Era casi medianoche cuando el hombre salió de la casa y con paso rápido se encaminó hacia las montañas. Las ráfagas de viento le hacían caminar encorvado hacia delante, agarrándose los faldones del abrigo, empujando, cortando casi literalmente el aire. Era una mala noche, una noche funesta, pero llena de promisión. A medio camino del castillo se dio cuenta de que le seguían : era la pequeña yorkshire-terriere que, movida por su fidelidad, le había seguido los pasos desde el pueblo. Se detuvo y le ordenó que se fuera, pero la perra continuó acercándose tímidamente ; después levantó la voz y los brazos, para asustarla y el animal se quedó parado unos segundos.
-¡Vete ! -la conminó el hombre y la perrita comenzó a retroceder lentamente.
Entonces él siguió el camino, apresurando todavía más el paso. Poco tiempo después llegó a las ruinas del antiguo castillo, a la par que oscuros nubarrones iban ocultando las estrellas y el plenilunio. Inmediatamente trazó el círculo mágico y dispuso en su centro una piedra plana, que serviría de altar. Sobre éste depositó el pequeño fardo que había traído consigo, el pequeño despojo que había sustraído del cementerio y que sus manos habían despojado irreverentemente del seno del campo santo. Sacó una afilada daga de su abrigo y abriéndose la camisa se hizo una escisión en el pecho. La sangre cayó al suelo y se esparció en el interior de la tierra. Era la fecha apropiada, el momento propicio : Samhain, el final del año céltico, lo que los americanos llamaban en la actualidad Halloween. En el mundo celta el año nuevo comenzaba con la puesta del sol del 31 de Octubre y era la Noche de los Ancestros, la Fiesta de los Muertos. Aquella noche era la noche misma y en ella el velo entre los mundos era más trasparente, resultaba más fácil abrir la puerta y él iba a abrirla aquella noche y obtener lo que buscaba. Respiró hondo y se relajó profundamente ; después visualizó el objeto de sus deseos y su mente albergó y produjo fórmulas secretas que repugnarían a cualquier persona sensata y que, no obstante, el pronunció impasiblemente y con el más sombrío anhelo. Entonces supo que el momento de invocar abiertamente se acercaba, pues oyó resonar poderosamente todo, todo lo que había a su alrededor, el avance de las nubes, el paso del viento, el movimiento de los seres que se deslizaban sobre la tierra, los latidos de su propio corazón que retumbaban a la vez en la hondura de la tierra y que volvían hacia él, como los pasos de algo poderoso que se acercaba, algo grandioso que vivía en simas profundas y rojizas, en oscuridades permanentes de poder y perversidad.
El hombre levantó los brazos al cielo, en cuyo cenit las nubes se arremolinaban y giraban de una forma extraña, enloquecidamente, en el firmamento tenebroso y destellante que se extendía sobre él y clamó con voz poderosa y arcana :
-¡Yo os invoco señores de la Magia Roja!... ¡Que se reúnan los elementos del universo y den paso a lo que es esencial en la substancia, que den forma a la esencia y sirvan a mis propósitos, que se conciten en el que ha de venir para que camine nuevamente con pies terrenales... Por el poder de la sangre viva y rediviva!.
Los relámpagos fueron entonces más intensos y el cielo se oscureció más todavía ; el aire era gélido, impropiamente helado, en aquél lugar y en aquella época y el frío se intensificó aún más a medida que la voz exclamaba sus enigmáticas palabras :
-¡Yo invoco a la vida después de la muerte y a la muerte de la que renace la vida, por el poder de las mil fuerzas adversas al hombre y al dios de los hombres en la era común, por el poder de la vida y del espíritu !... ¡Por Tumerlek y Temorak, los nigromantes, por todos los demonios del averno y Shaitan su príncipe absoluto, por el hombre-dios, su alma negra y su conciencia indomeñable, por el fulgor de la eternidad y la fuerza de la voluntad que todo lo puede, igualando a los dioses, por el brillo sempiterno que en su corazón refulge y por el deseo del don oscuro que su voluntad acapara !.. ¡Por el poder de tres veces tres, que suceda de una vez, porque así es y así yo lo deseo!.
¡Por los Drakul y los Ferenczy, yo invoco a la sombra del corazón de la tiniebla !.
¡Por Damacus el licántrope, Fenris el lobo, por la fragosidad de la pasión carnicera, por el anhelo sublime de la sangre, por la Reina de los Muertos que da la vida, por la sed eterna, por la muerte en vida, por el poder de la sangre viva!.
Pese a la impetuosidad del viento, el retumbar de los truenos y la tempestad absoluta que azotaba la vieja fortaleza, la voz del hombre sonaba extrañamente clara, predominando sobre todo ello, como un vínculo inexorable y fecundo de comunicación entre el éter y la tierra, entre el cielo y el infierno, entre lo alto y lo bajo y los distintos universos que existen y palpitan con vida propia... Acto continuo, se inclinó sobre el fardo que había traído consigo y lo depositó sobre la piedra que hacía las veces de altar. Sacó el pequeño cadáver y le cercenó la cabeza, separándola límpidamente del tronco ; la sangre brotó del corte, líquida, putrescente, pero perfectamente eficiente para el fin con que era derramada. Untó sus dedos y manchó sus labios, para después declamar con énfasis sublime y demoníaco :
-¡Aquí te traigo la ofrenda pútrida de la incipiente vida cercenada, de la pureza que no fue mancillada, de la vida que se extinguió en su aurora, del que no fue presa del mal y cuya alma aún lo habita, perdurando por tres días,... tuyo es para que dispongas a tu gusto y reconozcas la devoción del oficiante... A ti te lo ofrezco e imploro con ello tu favor, para que Ditmar el Negro abra la puerta y él venga hacia mí y así seamos uno en el espacio y en el tiempo... A ti ofrezco mi fe y esta vida putrefacta. Yo te invoco Negra Señora del Gran Abismo, Reina de la Muerte, Regente del Mal que Existe, Serpens, el mal primero, gusano, dragón, serpiente, matriarca de todos los horrores, madre de las semillas de la maldad y de cuanto horrendo existe, señora de la peste y de la sangre, de la locura y del genocidio, y de los muertos que andan... Yo te invoco y adoro, a fin de que satisfagas mis deseos, para que venga hasta mí aquel que creé y con él la maldición del vampiro... He sajado mi carne, he derramado mi sangre y he robado un alma para la obtención de mis deseos y todo te lo he ofrecido humildemente para que vengas a mí y me favorezcas ! ¡Sea tu voluntad, sea tu palabra !.
Entonces el tiempo se paralizó y se hubiera dicho que en el infinito circundante un solo corazón palpitaba, uniendo cielo y tierra, los muchos mundos, y los vivos con los muertos. Y súbitamente, en el espacio cerrado del círculo hubo una vibración en el aire ; daba la impresión de que algo se movía allí y, al instante, una forma vaporosa, como un fantasma fue tomando forma, tenue pero substancial, como tejida con tela de araña. Una presencia de otro mundo se erguía ante él y le miraba y en su mirada había reconocimiento, comprensión e inteligencia. No se hablaron, la comunicación surgió de manera automática, clara nítida, si bien circunscrita al nivel mental.
-Se me hace raro verte, aunque ahora sé quien eres... Pero dejemos las palabrerías y actuemos: déjame entrar, no aguanto más esta sensación incorpórea. -le dijo el anciano.
-Pero así es en verdad -contestó el hombre-. Ahora debes acercarte a mí y mi cuerpo te albergará como la madre acoge a su hijo. Tendré al fin lo que es mío por derecho, aquello que creé en mi imaginación, de suerte que el pensamiento será un hecho. Así es y así será.
La forma avanzó y desapareció en el cuerpo del hombre como desaparece el humo por una chimenea., la niebla en la tierra húmeda, el vapor en el aire. Después, el hombre se convulsionó y cayó al suelo, donde permaneció estremeciéndose, presa de una gran crisis. A los pocos minutos, pareció perder el sentido, pues se quedó tirado sobre la tierra sin manifestar el menor signo de vida. Pero no estaba muerto, no podía moverse mientras algo en su interior estaba cambiando, le estaba cambiando a él definitivamente. Todo su pasado pasó ante él con ráfagas claras y significativas y aunque se sentía aterido por el frío y mareado por el trance, no se asustó, pese a que habían recorrido su mente con nitidez superlativa los peores actos de su vida, los errores, los sufrimientos que había causado y el mal que había provocado en otros y en sí mismo, todos sus prejuicios, todas sus deslealtades, todos sus fallos e injusticias, la totalidad de sus pecados ; y a despecho de todo ello no sufría, porque no había arrepentimiento en su corazón, porque ya no había vida en él. Su cuerpo era el suyo, pero no idéntico al antiguo, su mente tampoco era plenamente la suya, porque él era ahora otra criatura que rezumaba una nueva vida, unas nuevas facultades, alguien que luchaba por surgir al exterior, por salir de la tumba, de la oscuridad de la noche secular y gozar de una vida sin límites. Se sintió, no obstante aturdido, asfixiado, transido por la incertuidumbre y sin embargo en el umbral del olvido de su existencia pasada, en la superficie de una nueva vida que había deseado desde siempre. De repente sintió que estaba de pie sobre la tierra, como si algo hubiese tirado de él desde abajo y lo hubiese colocado vertical sobre el suelo, como un alfil en un tablero de ajedrez. Era noche profunda y ya no había luna llena ; no obstante podía ver tan bien como si fuera pleno día y sintió más profundamente los olores de las cosas, de la tierra, de los húmedos fosos del castillo, de los pequeños seres que se arrastraban en la noche, incluso el palpitar de los corazones de los durmientes en los pueblos vecinos. Ya no hacía viento, la tormenta había terminado y por entre las ramas de los árboles se veían las estrellas.
-Estoy muerto -musitó- y, sin embargo, vivo. El deseo se ha hecho realidad, la palabra se ha convertido en substancia, el sueño ha devenido hecho.
Entonces el hombre se levantó del suelo y había cambiado : era igual de alto, pero daba la impresión de que los músculos se le habían pegado a la carne, puesto que se movió con dificultad, como si una rigidez extraña atenazase cada uno de sus miembros. No se asombró al no notar su respiración ni al dejar de oír los latidos bajo su pecho, porque solamente pensaba en una cosa que comenzaba a angustiarle, como un dolor sordo pero continuo, que crecía y que la acuciaba cada vez con mayor intensidad : aquella sed, aquella sed eterna, aquel apetito inusitado, aquel deseo perentorio por la vida, por la sangre.
