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LOS PERROS DE TINDALOS
Frank Belknap Long
I
-Me alegro de que hayas venido -dijo Chalmers.
Estaba sentado junto a la ventana, muy pálido. Junto a uno de sus brazos ardían dos velas casi derretidas que proyectaban una enfermiza luz ambarina sobre su nariz larga y su breve mentón. En el apartamento de Chalmers no había absolutamente nada moderno. Su propietario tenía el alma medieval y prefería los manuscritos iluminados a los automóviles, y las gárgolas de piedra a los aparatos de radio y a las máquinas de calcular.Quitó, en mi obsequio, los libros y papeles que se amontonaban en un diván y, al atravesar la estancia para sentarme me sorprendió ver en su mesa las fórmulas matemáticas de un célebre físico contemporáneo junto con unas extrañas figuras geométricas que Chalmers había trazado en unos finos papeles amarillos.
-Me sorprende esta coexistencia de Einstein con John Dee -dije al apartar la mirada de las ecuaciones matemáticas y descubrir los extraños volúmenes que constituían la pequeña biblioteca de mi amigo.
En las estanterías de ébano convivían Plotino y Emmanuel Mascópoulos, Santo Tomás de Aquino y Frenicle de Bessy. Las butacas, la mesa, el escritorio estaban cubiertos de libros y folletos sobre brujería medieval y magia negra, así como de textos sobre todas las cosas hermosas y audaces que rechaza nuestro mundo moderno.Chalmers me ofreció, sonriendo, un cigarrillo ruso y dijo:
-Estamos llegando ahora a la conclusión de que los antiguos alquimistas y brujos tenían razón en un setenta y cinco por ciento, y los biólogos y los materialistas modernos están equivocados en un noventa por ciento.
-Usted siempre se ha tomado un poco a broma la ciencia de hoy -repuse, con un leve gesto de impaciencia.
-No -contestó-. Sólo me he burlado de su dogmatismo. Siempre he sido un rebelde, un campeón de la originalidad y de las causas perdidas. No te extrañe, pues, que haya decidido repudiar las conclusiones de los biólogos contemporáneos.
-¿Y qué me dice usted de Einstein? -pregunté.
-¡Un sacerdote de las matemáticas trascendentes! - murmuró con respeto-. Un profundo místico, un explorador de reinos inmensos cuya misma existencia sólo ahora se empieza a sospechar.
-Entonces no desprecia usted la ciencia por completo.
-¡Claro que no! Lo que no me inspira confianza es el positivismo de estos últimos cincuenta años, ni tampoco las ideas de Haeckel ni de Darwin ni de Bertrand Russell. Creo que la biología ha fracasado lamentablemente cuando ha intentado explicar el origen y el destino del hombre.-Déles usted un margen de tiempo.
Los ojos de Chalmers despidieron chispas:
-Amigo mío -murmuró-, acabas de hacer un juego de palabras verdaderamente sublime. ¡Deles usted un margen de tiempo! Yo se lo daría encantado, pero precisamente cuando les hablas de tiempo, los modernos biólogos se echan a reír. Poseen la llave, pero se niegan a utilizarla. ¿Qué sabemos del tiempo? Einstein lo considera relativo y cree que se puede interpretar en función del espacio, de un espacio curvo. Pero no hay que quedarse ahí detenido. Cuando las matemáticas dejan de prestarnos su apoyo, ¿acaso no se puede seguir adelante a base de... intuición?
-Ese es un terreno muy resbaladizo. El verdadero investigador evita siempre caer en esa trampa. Por eso avanza tan despacio la ciencia moderna. Sólo admite lo que es susceptible de demostración. Pero usted...
-Yo, ¿sabes lo que haría? Tomar hachís, opio, todas las drogas. Yo imitaría a los sabios orientales y acaso así consiguiera...
-¿Consiguiera qué?-Conocer la cuarta dimensión.
-¡Eso es pura teosofía, una estupidez!
-Puede que sí, pero estoy persuadido de que las drogas consiguen aumentar el alcance de la conciencia humana. William James está de acuerdo sobre este particular. Además, he descubierto una nueva.
-¿Una nueva droga?
-Fue utilizada hace siglos por los alquimistas chinos, pero apenas se conoce en Occidente. Posee ciertas propiedades ocultas verdaderamente asombrosas. Gracias a esta droga y a mis conocimientos matemáticos, creo que puedo remontar el curso del tiempo.
-No comprendo qué quiere usted decir.
-El tiempo no es más que nuestra percepción imperfecta de una nueva dimensión espacial. El tiempo y el movimiento son otras tantas ilusiones. Todo lo que ha existido desde el origen del universo existe ahora también. Lo que sucedió hace milenios sigue sucediendo en otra dimensión del espacio. Lo que sucederá dentro de milenios sucede ya. Si no lo podemos percibir es porque tampoco podemos penetrar en la dimensión espacial donde sucede. Los seres humanos, tal como los conocemos, no son sino partes infinitesimales de un todo inmenso. Cada uno de nosotros está unido a toda la vida que le ha precedido en nuestro planeta. Todos nuestros antepasados forman parte de nosotros. De ellos sólo nos separa el tiempo, y el tiempo es una ilusión.
-Creo que empiezo a comprender -murmuré.
-Basta con que tengas una vaga idea del asunto para poderme ayudar. Lo que pretendo es arrancar de mis ojos el velo de la ilusión que los cubre y ver el principio y el fin.
-¿Y usted cree que esta nueva droga le serviría de algo?
-Estoy convencido de ello. Y pretendo que me ayudes. Quiero tomarla inmediatamente. No puedo esperar. Tengo que ver -sus ojos lanzaron extraños destellos-. Voy a viajar en el tiempo. Voy a retroceder en el tiempo.
Chalmers se levantó y tomó de encima de la chimenea una cajita cuadrada.
-Aquí tengo cinco gránulos de la droga Liao. Fue utilizada por el filósofo chino Lao-Tse y, bajo su influencia logró contemplar el Tao. Tao es la fuerza más misteriosa del mundo. Rodea y penetra todas las cosas y contiene en sí la totalidad del universo visible y todo lo que denominamos realidad. El que logre contemplar el misterio del Tao sabrá todo lo que fue y todo lo que será.
-Fantasías -comenté.-Tao es como un enorme animal reclinado e inmóvil que contiene en sí todos los mundos, el pasado, el presente, el porvenir. A través de una hendidura que llamamos tiempo percibimos sectores de ese monstruo terrible. Mediante esta droga voy a ensanchar la hendidura. Contemplaré así el rostro mismo de la vida; veré la bestia entera, inmensa y agazapada.
-¿Y cuál será mi misión?
-Escuchar, amigo mío. Escuchar y anotar lo que escuche. Y si me alejo demasiado hacia el pasado, me tendrás que sacudir violentamente para traerme de nuevo a la realidad. Si vieras que estoy sufriendo dolores físicos intensos, me debes hacer regresar al instante.
-Chalmers -dije-, este experimento no me gusta nada. Va a correr usted un peligro terrible. No creo en la cuarta dimensión y mucho menos en el Tao. Tampoco apruebo el uso de drogas desconocidas.
-Para mí no es desconocida -repuso-. Conozco sus efectos sobre el animal humano y también sus peligros. La droga en sí no es peligrosa. Yo lo único que temo es extraviarme en el abismo del tiempo, porque has de saber que mi intención es colaborar activamente con la droga. Antes de tomarla me concentraré en los símbolos geométricos y algebraicos que he trazado en este papel -me enseñó el diagrama que tenía sobre las rodillas- y así prepararé mi espíritu para el viaje transtemporal. Primero me aproximaré todo lo posible a la cuarta dimensión mediante el solo esfuerzo de mi propio ego, y luego tomaré la droga que me dará el poder oculto de percepción. Antes de penetrar en el mundo onírico del misticismo oriental dispondré de toda la ayuda matemática que pueda ofrecerme la ciencia. La droga abrirá las puertas de la percepción y las matemáticas me permitirán comprender intelectualmente lo que así perciba. Así mis conocimientos matemáticos y mi aproximación consciente a la cuarta dimensión complementarán la pura acción de la droga. En mis sueños ya he conseguido captar muchas veces la cuarta dimensión en forma intuitiva y emocional, pero en estado de vigilia no he sido después nunca capaz de recordar el resplandor oculto que me era revelado momentáneamente en sueños. Creo, sin embargo, que con tu ayuda podré hacerlo esta vez. Tu anotarás todo lo que diga durante mi trance, por muy extraño e incoherente que te parezca. A mi regreso espero poder proporcionarte la clave de todo lo que no hayas entendido. No estoy seguro de mi éxito, pero, si lo tengo -sus ojos volvieron a despedir un extraño fulgor-, ¡el tiempo ya no existirá para mí!De pronto, se sentó.-Voy a hacer el experimento ahora mismo. Ponte, por favor, junto a la ventana y no dejes de vigilarme. ¿Tienes pluma?
Asentí hoscamente y saqué mi pluma Waterman verde claro del bolsillo superior de la chaqueta.
-¿Y has traído algo donde escribir, Frank?De mala gana saqué una agenda.
-Insisto enérgicamente una vez más en que no apruebo este experimento -gruñó-. Va a correr usted un peligro terrible.
-¡No seas niño! -agitó un dedo ante mí-. Estoy decidido a hacerlo a pesar de todo lo que me digas, y además a hacerlo ahora mismo. Por favor, estate en silencio mientras medito sobre estos diagramas.
Puso los dibujos ante sí y se concentró intensamente en ellos. En el silencio oí cómo el reloj de la chimenea iba desgranando segundos. Una angustia indefinida me oprimía el pecho.De pronto, el reloj se paró. En ese momento, Chalmers introdujo la droga en su boca y la tragó.Rápidamente me aproximé a él, pero con la mirada me advirtió que no le interrumpiera.
-El reloj se ha parado -murmuró-. Las fuerzas que lo gobiernan aprueban mi experimento. El tiempo se detuvo y yo tomé la droga. ¡Dios mío, haz que no me extravíe!Cerró los párpados y se extendió en el sofá. Su rostro estaba exangüe, y respiraba con dificultad. Era evidente que la droga estaba actuando extraordinariamente de prisa.-Comienzan las tinieblas -murmuró-. Anótalo. Todo se está poniendo oscuro y se van desdibujando los objetos familiares de la habitación. Aún los veo, pero borrosos, y se están desdibujando rápidamente.
Sacudí la pluma estilográfica, pues la tinta fluía mal, y seguí tomando veloces notas taquigráficas.
-Abandono la habitación. Las paredes se disuelven como niebla. Ya no veo ninguno de los objetos, pero todavía te veo la cara. Supongo que estarás escribiendo. Creo que estoy a punto de dar el gran salto a través del espacio, o acaso del tiempo. No lo sé. Todo es confuso, incierto.
Permaneció en silencio durante algún tiempo, con la barbilla apoyada en el pecho. De pronto, se puso rígido y abrió los ojos.
-¡Dios mío! -exclamó-. Veo.
Se hallaba todo contraído, tenso, mirando fijamente la pared que había frente a él. Pero yo sabía que su mirada la atravesaba y que los objetos de la habitación no existían para él.
