirle, pero yo deseaba saber más sobre aquél asunto. Mi puesto de segundo en la partida me ofrecía esa prerrogativa. Mi vida en el bosque, al aire libre, me ha dado la oportunidad de conocer a gente sorprendente y ha hecho mi espíritu sensible a las vibraciones de las cosas extraordinarias. No reparé en mis compañeros ni en Dominsky que se encontraba ensimismado junto a la fogata y subí a mi caballo, disponiéndome a seguir al carruaje, cuyo traqueteo se oía no muy lejos en la noche. Cabalgué a galope tendido y el bosque se fue desvaneciendo a mi paso velozmente, como en un sueño. Y, sin embargo, no divisaba el coche. El postillón apremiaba de lo lindo a su tiro. Cuando detuve mi cabalgadura en la esquina de una oscura calleja de Koztul, creí que les había perdido la pista. Pero, para mi sorpresa, no fue así. Al otro lado de la calle, junto a la entrada de una casa principal, vi el carruaje estacionado. Los extraños domésticos empolvados, vestidos con sus libreas negras, aguardaban de pie junto al tiro. Más, ¿su amo dónde estaba?. Entonces, mi respiración quedó en suspenso y me sentí palidecer. En lo alto de la escalinata, que llevaba a la gran puerta, un poco a la derecha, junto a una ventana, vi al individuo. Hablaba con una dama de gran belleza a la que, al parecer, poco importaba su buena fama. Pensé que se trataba de un romance mundano, a los que están acostumbrados los caballeros de alta alcurnia. No había duda, era él. Las líneas finas y nobles de su perfil se apreciaban claramente desde donde yo estaba. Parecía susurrarle fascinadoramente a la joven dulces mensajes seductores, apoyada en el antepecho de la ventana la blanca mano aristocrática. Nuevamente me estremecí. Tuve la impresión de que el cuerpo del hombre oscilaba y se empequeñecía después. !Era un hecho!. Había desaparecido ante mis ojos y del lugar en que estuvo parada la figura, comenzó a elevarse una densa columna de niebla, que se filtró en la alcoba a través de la ventana abierta. El viento de otoño trajó el perfume fétido y pesado de las callejas vecinas y el sonoro rumor de un coche sobre el empedrado se oyó no muy lejos. De pronto, en lo alto de la escalera solitaria, él apareció, esbelto y elegante, apoyando su mano enguantada en la rampa de mármol. Descendió serenamente. Cuando se acercó a los criados, les dirigió unas palabras. Los domésticos se inclinaron y dos subieron al pescante y los otros dos en la parte posterior del carruaje. El señor miró a la calle solitaria mientras se llevaba el pañuelo a los labios, que tenía manchados de un líquido oscuro. Se limpió la boca lentamente, tan lentamente que pude distinguir casi cada uno de sus dientes puntiagudos. Así fue como adiviné la naturaleza del elixir que había bebido en casa de la dama. El extranjero entró finalmente en el coche, que se alejó calle abajo.
Regresé lo más rápidamente que pude a estas ruinas, más cuando entré había amanecido ya y Dominsky se había marchado a cumplir la misión que le había encargado el Diablo. No pude avisarle de que sus días estaban contados, pues solamente grandes infortunios suceden a quienes, por un oscuro sino, se cruzan en el camino del impuro cadáver.

***

DOM AGUSTIN CALMET
DISSERTATION SUR LES REVENANTS EN CORPS, LES EXCOMMUNIÉS,
LES OUPIRES OU VAMPIRES, BRUCOLAQUES, ETC (1751).

Si alguna vez ha existido en el mundo una
Historia garantizada y demostrada, es la de
Los vampiros. No falta nada: informes ofi-
ciales, testimonios de personas dignas de
crédito, cirujanos, sacerdotes, jueces; exis-
ten toda clase de pruebas.

JEAN-JACQUES ROUSSEAU


“ (...) Cada siglo, cada nación, cada pueblo, tiene sus preocupaciones, sus enfermedades, sus modas, sus inclinaciones, que forman su idiosincrasia; pasan, y unas se suceden a otras, y muchas veces lo que en un tiempo ha parecido admirable se convierte en algo despreciable y ridículo.
(...)Desde hace cerca de sesenta años, en Hungría, en Moldavia, en silesia y en Polonia, aparece ante nuestros ojos un nuevo fenómeno; según dice la gente, hombres muertos hace muchos años, o por lo menos desde hace muchos meses, regresan, hablan, caminan, inquietan a las gentes, ofenden a los hombres y a los animales, chupan la sangre de sus parientes, les ocasionan enfermedades e incluso la muerte. Solamente desenterrando un cadáver, empalándolos, cortándoles la cabeza, quemándolos o sacándole el corazón, pueden librarse de sus visitas y daños. A los que de tal modo actúan se les llama upiros, o vampiros, lo que equivale a decir sanguijuelas”.
AGUSTIN CALMET
VAMPIROS DE HUNGRÍA Y DE LAS REGIONES VECINAS (fragmento).

“(...)Mi gentil soberana:
Cuando los pueblos se han encontrado frente a hechos extraordinarios cuyas causas desconocían, los han atribuido siempre a poderes superiores al hombre. Esto nos lo muestra la historia de cada siglo.
Las ciencias cultivadas con buen juicio y las artes probaron la existencia de causas muy naturales, cuyos efectos hicieron maravillar a quienes ignoraban tales causas.
(...)La magia póstuma reinaba entonces en aquel trozo del país (se refiere a Hungría, N.A); se llamaba vampiros a determinados cadáveres, de los que se decía que chupaban la sangre de las personas, y de los animales; y cuando alguien comía la carne de tales animales se convertía a su vez en vampiro; y de cualquier manera que alguien haya adquirido en vida el vampirismo pasivo, se convertía en vampiro activo después de la muerte, a no ser que comiese tierra de la tumba de un vampiro y se frotase con la sangre del mismo”.
GERARD VAN SWIETEN
Protomédico de Su Majestad la Emperatriz María Teresa
INFORME MEDICO SOBRE LOS VAMPIROS (fragmento).