Entonces algo se movió en un matorral y la cabeza del vampiro se volvió hacia allí como el rayo, con una horrible mueca, adelantando su morro venenoso con dientes como escarpas. La pequeña perra, olfateando el mal y el peligro en el aire, temblaba entre las matas achaparradas. La vio con toda claridad, agazapada, escondida con el cuerpo pegado al suelo, tiritando de puro miedo. Impelida por el puro instinto de conservación, en un momento particular salió corriendo, buscando el camino que le llevaría al amparo seguro de la casa y de su dueña, pero una sombra de abalanzó sobre ella como una exhalación, con la rapidez del rayo y se vio llevada por los aires hasta ser detenida a la altura de aquellos ojos rojos que la miraban desde el fondo de una cara muerta.
-¿Qué me temes ? -le dijo una voz extraña, profunda, con un fondo metálico, que parecía salir de aquella máscara absurda de la vida.
El animal se contrajo en un espasmo, el espasmo del más puro terror, como el cordero que ha visto al lobo. Pero, aún así, había algo en aquel ser que ella conocía muy bien, aquel fondo humano que no se había perdido del todo y que estaba inscrito en su pequeño cerebro como un recuerdo imborrable : también el era el hombre que la cogía en brazos por las tardes, junto al fuego, que acariciaba suavemente su cabeza y en cuyo pecho fuerte ella se sintió segura, solazada, protegida. Era la misma cara que la miraba alegremente cuando jugaba con ella en el campo o cuando le ponía su comida en su cuenco, pero había cambiado : estaba más pálido, la mirada azul había desaparecido y en su lugar existían aquellos ojos ardientes que tanto la intranquilizaban Intentó hacer alguna zalamería, mover el rabo por ejemplo, en un movimiento instintivo de protección, en un intento de obtener una compasión imposible, de detener un final inevitable, pero la efigie que tenía ante sí no se movió : hay cosas que incluso los animales saben o, mejor dicho, sienten, como el advenimiento de las tormentas, la presencia del enemigo o de lo extraño o la llagada de la muerte. Algo en su pequeña cabeza la advirtió de que se encontraba ante un gran peligro y que sus gemidos lastimeros no le servirían de nada, que aquella cosa que tenía ante sí era la misma muerte. Pero no sabía que, tal vez, estaba ante el proscenio de algo distinto y posiblemente mejor aún que su párvula vida de animal doméstico.
Entonces ya no tuvo fuerzas casi ni para respirar, no podía moverse y, aún así, fue más consciente que nunca de la situación extraordinaria en que se encontraba ; aquella mirada la aterrorizaba : era tan extraña como la sensación de aquella mano, fría y dura, tan fría como el hielo y tan dura como el acero. Esa mano la asió más fuertemente y la otra le acarició la cabeza. El vampiro sentía en la palma de su mano el pequeño corazón palpitar de terror y, no obstante, no se alegró del miedo ajeno, aunque proviniese de aquella diminuta perra fiel ; algo de humano quedaba todavía en aquel icono de destrucción y muerte, en aquella carátula del Apocalipsis, en el mal antiguo hecho cosa.
-Debería sentirlo, pero no es así -dijo el vampiro-. Voy a nutrir con tu pequeña vida una gran vida, pero te daré un futuro duradero, tan dilatado como el mismo tiempo.
La mordió y el jugo vital que pasaba a su garganta fue como un pequeño aperitivo en un gran vividor, pero fue suficiente para apagar en parte aquella odiosa sensación de sed. Después tendría que beber inevitablemente, pero este pequeño sorbo aliviaría las tensiones hasta que ese momento llegase y ese momento estaba próximo, a mano. El párvulo corazón canino se apagó rápidamente, como la llama de la vela cuando la barre el aire que entra por la ventana, pero quedó un principio de vida latente que él alentaría y que, un tiempo después, regeneraría las células muertas y las reviviría. El vampiro tenía poder para hacerlo y, con él, la seguridad para hablar a ese vestigio vital y prometer que lo cumpliría. Aún él no podía quitar sin devolver, no podía tomar sin dar nada a cambio. Era una ley universal.
-Volveré pronto a por ti, aguarda -añadió mientras enterraba el cadáver bajo una losa y en el interior de un pequeño hueco que su mano había abierto en el suelo sin la menor dificultad-. Tendrás un mañana y un futuro mejor que tus días del pasado.
Después se irguió y miró al firmamento. No pudo reprimir aullar a la luna y la oscuridad toda le respondió, llenando el lugar, su cabeza, el mundo de aullidos siniestros y de mil imágenes sangrientas, anticipaciones de los placeres por venir. Era el principio de su nueva vida, el alba de su porvenir siniestro ; después de esta noche seguirían otras mil y en todas ellas veía sangre y satisfacción. Había sucedido antes, sucedería ahora y sucedería siempre, mientras existiesen hombres y existiesen vampiros... Pero ahora debía irse de allí, pronto amanecería y urgía resguardarse en lugar seguro. Había leído sobre ello en novelas y ensayos, sobre aquello que se aseguraba era tan difícil y que requería un largo aprendizaje; pero él, sin saber porqué ni cómo, solamente tuvo que desearlo y cambió al instante: el hombre había desaparecido y en su lugar un gran murciélago se elevó en el aire y se dirigió hacia el pueblo.
David Hernández de la Fuente
Madrid, ERL Ediciones, 2005
H.P. Lovecraft, ermitaño en su casa de Providence, creó un mundo de terror sobrenatural, de visiones oníricas, que ha tenido gran influencia en la cultura popular del siglo XX. Tras una vida discreta en Nueva Inglaterra -"aunque trabajaba de día lo hacía con las persianas bajas" (J.L. Borges)- se escondía el autor que dio forma a un ciclo literario único, los mitos de Cthulhu. Una nueva mitología del horror. Lovecraft. Una mitología es un acercamiento novedoso a la figura de este inquietante escritor. Un libro que mezcla ensayo, ficción y biografía como ejercicio literario, donde descubrimos la pasión del "genio de Providence" por los clásicos, sus influencias góticas, su gusto por el misticismo.. Lovecraft. Una mitología reivindica un lugar para él entre los grandes escritores de esa literatura mágica, intensa e iluminada. Un autor que, según J.E.Cirlot, ve la realidad "como un dominio mucho más amplio que lo habitualmente admitido por literatos y psicólogos". Su insana mitología evidencia los vínculos entre la literatura y la locura, y bien puede simbolizar la pesadilla del hombre de hoy. Y este libro completa el panorama con los acontecimientos que marcaron su leyenda, su círculo literario y su enorme pervivencia. Todo ello combinando realidad y fantasía, literatura y vida, confundidas aquí como en la propia figura de H.P. Lovecraft.
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Estaba vagando en aquel universo absurdo, informe, sin pies ni cabeza, que apenas llegaba a comprender; ni siquiera alcanzaba a calificar lo que le estaba sucediendo. Esto le desconcertaba, pues siempre tuvo una inteligencia portentosa y pensaba cómo se sentiría un hombre común en su lugar, dada su sensación de desamparo y zozobra. Había leído algo en su tiempo, algunos escritos de Agripa y de Paracelso, quienes habían hablado del Astral : el astral, que siempre creyó una palabra y que ahora, aciagamente, sentía todo su gravamen, aquella realidad ostensible que alzaprimaba su impotencia, su dejadez, su inutilidad. No podía salir de ahí, estaba condenado y esto, pese a ser lo que era, le conturbaba sobremanera, helándole hasta el tuétano.
Estaba harto de tropezarse con larvas, siempre aviesas, con envolturas, siempre hueras, con espíritus descarnados, terriblemente aburridos ; incluso los upiros que no habían sobrepasado el mundo astral eran terriblemente vulgares, añorando constantemente las pasiones prosaicas y los vicios del mundo.
-“Ernst Theodor”- le susurró una voz antigua.
Y su corazón inexistente brincó en lo que otrora fue su escuálido cuerpo mortal.
-“¿Qué me quieres ?” -inquirió azorado el fantasma, apenas sobreponiéndose a la emoción de no sentirse sólo, de escuchar un eco inteligente.
La voz le habló nuevamente y entonces supo que sonaba en los adentros de su cabeza, no como cuando era un simple mortal, sino por aquella vía que algunos pioneros habían calificado de telepática. Supo que sus pasos le habían llevado erráticamente al umbral y que se encontraba ante un guardián de la puerta, que también había sido vampiro durante ochocientos años, pero que ahora era un espíritu superior y en nada echaba de menos la antigua existencia de sangre y ocultación.
Entonces la voz le habló nuevamente, con una claridad meridiana :
-“Te están llamando”.
-“¿Quién ?”.
“Mira…”, pareció susurrar la voz y la tiniebla se abrió y pudo ver a un hombre con negras patillas delante de un ordenador, en una habitación amplia y bien iluminada, con las paredes prácticamente forradas de estanterías, nutridas de libros y, en todo ello, flotaba mucha inteligencia, mucho pensamiento, gran ponderación, mucha creatividad, como una nube densa y mirífica, trascendental casi, que olvidaba las torturas del tiempo y las premuras de la vida ordinaria, y hacía del intelecto el primum móbile de los días.
-“No soy nada” -murmuró el anciano fantasma.
-“Si, eres más de lo que piensas” -pareció reponderle la voz-. ”Eres su hijo, el vástago de su pluma”.
El joven estaba triste; se veía a las claras que la vida no le gustaba y que encontraba en el estudio la razón primera de su existencia : era como el Hilo de Ariadna, que le fijaba a una existencia común, impuesta, pero no deseada.
-“A todas luces no es feliz, puesto que este no es un atributo del hombre que comprende. Busca un mundo nuevo y, en parte, lo ha conseguido. Pero le hace falta algo más, la Vida Eterna” -murmuró nuevamente la voz antigua.
-“La vida eterna no es garante de la felicidad”.
-“Tú al menos tuviste esa opción y fue él quien te la dio”.
-“No entiendo nada, pero de lo que estoy seguro es de que no puedo dejar este mundo mientras tenga este, llamémosle cuerpo. Necesito una forma humana para caminar nuevamente entre los vivos”.
-“¿Estás seguro de que es tu deseo ?.¿Te has fijado bien en él Exhorbitus ?.
-“¡Exhorbitus !”.
-“Sí, el que esta fuera de órbita, de todo orden, el que no se rige por las leyes de su tiempo. Tu eres como él, eres lo que el quiso que fueras, lo que él es, un apátrida moral. Pero, míralo con detenimiento, ¿te has fijado bien en él ?”.
El fantasma se inclinó sobre el hueco entre los mundos y escrutó con profunda concentración.
-“Se ha dormido, está muy cansado, casi derrotado” -repuso-. “Casi me apena su desmadejamiento sobre el renegrido escritorio”.
-“Míralo bien, anciano”.
Exhorbitus se quedó enteramente perplejo y después experimentó una mezcla de sorpresa y de emoción, una emoción que trataba de soslayar, porque su nebuloso cerebro astral no quería asumir lo evidente.
-“Es joven todavía” -musitó.
-“Y, al igual que tú, es un doctor, aunque no de la misma ciencia”.