-¡Chalmers! ¡Chalmers! ¿Le despierto?-¡De ninguna manera! -aulló-. ¡Veo todo! Ante mí veo los billones de vidas que me han precedido en este planeta. Veo hombres de todas las épocas, de todas las razas, de todos los colores. Luchan, se matan, construyen, danzan, cantan. Se sientan en torno a la hoguera primitiva, en desiertos grises, e intentan elevarse en el aire a bordo de monoplanos. Cruzan los mares en toscas barcas de troncos y en enormes buques de vapor. Pintan bisontes y elefantes en las paredes de cuevas lúgubres y cubren lienzos enormes con formas y colores del futuro. Veo a los emigrantes procedentes de la Atlántida y Lemuria. Veo a las razas ancestrales: a los enanos negros que invaden Asia y a los hombres de Neanderthal, de cabeza inclinada y piernas torcidas, que se extienden por Europa. Veo a los aqueos colonizando las islas griegas y contemplo los rudimentos de la naciente cultura helénica. Estoy en Atenas y Pericles es joven. Me hallo en tierra italiana. Participo en el rapto de las sabinas. Camino con las legiones imperiales. Tiemblo de respeto y de pavor cuando flamean los gigantescos estandartes y el suelo trepida bajo el paso de los hastati victoriosos. Paso en una litera de oro y marfil arrastrada por negros toros de Tebas y ante mí se postrernan mil esclavos y las mujeres, cubiertas de flores, exclaman: "¡Ave César!". Yo les sonrío y saludo a la multitud. Soy esclavo en una galera berberisca. Veo cómo, piedra a piedra, se va levantando una catedral. Contemplo durante meses, durante años, cómo van colocando en su sitio cada uno de los sillares. Estoy crucificado, cabeza abajo, en los perfumados jardines de Nerón y veo, con ironía y desprecio, cómo funcionan las cámaras de tortura de la Inquisición. ¡Es un espectáculo divertido!«Penetro en los más sagrados santuarios. Entro en el Templo de Venus. Me arrodillo, en adoración, ante la Magna Mater y arrojo monedas al regazo de las prostitutas sagradas que, con el rostro velado, esperan en los Jardines de Babilonia. Penetro en un teatro inglés de la época isabelina y, en medio de una multitud maloliente, aplaudo El Mercader de Venecia. Paseo con Dante por las estrechas callejuelas de Florencia. Mientras contemplo, arrobado, a la joven Beatriz, la orla de su vestido roza mis sandalias. Soy sacerdote de Isis y mis poderes mágicos asombran al mundo. A mis pies se arrodilla Simón Mago, implorando mi ayuda, y el Faraón tiembla ante mi sola presencia. En la India hablo con los Maestros y huyo horrorizado, pues sus revelaciones son como sal en una herida sangrante.»Todo lo percibo simultáneamente. Todo lo percibo a la vez y desde todos los ángulos posibles. Formo parte de los billones de vidas que me han precedido. Existo en todos los seres humanos y todos los seres humanos existen en mí. En un instante veo a la vez toda la historia del hombre, el pasado y el presente.»Mediante un pequeño esfuerzo soy capaz de contemplar pasados cada vez más lejanos. Ahora me remonto hacia el mismo origen, a través de curvas y ángulos extraños. A mi alrededor se multiplican los ángulos y las curvas. Hay grandes sectores de tiempo que los percibo a través de curvas. Existe un tiempo curvo y un tiempo angular. Los moradores del tiempo curvo no pueden penetrar en el tiempo angular. Todo es muy extraño.»Sigo retrocediendo cada vez más. De la tierra ya ha desaparecido el hombre. Veo reptiles gigantescos agazapados bajo enormes palmeras y nadando en pútridas aguas negras. Ya han desaparecido los reptiles. Ya no hay animales terrestres, pero veo perfectamente bajo las aguas formas sombrías que se mueven lentamente entre las algas.»Las formas que veo son cada vez más simples. Ahora los únicos seres vivos son células. A mi alrededor hay cada vez más ángulos, ángulos totalmente ajenos a la geometría humana. Tengo un miedo horrible. En la creación existen abismos en los que nunca ha penetrado el hombre.»
Seguí sin perderle de vista. Chalmers se había levantado y gesticulaba como pidiendo ayuda. Al poco volvió a hablar:
-Atravieso ángulos ajenos al espacio terrestre. Me aproximo al horror supremo.
-¡Chalmers! -exclamé-. ¿Quiere usted que intervenga?Se llevó la mano al rostro, como para no ver una visión indeciblemente espantosa. Pero dijo trabajosamente:
-¡Todavía no! Quiero seguir adelante... Quiero ver... lo que hay... aún más allá...
Tenía la frente cubierta de sudor frío y movía los hombros de modo espasmódico. Su rostro espantado era de color gris ceniciento.
-Más allá de la vida existen cosas que no logro distinguir. Pero se mueven lentamente a través de ángulos alucinantes.
En ese momento percibí por primera vez en la estancia un olor bestial e indescriptible, nauseabundo, insoportable. Me lancé a la ventana y la abrí de par en par. Cuando volví al lado de Chalmers y vi su expresión, estuve a punto de desmayarme.
-¡Me han olido! -lanzó un alarido-. ¡Lentamente se dan la vuelta hacia mí!
Todo el cuerpo le temblaba horriblemente. Durante un momento agitó los brazos en el aire, como buscando un asidero, y luego le cedieron las piernas. Cayó al suelo, donde permaneció boca abajo, sollozando, gimiendo.En silencio contemplé cómo se arrastraba por el suelo. En aquellos momentos, mi amigo no era un ser humano. Enseñaba los dientes y en las comisuras de la boca se le formó una espuma blanquecina.
-¡Chalmers! -grité-. ¡Chalmers, basta ya! Basta ya, ¿me oye?
Como en respuesta de mi llamada, comenzó a emitir unos sonidos roncos y convulsivos, semejantes a ladridos, y a caminar en círculo a cuatro patas por el suelo. Me incliné y le cogí por los hombros. Le sacudí violentamente, desesperadamente, y él intentó morderme la muñeca. Me sentía enfermo de horror, pero no le solté, pues temía que se destruyese a sí mismo en un paroxismo de rabia.
-¡Chalmers! -murmuré-. Basta ya. Está usted en su habitación. Nada malo le puede suceder. ¿Comprende?
A fuerza de sacudirle y de hablarle, logré que la expresión de locura fuera desapareciendo de su rostro. Tembloroso y convulsivo, quedó como un grotesco montón de carne en el centro de la alfombra china.Le ayudé a caminar hasta el sofá y a tumbarse en él. Su rostro estaba contraído de dolor y me di cuenta de que seguía luchando sordamente contra recuerdos espantosos.
-Whisky -murmuró-. Está ahí, en el mueblecito, junto a la ventana, en el cajón superior de la izquierda.
Cuando le alcancé la botella, la asió con tal fuerza que los nudillos se le pusieron azules.
-Casi me cogen -dijo entrecortadamente.
Bebió el estimulante a grandes tragos irregulares y poco a poco le fue volviendo el color a la cara.
-Esa droga -dije- es el diablo en persona.
-No era la droga -gimió.
Su mirada ya no era de loco. Ahora daba impresión de un profundo desaliento.-
Me han olido a través del tiempo -susurró-. He llegado demasiado lejos.
-¿Cómo eran? -pregunté para seguirle la corriente.
Se inclinó hacia mí y me agarró el brazo hasta hacerme daño. Otra vez fue dominado por horribles temblores.
-¡No hay palabras para describirlos! -murmuró roncamente-. Han sido vagamente simbolizados en el Mito de la Caída y en cierta forma obscena que a veces aparece grabada en algunas tablillas arcaicas. Los griegos le daban un nombre que ocultaba la impureza esencial de esos seres. La manzana, el árbol y la serpiente son símbolos del misterio más atroz.
Al cabo de unos momentos su voz se convirtió en un aullido:
-¡Frank! ¡Frank! ¡En el comienzo se consumó un acto terrible e inmencionable! Antes del tiempo, el acto, y después del acto...
Comenzó a andar histéricamente por la estancia.
-Las consecuencias del acto se mueven a través de ángulos en los oscuros recodos del tiempo. ¡Tienen hambre y sed!-Chalmers -intenté razonar-, ¡estamos en el tercer decenio del siglo XX!Pero él siguió ululando:-
¡Tienen hambre y sed! ¡Los Perros de Tíndalos!.
-Chalmers, ¿quiere usted que llame a un médico?
-Ningún médico puede ayudarme. Son horrores del alma y, sin embargo -ocultó la cara entre las manos-, son reales, Frank. Los vi durante un momento horrible. Durante un instante he llegado a estar al otro lado. Me encontré en una ribera lívida, más allá del tiempo y del espacio. Había una luz espantosa que no era luz y un silencio hecho de aullidos, y allí los vi. En sus cuerpos flacos y famélicos se concentra todo el Mal del universo. En realidad no estoy seguro de que tuvieran cuerpo: sólo los vi un instante. Pero los he oído respirar. Durante un momento indescriptible sentí su aliento en mi cara. Se volvieron hacia mi y huí dando alaridos. En un solo instante huí a través de millones de siglos.Pero me han olido. Los hombres despiertan en ellos un hambre cósmica. Hemos escapado momentáneamente del aura impura que los rodea. Tienen sed de todo lo que hay limpio en nosotros, de todo lo que emergió inmaculado de aquel acto. En nosotros hay elementos que no participaron en el acto y ellos los aborrecen. Pero no te imagines que son literal y prosaicamente malos. En el plano donde habitan no existen el bien y el mal tal como nosotros los concebimos. Son lo que, en el principio quedó desprovisto de pureza para siempre jamás. Al cometer el acto, se convirtieron en cuerpos de muerte, en receptáculo de toda impureza. Pero no son malos en el sentido que nosotros damos a esta palabra, porque en las esferas en que se mueven no existe pensamiento ni moral ni bueno ni malo. Allí sólo existen lo puro y lo impuro. Lo impuro se expresa en ángulos; lo puro, en curvas. El hombre, o mejor dicho, lo que hay en él de puro, procede de lo curvo. No te rías. Hablo completamente en serio.
Me levanté para irme. Mientras iba hacia la puerta, dije:
-Me da usted mucha pena, Chalmers. Pero no estoy dispuesto a oírle delirar. Le enviaré a mi médico. Es un hombre de edad, muy comprensivo, y no se ofenderá aunque usted lo mande al diablo. Pero confío en que siga usted las indicaciones que le dé. Se pasa usted una semana descansando en buen sanatorio y verá qué bien le sienta.
Mientras bajaba las escaleras le oí reír. Era una risa tan desprovista de alegría que me hizo llorar.
II
Cuando Chalmers me telefoneó a la mañana siguiente, mi primer impulso fue colgar inmediatamente el receptor. Me llamaba para pedirme algo tan insólito, y tan anormalmente alterada estaba su voz, que temí por mi propia cordura si seguía adelante con este asunto. Pero no pude dejar de percibir la sinceridad de su angustia, y cuando se le quebró la voz y comenzó a sollozar, decidí acceder a su petición.
-De acuerdo -dije-, ahora mismo voy y le llevo la escayola.
De camino hacia casa de Chalmers, me detuve en una droguería y adquirí diez kilos de escayola. Al entrar en el cuarto de mi amigo, le vi agazapado junto a la ventana, contemplando la pared de enfrente con ojos enfebrecidos por el terror. Cuando me vio entrar, se puso en pie y me arrebató el paquete de la escayola con una avidez que me puso los pelos de punta. Había sacado todos los muebles de la estancia, la cual presentaba ahora un aspecto absolutamente desolado.
-¡Aún podemos salvarnos! -exclamó-. Pero tenemos que actuar rápidamente. Frank, hay una escalera plegable en el vestíbulo. Tráela inmediatamente. Y ve a buscar también un cubo de agua.
-¿Para qué? -murmuré atónito.
Se volvió vivamente hacia mí y vi un relámpago de ira en sus ojos.
-¿Para qué va a ser, so bobo? ¡Para hacer la masa con la escayola! -gritó, fuera de sí-. Para hacer la masa que nos salvará el cuerpo y el alma de una contaminación indecible. Para hacer la masa que salvará al mundo de un peligro... ¡Frank, tenemos que cerrarles las puertas!.
-¿A quiénes? -pregunté.
-¡A los Perros de Tíndalos! -exclamó-. Sólo pueden llegar hasta nosotros a través de ángulos. ¡Eliminemos todos los ángulos de la habitación! Voy a poner escayola en todos los ángulos, en todos los rincones, en todas las hendiduras. ¡La habitación quedará como el interior de una esfera.
!Habría sido inútil discutir con él. Le llevé la escalera. Chalmers mezcló la escayola con el agua y estuvimos trabajando durante tres horas. Tapamos las cuatro esquinas de la pared y también las intersecciones de ésta con el suelo y el techo. Por último, redondeamos los duros ángulos de la ventana.
-Ahora me quedaré en esta habitación hasta que se vayan -dijo Chalmers cuando hubimos dado fin a la tarea-. Al darse cuenta de que el olor que siguen les obliga a atravesar curvas, se volverán. Se volverán, hambrientos, frustrados, insatisfechos, al plano de impureza de donde proceden, anterior al tiempo y más allá del espacio.
Sonrió afablemente y encendió un cigarrillo.
-Te agradezco mucho que hayas venido.
-¿Sigue usted sin querer ver a un médico? -rogué.
-Quizá mañana -repuso-. Ahora tengo que vigilar y esperar.
-¿Esperar qué? -apremié.
Chalmers sonrió débilmente.-Te crees que estoy loco -dijo-; me doy cuenta perfectamente. Eres inteligente, pero también eres muy prosaico y no puedes concebir la existencia de ninguna entidad independiente de toda energía y de toda materia. Pero, mi querido amigo, ¿se te ha ocurrido pensar alguna vez que la energía y la materia son las barreras que el tiempo y el espacio imponen a nuestra percepción? Sabiendo, como yo sé, que el tiempo y el espacio son lo mismo y que son engañosos porque ambos no son sino manifestaciones imperfectas de una realidad superior, no tiene sentido buscar en el mundo visible ninguna explicación del misterio y del terror del ser.
Me levanté y me fui hacia la puerta.
-Perdona -exclamó-. No he querido ofenderte. Tienes una gran inteligencia, pero yo tengo una inteligencia sobrehumana. Es natural que yo sea consciente de tus limitaciones.
-Telefonéeme si me necesita -dije, y bajé las escaleras de dos en dos-. «Ahora sí que le envío a mi médico -me iba diciendo a mí mismo-. Está loco de remate y sabe Dios lo que puede pasar si no se ocupa alguien inmediatamente de él.»
III
Resumen de dos artículos publicados en la Patridgeville Gazette del 3 de julio de 1928:TEMBLOR DE TIERRA EN EL CENTRO DE LA CIUDAD
A los dos de la madrugada de hoy, un violento terremoto ha hecho temblar los barrios céntricos de la ciudad, rompiendo varias ventanas en Central Square y causando graves daños en el tendido eléctrico y en las instalaciones de la red tranviaria. En los barrios periféricos también fue observado el fenómeno resultando completamente derruido el campanario de la iglesia baptista de Angell Hill, que había sido diseñado por Christopher Wren en 1717. Los bomberos luchan por apagar el incendio que se ha declarado en las naves de la fábrica de neumáticos. El alcalde ha prometido abrir un expediente a fin de determinar responsabilidades si las hubiere.