Llevaba mucho tiempo buscando obras de vampirismo en castellano y no había manera de encontrar nada. De eso hace ya más de veinte años y, en esa fecha, ya casi me resignaba a que mi documentación sobre ese tema adorado por mí, se limitase a los cuatro artículos en sendas revistas que esporádicamente habían caído en mis manos. Entonces, un día, cuando menos me lo esperaba, lo encontré. No se trataba de la obra completa sino de un fragmento, en una compilación de Vadim. En el libro se incluían textos clásicos maravillosos y aquel hallazgo significó, en aquellas fechas, como un renacimiento en este valle de lágrimas. Después, como si la fortuna me hubiese tocado con su mano dorada, año tras año fui encontrando libros, hasta que, por motivos comerciales claro, las editoriales nos inundaron con una miríada de títulos sobre el tema, obviamente desechables la mayoría de ellos. Pero, de lo que no cabe duda, es que la obra de Calmet es una joya y un clásico sobre los no-muertos.
No fue así: “Lo encontré por causalidad cuando caminaba bajo un duro cielo negro, sin estrellas; hacía tiempo ya que la noche había hermoseado aquellas callejas recoletas de la capital valenciana. Entonces vi una pequeña librería de viejo, abierta, y entré. Sí, allí, entre infolios la encontré, bella, digna, suculenta, compilación, romanticismo gótico, pasión negra en estado puro”, como escribí una vez referente a un libro sobre el mismo tema, ilustrado por una joven artista valenciana, pero actual, de innegable belleza; sí fue por casualidad, aunque el decurso de acontecimientos resultó mucho más banal: había acompañado a mi hermano para que hiciese el último examen de la carrera de Medicina y, por no esperar en el coche, me fui a Benimaclet, donde vivía, en un piso alquilado, durante el curso académico con unos amigos y entré en la biblioteca de viejo del barrio (seguro que ya no existe). De repente vi un libro rojo y la palabra Vampiros me alcanzó. Aquella emoción, mezcla de angustia y de placer, se me unión en un temblor en el centro de mi ser y más cuando al abrir, al azar, me encontré con Calmet y su obra (La obra de Roger Vadim se titula Vampiros entre nosotros y está editada por Plaza y Janés, pero seguro que ahora no se encuentra o es de muy difícil adquisición).
En esa compilación que la mano grata de un hada feliz había puesto ante mí en una tórrida tarde de Julio, estaba todo: “El vampiro” de Polidori, “La desposada de Corinto” de Goethe, “El viyi” de Gogol, “La bella vampirizada” de Dumas, “La macabra amante” de Gauthier, “Carmilla” de Sheridan le Fanu, “El conde Magnus” de Montague Rode James, y también “Tu amigo vampiro” de Lautreamont, “El vampiro de Sussex” de Conan Doyle, “Lokis” de Prosper Merimé, “La familia del vurdalak” de Alexei.K.Tolstoi, “El vampiro del bien” de Charles Nodier, de Las mil y una noches “Historia narrada la novecienta cuadragésima quinta noche al sultán Baibars por el sexto capitán de policía, o bien, honor de vampiro”, y muchos más de autores celebérrimos en su mayoría, pero sobre todo hallé lo que más anhelaba “El Informe Médico sobre los vampiros” del Dr. Gerard van Swieten, Protomédico de Su Majestad María Teresa de Austria y, finalmente, ligado al anterior por polémica inevitable y una joya en sí mismo “Vampiros de Hungría y de las regiones vecinas”, simplificando un título mucho más epatante que daremos enseguida, la obra que constituye el motivo de estas páginas, de dom Asgustín Calmet, gran exegeta de la Biblia por lo demás.
Hay asenso al afirmar que uno de los tratados más famosos referentes al fenómeno del vampirismo es el mencionado, Dissertation sur les revenans en corps, les excomuniés, les oupires ou vampires, brocolaques, etc... (1751), quien no se aparta, en la versión definitiva, de la posición ortodoxa de la iglesia, si bien, en algunos tratados sobre estos temas, algún autor afirmase que la obra primera había sido expurgada. Se decía que, al igual que sucediera a Darwin con el evolucionismo, que había ido a islas lejanas para afianzar el creacionismo y acabó defendiendo y preconizando la teoría evolucionista, también Calmet, con algunos comentarios de la obra primigenia, en realidad, no había hecho más que avivar la antigua llama de la creencia en tales fenómenos preternaturales. Sea como fuere, la intención principal de la obra, se insiste, es la de refutar las opiniones consuetudinarias sobre “los hechos presuntos” de los vampiros... El mismo autor obviaba, con meras afirmaciones, que su intención estaba lejos y nunca podría contradecir las irrefutables apariciones narradas en el Antiguo Testamento y en el Nuevo Testamento, en una toma posicional o doctrinal basada en una mera cuestión de fe, que le alejaba claramente del propósito principal de la obra que estamos comentando... Afirmar o negar la existencia del vampirismo no es, empero, mera cuestión de fe, porque vampiros los hay de varios tipos que solamente mencionaremos aqui: el folclórico, el astral, el psíquico y el psicopático. Sin embargo, uno debe comenzar por los clásicos y el tratado de Calmet es, qué duda cabe, el referente obligado.

ASESINOS

DICCIONARIO ESPASA
DE LOS ASESINOS
Francisco Pérez Abellán
y
Francisco Pérez Caballero


LOS ASESINATOS MAS CONOCIDOS
DE LA HISTORIA Y SUS PROTAGONISTAS


En esta obra el lector encontrará una magnífica selección de los asesinos más famosos de la historia, siendo la primera vez que se elabora una compilación de los casos españoles y del resto del mundo. De una manera objetiva, clara y amena, al difundir esta obra a los autores les mueve el deseo de evitar que vuelvan a suceder. Gran fin sin duda, pero de lo que no nos cabe duda es que sin información adecuada no se puede elaborar un plan de acción. Conocer a los “monstruos”, su perfil y circunstancia, es el primer paso para combatirlos.

de jrnCalo

EL RELATO DEL BANDOLERO

A decir verdad, ninguna promesa había sido hecha por parte del conde Delius a Dominsky, pues tuvo que guardar silencio so pena de descubrirse la verdadera razón de su viaje a Transilvania. He aquí, pues, la luz que nos hacía falta para explicar los inasibles acontecimientos que hemos vivido en el pliego precedente.
Dominsky fue capturado en pleno bosque y conducido maniatado a la comisaría de Vye. Inmediatamente Lönek hizo llamar al conde y a sus acompañantes. Desde este momento hasta la muerte del bandido pasaron solamente escasos minutos, pero en tan breve tiempo ocurrieron multiplicidad de acontecimientos sorprendentes.
Estaba el forajido asomado a la ventana, respirando el aire fresco de la noche, pensando probablemente en su aciago futuro. Se encontraba enojado consigo mismo por haberse dejado capturar tan fácilmente y no hacía otra cosa que maldecir su mala fortuna. Pero poco a poco se fue resignando a su futuro. Su vida había sido dura e intensa y el porvenir, hacía años, que no le ofrecía ya el atractivo suficiente; el presente, pues, era negro.
Entonces fue cuando oyó el ruido de las ruedas de un coche y después se desvaneció. El aire fresco procedente de las nevadas cumbres silbaba entre los barrotes de la celda, azotándole la cara. Una campana, en la ciudad, sonaba a lo lejos. Pese a la noche helada, Dominsky se dio cuenta que sudaba copiosamente. Sentía, a la par, una atenazante opresión en el pecho. Había algo pesado en el ambiente, casi ominoso, que le traspasaba y hacía sentir su influjo en él. Sin motivo aparente se vio embargado por una angustia interior a la cual no podía encontrar justificación ninguna. Respiró hondo, tratando de sobreponerse a aquella desazón. En esto vio acercarse a un hombre. Había muy poca luz, pero reconoció enseguida quien era. En una calleja próxima, al socaire de la densa niebla que se estaba formando, se oía el piafar de los caballos.
-No has tenido suerte, amigo -dijo el hombre.
Permaneció en la penumbra, junto al seto, a unos pocos metros del ventanuco. Dominsky no le veía bien, pero sentía que el hombre le miraba intensamente. Como en la primera entrevista que sostuvieron, lejos de allí, en el claro del bosque, el bandolero se sintió extrañamente turbado ante su presencia. No obstante, tomó valor y bromeó incluso sobre su situación.
-Lo que tiene que suceder está escrito -dijo-. Los caminos del hombre siguen su curso y tienen un principio y un final.
Dominsky tuvo la impresión de que el individuo sonreía. Este se acercó un paso y, señalándole con su bastón, dijo:
-El futuro, como la vida, puede modificarse.
-¿Cómo? -preguntó el bandolero.
-Déjame pasar y te lo demostraré.
Aquello era absurdo. Domisnky estaba perplejo y, en el fondo, demasiado abrumado para soportar palabrerías y juegos imposibles. Iba a decirle "piérdase en la noche con su sinrazón" cuando su interlocutor insistió:
-Solamente tienes que albergar el deseo de que entre y, entonces, podrás salvarte.
Dominsky no conocía los motivos, pero en aquel momento sintió que algo le doblegaba, produciéndole una gran enervación. Las piernas le flaqueaban, sintió un leve mareo y después todo fue paz. No existía para él nada en este mundo más allá de aquella voz, que se mecía susurrante en el espacio, que le domeñaba. Su voluntad no era la suya. Una fuerza oscura e inapelable le sojuzgaba cuando rogó:
-Entrad, Señor, donde yo esté bien podéis hollar vos.
Y entonces, como si fuera la cosa más natural del mundo, vio al caballero parado junto a él, mirándole arrogantemente, con su inquietante sonrisa.