-Sí, y se me parece mucho: cuando fui joven tuve fuertes brazos como él, vivos ojos azules, como turquesas, y mi mirada era profunda y clara, aunque con la vejez mis músculos se desinflaron, mi mirada perdió su brillo y casi por completo su antigua escrutación y mi cuerpo perdió las carnes, debido a los trabajos y privaciones y a la incuria, y mis brazos acabaron pareciendo apenas aspas de molino”.
-“Claro que sois muy semejantes, ahora y antes, siempre habéis sido uno, puesto que formaste parte de él desde su niñez, porque él te creó en el laboratorio de su mente y sus deseos, te dio el ser y la forma. El es tu padre”.
-“¿Mi padre ?”.
-“Si tu padre, tu creador. El útero donde maduraste fue su inteligencia, el semen que te generó fue la negra tinta de su pluma y el regazo que te albergó el blanco pergamino sobre el cuero de su antiguo escritorio... Oh, Exhorbitus, criatura vana, eres solamente una ficción, un personaje de novela. El es tu padre literario, te creó para satisfacer sus anhelos. El siempre deseó ir a tierras balcánicas e investigar el vampirismo, estudiarlo sobre el terreno, abrir tumbas y hallar el mal antiguo en su interior y nunca pudo hacerlo. Por eso te creó, para que tu hicieses, en la ficción, lo que él nuca pudo llevar a cabo en la realidad. Surgiste a partir de un deseo y de una idea, pero fuiste siempre en su corazón un personaje tan real como el aullido del lobo, la palidez de la luna, el castillo del viejo conde o el viento de invierno en las altas montañas... Los sabios han dicho que la palabra es el verbo y el verbo es el ser. Lo escrito es palabra, los pensamientos son palabras y el astral es un lugar donde los pensamientos pueden cobrar vida, siempre y cuando los animen emociones poderosas, puras y genuinas”.
El fantasma pareció derrumbarse en el abismo de la desesperación.
-”No te sientas vencido, él quiere que vivas otra vez, por eso está escribiendo una nueva novela, para resucitarte. Sin embargo, en el hondón de su alma desea algo más profundo: siempre ha anhelado el Don Oscuro y desea que la idea tome forma y que entres a formar parte de él, tú, el hijo nonato y redivivo, el muerto y renacido, el recipiente y el dador, dos en uno, uno y dos, uno en definitiva : el ternario, lo uno, lo otro y el principio unificador. De ahora en adelante andaréis juntos en el plano material, porque tú nunca has existido fuera de él, has sido apenas un engrama en su complejo cerebro. Serás tú en él y él encontrará en tí una parte que siempre deseó, puesto que él fue el creador de la idea, el dador de la forma y el propulsor del deseo inusitado. Así sea”.
El fantasma perecía ahora más desconcertado que nunca.
-“No te azores, cuando llegue el momento no te enterarás, Es como una fusión, como un dedo amputado que se cose a la mano traumatizada”.
-“¿Cómo lo haré, cuando será, cómo llegaré hasta él ?.
-“Hay muchas preguntas que no puedo responder, solamente sé que él te llamará a través de mí y que por esta puerta accederás a su mundo, si su deseo es sincero y grande, y si conoce el ritual apropiado”.
-“¿Dónde vive ?.¿Adónde iré ?”.
-“Irás donde él está, a su patria geográfica, si bien él es de ninguna parte. Nació ahí por azar, pero no ama su tierra ni a su gente, si bien tiene auténticos afectos particulares... Irás donde el quiere que vayas : no es Transilvania, sino Valldigna ; su gente no es eslava, ni iliria, ni zíngara, ni checa, ni slovaca, ni sajona, ni balcánica en fin, sino latina, pero te sentirás allí como pez en el agua y regresarás al vientre materno, al seno de quien te dio el ser porque, como te he dicho, tú eres su creación, su hijo, el mero producto de su cerebro y de su corazón”.
Exhorbitus miró con aprehensión el mundo circundante y sintió angustia; deseaba ardientemente abandonar aquel lugar inhóspito y desventurado : era un mundo tenebroso y sin luz, de extrañas formas y apagadas matices de color, de tonalidades indefinidas e insalubres sugerencias, donde el tiempo no podía calibrarse y el espacio era una quimera. El era eso, nada más : una sombra que vagaba solitaria, cargando los pesados lastres del tedio y la desesperanza, por siempre jamás. Deseaba, más que cualquier otra cosa en el mundo -y más en su mundo nauseabundo y de manera desesperada-, que aquél hombre, a quien Ditmar, el Guardián de la Puerta de su salvación, del mundo porvenir, había llamado su padre, conjurase las sombras y manipulase los elementos de la voluntad y de la naturaleza para dar un nuevo hogar a su mente y un nuevo pecho a su corazón sin pulso. Pero sobre todo deseaba lo mismo que aquél que le parió in literatis e in psychologicis : sangre, la roja sangre caliente, rebosante de vida, fecunda de eternidad, pletórica de mañanas”.
Salvador Alario Bataller
***
CAPITULO I
El joven se inclinaba sobre el escritorio, pluma en mano. Estaba cansado de estudiar temas profesionales y le apetecía en aquellas altas horas de la noche dar libertad a su espíritu para escribir lo que más amaba y deseaba, su sueño secreto, su anhelo profundo, su eterna frustración, es decir, escribir sobre vampiros; sí, una historia de vampiros, donde él tomaría cuerpo en un vampirólogo obsoleto, septuagenario, decadente, ajado y contumaz, que liberaría a la humanidad del acoso de seres de ultratumba. Comenzó a escribir y se sintió bien, cada vez mejor a medida que la pluma se deslizaba sobre el papel, conjurando las sombras, viajando en su imaginación a los Cárpatos, visitando tierras ignotas y montaraces y haciendo algo más, algo más que tener hijos, comer, beber y dormir. Le apeteció ad naúseam, ser viejo, derrotado, vilipendiado, pero marcar escuela, aunque lo suficientemente independiente para seguir los pasos que él mismo se había marcado para pergeñar su sueño. Respiró hondo, suspiró y se concentró cachazudamente. Iba a fundir su Ego con el personaje que trazaría en el papel : él era el padre de todos los lobos, el vampiro y vampirólogo a un tiempo, la sangre eterna, el don oscuro, la simiente de la serpiente, el culo del Averno, la hez del Orco, el suelo baldío del Tártaro, el centro mismo de Pandemonium. Así fuera : nada importaba, la vida le aburría y hollar tierras lejanas y encarnar una historia, un personaje, un mundo, era lo mejor que podía pasarle en aquellos momentos. Se atusó la negra pelambrera de la barbas y posó el híspido y fino aguijón de la pluma sobre el papel. Anteriormente ya había escrito algo, pero ahora el plumín corrió sobre el folio y en él se fueron inscribiendo estas palabras :
“El profesor había llegado a Transilvania movido por una extraña pasión. Prisionero de una pasión sin límite, sentíase substraído de todo contacto con su época. Sus últimos estudios habían sido un conducto, directo hacia los días en que vampiros, hombres lobo, brujas y demonios eran parte de la noche y la iglesia el único fanal de luz”.
Unos meses después, entre los tirios y troyanos de cada día, superando las veleidades de la vida, el joven, escribió estas líneas :
“Había poca gente en el interior. La estancia era oscura, de baja techumbre. Oía un breve murmullo y el crepitar del fuego, en torno al cual se reunía un reducido grupo de lugareños.
-Deseamos una buena habitación -díjole el profesor al posadero-. Vamos a quedarnos unos días por aquí.
Entonces algo le hizo enmudecer. Aquel olor... se volvió hacia Gërd y, tomándole del brazo, se lo llevó discretamente a un rincón.
-Ajos hijo mío, gran cantidad de ellos por todas partes -dijo-. Cuelgan tantos ajos de las paredes como enredaderas en una mansión inglesa. Este es el primer indicio. Quizás nuestro viaje no haya sido en balde.
Muchos meses después el joven tomó la pluma, cuando el pliego era apenas un borrador, aunque profundamente amado y lo suficientemente personal para no ser reformado regularmente. Escribió :
-En esta tierra, como en el mundo entero, se contraponen dos estirpes -dijo al fín-. Está el señor y está el siervo, el fuerte y el débil. Yo he sabido alzarme con valor e inteligencia con la hegemonía desde un oscuro pasado. Los hombres, esos pobres mortales, siempre permanecen in manus. Son un juguete al capricho de multiplicidad de fuerzas superiores. Este es su destino, como el nuestro es el dominio y la supervivencia. Durante muchas generaciones el nosferatu ha sido el señor en su feudo. No es habitual que esta sirtuación cambie. Cuando usted, Herr Privatdozent, alcance nuestro nivel espiritual, proliferará en su cerebro la simiente de una doctrina tan profunda y extraordinaria que, cuando ahora conoce, le sabrá a poco. Los goces terrenales, las inquietudes humanas, perderán su valor, pasando al justo plano de las nimiedades de la vida. En consecuencia, brotará un nuevo sentimiento, una nueva Fe. Un hálito de ultratumba revitalizará su cuerpo envejecido y enfermo y le dará la facultad de sobrevivir a la muerte. Podrá también regodearse de las licencias que nunca en vida aceptó pero que, no obstante, mantenía escondidas dentro de su pecho como un deseo prohibido. No habrá medida, los goces se harán interminables, rivalizando en abundancia.
Y mucho después, el que fue joven y que ahora era lo que socialmente se denominaba un joven-adulto, con un doctorado summa cum laude, y una incipiente y brillante carrera científica, buceó en el hondón más críptico de su alma y escribió esto :
(...) Se oyeron los pasos, de alguien que subía las escaleras. Todos contuvieron la respiración y esperaron con el alma en vilo. La puerta fue empujada desde fuera y entró un hombrecillo que, con gran agitación, se sentó en el escritorio y comenzó a escribir impetuosamente. ¿En qué se había convertido el excelso profesor, si no en aquel espectro burlón que reía, inclinado sobre sus notas, como una vieja arpía, y escrutaba a su alrededor con mirada febril ?.
(...) -¡Soltadme, soltadme, no seáis necios !. que yo abriré para vosotros las puertas del Paraíso.
(...) El conde levantó el brazo.
(...) La mirada extraviada se paseó después por la estancia, como si tratara de buscar un elemento de salvación entre las sombras siniestras.
(...) Delius golpeó, una, dos, tres veces,... quizás cuatro o cinco, con los ojos entornados, mientras oía aullar al vampiro como los chacales y recibía el golpetear caliente de los chorros de sangre sobre su pecho y rostro. El conde sintió un nudo en el estómago y casi vomitó. Cuando abrió los ojos, una figura ensangrentada, con la cabeza caída sobre el pecho, dormía por fin el sueño eterno.
(...) -Efectivamente -dijo Delius-. Al conde vampiro solamente le queda un sitio a donde ir y nosotros le vamos a seguir los pasos como perros de presa.