ESCRITOR OCULTISTA ASESINADO POR VISITANTE DESCONOCIDO
Horrible Crimen en Central SquareUn misterio impenetrable envuelve la muerte de Halpin ChalmersA las nueve horas del día de hoy fue hallado el cuerpo sin vida de Halpin Chalmers, escritor y periodista, en una habitación vacía situada encima de la Joyería Smithwich & Isaacs, en el número 24 de Central Square. La investigación judicial puso de manifiesto que dicha habitación había sido alquilada amueblada al señor Chalmers el día 1 de mayo último y que el propio inquilino se había deshecho de los muebles hace quince días. El señor Chalmers era autor de varios libros sobre temas de ocultismo. Pertenecía a la Asociación Bibliográfica y anteriormente había residido en Brooklyn (Nueva York).A las siete de la mañana, el señor L. E. Hancock, inquilino del apartamento situado frente al del Chalmers en el edificio de Smithwich & Isaacs, sintió un olor especial al abrir la puerta para dejar entrar a su gato y recoger la edición matinal de la Patridgeville Gazette. El olor, según afirma, era extremadamente acre y nauseabundo, y tan intenso en las proximidades de la puerta de Chalmers que tuvo que taparse la nariz cuando se aventuró por dicha zona del rellano.Estaba a punto de regresar a su propio apartamento cuando se le ocurrió que acaso Chalmers se hubiera olvidado de apagar el gas de su cocina. Considerablemente alarmado por esta posibilidad, decidió investigar lo sucedido y, comoquiera que nadie contestase sus repetidas llamados a la puerta de Chalmers, avisó al encargado del edificio. Este último abrió la puerta mediante una llave maestra y ambos penetraron en la habitación de Chalmers. La estancia estaba totalmente desprovista de mobiliario y Hancock asegura que, al ver lo que había en el suelo, se sintió enfermo, teniendo que permanecer el encargado y él asomados un rato a la ventana sin mirar atrás.Chalmers yacía boca arriba en el centro de la habitación. Estaba completamente desnudo y tenía el pecho y los brazos cubiertos de una especie de gelatina azulada. La cabeza, totalmente separada del tronco, reposaba sobre el pecho y sus facciones aparecían horriblemente retorcidas y mutiladas. No había ni rastro de sangre.La habitación presentaba un aspecto insólito. Todas las aristas habían sido cubiertas de escayola, que en algunos sectores se había agrietado y en otros, desprendido. Los fragmentos de escayola caídos habían sido agrupados en torno al cadáver, formando un triángulo perfecto.Junto al cuerpo se hallaron varias hojas de papel amarillo casi enteramente consumidas por el fuego. En ellas había dibujado varios símbolos fantásticos y extrañas figuras geométricas y podían leerse diversas frases escritas apresuradamente a mano. Dichas frases, sin embargo, son tan absurdas que no proporcionan la menor pista sobre el posible autor del crimen. He aquí algunas de tales frases: «Vigilo y espero. Estoy sentado junto a la ventana y vigilo las paredes y el techo. No creo que lleguen hasta aquí, pero debo tener cuidado con los Doels porque acaso puedan ayudarles a pasar. También los ayudarán los Sátiros y éstos pueden avanzar a través de los círculos purpúreos. Los griegos sabían cómo impedirlo. Es lamentable que hayamos olvidado tantas cosas...»En otro papel, en el más quemado de los siete u ocho fragmentos recogidos por el Sargento Detective Douglas (de la Policía de Patridgeville), había garrapateado lo siguiente:«¡La escayola se cae! La ha agrietado una vibración terrible. ¡Un terremoto parece! No podía preverlo. Se va yendo la luz de la habitación. Telefonear a Frank. ¿Pero llegará a tiempo? Debo intentarlo. Recitaré la fórmula de Einstein. ¿Voy a Rompen! ¡Están pasando! ¡Consiguen atravesar! Sale humo de las esquinas de la pared sus lenguas.»A juicio del Sargento Detective Douglas, Chalmers ha muerto envenenado por algún desconocido producto químico. La policía ha enviado muestras de la extraña gelatina azul que cubría el cuerpo de Chalmers al Laboratorio Químico de Patridgeville y confía en que el informe correspondiente arroje alguna luz sobre este crimen, el más misterioso de los últimos años. Se sabe que Chalmers tuvo un visitante la noche anterior al terremoto, pues su vecino oyó sin lugar a dudas, al pasar ante su puerta, rumor de conversación. El principal sospechoso es, pues, este desconocido visitante, cuya identidad la Policía se esfuerza afanosamente por averiguar.
IV
Informe del doctor James Morton, químico y bacteriólogo:«Señor Juez de Instrucción: la sustancia semilíquida que usted me remitió para su estudio es la más extraña que he analizado en mi vida. Presenta ciertas analogías con el protoplasma, pero en ella no se encuentran ni aun indicios de enzimas. Las enzimas son catalizadores de las reacciones químicas que se producen en el seno de la célula viva. Cuando las células mueren, las enzimas las desintegran mediante hidrólisis. Sin enzimas, el protoplasma poseería una vitalidad prácticamente infinita, es decir, sería inmortal. Las enzimas, por así decir, son los elementos negativos del organismo unicelular, que constituye la base de la vida, y, en opinión de los biólogos, sin ellas no puede existir materia viva. Y, sin embargo, tales cuerpos indispensables se hallan ausentes de la gelatina viva que usted me remitió. ¿Se da usted cuenta del significado que puede tener este descubrimiento para la ciencia?»
V
Fragmento de un manuscrito titulado «Los que velan en silencio», original del fallecido Halpin Chalmers:«¿Y si existiese otra forma de vida paralela a la que conocemos, pero carente de los elementos que destruyen la nuestra? ¿Y si en otra dimensión existe una fuerza diferente de la que genera nuestra vida? ¿Y si esta fuerza emite una energía, que, procedente de su dimensión desconocida, consigue alcanzar nuestro espacio-tiempo y crear en él una nueva forma de vida celular? Cierto es que no se puede demostrar que tal forma nueva de vida exista en nuestro universo, pero yo he visto sus manifestaciones y he hablado con ellas. De noche, en mi habitación, he hablado con los Doels. Y en mis sueños he contemplado a su Creador. Lo he visto en lejanas riberas, más allá del tiempo y la materia. Se mueve a través de curvas extrañas y de ángulos alucinantes. Algún día viajaré en el tiempo y me enfrentaré con él cara a cara.»
Dulce compañía
No quería castigar al niño, pero fue inevitable. No sólo mintió sino que además me amenazó. Desde entonces está raro. No habla, no juega y no quiere que lo bese. Me da miedo cómo mira, la forma en que come, las cosas que canta. Esta mañana salí al jardín y en un paquetito que estaba junto a una svelas negras, encontré uñas cortadas, restos de comida y una foto carné mía. No he querido llamarle la atención de nuevo, pero lleva encerrado en su cuarto desde anoche. He subido las escaleras y he sentido escalofríos, un olor extraño y unas sombras huidizas. El niño habla con alguien y sigue cantado esas cansiones horribles. Le pido que me hable y me insulta y se ríe. No tengo más remedio que abrir la puerta.
POEMAS DE FUEGO
Los escritores y poetas Ektor Enrique Martínez (Tijuana B.C.), Elizabeth Sobarzo (Ensenada B.C.) y Juan José Martines (Rosarito B.C.), presentarán la lectura “Poemas de Fuego” el viernes 21 de julio a las 19:30 horas en la Galería de la Ciudad (Rivera) ENTRADA LIBRE.
Ektor Henrique Martínez, es abogado, profesor universitario de Literatura, crítico y poeta, es quien reside en Tijuana, Baja California, desde donde escribe y organiza el website El Charkito. www.elcharkito.blogspot.com
Elizabeth Sobarzo Gaona, autora de Sueños bajo la lengua (poesía) entre otros editora del tríptico mensual trip poético. Su poesía se encuentra en www.elizabeth-sobarzo.blogspot.com
Juan José Martínez Poeta y traductor. Le gusta escribir poemas mientras espera en la línea para cruzar a California dónde trabaja en una tienda de productos orgánicos. Creador de Letras de Cactus en www.deljuan.blogspot.com
Elizabeth Sobarzo Gaona
El Poeta es el concubino de la poesía,
yo solo soy su amante vouyerista.
www.elizabeth-sobarzo.blogspot.com
Los escritores y poetas Ektor Enrique Martínez (Tijuana B.C.), Elizabeth Sobarzo (Ensenada B.C.) y Juan José Martines (Rosarito B.C.), presentarán la lectura “Poemas de Fuego” el viernes 21 de julio a las 19:30 horas en la Galería de la Ciudad (Rivera) ENTRADA LIBRE.
Ektor Henrique Martínez, es abogado, profesor universitario de Literatura, crítico y poeta, es quien reside en Tijuana, Baja California, desde donde escribe y organiza el website El Charkito. www.elcharkito.blogspot.com
Elizabeth Sobarzo Gaona, autora de Sueños bajo la lengua (poesía) entre otros editora del tríptico mensual trip poético. Su poesía se encuentra en www.elizabeth-sobarzo.blogspot.com
Juan José Martínez Poeta y traductor. Le gusta escribir poemas mientras espera en la línea para cruzar a California dónde trabaja en una tienda de productos orgánicos. Creador de Letras de Cactus en www.deljuan.blogspot.com
Elizabeth Sobarzo Gaona
El Poeta es el concubino de la poesía,
yo solo soy su amante vouyerista.
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Salvador Alario Bataller
Espejos
Entré en el bar y pedí ensaladilla rusa y un doble de cerveza. Eran las nueve y cuarto. Había algunas parejas cenando, gente de edad mediana o avanzada. Los más jóvenes estarían reunidos ante un televisor viendo los mundiales; por eso las calles se veían vacías, como hornos irremediables pese a la noche, a causa de aquel calor pegajoso e insufrible. Cada vez el clima estaba más insoportable, el cambio climático hacia la desertización se acusaba año a año. En poco tiempo el levante pasaría a ser una tierra de ratas y alacranes. Pero allí dentro se estaba bien con el frescor del aire acondicionado. El lugar era grande, bien iluminado y bastante lujoso.
No tenía hambre, mi cena se reduciría a la tapa y a la cerveza. Siempre me sucedía lo mismo antes del trabajo, se me cerraba el estómago, me sentía paradójicamente vigoroso, como si me sobrasen las fuerzas y los redaños para acometer la faena. Decidí esperar un poco más e irme. Fumaría un pitillo mientras tanto. Tenía que hacer tiempo, no deseaba mantener ninguna conversación con él, tener que mirarle a la cara antes de matarle. Prefería entrar y acabar rápido.
A las diez salí a la calle. Conocía perfectamente sus costumbres, habíamos compartido piso durante los últimos siete años, y también recuerdos y experiencias, penas y odios. Podía afirmar, con poco margen de error, que era lo más parecido a un amigo con que me había tropezado en toda mi vida, tal vez un hermano mayor e incluso un padre. Todos estos sentimientos me los fue inspirando poco a poco, a través de nuestra relación profesional, aunque nuestro trabajo ponía un límite para ciertas cosas, una frontera que uno no debía rebasar. Lo único importante era el trabajo en sí y, claro, el dinero.
Seguramente habría cenado en un chino, y ahora estaría ante el televisor viendo el partido del mundial de Alemania. Jugaban el anfitrión e Italia y, como supe después, pese a mis previsiones acabaron ganando los latinos. Yo también lo era, pero me disgustó su victoria, porque siempre había sido un germanófilo convencido. De todas formas los mundiales constituían un gran espectáculo, en evento que me agradaba. Me lo imaginé ante el aparato de televisión, fumando incontables pitillos y bebiendo cerveza.
Me crucé en la calle con una chica muy atractiva, que caminaba con mecimiento de puta redomada. Me volví para mirarla. Me vinieron a la cabeza mil imágenes, una mezcla de sexo y violencia, la única manera con que llegué a relacionarme con las mujeres. La causa era el trabajo, siempre el trabajo, lo más importante.
Mientras me acercaba a la finca, tuve una sensación extraña, la certidumbre de que un ciclo se acababa y comenzaba otro, con lo cual mi vida cambiaría inevitablemente. Fue la misma sensación que tuve hace años cuando comencé a trabajar con Escurra, el jefe supremo. Resultaba evidente donde me había metido y no había vuelta atrás.