En este breve ínterin, la celda se había llenado de niebla y Dominsky sintió mucho frío. Fue entonces cuando notó un vacío extraño en el estómago, como quien recuerda de súbito un grave error, de consecuencias irreparables. Porque comprendió y el otro debió advertirlo, pues soltó una carcajada, a la que siguieron muchas más. Después la expresión se su cara se truncó y Dominsky supo que el fin estaba cerca.
Había prestado sus servicios en el camino prohibido e iba a pagar por ello. Todo se fue volviendo oscuro, cada vez más oscuro, a la par que sentía como una fuerza inmensa le atenazaba. No podía moverse, apenas respirar; algo esencial se le escapaba de su ser, como fluye el perfume de un pétalo quebrado. En esos momentos tuvo la breve visión de unos dientes blancos y de unos ojos obsesionados. La muerte era un alivio, no podía soportar que le mirase de nuevo.
El resto ya nos es conocido. Nuestros amigos llegaron en el momento último, cuando aquel desdichado expiraba. Dominsky le dijo al conde Delius que fuera a cierto lugar de las montañas, donde se ocultaba su partida. Una vez allí, Balcestru, su segundo, le pondría sobre la pista del asesino. Le entregó un diente de lobo labrado, amuleto que reconocerían sus hombres, a quienes tendría, a partir de ese instante, a su disposición.

***

de Desconocido

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de Desconocido

de Desconocido

CUENTOS BREVES
José Martín Hurtado Galves


ENTIERRO
Cuando murió aquél dios, lo enterraron con los hombres. Decían que olía a humanidad echada a perder.
(Publicado en el libro EL REPARADOR DE IDEAS, Fondo Editorial de Querétaro, Colección Nueva Literatura, CONECULTA, México, 2000)


SUICIDA
Antes de suicidarse, el hombre volteó hacia todos lados. Confirmó que estaba solo. Efectivamente no había nadie, solamente cientos de hombres que esperaban a ver cómo caería al lanzarse de aquella torre de alta tensión.
(inédito)


CON SU FÉRETRO
Se cansó de jugar a que estaba vivo. Tomó su féretro y se marchó a otros mundos.
(inédito)


LA PALABRA LOBO
Afuera de las palabras ovejas, anda rondando hambrienta la palabra lobo.
(inédito)


INCERTIDUMBRE
Un hombre detenía el muro de la realidad con su silencio. El día que se atrevió a hablar, descubrió que al otro lado también estaba él.
(inédito)