Desde la primera palabra hasta la última habían pasado casi quince años y el antaño joven alocado dejó la pluma, la cual substituyó por el teclado armónico y deslumbrante del ordenador. Había retomado el relato muchas veces y muchas veces creyó haberlo finalizado. Pero lo más importante es que estuvo en los Balcanes, abrió tumbas, sus pies hollaron el suelo nevado, escrutó los misterios de la noche y de las estrellas y, cómo no, había sentido el dolor lacerante de la madera en su corazón y el sabor férrico de la sangre en su boca. ¿Cómo podía ser de otra manera ?.
Cuando la joven morena, bonita, vigorosa y acibaradamente altiva le cogió la mano demandando satisfacciones más perentorias, el hombre salió de su ensimismamiento. Ya era tarde, el día clareaba tímidamente tras los cristales y comenzaba a afianzarse en las cellejas recoletas, en los naranjos, en el bosque y en el viejo castillo en ruinas. Un lobo aulló en lontananza, un eco extraño e inesperado, que él nunca habría concebido y, efectivamente, habría jurado que un lobo había dejado oír su voz ancestra en la hondura del bosque, en el tiempo cerrado de su vida y de su geografía, tal vez para vaticinar algo. Trató de olvidar ese presagio, bajo las mantas cálidas, hundiéndose lascivo entre la tersura de seda de los muslos de la mujer.
ALGO HUYE DE LA CARNE
Salvador Alario Bataller
No soy lo que era, pero nada más lejos de un receptáculo vacío. Mi alma en suma, mis recuerdos, mis conocimientos, la conciencia del antes no se ha modificado. Podría decir, aunque suene un tanto superficial, que el pensamiento tiene vida. Esa vida, también ahora, me pertenece y me define. Es cuanto soy.
Se rompió el hilo de plata, pero pese a ello estoy aquí. Por lo tanto, ya no creo que el tiempo sea inexorable. Soy todo y no soy nada. Ni siquiera las ratas se apartan de mí.
Mi mujer va y viene por la casa, taciturna. Me he cruzado varias veces con ella. No me ve.
Sobre todas las cosas, tenidas y perdidas, me consuela el hecho de poder leer. La biblioteca, donde antaño encontré la clave de mis días, me envuelve, con sus voces abundantes, con los posibles que todavía no me han deleitado. Sobre todo tengo tiempo. Todo sigue igual, es una bendición.
He de asumirlo. Las cosas son como son, pero lo más gratificantes es que ya no hay dolor ni tengo que volver a pasar por esto.
Antología de Peter Ruber
Valdemar Gótica, nº. 50
En 1939, dos años después de la muerte de Howard Phillips Lovecraft, August Derleth fundó la mítica editorial Arkham House, especializada en literatura fantástica y de terror, a fin de rescatar y difundir la obra de su maestro y amigo. Este propósito fue ampliamente cumplido, a la par que significó la base para presentar y difundir la obra de otros autores del fantástico. De esta suerte la compilación que aquí presentamos, debido al tesón del escritor y crítico especializado Peter Ruber, se halla integrada por la obra de diversos autores, en total 21, con sus peculiares correspondientes aportaciones, relatos todos representativos de las sucesivas etapas por las que atravesó Arkham House: H.P. Lovecraft, August Derleth, Clark Ashton Smith, Donald Wandrei, Robert Bloch, Ramsey Cambell, Carl Jacobi, Greye La Spina y muchos otros, elaborada con materiales de primera mano a partir de la extensa correspondencia del creador de la editorial.
A decir verdad, como apunta, Ruber, escribir una historia definitiva de Arkham House, constituiría una empresa descomunal y por tanto un ímprobo esfuerzo, ya que debería incluir una biografía de su fundador, August Derleth, de otros autores destacados del sobrenatural que publicaron bajo su sello, así como la historia de las mismas revistas pulp, como Weird Tales. De esta suerte, aunque el autor no pretenda que la suya sea una historia “oficial” o “autorizada” de Arkham House, representa un documento de valor indiscutible, producto de un trabajo de 40 años de investigación personal sobre esta editorial y sobre aquellos que, de un modo u otro, la hicieron posible, y deleitaron y siguen deleitando nuestro días y , mejor aún, nuestras noches.
H.H. Ewers
LA MANDRÁGORA
Ed. WALDEMAR,
Colección Gótica, nº.9
En suma, estamos ante una obra que ocupa, con todo merecimiento, un lugar destacado en la literatura gótica del S.XX.
Ediciones Brosquil
En las cosas del mundo todo es dual: está el cielo y la tierra, el día y la noche, el lado solar y el oscuro, el bien y el mal y, en todos, Jekyll y Hyde. Desconocer a la bestia es alimentarla; conocerla da la posibilidad de sujetarla, para que no mancille los días que nos ha tocado vivir.
Bajo nuestra vida cotidiana, fuerzas muy primitivas empujan para saciar su apetito, para cobrar parte del tributo. El hombre civilizado se desarrolla domeñando los impulsos que conforman su natural egoísta: la agresividad y la sexualidad, unidos desde lo biológico. El hombre es gregario por necesidad y el grupo implica el control de comportamientos que llevarían a su disolución indefectiblemente. En estos tiempos de violencia y pérdida de valores, de consumismo y crápula fácil, mister Hyde no necesita la poción química del egregio inglés para deambular por el mundo llenándolo de atrocidades, basta a veces el alcohol o los efectos ponzoñosos del fanatismo. Su mano negra ha pasado de lo individual a lo organizacional, su sombra se extiende agorera sobre la tierra; contemplamos por doquiera desmanes y asesinatos, masacres horrendas, en un mundo donde el mal -la violencia es su forma más visible- parece haberse convertido en la metáfora de nuestro tiempo.
El mito, como estructura representativa surgida de otras primigeniamente de carácter ideoafectivo, tiene siempre un lado fuertemente empírico a poco que se analice la circunstancia en que vivimos. Por eso, el contenido de esta celebérrima novela es, en estos tiempos, de una rabiante actualidad.
El Extraño caso del Doctor Jekyll & Mister Hyde es, junto al Drácula de Stocker y al Frankenstein de Shelley, la tercera gran piedra sillar sobre la que se levanta la soberbia mole del edificio de la literatura de terror. Dos personalidades opuestas se disputan el alma de un hombre, puede ser una lectura primera y fácil de este magistral relato, que simboliza excelentemente los extremos que pueden darse en esos impulsos integrados por lo común dentro de una misma personalidad, una historia que nos involucra íntimamente, una forma más de patentizar el conflicto permanente entre Eros y Civilización.
EL DIA ÚLTIMO (3)
-Oremos -empezó.
Y sus palabras surgieron melodiosamente de su garganta y, junto a él, sus compañeros inclinaron la cabeza.
-Señor Dios, por tu misericordia los que han vivido en la fe encuentran la paz eterna. Bendice estas tumbas y envía a tu ángel a vigilarlas. Recibe en Tu presencia los cuerpos de éstos nuestros hermanos que fueron sepultados y despertados después por poderes perversos y deja que con tus santos se regocijen en Ti para siempre. Te lo pedimos por Cristo Nuestro Señor. Amén.
-Amén -murmuró la pequeña congregación.
Y una oleada de estremecimiento sacudió aquellos despojos. Hubo una especie de lamento sordo.
Delius vio que Diphyllus estaba en el mismo borde del círculo, con el rostro aterradoramente contraído por el odio. Bajó la mirada y pasó la hoja del libro de oraciones. Diphyllus puso los pies casi encima del círculo, pero se vio que no tenía fuerza suficientes para atravesarlo. Entonces, se tornó muy lívido. Los dientes le castañeteaban. Los ojos se le abrieron más, de modo que parecían dos globos ensangrentados y flamígeros. Delius tuvo la impresión de que debajo de la pestaña del ojo izquierdo se desprendía una lágrima pero, al detenerse en la mejilla, distinguió con claridad que se trataba de una gota de sangre.
-Con fe en Jesucristo, traemos reverentemente los cuerpos de estos hermanos para enterrarlos en su humana imperfección y así se reintegren al polvo del cual todos venimos.
La voz rebotó en las paredes de piedra del viejo salón, sonando extrañas a los oídos del propio orador. Miró de soslayo a la horrenda concurrencia y volvió nuevamente los ojos al misal.
-Oremos confiados en Dios, que da vida a todas las cosas, para que El eleve estos cuerpos mortales a la perfección y a la compañía de sus santos.
Una mujer, al menos este sexo aparentaba aquel cadáver inmundo que estaba al borde del círculo, empezó a sollozar sonoramente y después se precipitó en el suelo. El señor de los muertos no se había movido, seguía envarado en su sitio, tratando vanamente de alcanzar a nuestros héroes. Volvió la mirada con furor, al que acompañaba el temblor del rostro. Delius pudo ver que dos hilillos de sangre bañaban sus mejillas desde el nacimiento de los ojos, lo cual le daba un aspecto todavía más espeluznante. El señor de Castelul Palincsar por fin desistió. Lanzó una maldición con el puño y se colocó detrás de los muertos. Estos avanzaban constantemente, pero tampoco podían atravesar el círculo que Delius había trazado. Una fuerza misteriosa les obligaba a retroceder tenazmente. Y así, una y otra vez.
Delius volvió la página del libro.
-Oremos a Nuestro Señor Jesucristo por nuestros hermanos -prosiguió-. El nos dijo : “Yo soy la resurrección y la vida ; el que cree en mí, aunque esté muerto, vivirá. Y todo aquel que vive y cree en mí, no morirá eternamente”. Señor, Tú que lloraste a la muerte de Lázaro, tu amigo, consuélanos en nuestro dolor. En nuestra fe te lo pedimos.
-Señor, escucha nuestra súplica -respondió el coro de voces.
Algunos de aquellos seres se balancearon sobre sus plantas y cuando cayeron, quedaron reducidos a polvo. En un rincón, oculto en densas tinieblas, Diphyllus gruñía sordamente y pronunciaba palabras terribles que parecían rebotar de los muros de la estancia, ora aumentando, ora disminuyendo en intensidad, fluctuando de manera enloquecedora. Pronunció unas imprecaciones en una lengua incomprensible y a Delius no le cupo la menor duda de que su adversario estaba realizando un maleficio. A las palabras del vampiro, se levantó un fuerte viento por todo el recinto del salón y se oyó un rumor infernal, de naturaleza terrorífica e indefinible. Algo golpeaba los cristales de las ventanas, como si intentara penetrar en el interior. El brujo no-muerto, el mago póstumo, el eyalik, estaba pronunciando un hechizo. Los cristales se rompieron con gran estrépito volando a vertiginosa velocidad sobre nuestros amigos, aunque ninguno de ellos resultó herido.
-Tú que devolviste al muerto a la vida, da a nuestros hermanos la vida eterna. En nuestra fe te lo pedimos.
-Señor, escucha nuestra súplica.
Algunos cadáveres habían comenzado a mecerse hacia atrás y hacia adelante, gimiendo.