Entonces era casi un niño, dieciocho años recién cumplidos. De la mano de Carlos me inicié en el trabajo. Recuerdo que me afeité con esmero, mientras él, perfectamente trajeado, me observaba mientras lo hacía. Podría afirmar que su mirada era amable, casi dulce, pese a ser un tipo grande y bronco, al que todos respetaban y temían. Creo que me tuvo simpatía desde un principio. Me había dejado perilla para endurecer mi cara y el rostro de muchacho agrio que el espejo me devolvió me dio confianza, aunque habrían de ser los actos los que irían maliciando con los años cada uno de mis rasgos. Después, como el maestro que evalúa al discípulo, el me siguió observando de cerca, sin intervenir, como una juez frío y distante, cuando le pegaba aquella paliza soberana a un viejo que casi tenía un pie en la tumba. El motivo era una deuda impagada, una suma ridícula vista objetivamente, pero el jefe, pese a su inconmensurable fortuna y poder, no podía dejar el menor asunto pendiente, aunque se tratase de cien pesetas. Después, claro, vinieron asuntos mayores, de más envergadura, desde el escarmiento al asesinado, pasando por la coacción y la tortura, pero todo lo hice eficientemente. Era mi trabajo, lo único que tenía en la puta vida y con él me fui desprendiendo de tripas, dudas, remordimientos y demás maricadas voladas.
-Esto es como una rueda que no para, al final da igual ocho que ochenta –me dijo Carlos un día-, acabas perdiendo el alma.
Yo no nací malo, eso es de cajón. Tampoco tuve una infancia traumática, ni una juventud especialmente desgraciada. Simplemente era un vago y me gustaba demasiado el dinero y lo que proporcionaba. Comencé jugando a las cartas, haciendo pequeños robos, extorsionando a los débiles y a los viejos del barrio, pero nunca pensé que acabaría en esto. Incluso soy un tío leído y más de una vez he coqueteado con la idea de cursar estudios universitarios, cosa que tal vez haga algún día, pero no soy como los otros, nunca me han importado las demás personas como debieran haberlo hecho. Tampoco soy ningún psicópata ni nada por el estilo, simplemente realizo un trabajo sucio en el contexto de una organización determinada. No es la misma cosa. Se trata de un trabajo y nada más. Llegados aquí diré que mi nombre es Juan Monarca y obviamente soy un asesino.
Lo más fuerte, no obstante, fue cuando tuvimos que eliminar a la familia de Galera, el competidor en el narcotráfico; lo quemamos vivo junto a su mujer y sus tres niños pequeños, un escarmiento brutal, un aviso letal para quienes quisieran enfrentarse a Escurra. Tras aquel acto atroz, apenas tuve una punzada de dolor, una inane conmoción interna que se asemejase a la culpa. Recuerdo que aquella noche, mientras me aseaba en el lavabo antes desvanecerme en un sueño habitualmente tranquilo, pude ver por un momento, que mis rasgos parecían desdibujarse en el cristal, que el reflejo vacilaba y se volvía más tenue por instantes.
Muchas cosas habían pasado desde entonces. Ahora tenía que hacer. Abrí el portón principal y me metí en la finca. Pulsé el botón del ascensor. Estaba en el quinto, se había quedado allí cuando Carlos subió a casa, ya que nadie más vivía en la planta.
Esta tarde me llamó Escurra y, con un tono de voz que no admitía apelación, me dijo lo que tenía que hacer. No sabía el motivo, solamente tenía que cumplir la orden, sin tener en cuenta cuestiones personales o simpatías, y allí estaba, resuelto y sin miedo.
Entré en el piso y me encaminé al salón. Estaba sentado en el sofá, de espaldas a mí, viendo el fútbol. Llevaba una camiseta esport, que dejaba ver que todavía, pese a sus cincuenta años, era un tipo bragado. Se movió y me lanzó una mirada de inteligencia por encima del hombro.
-Hola, hijo –dijo y volvió la vista al televisor.
Disparé. El tiro le atravesó limpiamente el cráneo de parte a parte e hizo añicos el aparato, que se desmoronó con un estrépito de chispas y humo. Apenas se había movido, tenía la barbilla caída sobre el pecho, pero la materia encefálica se desparramaba por el agujero como gelatina.
El jefe lo ordenó y yo lo hice, como debía.
Salí y ya en la casa de Escurra, éste me recibió con una dilatada sonrisa bajo sus ojos zainos. Me pidió que cenase con él.
Llegué a mi apartamento y me acosté. Estaba cansado, pero tranquilo y nada me preocupaba, ni el hecho de que, cinco minutos antes, cuando me cepillé los dientes en el aseo, no se reflejara mi imagen en el azogue
Entré en el bar y pedí ensaladilla rusa y un doble de cerveza. Eran las nueve y cuarto. Había algunas parejas cenando, gente de edad mediana o avanzada. Los más jóvenes estarían reunidos ante un televisor viendo los mundiales; por eso las calles se veían vacías, como hornos irremediables pese a la noche, a causa de aquel calor pegajoso e insufrible. Cada vez el clima estaba más insoportable, el cambio climático hacia la desertización se acusaba año a año. En poco tiempo el levante pasaría a ser una tierra de ratas y alacranes. Pero allí dentro se estaba bien con el frescor del aire acondicionado. El lugar era grande, bien iluminado y bastante lujoso.
No tenía hambre, mi cena se reduciría a la tapa y a la cerveza. Siempre me sucedía lo mismo antes del trabajo, se me cerraba el estómago, me sentía paradójicamente vigoroso, como si me sobrasen las fuerzas y los redaños para acometer la faena. Decidí esperar un poco más e irme. Fumaría un pitillo mientras tanto. Tenía que hacer tiempo, no deseaba mantener ninguna conversación con él, tener que mirarle a la cara antes de matarle. Prefería entrar y acabar rápido.
A las diez salí a la calle. Conocía perfectamente sus costumbres, habíamos compartido piso durante los últimos siete años, y también recuerdos y experiencias, penas y odios. Podía afirmar, con poco margen de error, que era lo más parecido a un amigo con que me había tropezado en toda mi vida, tal vez un hermano mayor e incluso un padre. Todos estos sentimientos me los fue inspirando poco a poco, a través de nuestra relación profesional, aunque nuestro trabajo ponía un límite para ciertas cosas, una frontera que uno no debía rebasar. Lo único importante era el trabajo en sí y, claro, el dinero.
Seguramente habría cenado en un chino, y ahora estaría ante el televisor viendo el partido del mundial de Alemania. Jugaban el anfitrión e Italia y, como supe después, pese a mis previsiones acabaron ganando los latinos. Yo también lo era, pero me disgustó su victoria, porque siempre había sido un germanófilo convencido. De todas formas los mundiales constituían un gran espectáculo, en evento que me agradaba. Me lo imaginé ante el aparato de televisión, fumando incontables pitillos y bebiendo cerveza.
Me crucé en la calle con una chica muy atractiva, que caminaba con mecimiento de puta redomada. Me volví para mirarla. Me vinieron a la cabeza mil imágenes, una mezcla de sexo y violencia, la única manera con que llegué a relacionarme con las mujeres. La causa era el trabajo, siempre el trabajo, lo más importante.
Mientras me acercaba a la finca, tuve una sensación extraña, la certidumbre de que un ciclo se acababa y comenzaba otro, con lo cual mi vida cambiaría inevitablemente. Fue la misma sensación que tuve hace años cuando comencé a trabajar con Escurra, el jefe supremo. Resultaba evidente donde me había metido y no había vuelta atrás.
Entonces era casi un niño, dieciocho años recién cumplidos. De la mano de Carlos me inicié en el trabajo. Recuerdo que me afeité con esmero, mientras él, perfectamente trajeado, me observaba mientras lo hacía. Podría afirmar que su mirada era amable, casi dulce, pese a ser un tipo grande y bronco, al que todos respetaban y temían. Creo que me tuvo simpatía desde un principio. Me había dejado perilla para endurecer mi cara y el rostro de muchacho agrio que el espejo me devolvió me dio confianza, aunque habrían de ser los actos los que irían maliciando con los años cada uno de mis rasgos. Después, como el maestro que evalúa al discípulo, el me siguió observando de cerca, sin intervenir, como una juez frío y distante, cuando le pegaba aquella paliza soberana a un viejo que casi tenía un pie en la tumba. El motivo era una deuda impagada, una suma ridícula vista objetivamente, pero el jefe, pese a su inconmensurable fortuna y poder, no podía dejar el menor asunto pendiente, aunque se tratase de cien pesetas. Después, claro, vinieron asuntos mayores, de más envergadura, desde el escarmiento al asesinado, pasando por la coacción y la tortura, pero todo lo hice eficientemente. Era mi trabajo, lo único que tenía en la puta vida y con él me fui desprendiendo de tripas, dudas, remordimientos y demás maricadas voladas.
-Esto es como una rueda que no para, al final da igual ocho que ochenta –me dijo Carlos un día-, acabas perdiendo el alma.
Yo no nací malo, eso es de cajón. Tampoco tuve una infancia traumática, ni una juventud especialmente desgraciada. Simplemente era un vago y me gustaba demasiado el dinero y lo que proporcionaba. Comencé jugando a las cartas, haciendo pequeños robos, extorsionando a los débiles y a los viejos del barrio, pero nunca pensé que acabaría en esto. Incluso soy un tío leído y más de una vez he coqueteado con la idea de cursar estudios universitarios, cosa que tal vez haga algún día, pero no soy como los otros, nunca me han importado las demás personas como debieran haberlo hecho. Tampoco soy ningún psicópata ni nada por el estilo, simplemente realizo un trabajo sucio en el contexto de una organización determinada. No es la misma cosa. Se trata de un trabajo y nada más. Llegados aquí diré que mi nombre es Juan Monarca y obviamente soy un asesino.
Lo más fuerte, no obstante, fue cuando tuvimos que eliminar a la familia de Galera, el competidor en el narcotráfico; lo quemamos vivo junto a su mujer y sus tres niños pequeños, un escarmiento brutal, un aviso letal para quienes quisieran enfrentarse a Escurra. Tras aquel acto atroz, apenas tuve una punzada de dolor, una inane conmoción interna que se asemejase a la culpa. Recuerdo que aquella noche, mientras me aseaba en el lavabo antes desvanecerme en un sueño habitualmente tranquilo, pude ver por un momento, que mis rasgos parecían desdibujarse en el cristal, que el reflejo vacilaba y se volvía más tenue por instantes.
Muchas cosas habían pasado desde entonces. Ahora tenía que hacer. Abrí el portón principal y me metí en la finca. Pulsé el botón del ascensor. Estaba en el quinto, se había quedado allí cuando Carlos subió a casa, ya que nadie más vivía en la planta.
Esta tarde me llamó Escurra y, con un tono de voz que no admitía apelación, me dijo lo que tenía que hacer. No sabía el motivo, solamente tenía que cumplir la orden, sin tener en cuenta cuestiones personales o simpatías, y allí estaba, resuelto y sin miedo.
Entré en el piso y me encaminé al salón. Estaba sentado en el sofá, de espaldas a mí, viendo el fútbol. Llevaba una camiseta esport, que dejaba ver que todavía, pese a sus cincuenta años, era un tipo bragado. Se movió y me lanzó una mirada de inteligencia por encima del hombro.
-Hola, hijo –dijo y volvió la vista al televisor.
Disparé. El tiro le atravesó limpiamente el cráneo de parte a parte e hizo añicos el aparato, que se desmoronó con un estrépito de chispas y humo. Apenas se había movido, tenía la barbilla caída sobre el pecho, pero la materia encefálica se desparramaba por el agujero como gelatina.
El jefe lo ordenó y yo lo hice, como debía.
Salí y ya en la casa de Escurra, éste me recibió con una dilatada sonrisa bajo sus ojos zainos. Me pidió que cenase con él.
Llegué a mi apartamento y me acosté. Estaba cansado, pero tranquilo y nada me preocupaba, ni el hecho de que, cinco minutos antes, cuando me cepillé los dientes en el aseo, no se reflejara mi imagen en el azogue
Corazones perdidos
Cuentos completos de Fantasmas
M.R. James
VALDEMAR/GÓTICA
Dotado de una fuerza casi diabólica para invocar suavemente el horror partiendo del centro mismo de la prosaica vida diaria, el erudito Montague Rhodes James (Goodnestone 1862-Eton 1936), preboste de Eton College, arqueólogo re renombre y reconocida autoridad en manuscritos medievales e historia de las catedrales, se convirtió poco a poco en un cultivador de primera fila de la literatura espectral, siguiendo su vieja afición a contar cuentos de fantasmas durante las Navidades, y a llegado a servir de modelo a una larga serie de discípulos. (...)
En estos 31 relatos, la totalidad de los cuentos de fantasmas de James, encontramos a menudo maliciosas escenas humorísticas, retratos de género y caracterizaciones muy naturales que, en sus manos, contribuyen a aumentar el efecto global en lugar de anularlo. (...)