de Desconocido

Desconocido

CRÓNICAS DE UN ÉCOUTEUR NOCTÁMBULO

El rey amarillo

Hoy en el pub Strigoi, el aire se puede cortar con un cuchillo. Fuera del acostumbrado ronroneo de los amigos que hablan, parece que revolotea por aquí una nube de moscardones; de vez en cuando alguien levanta el tono, incluso se profieren palabras fuertes y también alguna blasfemia. Es viernes, normalmente estos diálogos escuchados tienen lugar los viernes por la noche, raramente un sábado. No es un lugar, pues, de bar´s flys.
Por lo demás, las mesas parecen haberse juntado, unos charlan de modo cruzado con algún vecino, salvedad hecha por del Grial y Morgano que, se dice, no son de este mundo. Escucho al más cercano, a Martín Sepulcro del Lobo, que está con su hermano Juan, Ricardo Meynard y Patricio del Toro y Godoy. Comenta:
-Ayer, por casualidad me senté, a altas horas de la noche, ante el televisor. Sabéis que detesto la caja tonta, pero alguna vez acontece lo inesperado. En nuestro canal autonómico se hablaba de un tema que llena de desesperación a ésta, anteriormente prometedora y magnífica provincia. Dos empresarios, uno del textil, otro del calzado, debatían ante un representante del empresariado chino. Había otro entre los contertulios, un economista o abogado, no recuerdo o meramente no me enteré y, claro, el presentador.
>>El chinito de marras, ufano, más ancho que alto, aseguraba:
-Lo que pasa actualmente en los negocios de aquí es porque hay globalización. Esto es la globalización.
>>Y se quedó callado, mirando desafiante a los demás, como Pedro por su casa; los otros, conteniendo la bilis, y tratando de aparentar, pues, cortesía, dijeron lo esperable: Que en poco tiempo más arruinarían estas industrias, como antes los malos gobiernos acabaron con los cítricos, la pesca, el arroz y la ganadería; que al entrar en la OTAN, en el Mercado Común, a causa de políticas bastardas y suicidas, que, de paso, les llenaron el saco a los políticos de turno con pingües beneficios, vendieron la huerta y en suma las cuatro cosas que poseía la comunidad; que hace unos años un alcalde de un pueblo dijo que se había dedicado a la política por el poder y se armó una escandalera de mil demonios, cosa que ahora todos ven claramente y nadie dice ni mú; que, antes, al menos, cuando un ministro metía la pata tenía el pudor de dimitir, mientras que ahora todo da lo mismo, porque siguen en el puesto, ignorando el desafuero cometido y negando simplemente, con cara de merluzo, lo que han dicho o hecho; que lo malo es que nadie hace nada, que no hay Dios que les meta en el sitio, ése chalet de altos barrotes sin vistas al mar y mejor si tiene paredes acolchadas, que parece estar solamente reservado para los 4 desgraciados que la genética y sistema se encargaron de malograr; qué esto y lo otro, y así y demás…>>
.A mi comienza a dolerme un poco la cabeza, no por desinterés de lo que se habla sino de real irritación, de impotencia de tener que tragar, como muchos, lo indigerible y no verle la solución y de que, para más INRI, se nos rían en la cara.
>>-¡Lo que pasa es que ustedes no trabajan, no les gusta trabajar! –arremetió Fu-Manchú ante el estupor de a los allí reunidos, sigue Martín-. Trabajan solamente 42 horas semanales y después a holgazanear, no como nosotros que trabajamos 14 horas al día.
>>-Claro, después cuando nos hayáis eliminado a todos del mapa, cuando no tengáis competencia, pondréis el precio que os de la gana. Y tendremos un sector más de la población empobrecido y sin futuro –protestó el empresario del Calzado.
>>-Pero, ¿no se puede hacer nada para parar esto?- inquiere el presentador con aire amedrentado, pero nadie le contesta específicamente, sino que se produce una acalorada discusión donde prolifera la palabra globalización>>.
-Rediez, que el chinolis nos llamó vagos y se quedó tan pancho –añade Patricio, indignado y arrasa el cubata de un trago.
Las criptas más amargas de los recuerdos de mi cerebro tiemblan: me acabo de acordar de la preterida Ley de vagos y maleantes y resuena, como un arpegio funesto, un ruido de sables. ¡Dios no lo quiera!.Me apaga algo la turbación el volver a centrarme en los diálogos, más bien en el soliloquio de Martín:
-Aquí vienen trabajan X años, se van allá con un puñado de dinero, previa nacionalización española, dicen que son extranjeros y además ricos: se montan un negocio y a vivir. Poco a poco aumentará la clase media y cuando esto suceda, aparecerá lo otro.
-¿El qué? –quiere saber Meynart.
-Bueno que no habrá gente para trabajar por cuatro chavos (gente suficiente), los empresarios de aquí, como antes los agricultores, los ganaderos y los pescadores estarán en la miseria y allá tendrán más globalización. Es lo que sucedió con los japoneses hace tiempo, acordaos.
-Claro, hasta que otro país de chanquete nos arremeta aquí con otros productos, surgidos del trabajo esclavo.
-Eso es, buena cabeza.
Lanzarote tiene todos los colores imaginables en su cara furibunda.
-¡Me va a pegar una subida de tensión y acabaré pintando el techo de rojo! –brama.
Nadie le oye o le ignoran completamente. No es un tipo demótico.
-Mejor te callas –le dice del Grial, poco después-. Tú estás hecho de tinta y pergamino.
-¡Aquí nos darán a todos per vas nefandum!.
-Al menos tienes buenos eufemismos.
Morgano repone con fastidio que ya lo dijeron muchos antes que él, incluso autores de la talla de Orwell y Lovecraft, señalando el peligro amarillo.
-Los hombres de un solo propósito son los hombres de un solo libro –dice todo lo fuerte que puede yendo hacia la barra un joven desaliñado que acaba de entrar.
Algunas cabezas se vuelven hacia él, pero después le ignoran por completo. El tipo se queda mascullando no sé qué.
- ¡Manu militari! –exclama Morgano-. ¡Esa es la única solución!.
-Muy en tu estilo –le ningunea del Grial socarronamente.
Me fijo en el joven acodado a la barra: rubio, melena, pantalones vaqueros. Lleva la camisa fuera, una camisa blanca, impoluta; se vuelve y me mira: no tiene nada especial, pero me recuerda a alguien.
Entonces, con toda la fuerza de sus pulmones grita que es Jesucristo y levantando un dedo admonitorio hacia la pasmada concurrencia, declama con voz rotunda:
-¡Solamente condené dos cosas: a los fariseos y a los ricos, quienes tienen que despojarse de sus riquezas para Entrar en el Reino de los Cielos!.
Miro con disimulo a Lanzarote Morgano y tiene los ojos de un basilisco.
-Y a éste, ¿me lo cargo? –profiere, haciendo un amago de levantarse.
Arturo del Grial le retiene y de un tirón de la manga hace que vuelva a sentarse. Después repone, conciliador:
-No hombre, no. Lo que ha dicho es verdad.


Un día le mandaron a Bernard Shaw una carta anónima, en la cual se escribía simplemente HIJO DE PUTA: se fue entusiasmado corriendo a su club y le dijo a sus amigos:"¡Que estupendo, he recibido miles de cartas anónimas y por fin alguien me ha enviado una firmada!".

CRÓNICAS ANALECTAS DE UN ÉCOUTER NOCTAMBULO

Cabezas despejadas


Hoy encontramos a Ricardo Meynart y a Patricio del toro, pegados a la barra, bebiendo cosas fuertes, con aspecto taciturno. Charlan indiferentes al resto de los habituales, que se sientan en las mesas acostumbradas. Hablan y hablan, ¿de qué?... Ah sí, de cosas sesudas. Aguzaré el oído.
-¿Has ido a la Mostra?-le pregunta Meynart a Patricio.
-Por los pelos, un poco más y no me entero –contesta Patricio del Toro, visiblemente irritado.
-Si vas al Festival de Cine de Valladolid o al de Sitges ya en la autopista hay posters indicativos del evento, ya no te digo en las calles. Aquí nada de nada. El que no lo sabe, ni se entera. Solamente cuando subí a ese cine enorme del centro, a la entrada de la sala pude ver un cartel indicativo.
-Cuatro se lo montan, cuatro se lo comen. Es una vergüenza.
-A un director como Renoir le han dedicado sólo cinco películas y eso que se suponía que era su homenaje.
-Y solamente daban un pase. Por lo mínimo uno debe ver dos veces una película, máxime si es de nivel, para paladearla con cierto fondo. A veces más.
-Pero hombre, ¿en qué festival no hay un apartado bibliográfico?. Siempre existe una librería, tanto de textos especializados y como de divulgación. Aquí no había más que un paupérrimo folleto informativo.
Su amigo echa una mirada de soslayo a la chica achinada que hace globitos con un chicle. Después, intenta reprimir una sonrisa amarga, añadiendo:
-No sé donde iremos a parar con estas políticas culturales, con esas cabezas vernáculas que pretenden dirigirnos vida.I
ntenta decir algo más, pero Del Toro otro le interrumpe.
-Me estoy acordando de la entrevista que le hicieran a una ministra de cultura -dice-, no recuerdo quién era, pero lo que te voy a decir es absolutamente verdadero.

-Le gusta a usted Saramago?-le preguntó el periodista.
- Pues la verdad es que no conozco a esa señorita.