-Nuestros hermanos fueron lavados por las aguas del bautismo; dales la compañía de todos tus santos. En nuestra fe te lo pedimos.
-Señor, escucha nuestra súplica -respondieron las voces.
De pronto, el conde salió de la oscuridad, donde había estado hasta entonces. Su aspecto era aún más espantoso que la primera vez. En el fondo de las densas tinieblas, su rostro parecía una máscara contraída trágicamente por una gran mueca. Asustado, Delius bajó la mirada y buscó nerviosamente en el misal el párrafo con que proseguir. Los dientes de Diphyllus le castañeteaban de un modo terrible y los labios se le retorcían convulsamente mientras prorrumpía en salvajes maldiciones. Delius sentía sobre sí su aliento fétido y temió derrumbarse. En el salón se levantó un torbellino, los cuadros cayeron estrepitosamente al suelo y se rasgaron los tapices en los muros. Saltaron los goznes de las puertas y por las ventanas penetró una inenarrable legión de seres macabros y espantosos. Eran los malos espíritus que volaban por el aire, tratando de atrapar inútilmente a los Escépticos.
-Se nutrieron de Tu cuerpo y de Tu sangre ; dales un lugar en la mesa de Tu reino celestial. En nuestra fe te lo pedimos.
-Señor, escucha nuestra súplica.
Todas aquellas criaturas del abismo, trataban de alcanzar a nuestros héroes pero no conseguían lastimarles, pues el círculo mágico les mantenía salvos.
-Consuélanos en nuestro dolor por la muerte de nuestros hermanos, que fueron arrancados del sueño eterno por medición del Malo. Que nuestra fe sea nuestro consuelo y la vida eterna nuestra esperanza. En nuestra fe te lo pedimos.
-Señor, escucha nuestra súplica.
Los muertos estaban mudos y quietos, como burdas figuras de una feria de horrores. De repente, el silencio había renacido en el salón. Se escuchó el lejano aullar de los lobos.
-Oremos como nos enseñó Nuestro Señor -dijo Delius con vehemencia-. Padre Nuestro, que estás en los Cielos...
-¡No! -vociferó Diphyllus y se precipitó hacia adelante con las manos contraídas como garras.
El conde vampiro se tambaleó al borde del círculo sacro y una fuerza indescriptible pareció empujarle hacia atrás, arrasando en su caída a algunos cadáveres que se desintegraron por el choque, desmoronándose con un ruido sordo; mientras, sus ojos brillantes y ávidos recogieron la escena de la derrota. Al levantar la cabeza, Delius pudo ver como la última figura se estaba desintegrando, derrumbándose lentamente como un castillo de arena. La oración tocaba a su fin.
- ...Y no nos dejes caer en la tentación, más líbranos del mal. Amén.
Con el rabillo del ojo, Delius vio que el conde retrocedía torpemente, tropezando a cada paso con restos inmundos, mientras maldecía con voz cavernosa.
Los muertos habían sido reducidos a polvo y cenizas y la multitud de duendes y diablos habían desaparecido, empujados al averno de donde procedían. Pero, ¡era tan terrible todo aquello!. El velo del más allá tenía un agujero y Delius podía ver al rey de los muertos, con sus ojos grandes y rojos, aterradoramente brillantes entre dos anillos de sangre coagulada.
Suspiró y abrió nuevamente el libro.
-En nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo y de la Virgen María -añadió con honda emoción-. Bendigo este lugar.
Y las palabras acudieron a sus labios con gran autoridad. Era la fe la que daba aquel temple soberano al timbre se su voz.
-El Señor es mi pastor, nada me ha de faltar.
La voz de todos se unió a la recitación.
-El me lleva a pacer en las verdes praderas. El me guía más allá de las aguas inmóviles. El reconforta mi alma.
Todavía no era de día, pero ya clareaba el alba en los torreones que enfilaban hacia oriente. El conde permanecía de pie, con la mirada asombrada sobre el montón de polvo y huesos carcomidos que era cuanto quedaba de su macabra cohorte. Y luego estalló en mil imprecaciones, mirando a sus adversarios con ojos de hiena. Sus ojos no habían visto la franja rosácea que, de un modo casi imperceptible iba levantándose por detrás de los picos nevados. La esperanza y el triunfo fue mayor que nunca y los Escépticos respiraron como si acabaran de pasar a nado una impetuosa corriente. Un odio diabólico había llevado aquel ser de pesadilla a bajar la guardia, sin reparar en las seguras, graves y definitivas consecuencias.
-La fuerza de Su nombre me guía por la senda del bien y aunque marche por el valle de las sombras de la muerte, no temeré el mal porque Tú estarás conmigo.
Se hizo evidente que a Diphyllus se le hacía difícil respirar. Todo su cuerpo temblaba y los rasgos de su cara se contrajeron y desencajaron. Estaba comenzando su ocaso. La sonrisa sardónica desapareció de su cara cuando vio que el sol estaba ya alto en el firmamento.
-Tu báculo y Tu cayado me consuelan. Tú preparas la mesa para mí en presencia de mis enemigos. Tu unges con aceite mi cabeza y haces desbordar mi copa. Sin duda, la bondad y la misericordia podrán acompañarme hasta el término de mis días. Y en la casa del Señor moraré por largos días.
La respuesta del señor de Scardamalia fue un gruñido y Delius vio que el fondo de esos ojos vacíos estaba apagado. Dentro de esas cavernas estremecedoras había existido momentos antes una mirada fulgente, tenebrosos mundos de sangre y sufrimiento. El sol estaba entrando a raudales en la vieja cámara. Von Diphyllus dejó de forcejear, nada en él se movía y, de súbito, su boca se abrió al máximo, culminando en un grito extraño que fue muriendo gradualmente, como si el ser maldito que lo había proferido se retirase hacia el fin del abismo de donde había venido. Los que le miraban sintieron frío dentro de los tuétanos. El ser que aborrecemos desde que nacemos, el demonio de nuestra vida, estaba entrando en un proceso de consunción. Pero ninguno sintió piedad, había en sus corazones una necesidad imperiosa de matar al enemigo innato de la felicidad, a ese inmundo espíritu que representaba el horror primigenio del hombre. Segundos después, pareció que el cuerpo se alargara y se volviera traslúcido y, al instante, el fulgor blanco del sol iluminó la pared desnuda.
Era completamente de día y toda la Transilvania estaba iluminada por el sol y en Palincsar sus rayos caían blandamente sobre la nieve, las murallas, las cúpulas, los contrafuertes y sobre el osario y las vetustas losas del cementerio.
Cuando nuestros amigos llegaron a Koztul, era casi mediodía. Estaban literalmente agotados, por lo cual recibieron de mala gana el que Fegosy se les acercase. Tenía el rostro exultante, la sonrisa dilatada.
-Aunque nuestros puntos de vista sobre el problema sean diferentes, hemos de felicitarnos, puesto que la "epidemia" del doctor Hunyadi parece haber terminado -dijo.
Y después añadió con gran satisfacción:
-No he de negarles que me sorprende la coincidencia de la exhumación de cadáveres y el final de la pesadilla. Sea como fuera, mediara en el asunto Vlouslak o el mal de ojo, me siento satisfecho. ¿Qué dirá ahora nuestro ilustre doctor?. ¿Saben que llegó a calificarme públicamente de demente? -agregó enojado-. El me difamó impunemente; ese carcamal presumido, con sus teorías simplistas, sus palabras rebuscadas y su ridículo chalequín rojo, se atrevió a llamar loco al gran Wujek Fegosi. Dicen que ahora va con el rabo entre las piernas, que apenas se le vé y que prácticamente no sale de casa. Hay efectivamente en el mundo un poco de justicia, porque al final la razón es de quien se la merece.
Fegosy hablaba y hablaba, rodeándose de laureles y criticando a la ciencia oficial del doctor Hunyadi. Sin embargo, sus palabras no eran escuchadas por nadie, perdiéndose en el vacío, pues la mente de los Escépticos vagaba por otros lugares, en el país natal, anhelando la paz y el descanso. Delius soñaba con volver a su castillo y allí, parado en el vestíbulo del hotel, se lo imaginaba vívidamente, de una manera tan real que parecía tenerlo delante, que podía tocarlo con sólo alargar la mano.
***
EL DÍA ÚLTIMO (2)
No echaron a correr los Escépticos cuando vieron la esfinge de sus vidas y, aunque los peligros que nacen del pánico pueden carecer de límites, nuestros simples mortales estaban dispuestos a enfrentarse a quien era capaz de aniquilarles con una simple mirada. Tenían fe en que los poderes divinos iban a detener las asechanzas de entidades más allá de la luz y del entendimiento. Dentro del círculo mágico, se sacaban fuerzas de la flaqueza, energías suficientes para sostener el asedio del dueño y señor de un gran feudo, para quien el tiempo no tenía otro sentido que el sufrimiento. Pero, ¿quién era aquél que ahora retrocedía totalmente impotente hasta acabar desapareciendo ante la mirada atónita de nuestros aventureros?. ¿Era el espectro de nuestra propia cobardía y acciones aviesas?. ¿Era el fantasma burlón de las decepciones y deficiencias humanas?. ¿Era el sumo representante y artífice del lado oscuro del alma ?. ¿Se trataba del dragón que moraba en el lado oculto de la luna ?. ¿Estaban ante la faz misma del pecado ?. ¡Interminable sería enumerar todas las cosas que cada uno de los Escépticos pensó en aquél instante!. Dyphilus había llegado con ojos de fiera, pero se había retirado impotente sin poder dar justa satisfacción a su odio. Dicha retirada infundió nueva confianza a nuestros amigos, aunque eran conscientes que la noche no había acabado y que su rey aparecería de nuevo para recuperar su reino.
Así fue como una vez Diphyllus hubo desaparecido, a Delius y sus acompañantes se les quitó el miedo como por ensalmo. Cruz en mano, se acercaron a la ventana para ver si le divisaban en algún lugar del castillo. Y... ¡vive el cielo que le vieron, parado en medio del patio, blandiéndoles el puño en señal de amenaza!.
-Con todo, nos guardaremos mucho de salir afuera -dijo Delius-. Ese demonio no perderá oportunidad de retorcernos el pescuezo antes de que amanezca, porque sabe que a la luz del día la victoria será nuestra. Rápido, debemos volver al círculo y organizar la defensa enseguida.
Segundos después se encontraban los cinco dentro del círculo sagrado. Cada uno de ellos llevaba un crucifijo en la mano, para que ninguna presencia malvada pudiera tocarles.
-Me temo que algo terrible se avecina -murmuró el conde saliendo por segunda vez del círculo protector y yendo junto a la ventana-. Solamente si soportamos el espanto por esta noche, como he dicho, mañana tendremos el vampiro a nuestra disposición. ¿Adónde puede ir?. No tiene más refugio que este, por lo que tratará de recuperarlo a toda costa. Por muy bien oculta que esté su tumba, acabaremos encontrándola. Ahora debemos ser fuertes. Los símbolos sagrados nos protegerán y... ¡Un momento, algo está sucediendo afuera!.