Al inventar un nuevo tipo de fantasma, James se aparta sensiblemente de la tradición gótica convencional, pues, mientras que los viejos fantasmas góticos aparecían pálidos y majestuosos, el espectro habitual de M.R. James es enano, delgado y peludo, una abominación perezosa e informal de la noche, a medio camino entre la bestia y el hombre, a la que se llega a "tocar" antes que a "ver". A veces, este espectro tiene una constitución de lo más excéntrica: es un rollo de franela con ojos de araña, o una entidad invisible modelada con las ropas de una cama "cuyo rostro lo forma una sábana arrugada".
de El horror en la literatura, H.P. Lovecraft
Los premios gordos son nefastos: raros son los escritores que no han sucumbido a ellos. Los menos perjudicados se han pasado de cinco a diez años sin escribir. Los más dañados perecieron en fiestas y presentaciones sin emborronar una página hasta la muerte. Los premios literarios son una lotería en el tubo de la risa. Nunca se sabe a quién van a beneficiar. Esta incertidumbre felizmente no reina en España. Están distribuidos con adelanto a dedo por financieros deslumbrantes y rancios personajes políticos. Suelen hacerlo en astracanadas divertidísimas. Las televisiones envían a sus mejores reporteros de las páginas del corazón. Los premios tienen una virtud: tranquilizan al comprador, como la etiqueta de una morcilla. Con la fecha hasta cuando hay que consumirlo. Los premios que reciben los lúcidos les causan aburrimiento. Valle Inclán terminó contando sábanas en su oficina romana. Y pensar que creyó que aquel nombramiento era un premio.
Había reinado en Persia con los magos, que un día perecieron, como perecen los dueños del mundo, por haber abusado de su poder; había dotado a la India de las más maravillosas tradiciones y de un lujo increíble de poesía, de gracia y de terror en sus emblemas; había civilizado a Grecia mediante los cuidados de la lira de Orfeo; ocultaba los principios de todas las ciencias y de todos los progresos del espíritu humano, en los audaces cálculos de Pitágoras; la fábula estaba llena de sus milagros, y la historia, cuando trataba de juzgar ese poder desconocido, se confundía con la fábula; derrumbaba o afirmaba los imperios por sus oráculos; hacía palidecer a los tiranos sobre su trono, y dominaba en todos los espíritus por la curiosidad o por el temor. A esta ciencia, decía la muchedumbre, nada le es imposible; manda a los elementos, sabe el lenguaje de los astros y dirige la marcha de las estrellas; la luna, a su vez, cae sangrando desde el cielo; los muertos se levantan de sus tumbas y articulan palabras fatales que el viento de la noche repercute. Dueña del amor o del odio, la ciencia puede dar a su antojo, a los corazones humanos el paraíso o el infierno; dispone, a su placer, de todas las formas y distribuye como le place, la fealdad ola belleza; cambia, a su vez, con la varilla de circe, a los hombres en brutos y a los animales en hombres; dispone también de la vida o de la muerte y puede conferir a su adepto la riqueza, por la transmutación de los metales y la inmortalidad por su quinta esencia y su elixir, compuesto de oro y de luz. He aquí lo que había sido la Magia desde Zoroastro hasta Manes, desde Orfeo hasta Apolonio de Tiana, cuando el cristianismo positivo, triunfante, al fin de los hermosos sueños y de las gigantescas aspiraciones, de la escuela de Alejandría, osó fulminar públicamente su filosofía con su anatema, reduciéndola, por esta causa, a ser más oculta y más misteriosa que nunca.
Elifas Lévi, Dogma y Ritual de la Alta Magia
Elifas Lévi, Dogma y Ritual de la Alta Magia
Claude Lacouteux
Hadas, brujas y hombres lobo en la Edad Media
Historia del Doble
MEDIEVALIA
José J. de Olañeta, Editor
Es este un estudio brillante, ampliamente documentado que muestra la gran erudición del autor (profesor de literatura y lengua germánicas de la Universidad de Caen y antes de la Sorbona) sobre textos y tradiciones medievales -principalmente los germano-escandinavos- que documentan la creencia en entidades y figuras (hadas, brujas, hombres lobo...), tributarias de una visión del mundo y del más allá casi ignoradas por completo por la mentalidad moderna, pero que no obstante poseen una perfecta coherencia.
Además, esta es la visión primigenia que, en buena parte, fue modificada interesadamente por el credo cristiano.
Fitz-James O´brien
La lente de diamante y otros cuentos de terror
VALDEMAR. Tiempo Cero
FITZ-JAMES O´BRIEN, como Poe, Bierce, Lovecraft, Quiroga, es un escritor de literatura fantástica cuya vida parece extraída de sus propios relatos. Nacido en Irlanda (de ahí que se le diera el título de “Poe céltico”), muy influido por las leyendas feéricas de su tierra y dilapidador de una fortuna en dos años y medio sumido en los lujos londinenses, a los 23 años, arruinado, partió hacia Norteamérica en busca de una nueva vida, en la cual conseguir además el éxito literario. Hombre dado a excesos, allí vivió por encima de sus posibilidades, bebió en demasía, no se perdía ninguna pelea, robaba a uno para pagar a otro, a la par que escribía febrilmente historias y poemas para pagar el alquiler o espantar a sus acreedores. Cuando estalló la guerra civil se alistó en las filas del ejército la Unión, alcanzando el grado de capitán, pero su carrera militar fue breve, ya que en Febrero de 1862 cayó gravemente herido. Debido a un mal tratamiento médico, murió dos meses después, en Abril, a la edad de los 33 años, con lo cual se cercenó una carrera literaria que nos hubiera brindado muchos y buenos frutos.
Los relatos que integran este libro han deparado a Fitz-James O´brien un lugar relevante en la narrativa corta norteamericana. La lente de diamante constituye una fantasía científica sobre el misterioso mundo microscópico y los seres que lo habitan; y ¿Qué es esto? nos sobrecoge con una extraña criatura invisible infiltrada en nuestra realidad y que sirvió de modelo a El Horla de Maupassant y a El engendro maldito de Bierce; finalmente El Forjador de milagros (una historia fascinante de inspiración hoffmanesca), El colmillo de dragón poseído por un mago Piou-lu (una deliciosa fantasía oriental), son otros tantos ejemplos de esa narrativa maravillosa de este gran autor fantástico.
"Todos mis cuentos están basados en la premisa básica de que las leyes, intereses y emociones humanas carecen de validez o significado en el plano córmico. Para mí es pueril un relato donde la forma humana -y las pasiones, condiciones y normas típicas humanas- sean descritas como típicas para los demás mundos y otros universos. Para lograr la esencia de la externalidad real, sea de tiempo, espacio o dimensión, uno debe olvidar que existen cosas tales como la vida orgánica, el bien y el mal, el amor y el odio, y todos esos atributos locales de una raza negligente y efímera llamada humanidad".
Fragmento de la carta de Howard Phillips Lovecraft a Fansworth Wright (editor de Weird Tales), 5 de Julio de 1927 (cit. por S.T. Joshi, En: Introduction, The annotated H.P. Lovecraft, New York, Dell, 1997, p.15, traducción de Eduardo Giordanino (2.001): Una isla de plácida ignorancia.: Lovecraft y el terror cósmico. LOVECRAFT magazine,
4, 4-10.
20 de Agosto de 1.8...
Aquel era el gran día. Después de cenar me cambié de ropa y fui a la Clínica Denier, como se llamaba el hospital municipal, en honor al celebérrimo cirujano húngaro. Mientras esperaba a Viktor en la biblioteca, hojeando un libro de fisiología de reciente publicación, descubrí una forma vaporosa junto a las cortinas. No podría jurarlo, pero tuve la impresión de ver unas facciones femeninas, de voluptuosos labios rojos. Me miró procazmente, dejándome la impresión ardiente de su belleza singular; pero desapareció, como si se hubiera esfumado en el vacío, cuando entró mi amigo. Sin duda fue una alucinación, posiblemente motivada por el exceso de trabajo. Ahora pienso que fue una decisión muy acertada alejarme unos días del páramo, evadirme de los rigores del trabajo experimental y de campo. Debo reconocer que mis nervios están un tanto alterados porque, cuando nos dirigíamos al club, creí notar que alguien nos seguía. Empero, cuantas veces me volví con disimulo, no pude ver a nadie. Pienso que comienzo a excitarme con demasiada facilidad. Tendré que buscar un remedio, antes de que mi salud se resienta.
Hacia las once entramos en el club. Viktor se quedó en el bar saboreando un brandy, esperando a que llegase en conde. Le dije que me encontrarían en la biblioteca cuya puerta, accionada por una pesa de reloj, se cerró por sí misma, detrás de mí. Me encontré con un lacayo vestido de roja librea que enseguida me dejó sólo. Me senté en una butaca, encendí la pipa y me reproché, aunque no con excesiva severidad, el olvido en que tenía a mi esposa. Aquellos pensamientos me azoraban, por lo que desvié inmediatamente la atención a otros asuntos. Me gustaba el país, aunque no el espíritu del pueblo. Pero, por lo demás, mi trabajo me entusiasmaba, gozaba de una vigorosa salud y, así mismo, experimenté un grato reconfortamiento al pensar que, antes de que el invierno llegara, habría resuelto el “enigma” que tanto intrigaba y preocupaba a sir Archibald y a van Vooren.
Con los pies apoyados relajadamente en los morillos metálicos y acomodado en aquel confortable sillón de cuero bruñido, me sentí muelle y profundamente solazado. Llevaba apenas media hora en aquella agradable situación cuando entró Viktor. Le acompañaba un anciano caballero, alto y alarmantemente enjuto, aunque de porte extrañamente enérgico. La nariz aquilina, la hosca mandíbula y el gran mostacho le daban una fisonomía resuelta, severa y audaz. En su faz de hombre entero y voluntarioso brillaban unos ojos extraños, en los que se reflejaba, a la vez, una gran decisión y la serena escrutación de un hombre inteligente y equilibrado. Había, sin embargo, algo profundamente inquietante en él, un rasgo primitivo, casi cruel, que disimulaban sus perfectos modales. Su voz era profunda y cavernosa y tenía un no sé qué vibrante, casi metálico, que nunca antes había apreciado en otra persona.
Por lo común las gentes del este de Europa son extremadamente reservadas y el conde no desmerecía en nada este patrón de conducta, pues en todo momento mostró, en grado mayor o menor, esa elusividad tan característica de los países balcánicos, sobre todo cuando se hablaba de folklore, religión o supersticiones, pero no de bienes, familia o ascendencia. Sin embargo, las reglas básicas de cortesía, que ha de observar cualquier caballero, le obligaban a cierto grado de comunicación y de deferencia. Todo era, no obstante, maravillosamente extraño en él. Su mirada parecía, atravesando las apariencias, hundirse en lo más hondo de su interlocutor, llegar al alma, dando la impresión a éste de que sus íntimos deseos eran escrutados como las hojas de un libro. Parecía que este hurón de los Cárpatos adivinase el pensamiento y cuando me presenté y hablé sobre mi vida diríase, por la expresión de su cara, que estaba escuchando una historia consabida, que estuviera extrañamente al tanto de todo, hasta de los más nimios pormenores. Incluso cuando habló de Inglaterra, me dio la impresión de estar ante un ciudadano británico, si bien el conde me juró que no había puesto la planta en mi país. Aquello me fascinó y al inquirirle sobre la razón de tal portento, me dijo simplemente que existían muchas cosas en la naturaleza que escapaban a las simples reglas con que la gente normal interpretaba el mundo. Ni decir tiene que el aire misterioso con que orlaba cada una de sus palabras, cada uno de sus actos, llegó a subyugarme todavía más. Estaba convencido que aquel personaje poseía dones o poderes muy fuera de lo común. A los excéntricos nos agradan las excentricidades, a los que realizamos empresas fuera del orden habitual de las cosas, nos encanta todo aquello que se sale de la norma.
Ya había, en efecto, oído comentar que el conde poseía facultades extraordinarias y había tenido una buena muestra de ello. La mente humana encierra misterios que nosotros, acostumbrados a usar demasiado la razón -o mejor dicho a emplearla a un nivel de análisis empírico-, quizás nunca lleguemos a valorar en su justa medida. Sabía que me encontraba ante un ser excepcional y, aunque no tenía ningún deseo de averiguar más de él de lo que quisiera decirme (las normas del buen gusto y de la corrección se han impuesto siempre, a causa de la educación recibida, a mi natural curiosidad), me felicité ante la perspectiva de una relación interesante. Hablaba en perfecto alemán -dicho sea de paso, su inglés era muy aceptable- aunque con un acento muy característico. Me dijo, en un principio, lo que yo ya sabía: era valaco y vivía en un viejo castelul en una región apartada, donde apenas solía llegar algún viajero. Tan agreste y recóndito era el lugar que ni siquiera figuraba en los mapas oficiales. Sus compañeros, según dijo, eran las fieras del bosque y, de tanto en tanto, solamente los szeganys montaban sus campamentos en los valles próximos, de modo que gozaba de la más completa soledumbre. Raras veces se veía obligado a volver a la civilización para ocuparse de sus negocios, cuya naturaleza no especificó.
Me alegró mucho comprobar que sus conocimientos sobre historia natural eran amplios y precisos y me sentí hondamente halagado cuando manifestó ser un sincero y ferviente admirador de mi obra. Nunca hubiese imaginado que en un remoto país, un anciano gentilhombre se deleitara con la lectura de mis estudios experimentales y sistemáticos. Aquello me conmovió profundamente y animó una larga conversación científica, en la que los tres participamos con entusiasmo. Al día siguiente le regalaría un ejemplar autografiado de mi último libro, del que él no tenía noticia, mis Fundamentos de conducta animal (vertebrados); se mostró encantadísimo con ello y sus ojos reflejaron una emoción genuina que, hasta entonces, había estado ausente. A la par, he de indicar que, a despecho de su vigor y fortaleza aparentes, debía ser una persona muy anciana, debido al color clorótico de su piel, de aspecto apergaminado.