-¡Uffff, impresionante!.
-¡Lo has pillado, no?.
..¡¡Sara Mago!!
-Hombre, ¿y lo sabe Saramago?.
-Cuando le preguntaron en otra ocasión si había escuchado Carmina Burana, dijo que era una gran cantante gallega
-¡Craneo privilegiado!.
-Te juro por mis muertos que es verdad.
-La señora ministra me ha soliviantado. Este país supera la ficción: El carnaval del espantajo.
-Atentos tenemos que ir, porque a quienes amamos la verdad nos cortan inmediatamente la cabeza. Dentro de nada ya no me querrá publicar ningún editor, como no soy políticamente correcto –se lamenta Patricio.
-Bueno, tú eres un escritor consagrado.
-Y tú lo mismo y funcionario además, aunque no eres tan ácimo como yo en tus críticas.
Hay un silencio breve, después del cual repone Maynart con aflicción:
-No sé que decirte, después de todo, en este país lo único que hay cierto es que no hay certeza. No sé donde iremos a parar.
-¡Puf, ya estoy un poco mareadillo! –balbucea Patricio.
-Mucho cristal hemos levantado hoy, ¿no? –se ríe leve el poeta?.
-Ay, a ver si con todos estos dislates acabamos convertidos en barra´s flyts.
-¿Qué es eso?.-Moscas de barra.
-Dios no lo quiera, mientras pueda prefiero seguir siendo una mosca cojonera.

de Giger

CRONICAS ANALECTAS DE UN ÉCOUTER NOCTAMBULO
La metáfora de nuestro tiempo
-Te recomiendo vivamente la última película de Cronenberg, Una historia de violencia-dice Morgano.
-Sí, me han hablado muy bien de ella –responde del Grial-. Es ya un clásico, un creador que toca temas seminales del ser humano.
Unos desconocidos entran en el Strigoi y se pegan a la barra. Además de nuestros dos personajes, están ya desde hace media hora, en sus mesas de siempre, Meynart, los hermanos Sepulcro del Lobo y Patricio del Toro.
Entran ahora unas jovenzuelas y piden permiso a la chica achinada para hacer un pis. Allá van presurosas, las persiguen ojos golosos.
-Al fin y al cabo habla de aquello que vosotros, los humanos, tenéis y os obstináis en negar –agrega Lanzarote Morgano sin dejar de mirar fiero la puerta del WC que se acaba de cerrar-. La violencia es uno de los impulsos humanos más genuinos, si no el único. Esa dualidad, ese lado oscuro no puede ser negado por una sociedad que pretende ser una imagen de postal, que con solo soplarla se hace añicos.
Del Grial le mira esquinado, sin ocultar su fastidio.
-No es así, tú vas a los externos –contesta-. La violencia es la patología de la agresividad, la cual sí es un impulso hereditario, vinculado sin defecto a de la sexualidad.
-Tú sabes lo que quiero decir –contesta Morgano, con una expresión fatua en el rostro-. Afloja el control social y verás lo rápido que la agresividad se convierte en violencia.
Meynart mira con ojos resignados a la mesa de del Grial.
-Dios, ese siempre habla solo –le susurra a Martín-. Parece que le de igual la que piensen de él y eso que es, creo, catedrático de Psicología.
-¡Qué más da! –contesta áspero Martín- Yo lo soy de psiquiatría y muchos dirían que estoy como una cabra. Se trata del unánime odio a la diferencia, de esa puta envidia tan consubstancial a nuestros compatriotas.
Guarda silencio unos segundos, echa unas fumaradas y añade mirando displicente a un hombre que toma café en una mesa solitaria:
-Estamos rodeados de bichos raros, como ese de ahí, el tal Egosum, que nunca dice nada. Viene, se queda un buen rato como una estatua de sal y cuando le place se va.
-A lo mejor es mudo –comenta del Grial.
Llega de la calle una cacofonía de voces, gritos, carreras y golpes estridentes. Algo golpea fuerte la puerta, el cristal tiembla, la empleada apenas se inmuta. Uno sale y mira con cautela al exterior y vuelve a la barra; le comenta a sus amigos:
-Ahí hay un grupito de jovenzuelos, el que más tendrá quince, peleándose como fieras. Ellas son las peores, sueltan las leches y las patadas peor que los chicos.
Suena una sirena. Posiblemente la policía. Al cabo de un rato vuelve el silencio.
-La gente ve la película de Cronenberg y se regodea con la gran violencia que destila –comenta Lanzarote- Disfruta y piensa que es una falacia, simplemente una fabulación. Parece una exageración, pero algo muy similar se encuentra en la calle, forma parte de la vida. Después, cuando lo piensan, esa satisfacción por la violencia les lleva a sentirse culpables; hipócritas en un mundo hipócrita.
Salen las chicas del WC, y sintiéndose observadas se apresuran a la calle entre en risitas significativas, seguidas por miradas ardientes.
Morgano, la cara hecha una máscara grotesca, está diciendo:
-Todo eso ya lo sabemos. Son expresiones tibias de la naturaleza del hombre. No como yo.
-¡Venga hombre, ya estamos con lo de siempre! –protesta su compañero.
-Yo soy el ser más maligno de la tierra, pero ni de lejos encarnó el mal absoluto. Pálidamente se puede relacionar con la crueldad, con el acto de inflingir daño gratuitamente y no verse afectado por ello. Con esto se produce una ofensa contra aquello que se consideran los sentimientos básicos de la humanidad, contra la moral esencial que impone, fuera de toda duda, lo bueno y lo malo a cualquier hombre mentalmente sano. En términos actuales, muy probablemente este concepto del mal tenga que ver estrechamente con el de psicopatía.
Del grial se anima a hablar. Responde:
-Vemos por doquier masacres atroces, crímenes horrendos, injusticias sin freno ni límites, hasta el punto que ha acabado convirtiéndose en una metáfora de nuestro tiempo. En las décadas venideras, mucho me temo, este hecho desafortunado se hará patente en mayor medida. Los tiempos modernos no conducirán a una transmutación de los valores, porque no habrá un sistema nuevo, sino la negación, dispersión y confusión de todo valor como producto del eclipse de los principios . Será la era del vacío ético –ya estamos viviéndola, realmente- y de sus nefastas consecuencias. No habrá referencias morales para las nuevas generaciones, al igual que pasa con las mentes asesinas. No habrá una nueva moral con sus connotaciones económicas, políticas o sexuales ; nada reemplazará a la pérdida absoluta de valores. No habrá ideología, ni destino, ni moral, solamente locura y caos. Ni siquiera se pensará en el mal, el opuesto del bien, frente al cual éste último de ratifica y crece. La sociedad habrá perdido sus fundamentos y, con ello, su destino ; el hombre habrá perdido su sombra. Eso no es nuevo, se ha denunciado muchas veces en publicaciones recientes.
-El mal se confunde con demasiada frecuencia con aquello del recuperar los frutos del árbol de la ciencia y del árbol de la vida, el placer sexual e intelectual libres. Una utopía, en suma. Es mucho más que ello, se trata de una patología, más bien de una pasión, del alma.
Acaba de entrar un hombre pálido, vestido de negro por entero, de rasgos melancólicos, que lleva una levita, prenda hace mucho pasada de moda. No mira a nadie, si no al vacío que se levanta anta él en forma de barra de bar y anaqueles repletos de botellas. Pide una copa, pero la camarera ni le mira.
-¡Es Edgar Allan Poe! –exclama Morgano, estupefacto.
-¿Qué? –inquiere Del grial con gran perplejidad.-Sí, sin duda, es él.-
¡A buena hora!.
-¡Sin ningún género de duda!- porfía el otro.
Se pone de pie, dobla el espinazo e inmediatamente exclama con voz atronadora, que resuena casi como un rugido en el silencio que le circuye:
-¡Inclino mi alma muerta ante tu sombra viva!.
-Eso dijo Byron ante el escritorio de Voltaire –apostilla su compañero sin poder inhibir una risita de befa.
Poe, sin tomar ni una gota de agua clara, se levanta y se encamina a la salida. De repente se detiene a medio camino y como quien habla a un público inexistente, con la mirada perdida en otros mundos, declama:

-“¡Y mi alma, esa sombra que allí flota fantasmal, no se alzará… nunca más!."