Algunos relámpagos inflamaron el cielo e iluminaron siniestramente las lápidas y monumentos del cementerio que contenía los despojos de quienes, en otro tiempo, habitaron la fortaleza y domeñaron la región. ¡El conde estaba parado en medio del campo santo!. Permaneció inmóvil durante un breve tiempo y después, con un gesto majestuoso, levantó los brazos. Las losas de los sepulcros se habían movido con un crujido ahogado y lento, como un largo lamento espeluznante. De las tumbas surgió una legión horrorosa de momias descarnadas que el hielo había conservado trágicamente a través de los siglos. Oscuras siluetas, miserables despojos, comenzaron a arrastrarse grotescamente, con pasos lentos y torpes, hundidas en la nieve hasta las rodillas.
Delius cerró los ojos aterrorizado. Tenía los nervios destrozados, aunque intentó tranquilizarse y aparentar entereza. Cuando volvió al lado de sus amigos, se sintió confortado dentro del círculo sagrado. Ellos no se atreverían a entrar allí. Tomó ánimo y fué nuevamente a la ventana. Cuando miró, vio que ya ocupaban el patio. No tardarían mucho en llegar junto a la puerta. Se oyó el crujir de los herrajes al ser empujada desde fuera. A la cabeza de todos iba Diphyllus más pálido que nunca, animado el rostro por una sonrisa salvaje. Los aullidos de los lobos eran traídos y llevados por las ráfagas del viento y en una aldea distante, una campana doblaba con lúgubres arpegios.
-¡Dios nos proteja! -murmuró Delius dentro del círculo, y se santiguó, gesto que imitaron sus compañeros.
Después, sólo hubo silencio y sombras. Apenas nada se distinguía en las tinieblas severas del gran salón. Era un submundo de la medianoche, pletórico de rumores extraños y formas confusas con un murmullo indefinible y grotesco de aullidos de lobos, ecos de pasos, efluvios extraños anunciadores de la presencia de algo que no se veía, pero que se aproximaba, no obstante, en la oscuridad. Todos, inmóviles, paralizados por el miedo, escuchaban la letanía ominosa de la medianoche y oían, sobre el rumor de mil ruidos diversos, cánticos, fúnebres cadencias en las sombras impenetrables. Con los ojos cerrados, Delius veía todavía formas macabras, como bultos que se movían vagamente. Cuando abrió los ojos, ellos ya estaban parados al borde del círculo. Y el conde, ¿dónde estaba?: Allí... emergiendo de la oscuridad, una monstruosa sombra de espanto con ojos penetrantes como tizones.
En la Transilvania o Siebenburger, como la llaman los sajones, existe un territorio más salvaje que los demás y casi inexplorado. Toda la región es cuna de fenómenos extraños y hechos maravillosos. Dicen que allí ocurren cosas por su género sorprendentes, ante las cuales palidecen incluso los sueños más miríficos. La zona no figura en los mapas oficiales, pero los lugareños la denominan, desde siglos, Scardamalia. Es un condado boscoso y de hermosos valles, casi siempre nevados, pues el clima es riguroso. Cuando Delius y sus amigos llegaron al lugar, la noche se cernía densamente sobre ellos y con ella un presagio de alas negras se abatía sobre el sueño inseguro de los habitantes de las aldeas. Delius veíase como el adalid del sacrificio del hombre por el hombre, dado que el anciano doctor de Maguncia ya no podía competir con él por este título honorífico.
Los relámpagos atravesaban el cielo de vez en cuando, revelando en la distancia, sobre una suave loma alba, una abrupta silueta. Palincsar, el castillo, tenía altos muros y torreones coronados por afiladas cúpulas oscuras, casi siempre cubiertas de hielo. Y tenía también siniestras galerías, amplios salones, con viejos muebles cetrinos y carísimas telas y tapices de Oriente. Y guardaba entre sus muros una bien nutrida biblioteca, donde el tiempo se fue estancando lenta y atemperadamente. Y también había mazmorras, desolados pasadizos y criptas de espanto. El castelul tenía asimismo un cementerio, en el cual descansaban los muertos de la saga de los Ugary, en medio de un silencio inmenso e inquietante. Grotescas esculturas prodigiosas se destacaban pesadamente en la oscuridad.
Al alba, cuando nuestros héroes entraron en el interior del recinto amurallado, comprobaron que el castillo en su totalidad, pese a su buen estado de conservación y magnífica arquitectura, era un símbolo de todas las entidades tenebrosas del abismo profundo. En el ala este, las tétricas avenidas del parque conducían al interior, grandes cámaras poco iluminadas y sobrecogedoras. En todas las estancias, aunque suntuosas, moraban sombras perpetuas, envolviendo un ambiente de tristeza y maldad. A poca distancia del macizo portón principal, se alzaba un tosco puente de piedra, bajo el cual corría un riachuelo que el rigor del clima había convertido en una turbia lengua helada. La cripta, donde encontraron un portentoso sarcófago vacío, era un antro lóbrego y nauseabundo. Durante el atardecer y la noche, en el valle donde se levantaba el castillo, la niebla era tan densa que los viajeros solitarios parecía que marchaban rodeados de fantasmas.
El día transcurrió triste y largamente y, al atardecer, la luz se fue desvaneciendo raudamente y, ya de noche, un solemne y profundo silencio reinaba dentro y fuera de la fortaleza. Delius trazó en el suelo del salón un círculo mágico, al que fortaleció con pequeños trozos de la Sagrada Forma, agua bendita y unos antiguos exhorcismos.
-Entrad en él, amigos míos -dijo-. Aquí estaremos salvos de las entidades maléficas que, sin duda, nos acosarán esta noche.
Era el día de los difuntos. Cuando dieron las doce campanadas, una voz sorda y muy lejana pareció lamentarse a través del silencio. Había como un latido ahogado y doliente en el gran corazón de la noche. Delius trató de tranquilizarse y de dar ánimos, a su vez, a quienes le acompañaban, pero su corazón latía cada vez con mayor violencia.
-¡Presiento que el momento se avecina! -balbució-. Tenemos a Dios de nuestro lado y unas formas santas y exorcismos que nos protegerán sin lugar a dudas.
Miró en derredor. Tenía la frente perlada de sudor y su voz no poseía la seguridad acostumbrada.
-Cierren los ojos, caballeros -añadió-. Es preferible que no vean lo que se abalanzará sobre nosotros cuando Belcebú abra las puertas del Infierno.
-No, desde luego -le respondió Lödenbruk enérgicamente-. Usted no es Ulises ni esta es la roca de las sirenas. Lo que se haga, lo será por todos.
Así esperaron nuestros héroes, como el cazador aguarda quedo y paciente la pieza codiciada. Se escuchó un ruido en el silencio e inmediatamente después, se oyeron pasos en el corredor. Al apercibirlos, nuestros amigos se quedaron pálidos de horror y su pavor fue in crescendo a medida que aquéllos se acercaban a la puerta. Lentamente, una vibración palpable pareció empujar el aire, como si la atmósfera se hinchase y estremeciese, y entró una alta figura, no abriendo la puerta, sino a su través. Era un hombre alto, engalanado a la manera de los caballeros de la época, vestido de negro por entero, y su rostro, aunque hermoso, se encontraba viciado y retorcido por la perversidad. Tenía una expresión arrogante de total seguridad y diabólica exaltación. Era el mismo individuo que habían visto en Koztul de noche, cuando salía de dejar su trágica tarjeta de visita en una rica mansión. El negro abismo de sus ojos les miró desde una faz de cadáver. Tenían ante sí al señor del castillo, el fantasma que poblaba la noche y hacía caer la vida a su alrededor como fruta madura. Había en su figura algo que justificaba plenamente la aversión y el temor que causaba en los mortales la noche y sus insinuaciones. Se hubiese dicho que todo ser humano guardaba muy oculto en su inconsciente el presentimiento de aquel encuentro. Era algo que se temía por instinto, como si se reconociese al propio antagonismo natural por su mera presencia, incluso antes de haberlo visto, sólo con sentir sus pisadas.
A las doce del mediodía, el trabajo estaba terminado. Solamente dos de los muertos desenterrados en el cementerio de Koztul presentaban rasgos evidentes de vampirismo, por lo que fueron atravesados con una estaca y después decapitados. Además, se introdujo en cada sepultura un pedazo de la Sagrada Forma, a fin de que, en caso de transformación, el nosferatu no pudiese salir de su tumba. Más, no se encontró rastro del profesor ni de su ayudante, como tampoco fue hallado el sarcófago de su iniciador.
-Circunstancias mayores imponen que actuemos raudo -dijo Delius cuando volvieron al hotel-. Es la una de la tarde. Comeremos algo ligero y partiremos de inmediato hacia Ossdara y Vye, que son los dos pueblos más cercanos. De no haberse marchado, nuestros enemigos deben haber buscado refugio en uno o en otro. Cabe también la posibilidad de que residan en una casa particular, tanto aquí como en cualquier otro sitio, pero todos sabemos que el upiro prefiere descansar en tierra santificada. ¿No será acaso más probable encontrarlos en campo santo?. Pues bien, hágase lo dicho y que Dios nos ayude.
A las tres de la tarde entraron en el cementerio de Vye. Nada dijeron ni el comisario, ni el alcalde, ni el párroco sobre las profanaciones de sepulcros y la exhumación de cadáveres. Habían crecido educados en la tradición y, además, una orden gubernamental no admitía apelación.
En el cementerio, junto a la rectoría de Vye, se había dispuesto una gran pira, donde debían ser arrojados los restos de quienes habían hecho de la aldea y sus cercanías un lugar de espanto.
Antes de proceder con la exhumación de los cadáveres, el doctor Radu, párroco de la diócesis, bendijo el campo santo y rezó por las almas de los muertos. Seguidamente, el Hadnagi hizo desenterrar varios cadáveres y ninguno de aquellos restos, después de ser cuidadosamente inspeccionados por nuestros expertos, fue considerado un vampiro. Por fin, en uno de los féretros se halló, entre los restos desahuciados de un difunto, a un hombre por su apariencia joven. Aquello resultaba de lo más sospechoso ya de por sí, puesto que no se había registrado ningún entierro de tal talante en las actas de defunción. El cadáver estaba bien conservado y los rasgos de su cara, perfectamente reconocibles, eran los de quien había consagrado todo su celo a un gran maestro. Todos pudieron acercarse y contemplarlo. Gërd iba vestido como en vida, aunque sus ropas estaban deterioradas y sucias. Su castaña cabellera, casi rubia, le caía, como una cascada esplendente, sobre el cuello y la espalda y mostraba por primera vez a los ojos de los sabios la verdad del ser real que se encontraba detrás de la crisálida de la apariencia. Sus rasgos, evidentemente los de una hermosa muchacha, estaban ahora blancos, como la cal. El cuerpo estaba incorrupto, semihundido en un lecho negro y hediondo de putrefacción líquida. Nada en él se movía, ni el más leve parpadeo en sus ojos, ni el menor temblor en los labios.