Era casi medianoche cuando Viktor se vio obligado a retirarse ya que a la mañana siguiente, a primera hora, tenía que estar en el hospital. Así que el conde y yo nos quedamos solos y tuvimos el placer de continuar nuestra conversación. He de decir, si bien no sé hasta qué punto se trataba de una impresión mía, que el conde tenía un aire de contención, como si tratase de ocultar su verdadera naturaleza o personalidad. Tuve dicha intuición en varias ocasiones a lo largo de la velada y sentí, posiblemente de manera ilógica o desproporcionada, esa aprensión que siente cualquier humano cuando se enfrenta a situaciones inciertas, ambiguas o desconocidas. También me llamó la atención su aire en exceso melancólico, introspectivo y exánime, que contrastaba grandemente con la energía y fluidez de su vocablo.
Me quedé atónito al comprobar que estaba al corriente de todas mis investigaciones, de todas y cada una sin excepción; incluso conocía el motivo real de mi viaje a Hungría. ¿Cómo podía haberse enterado?. ¿Conocía acaso a sir Archibald o a alguna de las poquísimas personas relacionadas con el asunto?. Estaba estupefacto y, cuando le pregunté al respecto, me dijo que simplemente prefería no responder a mi pregunta pero que, no obstante, no tenía el menor motivo para preocuparme de nada, de nada en absoluto (enfatizó estas últimas palabras). Di el caso por concluido, aunque me sentía desazonado y con cierta preocupación, pero me recuperé un tanto cuando el conde me dijo que si buscaba en el lugar adecuado, encontraría el gran murciélago, pues existía. ¡Entonces, no se trataba de una quimera!. Me respondió que era tan real como la vida misma y esta aseveración hizo que ipso facto se me fueran de la cabeza los anteriores temores. Según él, se trataba de un espécimen extraordinario, una bestia asustadiza y difícil de capturar. Lo importante era que mi viaje no había sido en vano. El Thurul, como lo llamaban los nativos de esta parte de Hungría, se caracterizaba por su gran tamaño y por chupar la sangre de animales y niños indefensos. Existía, sin duda, pese a que nunca se habían presentado pruebas fehacientes. El conde me confesó haber visto al animal en varias ocasiones, asegurándome que no faltaban buenos ejemplares en los Cárpatos húngaros.
Le estreché la mano sumamente agradecido por tan valiosa información : apenas pude resistirlo, pues casi me vi obligado a retirarla en el acto porque su tacto era tan frío como un témpano de hielo. El conde retiró su mano con cierta turbación, confesándome inmediatamente que sufría una rara enfermedad que pronto acabaría con su estadía en este mundo. Me hizo esta confesión, no obstante, sin emoción alguna, como aquél que esta cansado de vivir y espera la muerte tranquilamente. A ello añadió que, desde su infancia, sin embargo había gozado de excelente salud pero, desde que volvió hacía una década de unos viajes por países tropicales, su cuerpo había ido perdiendo poco a poco la salubridad. Le sugerí un examen en la clínica Desnien, pero él dijo que ya había visitado a todos los especialistas del país y de parte del extranjero y añadir uno más a la lista no supondría otra cosa que confirmar un veredicto consabido. El hecho es que estaba enfermo, enfermo de muerte, a despecho de que nadie le hubiera asegurado la etiología exacta de su mal. Con una expresión de tedio en sus facciones, confesó que prefería dejar este asunto por concluido, que las cosas eran como eran y que se debía dejar actuar al destino. Me sentí impresionado por su sangre fría y ecuanimidad en un asunto tan grave.
Me testimonió su ferviente y sincero deseo en pro del éxito de mi empresa científica y su convicción de que estaba ante la persona más indicada para llevarla a cabo, apelando a mi trayectoria científica y personal. Me sentí profundamente halagado; agradecí con emoción estas palabras gentiles y no puede evitar cierta contrariedad cuando me aseguró que no nos veríamos el próximo día, pues se veía obligado a viajar a Budapest para formalizar determinados asuntos legales y comerciales.
Charlando habíamos llegado al rellano de la escalera con las bujías en la mano. Un largo corredor separaba las habitaciones del conde de las mías. El criado abrió las puertas y, tras desearnos buen descanso, se retiró. Como el conde y yo estábamos muy próximos, cuando nos dimos las buenas noches, el reflejo de mi bujía iluminó su cara. ¡Entonces me estremecí!. ¿Qué extraño ser tenía ante mí?. Bien iluminado -y no al amparo de la decrépita luz de los candelabros de la biblioteca- descubrí en su rostro unos rasgos que no había apreciado hasta ese momento. La faz que yo contemplaba era grave, cenceña, de una palidez extrema, una palidez de muerte. Toda su persona estaba revestida de una solemnidad tal que no creí hallarme ante el mismo hombre, sino ante una figura hierática perteneciente a un mundo que no era el nuestro. Una vaga inquietud me oprimió nuevamente, una incipiente y feble certidumbre trató de tomar forma, a la cual siguió una confusión aún mayor. Empero, no me avergüenza confesar que en aquellos instantes de marasmo absoluto sentí miedo, como si me encontrase frente a algo superior y, en parte, desconocido, a despecho de saber que se levantaba ante mí un perfecto caballero centroeuropeo, cuyo vocablo y ademán denotaban la educación más esmerada y los modales más refinados. Sus ojos, por contra, tenían un brillo extraño y fue entonces cuando advertí hasta qué punto su expresión era cruel, a lo que sin duda contribuía la dureza de una boca de dientes singularmente aguzados. Pero su sonrisa amistosa disipó en mí toda intranquilidad, haciéndome sentir culpable por haber albergado ese tipo de pensamientos hacia un hombre frente al cual, como poco, no podía sentir otra cosa que deferencia. El anciano conde me deseó por segunda vez las buenas noches y se retiró después de una corta reverencia.
Esperaba dormirme pronto y profundamente pero, al cabo de unos instantes, tuve que reconocer la imposibilidad de un sueño inmediato. Cuando traté de encender la luz para leer un libro noté que el sueño, minutos antes tan lejano, iba dominándome y una especie de letargo acabó envolviéndome el cuerpo y la mente. Estaba quedándome dormido y rápidamente, sin intervalo alguno, entré en un estado de sopor indefinible. ¿Acaso dormía?. No podría decirlo. Aunque tendido en la cama, con los ojos completamente cerrados, podía ver perfectamente cada objeto del dormitorio. Cosa extraña, ignoraba el lugar exacto donde me encontraba, si bien me creía en Londres. Mi primera impresión fue una repentina sensación de terror. La luna llena brillaba enfrente de la ventana y, a través de las cortinas blancas, proyectaba su luz sobre el centro de la estancia, allí donde un rayo de luna formaba turbulencias, donde rielaba una nube de motas quiméricas. Algo se movió en su mismo vórtice y pareció dirigirse a una velocidad de vértigo hacia donde yo yacía, si bien no fui capaz de ver, en ese instante, nada en concreto. Empero sí presentí una presencia al lado del lecho, una presencia femenina y la vi, como en un sueño, tenue e inapresible, envuelta en un aura contranatural, que resaltaba de una forma máxima su juvenil y extraña belleza. No podría asegurar cómo había entrado ni como se había acercado a la cabecera de mi cama sin que yo la viera, pero en mi ilusión loca me persuadí de que había llegado con la luna y había tomado forma en la tiniebla, inexplicablemente, y que también algo inextricable la había llevado, como una exhalación, a mi vera, en la solitud pagana del dormitorio, tan cerca de mí que podía tocarla, pero tan lejana e inapresible como los deseos de los sueños o la felicidad humana. Pero ya no sentí miedo, sino deseo.
Con un aire levemente perezoso, casi juguetón, rozagante, la dama se inclinó, con el propósito evidente de examinarme. Vi que tenía el cabello obscuro, el seno turgente y abundante y que era bella, muy hermosa y esbelta, de rasgos lívidos y voluptuosos labios encendidos. Sus grandes ojos, casi con avidez, llameaban como ascuas encendidas en la penumbra. Reconocí entonces los rasgos de la dama que, un día antes, creí ver en la biblioteca del hospital. Ella había vuelto, al amparo de la noche, tan silenciosamente como la primera vez, pero mil veces más seductora. Noté su larga y sedosa cabellera cerca de mí -olía a violetas- y deseé ardientemente que se acercase más. En ese momento creo que habló, más su voz era como un eco, sin ningún referente en derredor, que sonó en la ubicuidad de mi cerebro como música cristalina. Me sentí turbado cuando se relamió los labios, como un animal, por cuyas comisuras sobresalían sus dientes erizados como escarpas. Había un sesgo cruel e instintivo en sus facciones singulares. Sentí, a la vez, deseo y terror, pero el primero oprimió al segundo, inhibiéndolo, y solamente tuve deseos de su proximidad, de su contacto. Pero ella levantó la cabeza y me escrutó, seguramente para comprobar si seguía dormido, tiempo suficiente para admirar de cerca aquellos ojos que, a un tiempo, me excitaban y me deprimían. Se inclinó aún más, hasta el punto de que pude oir su respiración y su gélido aliento, que tenía un fondo acre e indefinido. Sus labios rozaron mi cuello, muy delicadamente, y me estremecí. Después, con una fruición casi morbosa, besó y relamió mi cuello. Sentí una vez más su aliento embriagador, pero había en él una insinuación repugnante que la primera vez ya había barruntado. Era frío como el hielo y exquisitamente perfumado pero, entre la ambrosía, mezclábase una esencia acre, que me recordó el olor de la sangre.
Fue entonces cuando presentí que había alguien más en la habitación. La sombra, en verdad, era extraordinaria. En el vano de la puerta estaba parada una figura alta y negra. La luna la iluminaba por completo, a excepción sólo de su cara. Yo no veía más que el fuego de sus pupilas, que nos observaban con una fijeza solemne. Un aura del otro mundo bañaba al incógnito visitante, que permanecía hierático como una estatua de mármol. Vi entonces que levantaba la mano con lentitud y la dama, azorada, se separó de mí, retrocediendo de inmediato hasta el muro, que atravesó, desapareciendo al otro lado. La sombra seguía en su sitio sin moverse. No le vi marcharse aunque, sin mediar apenas un segundo, me encontré sólo en la estancia. Pero recuerdo que una especie de pájaro nocturno pasó cerca de mí y el viento de sus alas rozó mis párpados, Sentí que estaba volando por la habitación; después, el silencio, y me desperté. Bajo la camisa, el corazón me latía enloquecido, golpeando las paredes de mi pecho con grandes golpes que podía percibir claramente y con gran angustia. Había sido un sueño extraño, insólito, aunque algo en mí no se resignaba a que no fuese algo más.
Mi insuperable ansiedad aún persistía. Moví el brazo buscando las cerillas. Las oí crujir entre mis dedos, en el candelero. Encendí la bujía y, al instante, me sentí mucho mejor. La luz acabó por disipar los malos terrores. Estaba sólo en el dormitorio. Resolví beber un vaso de agua fría y volví a acostarme. Traté de razonar y me costó un tanto -me sentía especialmente alterado- pero acabé convenciéndome de que acababa de sufrir un acceso alucinatorio especialmente vívido. A partir de ese momento, me fui tranquilizando poco a poco. Después la fatiga se apoderó de mí como una hola y me dormí enseguida.
Cuando desperté, un sol brillante iluminaba la habitación. Me vestí con premura, olvidándome por completo de los sombríos acontecimientos de la noche anterior. Miré la hora, eran las diez. La parte posterior del club, cuyo edificio se encontraba adosado en esa zona a la imponente muralla que circundaba la ciudad, se alzaba al margen de un impresionante precipicio. Mi ventana daba al mismo y desde allí se veía perderse en lontananza la inmensa masa del bosque, entre las masas filosas y azuladas de los picos de la cordillera cárpata. Aguzando la vista, podían discernirse insignificantes caminillos que cruzaban la espesura por algún tramo, los cuales conducían a los valles, donde se levantaban los pequeños núcleos habitados, aldehuelas perdidas de la mano de Dios y aferradas a costumbres medievales, más bien que a las propias de los tiempos modernos. Este bosque inmenso llegaba, en algunas zonas, a recubrir tupidamente parte de la misma cordillera, por cuyas laderas fluían, de trecho en trecho, numerosos riachuelos que, como finos hilillos argénteos, nacían en las cumbres, desde donde manaban estrepitosamente por las gargantas profundas.
Reconfortado por aquella mirífica visión, acabé de reanimarme con abluciones reiteradas de agua fría. Al cabo de media hora escasa, ya me encontraba vestido, con el ánimo espléndido, y dispuesto para bajar.
Viktor me esperaba en el comedor, sentado delante de un mantel ya dispuesto. Leía el periódico, ante una mesa magníficamente preparada. Siempre me han agradado los detalles y el personal del club se habían esmerado en ello: candelabros de plata, vajilla de porcelana antigua y cubiertos de plata; la buena comida que íbamos a disfrutar, acabó por levantarme el ánimo completamente.