Y se va.
Hay en el éter una vibración extraña, pero nadie parpadea.

de Giger

CRÓNICAS ANALECTAS DE UN ÉCOUTER NOCTÁMBULO

In vita mors

Estamos en octubre y el calor es casi insoportable. La naturaleza está irreversiblemente deteriorada, subsiguientemente el clima también. Recuerdo, hace solo quince años, que la primavera era primavera, el verano verano, el otoño otoñal y el invierno, pues, invernal. Los ciclos naturales se sucedían un su ordenamiento indefectible, la fauna vivía y se perpetuaba, el hombre, en su vida, tenía más cimientos, más conocimiento tal vez, de seguro una esperanza mayor. Ahora, en la narcosis del consumismo, del vacío ético, de la difusión del poder castrante hace que no se reconozca el rostro de la bestia que nos quita la vida. Esos del poder viven su tiempo indiferentes al dolor yal menoscabo generales: uno dijo antes de ayer que tardó seis años en olvidarse del pueblo, haciendo alusión al de ahora, que le bastaron solamente seis meses. ¿Podrá este berenjenal tener solución?. No veo el mañana, el futuro se entenebrece.
En el ambiente sellado y cálido del Strogoi aletea la música de Enya. La chica achinada que sirve copas está recodada detrás de la barra, mirando acá y acullá, posiblemente sin reparar en nadie. Uno le dirige palabras vanas cerca de ella, un tipo grueso, sentado en un taburete que amenaza su seguridad. Un desconocido entra, pide una copa, se sienta y se queda mirando su reflejo en el espejo del fondo, con ojos elegiacos.Están los de siempre. Se habla, escucho.
-Esta mañana la testosterona no me ha enhebrado el ariete y desde hace horas lo arrastro como marsupio fetal. Todos esos desastres que vemos cada día me están afectando el físico, se hacen encarnadura; bueno en eso que he referido, propiamente descarne.
Es Juan Sepulcro del Lobo, el hermano mayor de Martín, catedrático de Paleontología. Escogió esta especialidad porque no le gustaban los tiempos presentes ni el hombre, claro está. La otra alternativa era la microbiología. Misántropo sí, él mismo dice, rotundo, que lo es y con fundamento. A su lado, Patricio del Toro y el galardonado escritor –hecho muy raro, dada la calidad de su prosa- asiente con una mueca de disgusto en su cara aristocrática.
En la mesa vecina Arturo del Grial apura una copa y Lanzarote Morgano mira a los dos con ojos de lobo. Ninguno responde a su mirada desafiante, tal vez nadie repara en él.
-Yo explotaré el día menos pensado, máxime con esta impotencia que te aherroja como a un galeote –se lamenta Patricio del Toro-. No veo más que muerte, enfermedades, catástrofes, desastres de todo tipo. Además, este país ocupa en número 23 en cuanto a corrupción en el ranking mundial.
-Ha sido siempre un país de pícaros y cuchilleros.
-Ahora hay más zombis que otra cosa, enganchados a lo audioivisual, las neuronas muertas, sin cuestionarse nada, alimentándose acéfalamente de los frutos de la demagogia.
-Creo que fue anteayer que Sartori lo dijo muy claramente: quien mira no piensa. Pero lo que más me descompone es esa indolencia general frente a la calamidad, esa prepotencia de los poderosos haciendo ostentación de sus agravios, todos esos fastos repugnantes con que celebran su estatus privilegiado indiferentes al aborregamiento general, a la descomposición de la naturaleza, a la negrura amarga y devastada…. ¡Dios esos hombrecillos jodiéndonos la vida a todos!. Los podría reducir a polvo con solo dejarles caer el puño encima.
Escuchando esto, Morgano, iracundo, levanta la voz, para que todos le oigan:
-¡La solución es el hierro!.
-¡No te pases! –protesta inane del Grial.
Sin embargo, nadie ha reparado en las ásperas palabras.
Juan y Patricio fuman envueltos en un silencio espeso. Al cabo de poco, es el primero quien habla:
-¿Cómo hemos llegado a esto?, se lamentó el rey Eomer.
-Es peor que Mordor.

de Giger

CRONICAS ANALECTAS DE UN ECOUTEUR NOCTAMBULO

Todos pueden hablar y decir lo que les venga en gana

En La conciencia de la bestia, una novela que publiqué en el 2000 y quedó finalista del Premio Planeta de Novela del 1997 (v., abajo, en un post de este mes), lo referí: El Strigoi –nombre rumano para denominar al demonio y, por defecto, al vampiro- (hoy perteneciente al invisible), tiene resonancias balcánicas, la música es suave, se puede hablar y ser escuchado sin dificultad, la gente va a la suya y, sobre todo, hay poca luz.
Del bestiario común, su raigal por lo general es el barrio, me interesan unos cuantos de los habituales, me divierten especialmente sus conversaciones. En textos sucesivos presentaré algunas de ellas y, huelga decir, que son enteramente reales.
Así como hay voyers, a mi me excitan las palabras –me mueven la mente no la méntula, aclárese-, porque, entre otras pocas cosas, me agrada sobremanera escuchar, eso sí, muy selectivamente; cuando lo que se habla es prosaico, la solución es fácil, me escucho a mí mismo, me tomo un café y me voy. Por estas razones me he calificado antes como un Écouteur (del francés escuchar) noctámbulo, porque me entusiasma escuchar buenas conversaciones y plasmarlas en pliegos como éste, especialmente al amparo de la noche, después de la hora bruja.
En la mesa de al lado se sientan nuestro poeta gay –por lo demás, el más hombre de cuantos hombres he conocido- Ricardo Meynart y el granítico Martín Sepulcro del Lobo, catedrático de Psiquiatría, de reconocido talante conservador. Como Borges dice que serlo es una forma de escepticismo, de desconfianza… En la otra mesa conversan Arturo del Grial y Valle Digno, personaje peculiar, con un caballero enigmático, un tal Lanzarote Morgano y Almanegra, al cual pocos conocen, menos aún han visto, y del quel se asegura que es una creación literaria. Un rumor le señala de psicópata.En todo caso, les escucharé otro día. Ahora, tomándome tranquilamente la copa me concentro en lo que hablan mis vecinos.
-Aquí cualquiera se cree con derecho a opinar y un burro puede contradecir a un sabio –dice irritado Meynart.
-Si, la ignorancia siempre ha sido muy atrevida.
-Una cosa es un juicio y otra muy distinta una opinión –prosigue el poeta, después de tomar un sorbo de su escocés-.Todo juicio está argumentado y tiene un fundamento sólido, como que el agua es H2O; la opinión es algo meramente subjetivo, sin mayor contraste, pero sucede que en estos tiempos si yo digo que es mejor El Libro Gordo de Petete que la obra de Valle Inclán, nadie le tapa la boca ni se impide el desmán, quedando la cosa, en este sistema demagógico, en situación de igualdad, si no de superioridad. Todo lo que pretende ser de masas entraña ahora la apariencia de validez.
-Tienes razón –responde Martín, arrebolado por la ira, la mandíbula tensa-. Además, te sacan en cualquier programa basura de la TV a un profesor de Astrofísica junto al Mago Perico. Uno dice cosas que el público no entiende y calla, y el otro bufonadas, que la masa asimila y aplaude. Por lo tanto, lo que ha primado es la opinión del charlatán y no el juicio del científico.
-Mal hecho por parte del astrofísico.-Pero si no lo hace, no se oye una voz razonable y predominan en los medios de información falacias y sesgos mil. Pero, al final, los que tienen dos dedos de frente, acabarán resignándose y diciendo eso que he oído demasiadas vece esta semana: “Tienes razón, pero las cosas están así”. El inmovilismo lleva a la perpetuación del desastre, del pan y circo de nuestros días.
-Malos tiempos.
Martín, con gesto descorazonado, repone:
-No reconozco la tierra donde nací. Esto en vez de ser España, es ya Expaña y no solo por la plétora de expedientes X, si no por lo mucho de lo que se ha perdido.
-Muy bueno, eso me ha gustado –contesta Meynart, con una sonrisa triste.-¡Escuchemos al pato Donald, cuanto dice es mejor que lo del ínclito catedrático!.
Meynart se encoge de hombros, alicaído, enciente un pitillo y agrega de inmediato:
-Bueno, mientras no entre por esa puerta una gallina y nos eche una soflama.
-Ufff… -se estremece el otro-. Eso sería el Mal en estado puro.