El párroco entonaba un grave cántico religioso. Todo en la rectoría ofrecía la imagen de la muerte: Las sepulturas abiertas con las losas apoyadas sobre el muro, descerrajados los ataúdes de quienes, por mediación del Diablo, habían sido expulsados del lado de Dios. Aquello predisponía a nuestros héroes, como espíritus elevados, a la meditación, pero la parte elemental del hombre, de la que cada uno sufrimos en algún grado, les inclinaba al terror. La vieja mole de la rectoría, con su gran campanario y sus sólidos muros, era un marco poco tranquilizador para aquella empresa sacrílega. Terminada ésta, se devolvieron a sus féretros a los no sospechosos de vampirismo, tomando antes las precauciones ordenadas por la tradición. Solamente Gërd/Virkano y una anciana iban a ser purificados mediante la prueba de la estaca y una vez esta penosa labor hubiere concluido, sus almas podrían ir a descansar en paz junto al Padre Eterno. Más, los Escépticos no estaban tranquilos, pues la presencia del discípulo indicaba que el maestro no andaba lejos, aunque ahora hubiese cambiado para mal la naturaleza del magisterio.
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JULIAN MARIAS: MUERE UN GRAN HOMBRE, UN GRAN PENSADOR
2 comentarios Publicado por Unknown en 5:13 a. m.Muere Julián Marías a los 91 años
15/12/2005
El filósofo y académico Julián Marías ha muerto en Madrid a los 91 años, según informaron fuentes de la Real Academia de Española. Destacado intelectual, filósofo y ensayista, fue discípulo de Zubiri, García Morente y, de modo especial, de Ortega y Gasset, con quien fundó el madrileño Instituto de Humanidades en 1948. Autor de una obra ingente y fundamental, con más de 50 títulos en su haber, destacan entres sus obras Introducción a la filosofía, El tema del hombre, Análisis de los Estados Unidos, La libertad en juego, El curso del tiempo o La educación sentimental. Julián Marías reflexionó sobre numerosos aspectos que desbordan lo puramente filosófico. Así, deben destacarse sus estudios literarios y sociológicos, sus análisis históricos o religiosos y, de forma muy especial, sus meditaciones sobre España.
Miembro de la Real Academia Española, ocupó desde 1964 el sillón "S" de la institución. En 1996 compartió el Premio Príncipe de Asturias de Comunicación y Humanidades con el periodista italiano Indro Montanelli.
Julián Marías reflexionó sobre numerosos aspectos que desbordan lo puramente filosófico. Así, deben destacarse sus estudios literarios y sociológicos, sus análisis históricos o religiosos y, de forma muy especial, sus meditaciones sobre España. En una entrevista publicada en El Cultural con motivo de su 90 cumpleaños, en la que Marías afirmaba que "Jamás han existido dos Españas”, el escritor se lamentaba de la situación que atraviesa la profesión a la que dedicó su vida: "Los filósofos son cuatro gatos en un rincón. Lo que importa es que se haga filosofía y que se haga de verdad.

LA ENCIGLOPEDIA DE LOS MITOS DE CTHULHU
Daniel Harms
La Factoría de Ideas (2.005)
DRÁCULA
Edición de Juan Antonio Molina Foix
CÁTEDRA
LETRAS UNIVERSALES
UN MITO DEL SIGLO XX
“Si hay un mito literario que haya alcanzado la universalidad a lo largo de este siglo (aunque su difusión se deba principalmente al cine, sin duda es el de Drácula, el arquetipo mismo del vampiro. “Un mito comparable en vitalidad al del Judío Errante, Fausto o Don Juan”, en palabras de Royce McGillivry. Publicada a finales del siglo pasado y recibida todavía como una novela gótica tardía, sus repercusiones han desbordado con creces el cerrado ámbito del género, como adivinara Oscar Wilde cuando, al celebrar su aparición, la calificó de “Tal vez la más bella novela de todos los tiempos” (Totalmente de acuerdo, N.Egosum).
“Drácula es un clásico porque cuenta algo que puede suceder donde quiera que haya seres humanos: el miedo a la muerte y a los muertos, el sueño de la inmortalidad, la dialéctica psicológica y sexual en nuestro interior entre dominio y sentimiento, entre el deseo de herir a los que amamos y de ser herido por ellos”.
Juan Antonio Molina Foix
Celebramos por lo demás una nueva publicación en esa editorial impar que es Valdemar, en su colección Gótica, que me dará la parte del incentivo para leerla por cuarta vez. Egosum dixit.
He nacido en la alta Sajonia y en dicha provincia he pasado prácticamente toda mi vida. Bien merece el hombre sensible hacer un largo viaje a las regiones septentrionales, con el fin de conocer las soberbias cascadas que tanto abundan en aquellas latitudes y gozar desde la cumbre de los montes más altos del espectáculo de los inmensos bosques.
Vivía yo en este país encantador y habitaba el castillo familiar. Por este tiempo, era capitán de dragones y me hallaba en mi hacienda disfrutando de un corto permiso. Era invierno y un vasto manto de nieve cubría el paisaje. Desde tiempos inmemoriales, han ido pasando de generación en generación historias maravillosas y fantásticas. No encontrarán ustedes un rumano que no crea a pies juntillas que bajo la clara superficie de la razón y del orden aparente de los acontecimientos diarios, yace el misterio. Se ha hablado siempre de hombres muertos hace tiempo que resucitan y caminan entre los vivos, haciendo fechorías y causando males. A estos espectros se les llama de manera distinta según la comarca, pero constituyen en todas partes un peligro mortal para los vivos. Durante ese tiempo al que me estoy refiriendo, se murmuraba que un vampiro infestaba la región. En las pequeñas villas campesinas, la gente estaba aterrada. Aseguraba que yacía en las ruinas de un monasterio, a unas doce millas de mi heredad. Era uno de esos lugares de leyenda donde nadie se acercaba y que estaba habitado solamente por las lechuzas y los murciélagos. Antes de que cerrara la noche, habíamos vuelto de una cacería y cuando mis huéspedes se acostaron, y se hubo retirado la servidumbre, me recogí en la biblioteca, donde tenía la costumbre de fumar un cigarro antes de dormir. La alta chimenea gótica desprendía un vivo resplandor, en el cual ondulaban fantásticamente las vetas azuladas del humo de mi cigarro. Disfrutaba del profundo silencio de la casa, cuando oí mi nombre que era pronunciado desde el exterior. Me acerqué a la ventana y miré al jardín, donde descubrí una figura en el césped. Desde entonces creo que los presentimientos pueden cumplirse, pues supe desde el principio que aquel era el upiro que estaba atemorizando a las gentes de las aldeas. No era otra cosa que cadáver, envuelto en jirones de su sudario. Tenía blanca y fungosa la tez y sus ojos, hundidos en las cuencas, producían una extraña fascinación sobre mí. Era una criatura horrenda y, no obstante, sentía una emoción extraordinaria y primitiva que se sobreponía a la aprensión y que me vinculaba, de algún modo, con él. Supe que se estaba adueñando de mi voluntad y reaccioné rápidamente.
-¿Qué quieres de mí, maligno espíritu? -dije a voces..
-No soy quien piensas -respondió una voz terrible-. Abre, amigo, que soy un peregrino que busca posada para esta noche.
Con el cuerpo bañado en sudor ardiente me negué a su deseo.
-¿Cómo no me das amparo, castellano? -me dijo-. ¿No te han dicho que no es de buen cristiano negar el hospedaje de tu casa?.
Muchos que ignoraran la naturaleza de tales espíritus, no advirtiendo el peligro que corrían, hubieran abierto las puertas de su casa, albergando entonces a un demonio que no esperaría a la mañana para saciar su apetito. Así que volví a mi butaca y me sumí en la oración. La luz del día me dio aviso de que ya podía estará salvo de la maldita presencia de aquel espectro.
***
Había transcurrido un largo tiempo y casi la mitad de la población de Koztul había sido enterrada. Nuestros amigos seguían sin encontrar la tumba del destructor, por lo cual se decidió tomar una medida extrema.
-Tenemos que hacer lo que en su día hicieron algunos de nuestros predecesores -había dicho el conde visiblemente preocupado-. Es necesario que consigamos una orden gubernamental para llevar a cabo exhumaciones masivas en los cementerios y empalar aquellos cadáveres que sean sospechosos.
Parecía ser, pues, la única alternativa. Aquellas estúpidas ideas habían cobrado cuerpo en el espíritu popular. Y hasta en las esferas más elevadas de la sociedad se contemplaba dicha posibilidad con terror, debido en parte a las supersticiones folklóricas y a los prejuicios nacidos de la ignorancia que generalmente reinaba en la época. Un informe detallado, llevado por la mano adecuada, podía conducir a que la Sociedad obtuviese el permiso para comenzar su trabajo.
Semejante estado de cosas, llevó al conde Delius a llamar a Koztul a su viejo e influyente amigo el coronel Zamenhoff, político destacado en su juventud y, por aquel entonces, comandante del Primer Regimiento de Dragones, acuartelado al norte, en la Sajonia, cerca del territorio tártaro. El coronel hallaría la manera más adecuada de obtener una orden, en virtud de la cual actuarían inmediatamente. Hacía ya una semana que le había escrito y no le cabía duda de que su amigo acudiría a la cita con el documento deseado.
Aquella noche, Delius no quiso retirarse a dormir. Cuando sus compañeros se hubieron acostado, el se sentó en una butaca junto al fuego a esperar al día, fumando pipa tras pipa. Estaba convencido de que Zamenhoff llegaría al amanecer y traería la notificación oficial para llevar a cabo tan monstruoso y tremendo deber.
A las seis en punto, penetró en el despacho el coronel Zamenhoff y miró a Delius en silencio.
-Mi buen amigo -dijo-, nunca creímos llegar a este punto, pero esta autorización que llevo en la mano es el símbolo de que no nos hemos equivocado del todo. Tus palabras me dejaron frío de espanto, pero esta emoción no puede compararse al terror que ahora siento ante el duro camino que nos aguarda.
Delius dio orden a un sirviente para que fuese a despertar a Lödenbruk y a Galtrupp, quienes bajaron a los pocos minutos en bata. Se reunieron junto al fuego y acordaron comenzar a la mañana siguiente.
-No creo que haya ningún problema -dijo Zamenhoff-. Pero por si acaso algún familiar llega a enterarse de nuestros planes y no está de cuerdo con ellos, una compañía de mis soldados en el exterior impedirá el paso a las personas que no estén autorizadas.
En caso de no encontrar ningún sospechoso de vampirismo en el cementerio de Koztul, se llevaría a cabo la misma operación en las aldeas vecinas. Zamenhoff ponía toda su energía en la empresa y sobradas razones tenía para ello, pues hacía muchos años había tenido una experiencia singular con un espectro. He aquí la historia, que él mismo contó a los escépticos al calor del fuego.