-¿Has pasado buena noche?- quiso saber mi amigo, dejando el periódico a un lado.
-Excelente- mentí, por razones obvias-. Estuve con el conde hasta muy tarde y me dormí como un plomo.
Un sirviente, con librea negra y oro, trajo el desayuno. Hablamos animadamente sobre mis impresiones atingentes al cenceño aristócrata húngaro y también sobre la marcha de mis investigaciones. Sobre este último punto, he de decir que manejé el tema con mucha cautela, pero de una manera que resultase perfectamente creíble. Me centré en asuntos de investigación básica, pero novedosos, como es el de la transmisión del sonido como guía para el vuelo, si bien le pedí que mantuviese la información en secreto, hasta que apareciese publicado un artículo al respecto. Esto sucedería en el próximo bimestre, pues ya había mandado los artículos originales a Inglaterra y había recibido recientemente su aceptación. Me congratulé de que no mencionase para nada el asunto del vampiro gigante, lo cual no era improbable, habida cuenta de que el conde tenía noticia de ello. Me alegré de su carácter reservado y grave, máxime ahora cuando me había prometido que el asunto quedaría entre él y yo. Pese a que hacía apenas nada que nos conocíamos, no tenía el menor motivo para dudar de su palabra.
Una hora después, dejábamos el club, marchándonos al hospital, Viktor a visitar a sus enfermos y yo en busca de algún buen libro. Me solacé algunas horas con la Anatomía superior de Ranko Pravia y los Fundamentos de comportamiento animal de Edward Boring.
Aquel era el gran día. Después de cenar me cambié de ropa y fui a la Clínica Denier, como se llamaba el hospital municipal, en honor al celebérrimo cirujano húngaro. Mientras esperaba a Viktor en la biblioteca, hojeando un libro de fisiología de reciente publicación, descubrí una forma vaporosa junto a las cortinas. No podría jurarlo, pero tuve la impresión de ver unas facciones femeninas, de voluptuosos labios rojos. Me miró procazmente, dejándome la impresión ardiente de su belleza singular; pero desapareció, como si se hubiera esfumado en el vacío, cuando entró mi amigo. Sin duda fue una alucinación, posiblemente motivada por el exceso de trabajo. Ahora pienso que fue una decisión muy acertada alejarme unos días del páramo, evadirme de los rigores del trabajo experimental y de campo. Debo reconocer que mis nervios están un tanto alterados porque, cuando nos dirigíamos al club, creí notar que alguien nos seguía. Empero, cuantas veces me volví con disimulo, no pude ver a nadie. Pienso que comienzo a excitarme con demasiada facilidad. Tendré que buscar un remedio, antes de que mi salud se resienta.
Hacia las once entramos en el club. Viktor se quedó en el bar saboreando un brandy, esperando a que llegase en conde. Le dije que me encontrarían en la biblioteca cuya puerta, accionada por una pesa de reloj, se cerró por sí misma, detrás de mí. Me encontré con un lacayo vestido de roja librea que enseguida me dejó sólo. Me senté en una butaca, encendí la pipa y me reproché, aunque no con excesiva severidad, el olvido en que tenía a mi esposa. Aquellos pensamientos me azoraban, por lo que desvié inmediatamente la atención a otros asuntos. Me gustaba el país, aunque no el espíritu del pueblo. Pero, por lo demás, mi trabajo me entusiasmaba, gozaba de una vigorosa salud y, así mismo, experimenté un grato reconfortamiento al pensar que, antes de que el invierno llegara, habría resuelto el “enigma” que tanto intrigaba y preocupaba a sir Archibald y a van Vooren.
Con los pies apoyados relajadamente en los morillos metálicos y acomodado en aquel confortable sillón de cuero bruñido, me sentí muelle y profundamente solazado. Llevaba apenas media hora en aquella agradable situación cuando entró Viktor. Le acompañaba un anciano caballero, alto y alarmantemente enjuto, aunque de porte extrañamente enérgico. La nariz aquilina, la hosca mandíbula y el gran mostacho le daban una fisonomía resuelta, severa y audaz. En su faz de hombre entero y voluntarioso brillaban unos ojos extraños, en los que se reflejaba, a la vez, una gran decisión y la serena escrutación de un hombre inteligente y equilibrado. Había, sin embargo, algo profundamente inquietante en él, un rasgo primitivo, casi cruel, que disimulaban sus perfectos modales. Su voz era profunda y cavernosa y tenía un no sé qué vibrante, casi metálico, que nunca antes había apreciado en otra persona.
Por lo común las gentes del este de Europa son extremadamente reservadas y el conde no desmerecía en nada este patrón de conducta, pues en todo momento mostró, en grado mayor o menor, esa elusividad tan característica de los países balcánicos, sobre todo cuando se hablaba de folklore, religión o supersticiones, pero no de bienes, familia o ascendencia. Sin embargo, las reglas básicas de cortesía, que ha de observar cualquier caballero, le obligaban a cierto grado de comunicación y de deferencia. Todo era, no obstante, maravillosamente extraño en él. Su mirada parecía, atravesando las apariencias, hundirse en lo más hondo de su interlocutor, llegar al alma, dando la impresión a éste de que sus íntimos deseos eran escrutados como las hojas de un libro. Parecía que este hurón de los Cárpatos adivinase el pensamiento y cuando me presenté y hablé sobre mi vida diríase, por la expresión de su cara, que estaba escuchando una historia consabida, que estuviera extrañamente al tanto de todo, hasta de los más nimios pormenores. Incluso cuando habló de Inglaterra, me dio la impresión de estar ante un ciudadano británico, si bien el conde me juró que no había puesto la planta en mi país. Aquello me fascinó y al inquirirle sobre la razón de tal portento, me dijo simplemente que existían muchas cosas en la naturaleza que escapaban a las simples reglas con que la gente normal interpretaba el mundo. Ni decir tiene que el aire misterioso con que orlaba cada una de sus palabras, cada uno de sus actos, llegó a subyugarme todavía más. Estaba convencido que aquel personaje poseía dones o poderes muy fuera de lo común. A los excéntricos nos agradan las excentricidades, a los que realizamos empresas fuera del orden habitual de las cosas, nos encanta todo aquello que se sale de la norma.
Ya había, en efecto, oído comentar que el conde poseía facultades extraordinarias y había tenido una buena muestra de ello. La mente humana encierra misterios que nosotros, acostumbrados a usar demasiado la razón -o mejor dicho a emplearla a un nivel de análisis empírico-, quizás nunca lleguemos a valorar en su justa medida. Sabía que me encontraba ante un ser excepcional y, aunque no tenía ningún deseo de averiguar más de él de lo que quisiera decirme (las normas del buen gusto y de la corrección se han impuesto siempre, a causa de la educación recibida, a mi natural curiosidad), me felicité ante la perspectiva de una relación interesante. Hablaba en perfecto alemán -dicho sea de paso, su inglés era muy aceptable- aunque con un acento muy característico. Me dijo, en un principio, lo que yo ya sabía: era valaco y vivía en un viejo castelul en una región apartada, donde apenas solía llegar algún viajero. Tan agreste y recóndito era el lugar que ni siquiera figuraba en los mapas oficiales. Sus compañeros, según dijo, eran las fieras del bosque y, de tanto en tanto, solamente los szeganys montaban sus campamentos en los valles próximos, de modo que gozaba de la más completa soledumbre. Raras veces se veía obligado a volver a la civilización para ocuparse de sus negocios, cuya naturaleza no especificó.
Me alegró mucho comprobar que sus conocimientos sobre historia natural eran amplios y precisos y me sentí hondamente halagado cuando manifestó ser un sincero y ferviente admirador de mi obra. Nunca hubiese imaginado que en un remoto país, un anciano gentilhombre se deleitara con la lectura de mis estudios experimentales y sistemáticos. Aquello me conmovió profundamente y animó una larga conversación científica, en la que los tres participamos con entusiasmo. Al día siguiente le regalaría un ejemplar autografiado de mi último libro, del que él no tenía noticia, mis Fundamentos de conducta animal (vertebrados); se mostró encantadísimo con ello y sus ojos reflejaron una emoción genuina que, hasta entonces, había estado ausente. A la par, he de indicar que, a despecho de su vigor y fortaleza aparentes, debía ser una persona muy anciana, debido al color clorótico de su piel, de aspecto apergaminado.
Era casi medianoche cuando Viktor se vio obligado a retirarse ya que a la mañana siguiente, a primera hora, tenía que estar en el hospital. Así que el conde y yo nos quedamos solos y tuvimos el placer de continuar nuestra conversación. He de decir, si bien no sé hasta qué punto se trataba de una impresión mía, que el conde tenía un aire de contención, como si tratase de ocultar su verdadera naturaleza o personalidad. Tuve dicha intuición en varias ocasiones a lo largo de la velada y sentí, posiblemente de manera ilógica o desproporcionada, esa aprensión que siente cualquier humano cuando se enfrenta a situaciones inciertas, ambiguas o desconocidas. También me llamó la atención su aire en exceso melancólico, introspectivo y exánime, que contrastaba grandemente con la energía y fluidez de su vocablo.
Me quedé atónito al comprobar que estaba al corriente de todas mis investigaciones, de todas y cada una sin excepción; incluso conocía el motivo real de mi viaje a Hungría. ¿Cómo podía haberse enterado?. ¿Conocía acaso a sir Archibald o a alguna de las poquísimas personas relacionadas con el asunto?. Estaba estupefacto y, cuando le pregunté al respecto, me dijo que simplemente prefería no responder a mi pregunta pero que, no obstante, no tenía el menor motivo para preocuparme de nada, de nada en absoluto (enfatizó estas últimas palabras). Di el caso por concluido, aunque me sentía desazonado y con cierta preocupación, pero me recuperé un tanto cuando el conde me dijo que si buscaba en el lugar adecuado, encontraría el gran murciélago, pues existía. ¡Entonces, no se trataba de una quimera!. Me respondió que era tan real como la vida misma y esta aseveración hizo que ipso facto se me fueran de la cabeza los anteriores temores. Según él, se trataba de un espécimen extraordinario, una bestia asustadiza y difícil de capturar. Lo importante era que mi viaje no había sido en vano. El Thurul, como lo llamaban los nativos de esta parte de Hungría, se caracterizaba por su gran tamaño y por chupar la sangre de animales y niños indefensos. Existía, sin duda, pese a que nunca se habían presentado pruebas fehacientes. El conde me confesó haber visto al animal en varias ocasiones, asegurándome que no faltaban buenos ejemplares en los Cárpatos húngaros.
Le estreché la mano sumamente agradecido por tan valiosa información : apenas pude resistirlo, pues casi me vi obligado a retirarla en el acto porque su tacto era tan frío como un témpano de hielo. El conde retiró su mano con cierta turbación, confesándome inmediatamente que sufría una rara enfermedad que pronto acabaría con su estadía en este mundo. Me hizo esta confesión, no obstante, sin emoción alguna, como aquél que esta cansado de vivir y espera la muerte tranquilamente. A ello añadió que, desde su infancia, sin embargo había gozado de excelente salud pero, desde que volvió hacía una década de unos viajes por países tropicales, su cuerpo había ido perdiendo poco a poco la salubridad. Le sugerí un examen en la clínica Desnien, pero él dijo que ya había visitado a todos los especialistas del país y de parte del extranjero y añadir uno más a la lista no supondría otra cosa que confirmar un veredicto consabido. El hecho es que estaba enfermo, enfermo de muerte, a despecho de que nadie le hubiera asegurado la etiología exacta de su mal. Con una expresión de tedio en sus facciones, confesó que prefería dejar este asunto por concluido, que las cosas eran como eran y que se debía dejar actuar al destino. Me sentí impresionado por su sangre fría y ecuanimidad en un asunto tan grave.
Me testimonió su ferviente y sincero deseo en pro del éxito de mi empresa científica y su convicción de que estaba ante la persona más indicada para llevarla a cabo, apelando a mi trayectoria científica y personal. Me sentí profundamente halagado; agradecí con emoción estas palabras gentiles y no puede evitar cierta contrariedad cuando me aseguró que no nos veríamos el próximo día, pues se veía obligado a viajar a Budapest para formalizar determinados asuntos legales y comerciales.
Charlando habíamos llegado al rellano de la escalera con las bujías en la mano. Un largo corredor separaba las habitaciones del conde de las mías. El criado abrió las puertas y, tras desearnos buen descanso, se retiró. Como el conde y yo estábamos muy próximos, cuando nos dimos las buenas noches, el reflejo de mi bujía iluminó su cara. ¡Entonces me estremecí!. ¿Qué extraño ser tenía ante mí?. Bien iluminado -y no al amparo de la decrépita luz de los candelabros de la biblioteca- descubrí en su rostro unos rasgos que no había apreciado hasta ese momento. La faz que yo contemplaba era grave, cenceña, de una palidez extrema, una palidez de muerte. Toda su persona estaba revestida de una solemnidad tal que no creí hallarme ante el mismo hombre, sino ante una figura hierática perteneciente a un mundo que no era el nuestro. Una vaga inquietud me oprimió nuevamente, una incipiente y feble certidumbre trató de tomar forma, a la cual siguió una confusión aún mayor. Empero, no me avergüenza confesar que en aquellos instantes de marasmo absoluto sentí miedo, como si me encontrase frente a algo superior y, en parte, desconocido, a despecho de saber que se levantaba ante mí un perfecto caballero centroeuropeo, cuyo vocablo y ademán denotaban la educación más esmerada y los modales más refinados. Sus ojos, por contra, tenían un brillo extraño y fue entonces cuando advertí hasta qué punto su expresión era cruel, a lo que sin duda contribuía la dureza de una boca de dientes singularmente aguzados. Pero su sonrisa amistosa disipó en mí toda intranquilidad, haciéndome sentir culpable por haber albergado ese tipo de pensamientos hacia un hombre frente al cual, como poco, no podía sentir otra cosa que deferencia. El anciano conde me deseó por segunda vez las buenas noches y se retiró después de una corta reverencia.