Ayer se falló el Premio Planeta de Novela del 2005, suscitando más polémica que nunca, pese a que es una replicación del constante amañamiento, injusticia y vacuidad de los premios literarios actuales. Solo muy pocos, que sirven al mercantilismo editorial, van a poder tener los dones de las publicación y de la difusión de sus escritos, a despecho de que sus productos sean hueros, pésimos en forma y contenido, deleznables de todo punto, en suma, y contribuyan claramente a la intensificación de la idiocia general y creciente de los tiempos que vivimos: uno que no piensa no puede criticar y, por lo tanto, ejercer oposición a ese monstruo de poder global que nos ahoga al límite. Resulta patético que en una época en que la información es pletórica en medios, los contenidos sean tan pobres, vulgares y falaces.
El que los premios literarios estén amañados se ha denunciado repetidamente: en su momento Vargas Llosa no pudo terminar a tiempo la obra que Planeta le encargó y le dieron el premio a Sánchez Dragó, pero sí se lo concedieron al latinoamericano al año siguiente. Recordemos plagios de famosos, negros en las sombras y lo que vino después: concesiones por la moda, los amiguismos de siempre y los premios se nos llevaron de “niñas bonitas” y “lindos niños” que llenaron con sus letras de escoria las páginas que un público ganso y desinformado consumía, posiblemente, creyendo tener entre manos el mejor producto de las letras hispanas y no una pestilente excreta.
Lo que dijo Juan Marsé públicamente, que a esa gente le gusta la vida literaria y no la literatura; sí, y a los editores les gusta el euro no la palabra. Después de Torrente Ballester y de Muñoz Molina no hubo nada que apreciase en esos premios, conclusión que tengo respecto al gris común de las publicaciones que hoy en día suelo leer: son muy pocas las que te despiertan algún interés, no digamos las que me hagan vibrar con su magia. Salvo algunos casos, siempre nos quedan los clásicos.
Que se amañe un premio para un autor consagrado es algo que no puede defenderse, aunque su calidad y su obra puedan hacernos desviar la mirada o entibiar la crítica; que nunca se lo den a alguien desconocido es algo asumido, tan cierto como que el hombre duerme, pero que solamente prosperen los mismos, acates al sistema, es algo muy grave, una indignidad. Esta es una forma más de la injusticia e inmoralidad propias de un mundo esquizofrénico, que recompensa al revés, que se destruye y muere por el poder que cuatro porfían por mantener y acrecentar en este mismo mundo caótico que ellos han generado.
En suma, tratemos de hacer nuestro pequeño espacio personal en este panorama umbrío, sigamos escribiendo los que amamos la literatura, aunque la cosa vaya a peor y no tenga remedio.

Adenda: En 1997 quedé finalista en este mismo premio con La Conciencia de la Bestia y me enteré casi un año después por casualidad, al decírmelo uno de mis profesores. La publiqué a título personal, aunque tenía editor (lo cual fue un error dado que la inexistencia de sello editorial limita muchísimo las posibilidades de un libro) y me dediqué a escribir temas profesionales (ahí no hubo ningún problema). Ganaron José Manuel de Prada y Carmen Rigal y, sinceramente, no pude pasar de las dos primeras páginas de sus novelas. Del primero después leí Coños y me gustó, no me entusiasmó (no es raro este sentimiento ante lo que leo) y nada más, por lo cual no puedo ni quiero hacer ningún juicio cabal sobre el uno o sobre la otra. En definitiva, después vinieron dos volúmenes en Grafein (Así escribo mi ciudad y 32 maneras de escribir un viaje, están en posts anteriores junto con La Conciencia de la Bestia) con otros autores y nada más, de momento, aunque están en el cajón varias novelas acabadas y muchos cuentos que posiblemente nunca verán la luz (alguna cosa distinta puede haber en un futuro). Tampoco me empeñé esforzarme en publicar, mi cráneo estuvo mucho más interesado siempre en mi profesión. Que me hubiera gustado un Planeta, por supuesto, nadie lo negaría, porque, entre otras cosas, escribimos por el motivo que hacemos muchas cosas en esta vida, para tener éxito, para tener eso que se llama admiración. Es así y quien lo niegue, miente.
Nada, un saludo a todos y a más ver.

Salvador Alario Bataller, Egosum.

EGOSUM

EL y dios

Este texto fue seleccionado por Blogueratura como artículo quincenal en Mayo del 2005
Egosum
El y dios


Perteneciente a LAS NOCTURNIDADES DE DON ARTURO DEL GRIAL (novela inédita, R.P.I. Nº. V-1179-05
http://elloboylaluna.blogspot.com

Yo fui educado en la mejor Kultur, la científica, pero sin olvidar nunca el viejo mundo del mito y de la magia. Recibí pronto la primera lección magistral de mi vida, la idea fundamental que me llevaría desde ahí a contemplar la posibilidad de unir felizmente la ciencia y la fe (solo recuerda que lo luciferino es el árbol de la ciencia y de la vida, amén del desprecio hacia la humanidad, aunque yo, por decirlo así, soy satánico, pero con matices): Esa lección tenía un principio fundamental que decía que Dios no existía, pero sí había un Logos; para ilustrar esta tesis, te comentaré una bella historia, sonsacada de un viejo libro de saber prohibido. Se partía de la necesidad de distinguir entre la expresión simbólica de las ideas abstractas y de la definición real de los objetos concretos. Consta, pues, que en las Escuelas del Misterio, el candidato iba ascendiendo de grado en grado y cada vez se le mostraban signos de la divinidad más oscuros y, al final, cuando se descorría la última cortina, hallaba ante sí un altar vacío, a la par que una voz le susurraba al oído: “Dios no existe”. El descorrimiento del Velo del Templo llevaba la primera certidumbre, a una verdad primigenia. No existía el dios que preconizaban las distintas religiones, pero sí existía un Logos, cuya naturaleza exclusivamente podía ser entendida por quienes fueran capaces de meditar ante un altar vacío, lo que equivalía a poder pensar sin la necesidad de un símbolo. La instrucción empleada en el ascenso por grados sucesivos tenía como objetivo el que la inteligencia del iniciado pudiese elevarse hacia el pensamiento abstracto y trascendente, por cuanto en el momento en que el pensamiento cesaba, nacía el miedo... Al final, sí, estábamos Nos, Morgano, no hay más dios que el hombre: veritas contra mundum.