***
SHAITAN, ESE VIEJO Y SINIESTRO COMPAÑERO (2)
Al poco, resonó en el silencio el rumor de un carricoche sobre el pavimento, que se acercaba. Delius y sus amigos se ocultaron en el hueco de la cerrada puerta de la casa frente a la cual estaban parados y desde donde podían ver sin ser vistos. El caballero emergió de nuevo de su escondite y volvió la cabeza hacia el fondo de la calle, por donde se oía el ruido del coche. El carruaje iba tirado por cuatro caballos y tal era su velocidad que, en breve tiempo, llegó a su altura. Delius, Lödenbruk y Galtrupp advirtieron entonces que el vehículo y los caballos eran negros y el cochero y los lacayos vestían ricas libreas de terciopelo negro. Uno de los criados abrió la portezuela del vehículo y el hombre entró en él. Se asomó a la ventanilla y le dijo al postillón unas palabras en dialecto. En esta ocasión, su rostro pudo ser visto con mayor claridad a la luz mortecina de las linternas del carruaje. El hombre tenía un rostro muy pálido y de facciones, hasta cierto punto, delicadas, al contrario que los lacayos, de tez morena y rasgos vulgares, pero había en sus ojos tal expresión de ardiente y viciada ferocidad que difícilmente podría ser igualada por el más elemental y depravado de los hombres. Los caballos, al momento, comenzaron a galopar velozmente y el coche desapareció al doblar la esquina de la calle, en dirección sur.
-He aquí a nuestro enemigo-prorrumpió Delius saliendo del escondite-. ¿No habéis visto, acaso, el escudo condal?. ¿No coincidían sus rasgos con la descripción que dio Balcestru del misterioso caballero que mantuvo una entrevista con el jefe de la partida de bandoleros?. Sí, ese es el ser al que debemos dar fin. Esa criatura demoníaca, si es que no hay más, es el responsable de la devastación que se ha adueñado de la ciudadela, antes hermosa y rebosante de vida. En vano intentaríamos seguirle, porque ya debe estar lejos de aquí. Lo único que podemos hacer es irnos al hotel y esperar a que llegue el momento oportuno para poner en marcha el plan que todos conocen. Espero que podamos comenzar pronto nuestro trabajo.
Caminaron en silencio hacia la salida de la ciudadela, donde se alzaba el hotel. A lo lejos se veía el enorme edificio que llamaban Ritter-Heiden, fundiéndose con la negrura de la noche. Tenía aspecto de vejez y melancólica majestuosidad. No se veía ninguna luz en las ventanas. Era la mansión de las sombras.
***
SHAITAN, ESE VIEJO Y SINIESTRO COMPAÑERO (1)
Pasada la media noche, cuando el conde Delius y sus amigos salieron de la taberna de Kebelk y se dirigieron al hotel, no se veía ningún ser vivo por las calles y el silencio era opresivo. La antigua iglesia de San Cristobal se confundía con la pesada lobreguez del cielo de la noche. Había maldad en el ambiente y una gran nube de muerte flotaba sobre Koztul. Parecía como si las almas de todos y cada uno de sus habitantes fueran a ser arrastradas por el viento del infierno a un desolado abismo interminable, el oscuro y prohibido abismo que se extiende entre el cielo y el averno. Al otro lado del Bien, el Mal, ahora absoluto, se erigía por esencia en fuente de todo lo contrario, en origen de todos los eventos negativos, del que emanaban la desgracia y la destrucción.
Ningún inexorable poder podía librar su batalla sin un agente que se adueñase de los hombres, no solo en esta vida sino en el eterno Más Allá tras la muerte. ¿Dónde estaba el diablo vampiro que ganaba almas para el Maligno?. Nuestros sabios llevaban semanas en la ciudad y no habían conseguido el menor rastro que les condujese a la ruinosa sepultura donde el rey de los muertos yacía seguro y henchido de sangre.
No habían caminado nuestros amigos mucho trecho cuando, de pronto, Delius levantó la mano en señal de alto. Señaló en dirección a un oscuro y bajo seto. Había un hombre parado junto a la casa que era, por su apariencia, residencia de gente adinarada. Delius no podría jurarlo ni sabía si sus acompañantes habían visto lo que él, pero tuvo la impresión de que aquel caballero, con un movimiento macilento y fluctuante, había surgido del mismo muro de la residencia. Tenía el aspecto gallardo y apuesto. Iba vestido de negro, con un hábito talar, posiblemente un largo abrigo o una capa. Las densas tinieblas no permitían ver más. Casi nada podía divisarse de su fisionomía desde donde ellos estaban, si no unos ojos que brillaban como brasas en el fondo de una profunda y oscura caverna. El hombre, indiferente al mundo que le rodeaba, dio unos pasos, abrió la cancela y tranquilamente se detuvo en la acera, mirando al fondo de la calle. Sin duda esperaba la llegada de alguien. Bajo la decrépita luz de la farola, sus facciones eran finas y pálidas, incluso de una belleza enigmática. Se colocó los guantes y el sombrero y retrocedió un poco, ocultándose nuevamente en las sombras. El demonio caminaba, a gusto, por los páramos del infierno.
KOZTUL, LA DESDICHADA
Los habitantes de Koztul ya sabían lo que era estar masivamente en cuarentena. El Dr. Hunyadi había sido nombrado jefe médico para intentar atajar una enfermedad de la cual nadie sabía su origen. Poco a poco, ante la impotencia general, Koztul pasó a ser una ciudad estigmatizada por la muerte. El mal, cada semana, se cobraba una nueva víctima.
La semiología de la dolencia era, por lo demás, sumamente desconcertante. Los enfermos mostraban un debilitamiento progresivo, que terminaba llevándolos a la tumba sin remisión. Se perdía el apetito, las fuerzas iban desapareciendo, aparecía un estado permanente de astenia, sudores nocturnos, dolores precordiales, anemia, debilidad crónica, estupor en bastantes casos y finalmente la muerte.
Las opiniones sobre la causa del infortunio eran variopintas. Cada cual se arrogaba el derecho a opinar y las teorías iban desde las más materialistas hasta las más peregrinas. Digamos que, en ciertos círculos herméticos de la ciudad, de hablaba de hechizamiento, mal de ojo o ritual de encantamientos. El ciudadano Fegosy, medio brujo, medio filósofo, era el principal portador de esta tesis y abogaba por la participación de una fuerza negativa y personal en el desarrollo de las calamidades. Según él, el procedimiento más común del que se valían las brujas para el maleficio, llamado también hechizamiento, consistía en el mal de ojo, que el desdichado podía comenzar a sufrir desde el mismo nacimiento o padecerlo ya en la edad adulta. Bastaba que la hechicera mirara a la víctima con mala intención y desease que tuviera lugar el maleficio y se ponía en marcha el complejo mecanismo que acabaría con la vida del infortunado.
Frente al embrujamiento tan solo cabía un medio de defensa, que consistía en un contragolpe realizado por otra bruja o brujo, para anularlo. Su método se basaba en contrarestrar los efluvios maléficos de la mirada de la bruja por otros poderes negativos de mayor entidad. Estas eran, en suma, las hipótesis del brujo Fegosy, quien se encargaba, además, de afrontar el influjo diabólico del maleficio en aquellos casos en que se requiriesen sus servicios.
La medicina oficial, profundamente desconcertada en el fondo, tomaba cuantas medidas profilácticas y terapéuticas estaban en su mano para eliminar al hipotético microbio responsable de la epidemia.
Delius y sus camaradas habían tomado habitaciones en el hotel Teszaily, donde también residía Fegosy. Trabaron mutuamente una amistad superficial, pero la suficiente para que el brujo les permitiese asistir a una sesión de desencantamiento. El moribundo era una anciano octogenario, que se moría a ojos vista. Fueron Fegosy y nuestros héroes a la habitación del convaleciente. El brujo procedió según las normas de rigor, eso sí con gran aparatosidad. El primer paso consistía en determinar si el enfermo lo era a causa del mal de ojo, para lo cual Fegosy puso sobre su cabeza un plato de aceite, sobre el cual echó unas pocas gotas de agua. Si el agua se iba al fondo o se situaba en los bordes del plato, ello indicaba la existencia del hechizo. Tal fue, en efecto, el caso, por lo que el brujo realizó una serie de invocaciones encaminadas a alejar el maleficio. Si la intervención de fuerzas benefactoras era más poderosa que la de las fuerzas diabólicas, el paciente recobraría la salud en pocos días. De no ser este el caso, la muerte era segura.
Realizado el ritual, el grupo abandonó la casa y nuestros amigos, a decir verdad, nunca supieron el resultado de aquella intervención extraordinaria. Sin embargo, las dos pequeñas heridas en el cuello del viejo, inclinaron el juicio de Delius, Galtrupp y Lödenbruk en un sentido muy diferente.
En Upertrasse, una calleja recoleta del barrio más miserable de Koztul, se reunían a diario en la taberna de Kebelk personajes de otra opinión, quienes veían en la tragedia la intervención del Wurdalak. Esta creencia estaba bastante extendida en la ciudadela, pues muchas personas solamente salían a la calle durante el día y, después del ocaso, se recluían en sus casa, que cerraban y aherrojaban. ¡Como si al diablo le importasen cerraduras y cerrojos!. Aunque las ventanas se atrancasen y se llenase la casa de ajos y cruces, no había plena seguridad de que los poderes de seducción del upiro no acabaran triunfando. La cosa ya iba bastante mal de día, pero al llegar la noche los crédulos se encerraban en el ambiente de terror y protección que ellos mismos habían fabricado, un ambiente fúnebre, sordo, violentado y urdido, en una acción simultánea, por todos los inextricables elementos del miedo. Se escuchaba febrilmente en el intenso silencio, creyendo percibir el presunto deambular del enemigo por el exterior de la casa. Y cuando la voluntad cedía, él se arrastraba con pasos fantasmales hasta donde la víctima, sumida en un trance extraño, aguardaba la muerte segura. El desgraciado aparecía muerto y lívido al amanecer. Sería un muerto más de la epidemia oficial del doctor Hunyadi y sus colaboradores y, no obstante, el enemigo seguía deambulando noche tras noche para saciar sus indescriptibles pasiones.
Cada amanecer, cuando los cadáveres eran sacados de las casas y depositados en el coche fúnebre, el paseante causal y solitario sentía una imperiosa necesidad de vida, y un temor sordo y profundo hacia el porvenir le desgarraba el corazón.
En Octubre la epidemia llegó a su apogeo y en las instituciones sanitarias se comenzaba a admitir que no sabían contra lo que luchaban y que para aquel caos no había remedio. Las calles comenzaron a estar desiertas y los supervivientes apenas se atrevían a abandonar sus casas. No se agitaba el soplo de la vida en la languidez del aire muerto.
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