Esperaba dormirme pronto y profundamente pero, al cabo de unos instantes, tuve que reconocer la imposibilidad de un sueño inmediato. Cuando traté de encender la luz para leer un libro noté que el sueño, minutos antes tan lejano, iba dominándome y una especie de letargo acabó envolviéndome el cuerpo y la mente. Estaba quedándome dormido y rápidamente, sin intervalo alguno, entré en un estado de sopor indefinible. ¿Acaso dormía?. No podría decirlo. Aunque tendido en la cama, con los ojos completamente cerrados, podía ver perfectamente cada objeto del dormitorio. Cosa extraña, ignoraba el lugar exacto donde me encontraba, si bien me creía en Londres. Mi primera impresión fue una repentina sensación de terror. La luna llena brillaba enfrente de la ventana y, a través de las cortinas blancas, proyectaba su luz sobre el centro de la estancia, allí donde un rayo de luna formaba turbulencias, donde rielaba una nube de motas quiméricas. Algo se movió en su mismo vórtice y pareció dirigirse a una velocidad de vértigo hacia donde yo yacía, si bien no fui capaz de ver, en ese instante, nada en concreto. Empero sí presentí una presencia al lado del lecho, una presencia femenina y la vi, como en un sueño, tenue e inapresible, envuelta en un aura contranatural, que resaltaba de una forma máxima su juvenil y extraña belleza. No podría asegurar cómo había entrado ni como se había acercado a la cabecera de mi cama sin que yo la viera, pero en mi ilusión loca me persuadí de que había llegado con la luna y había tomado forma en la tiniebla, inexplicablemente, y que también algo inextricable la había llevado, como una exhalación, a mi vera, en la solitud pagana del dormitorio, tan cerca de mí que podía tocarla, pero tan lejana e inapresible como los deseos de los sueños o la felicidad humana. Pero ya no sentí miedo, sino deseo.
Con un aire levemente perezoso, casi juguetón, rozagante, la dama se inclinó, con el propósito evidente de examinarme. Vi que tenía el cabello obscuro, el seno turgente y abundante y que era bella, muy hermosa y esbelta, de rasgos lívidos y voluptuosos labios encendidos. Sus grandes ojos, casi con avidez, llameaban como ascuas encendidas en la penumbra. Reconocí entonces los rasgos de la dama que, un día antes, creí ver en la biblioteca del hospital. Ella había vuelto, al amparo de la noche, tan silenciosamente como la primera vez, pero mil veces más seductora. Noté su larga y sedosa cabellera cerca de mí -olía a violetas- y deseé ardientemente que se acercase más. En ese momento creo que habló, más su voz era como un eco, sin ningún referente en derredor, que sonó en la ubicuidad de mi cerebro como música cristalina. Me sentí turbado cuando se relamió los labios, como un animal, por cuyas comisuras sobresalían sus dientes erizados como escarpas. Había un sesgo cruel e instintivo en sus facciones singulares. Sentí, a la vez, deseo y terror, pero el primero oprimió al segundo, inhibiéndolo, y solamente tuve deseos de su proximidad, de su contacto. Pero ella levantó la cabeza y me escrutó, seguramente para comprobar si seguía dormido, tiempo suficiente para admirar de cerca aquellos ojos que, a un tiempo, me excitaban y me deprimían. Se inclinó aún más, hasta el punto de que pude oir su respiración y su gélido aliento, que tenía un fondo acre e indefinido. Sus labios rozaron mi cuello, muy delicadamente, y me estremecí. Después, con una fruición casi morbosa, besó y relamió mi cuello. Sentí una vez más su aliento embriagador, pero había en él una insinuación repugnante que la primera vez ya había barruntado. Era frío como el hielo y exquisitamente perfumado pero, entre la ambrosía, mezclábase una esencia acre, que me recordó el olor de la sangre.
Fue entonces cuando presentí que había alguien más en la habitación. La sombra, en verdad, era extraordinaria. En el vano de la puerta estaba parada una figura alta y negra. La luna la iluminaba por completo, a excepción sólo de su cara. Yo no veía más que el fuego de sus pupilas, que nos observaban con una fijeza solemne. Un aura del otro mundo bañaba al incógnito visitante, que permanecía hierático como una estatua de mármol. Vi entonces que levantaba la mano con lentitud y la dama, azorada, se separó de mí, retrocediendo de inmediato hasta el muro, que atravesó, desapareciendo al otro lado. La sombra seguía en su sitio sin moverse. No le vi marcharse aunque, sin mediar apenas un segundo, me encontré sólo en la estancia. Pero recuerdo que una especie de pájaro nocturno pasó cerca de mí y el viento de sus alas rozó mis párpados, Sentí que estaba volando por la habitación; después, el silencio, y me desperté. Bajo la camisa, el corazón me latía enloquecido, golpeando las paredes de mi pecho con grandes golpes que podía percibir claramente y con gran angustia. Había sido un sueño extraño, insólito, aunque algo en mí no se resignaba a que no fuese algo más.
Mi insuperable ansiedad aún persistía. Moví el brazo buscando las cerillas. Las oí crujir entre mis dedos, en el candelero. Encendí la bujía y, al instante, me sentí mucho mejor. La luz acabó por disipar los malos terrores. Estaba sólo en el dormitorio. Resolví beber un vaso de agua fría y volví a acostarme. Traté de razonar y me costó un tanto -me sentía especialmente alterado- pero acabé convenciéndome de que acababa de sufrir un acceso alucinatorio especialmente vívido. A partir de ese momento, me fui tranquilizando poco a poco. Después la fatiga se apoderó de mí como una hola y me dormí enseguida.
Cuando desperté, un sol brillante iluminaba la habitación. Me vestí con premura, olvidándome por completo de los sombríos acontecimientos de la noche anterior. Miré la hora, eran las diez. La parte posterior del club, cuyo edificio se encontraba adosado en esa zona a la imponente muralla que circundaba la ciudad, se alzaba al margen de un impresionante precipicio. Mi ventana daba al mismo y desde allí se veía perderse en lontananza la inmensa masa del bosque, entre las masas filosas y azuladas de los picos de la cordillera cárpata. Aguzando la vista, podían discernirse insignificantes caminillos que cruzaban la espesura por algún tramo, los cuales conducían a los valles, donde se levantaban los pequeños núcleos habitados, aldehuelas perdidas de la mano de Dios y aferradas a costumbres medievales, más bien que a las propias de los tiempos modernos. Este bosque inmenso llegaba, en algunas zonas, a recubrir tupidamente parte de la misma cordillera, por cuyas laderas fluían, de trecho en trecho, numerosos riachuelos que, como finos hilillos argénteos, nacían en las cumbres, desde donde manaban estrepitosamente por las gargantas profundas.
Reconfortado por aquella mirífica visión, acabé de reanimarme con abluciones reiteradas de agua fría. Al cabo de media hora escasa, ya me encontraba vestido, con el ánimo espléndido, y dispuesto para bajar.
Viktor me esperaba en el comedor, sentado delante de un mantel ya dispuesto. Leía el periódico, ante una mesa magníficamente preparada. Siempre me han agradado los detalles y el personal del club se habían esmerado en ello: candelabros de plata, vajilla de porcelana antigua y cubiertos de plata; la buena comida que íbamos a disfrutar, acabó por levantarme el ánimo completamente.
-¿Has pasado buena noche?- quiso saber mi amigo, dejando el periódico a un lado.
-Excelente- mentí, por razones obvias-. Estuve con el conde hasta muy tarde y me dormí como un plomo.
Un sirviente, con librea negra y oro, trajo el desayuno. Hablamos animadamente sobre mis impresiones atingentes al cenceño aristócrata húngaro y también sobre la marcha de mis investigaciones. Sobre este último punto, he de decir que manejé el tema con mucha cautela, pero de una manera que resultase perfectamente creíble. Me centré en asuntos de investigación básica, pero novedosos, como es el de la transmisión del sonido como guía para el vuelo, si bien le pedí que mantuviese la información en secreto, hasta que apareciese publicado un artículo al respecto. Esto sucedería en el próximo bimestre, pues ya había mandado los artículos originales a Inglaterra y había recibido recientemente su aceptación. Me congratulé de que no mencionase para nada el asunto del vampiro gigante, lo cual no era improbable, habida cuenta de que el conde tenía noticia de ello. Me alegré de su carácter reservado y grave, máxime ahora cuando me había prometido que el asunto quedaría entre él y yo. Pese a que hacía apenas nada que nos conocíamos, no tenía el menor motivo para dudar de su palabra.
Una hora después, dejábamos el club, marchándonos al hospital, Viktor a visitar a sus enfermos y yo en busca de algún buen libro. Me solacé algunas horas con la Anatomía superior de Ranko Pravia y los Fundamentos de comportamiento animal de Edward Boring.
"No hay en el mundo fortuna mayor, creo, que la incapacidad de la mente humana para relacionar entre sí todo lo que hay en ella. Vivimos en una isla de plácida ignorancia, rodeados por los negros mares de lo infinito, y no es nuestro destino emprender largos viajes. Las ciencias, que siguen sus caminos propios, no han causado mucho daño hasta ahora; pero algún día la unión de esos disociados conocimientos nos abrirá a la realidad, y a la endeble posición que en ella ocupamos, perspectivas tan terribles que enloqueceremos ante la revelación, o huiremos de esa funesta luz, refugiándonos en la seguridad y la paz de una nueva edad de las tinieblas."
H.P. Lovecraft
Yaiza
“Quiso sonreírme Fortuna aquel luminoso y redondo día, cuando la magia de una concesión divina hizo aparecer ante mí los ojos más hermosos que a lo largo de mi vida había podido contemplar.
Yaiza es una mujer poseedora de la belleza singular de las más altas dignidades, una belleza de color paradisíaco, una belleza nacida de los destellos del arcoíris.
Yaiza es ágil y esbelta. Su tez morena embriaga los sentidos como la caricia de una madre a su criatura. Así de suave y tierna se muestra esta princesa ante un hombre como yo, ávido de luz y amor.
Sus cabellos, tan negros como el mar de una noche sin luna, tan brillantes como el azabache al sol, evocan bostezos de oro y malva al albur de un sueño, el sueño de un amor sin límites, el sueño de un amor refrendado en el cielo.
Esos sus ojos, de tan buen mirar, me guían hasta su corazón entre místicas procesiones de flores y albahaca liberando a un tiempo las voces silentes de un desierto de finísima arena.
Un rostro adorable descubre inocentemente su inteligencia y vivacidad, cualidades que madurarán y se asentarán con el tiempo, cuando la templanza alcance plena autoridad, aunque su divino porte anuncia ya un destino dorado.
Así contemplo a Yaiza y así la venero”
El antiguo manuscrito que así rezaba hizo que yo mismo buscara a esa mujer. Yaiza era como un reclamo, un reclamo incitante que yo no podía obviar. Necesitaba saber más.
Todo parecía indicar hacia el sur y hacia allí me dirigí buscando pistas falsas en Marruecos y posteriormente en Palestina.
Fue sin embargo durante mi viaje de regreso a la península cuando un pasajero me informó de que en las islas Canarias, sobretodo en Lanzarote, existen muchas mujeres con tal nombre, probablemente pues de origen guanche.
Hacia allí me dirigí sin dilaciones, y a mi llegada a Tenerife me informaron de la existencia de una población con tal nombre.
Yaiza es un pueblo encantador, un pueblo en el que parece haberse detenido el tiempo, y donde existe una leyenda sobre una princesa, la princesa Yaiza, de origen bereber, cuyo nombre significa “mujer de hábiles manos”.
De regreso a Valencia, y ya en un centro comercial de la ciudad, contemplé atónito a Yaiza mientras plegaba prendas multicolores con una destreza y delicadeza admirables.
E. Glez
Apocalipsis, Anticristo.... Son mitos y como tales nunca se refieren a personas concretas o a acontecimientos determinados. Cualquier texto apocalíptico constituye una advertencia, para que enmendemos y no sigamos haciendo las cosas como hasta ahora.
El mundo no acabará hoy ni mañana, ni en un futuro próximo, de eso estoy seguro, como también sé sin ninguna duda que el futuro del hombre no está en manos de los mejores hombres, sino de los peores.
S.A.B
Mañana Martes es el día 6 del 6º mes del año 6, 6-6-6, 666, el número de la Bestia, el advenimiento del Anticristo... ¿Qué sucederá?.
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