ENCONTRAR a Angela Carter fue un regalo de lo empíreo, digámoslo así, como sucedió con Borges, Tolkien, Lovecraft, Machen o Bernhard, por nombrar sólo a unos cuantos que dieron días (más bien noches) felices... Retoma algunos cuentos clásicos y resalta un tanto ese lado oscuro contra el que el cuento tradicional se erige triunfante: la pasión, la violencia básica, la sexualidad, en menor medida la agresividad (la violencia es su patología), ese lado oscuro que ella trata a veces de un modo un tanto acre, en ocasiones con humor, cuyo favorecimiento, digámoslo aunque parezca cosa manida, puede llevarnos a la hecatombe. En relación con esto, desde luego, no todos sus finales son felices.
Agreguemos a lo anterior algunos datos de la escritora: Angela Carter (1940-1992) enseñó literatura inglesa en la Universidad de Bristol y desde 1976 a 1978 en la universidad de Sheffield. Vivió un tiempo en Japón. Publicó su primera novela Shadow Dance en 1963, a la que siguieron La juguetería mágica (premio John Lewellyn Rhys) en 1967 y Nuevas percepciones (premio Somerset Maugham) en 1968. Noches en el circo (1984) obtuvo el James Tait Black Memorial Prize y el libro de cuentos que estamos comentando, La cámara sangrienta (1.979) el Chentelham festival of Literature Award, publicada entre nosotros en Minotauro (como Héroes y Villanos, Mujeres sadianas y Varias percepciones).
Los cuentos que integran La cámara sangrienta son extraños, sensuales, revisitaciones de personajes archiconocidos: hombres lobo, vampiros, Barba Azul, amantes tigres, el Gato con Botas (de éste dijo Auberon Waugh, critico del Evening Standard que merecería estar en todas la antologías de prosa de este siglo o de cualquier otro), presentando un erotismo posiblemente perturbador para algunos, moviéndose siempre en esa línea difusa que separa la sexualidad de la violencia, sin estar ausente la renuncia por el otro y la ternura.
Entre todos ellos yo prefiero dos, uno de vampirismo y otro de licantropía, los menos aparentes en esa tradición, pero siempre presentes, La dama de la casa del amor y Lobelicia; en realidad, todos ellos me resultan una delicia y son historias magníficas. Solamente un relato me ha hecho sentir esa densa melancolía, ese tiempo pleno de tristeza, ese deseo impar encerrado entre muros viejos, tan inmanente al romanticismo negro y especialmente al vampirismo, además de la bella vampiresa de Carter, y precisamente es un relato sobre el tema, de Cortázar, El hijo del vampiro, que una casualidad me llevó a leer, aunque hacía bastante tiempo que lo tenía en mi biblioteca, en los cuentos completos del gran escritor argentino.
Y recordemos que, ante todo, al cuento lo mueve el miedo (ante la existencia) y el deseo (de una vida mejor). Pero eso cuesta y hay que apoyarse en buenos pilares (bondad, honor, justicia, conocimiento y no poco afán) y, cómo no, ganárselo, desde el individuo hasta los que rigen la vida de la comunidad... Veremos qué se hace.

Salvador Alario Bataller

Lugar:
Avda, Blasco Ibáñez, nº.126, 6º, 28ª Valencia 46022 Spain

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E-mail:
alario7@msn.com

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OBRA PUBLICADA A)CIENTÍFICA: 8 libros de Psicoterapia y Sexología (editorial Promolibro, valencia). 36 artículos especializados en diversas revistas (redactor de Cuadernos de Medicina Psicosomática y Psiquiatría de Enlace, www.editorialmedica.com, y los artículos y otros textos se relacionan en la web). B)NARRATIVA: “La conciencia de la bestia”, edición privada, finalista (de los 15 finalistas) del Premio Planeta de Novela de 1997. “La ciudad desvanecida”, relato seleccionado por concurso de la revista Escribir y Publicar en su editorial Grafein Ediciones, Colección Escritura Creativa, integrante del volumen de cuentos ASI ESCRIBO MI CIUDAD (2001). “Descensus ad Inferos”, lo mismo que antes, pero este cuento pertenece al libro de cuentos “32 MANERAS DE ESCRIBIR UN VIAJE” , Grafein Ediciones (2002). “Maltidos. La Biblioteca olvidada”, Iván Humanes Bespín y Salvador Alario Bataller, Grafein Ediciones, Barcelona, (2.006). "101 coños, Ilustraciones y breves" (2008), Carlos Maza Serneguet, Salvador Alario Bataller e Iván Humanes Bespín. Ilustraciones de Vanesa Domingo Montón, Grafein Ediciones, Barcelona. "Antología Iberoamericana de MIcrorelatos" (2008),coautor, Ediciones Lord Byron, Madrid (en prensa) La acre lácrima (2006), novela, en http://www.lulu.com/alario7 Un estudio crítico del Necronomicón Apócrifo (2006), ensayo, en http://www.lulu.com/alario7 Las aventuras carpatianas del profesor Exhorbitus (2006), novela, autoedición, en http://www.lulu.com/alario7 Astrum Argentum . La vara del mago (biografía novelada de Aleister Crowley) (2006), novela, en www.lulu.com, en http://www.lulu.com/alario7 El murciélago monstruoso (2006), novela, en http://www.lulu.com/alario7 Nunca volví de cuba (2007), novela, en www.lulu.com, http://www.lulu.com/alario7 Cuentos en www.narrativas.com: Espejos (2007), Los pequeños (2007). La angustia última (2008). Lo que trajo la noche (2008). OBRA INÉDITA: Las nocturnidades de don Arturo del Grial, (2002), novela. Los ojos del moro (2003), novela. El doctor amor y las mujeres (2006), novela. La trama sináptica (2007), novela. Historias de amor, muerte y trascendencia (2007), novelas (dos novelas breves relacionadas). Los estados intestinales (2007), novela. Cuando cazaba pelos (2008), novela breve Cuentos completos (1999-2008) Blogs: http://clinica-psicomedica.iespana.es http://alario1.blogspot.com http://undostrescuentos.blogspot.com http://undostrescuentos2.blogspot.com http://elloboylaluna.blogspot.com http://lasnocturnidades.blogspot.com http://nohaymentesincerebro.blogspot.com
 

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