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Presentación del libro
Por Iván Humanes Bespín
y
Salvador Alario Bataller
Grafein ediciones

Un recorrido por diecinueve libros malditos. En esta obra se dan cita el Corpus Hermeticum, el esoterismo, H. P. Lovecraft, El libro egipcio de los muertos, El Martillo de las Brujas, el satanismo, la teosofía, Angela Carter y la Cámara Sangrienta, lo imposible. Recorrer sus páginas es recordar la biblioteca olvidada.
Presentación en el Centro cultural RAÍCES.Sábado 25 de noviembre a las 19 horas.Calle Campana, 1 (Huesca)
Asistirán al acto:
LOURDES ASO TORRALBA, escritora.
IVÁN HUMANES BESPÍN, coautor de Malditos.


Proyecto
LetramantE

Convocatoria

El Proyecto Letramante convoca a todos los escritores en lenguas romances (vgr. español, portugués, italiano, francés y rumano), así como fotógrafos, dibujantes e ilustradores, a participar en su serie de ediciones artesanales monotemáticas, para ello las colaboraciones deberán cumplir con los siguientes criterios:
Ser inéditas en papel. Incluir el nombre del autor y su correo electrónico.
Emplear alguna de las formas de creación literaria (poesía, cuento, etc.) para explorar el tema seleccionado para cada edición. En esta primera ocasión, el tema será la ciudad y puerto de Ensenada, Baja California, México.
Extensión máxima 2 cuartillas (hoja tamaño carta con márgenes de 1 pulgada, escrita a doble espacio en letra Times Roman de 12 puntos).
Las colaboraciones gráficas deberán enviarse digitalizadas a una tinta y ser aptas para el formato editorial (media carta vertical).

Las colaboraciones pueden ser enviadas a las siguientes direcciones electrónicas:
akurion@hotmail.com
elizabeth.sobarzo@hotmail.com

Atentamente
Consejo Editorial del Proyecto LetramantE

Ensenada, Baja California, México, a 19 de noviembre de 2006.

www.letramante.blogspot.com
Elizabeth Sobarzo Gaona

El Poeta es el concubino de la poesía,
yo solo soy su amante vouyerista.
www.elizabeth-sobarzo.blogspot.com

El Martes día 21 de noviembre a las 19 horas,
dentro del ciclo AULA DE POESÍA del ÁMBITO CULTURAL DE EL CORTE INGLÉS de Valencia (Calle Colón, 27 ) contará con la visita del poeta EDDIE (J.BERMÚDEZ) que realizará una lectura poética en torno a "LA POEMA".

El acto está coordinado y presentado por la escritora Mª TERESA ESPASA.


BIO BIBLIOGRAFÍA
Eddie (J.Bermúdez)(Barcelona, 1975)
Licenciado en Filología Hispánica por la Universidad de Valencia en 1999.
Ha sido miembro de la Tertulia la Buhardilla, en sus primeros años. Miembro fundador del grupo teatral LA BACANAL DEL VERSO, y más tarde director y actor de LA ORGÍA DEL PALABRAZO, grupo de performance poética en la ciudad de Valencia. Cooperador del programa literario de radio Funny, "NEVERMORE" en 1997. Organizador y cooperador de la Jam Literaria del pub "El Asesino" (Valencia). Miembro de la Asociación Poética RESANIMA (NADALMA). Colaborador habitual del periódico virtual valenciano UNION-WEB, y otras publicaciones literarias. En el año 2003 ha sido ganador del primer premio de poesía antitaurina "TORO DE HIERRO", y también del SARGANTAS de Poesía de los Premios de Otoño Villa de Chiva cuyo poemario, ESTRATO DE SÍLABA, está editado en Rialla Edic.
Actualmente trabaja en el proyecto pictórico DES-NUDANDO EL VERSO, junto a su compañera JULIA MARQUÉS, en un intento de unir POESÍA y PINTURA, intercalando su trabajo como poeta experimental, convocatorias de MAIL ART, y performance poéticas por todo el estado.
Es autor de las siguientes Publicaciones:
-EXTRACTO DE POEMAS OBJETO (1996). (Autoeditado)
-EL GRITO DE AL LADO (1997). (Autoeditado)
-CANTAR DE MUERTE (1996). (Autoeditado)
-EL BAR DE DIOS (1997). (Autoeditado)
-DENTRE VERTIDOS DE EXTROVERSIÓN (1999). (Autoeditado)
-CIUDADEMBARGUEBRIO (1998). (Autoeditado)
-POEMACCIÓN 1, 2, y 3 (1999-2001). (Autoeditado)
-ESTRATO DE SÍLABA, ediciones RIALLA, Valencia, 2004 (Ilustraciones Julia Marqués)
-POEMACCIÓN NAVIDEÑO (Serie limitada de 30 ejemplares numerada y firmada por Julia Marqués y Eddie) (2004)
- HUESOS DE LUCIÉRNAGA, Ellago Ediciones S.L., 2005
- ANTOLOGÍA INCOMPLETA DE POESÍA VISUAL, Calambur Ediciones, Madrid.(en prensa)

-- Eddie (J.Bermúdez)http://eddiepoema.blogspot.com


HISTORIA DE VAMPIROS
Mario Benedetti y JMSerrat


Los violines y el bandoneon suenan a tango, pero con
ritmo de bolero...

Sus padres y hasta sus abuelos
fueron vampiros de prosapia
y tras su leve mordedura
sangre libaban a sus anchas.

Pero este en cambio era un vampiro
que apenas si sorbia agua
al mediodia y en la cena
de noche y en las madrugadas.

Abstemio de sangre
era la verguenza
de los otros vampiros
y de las vampiresas.

Este vampiro tan distinto
oso' crear una variante
proselitista de vampiros
anonimos y militantes.

Bajo la luna hizo campa#a
con sus consignas implacables
"Vampiros solo beban agua
la sangre siempre trae sangre..."

Abstemio de sangre
era la verguenza
de los otros vampiros
y de las vampiresas.

Pero temieron sus colegas
que esa doctrina peligrosa
tentase a los vampiros flojos
que beben sangre con gaseosa

y asi una noche de tormenta
cinco quiropteros de lidia
le propinaron al indocil
sus dentelladas de justicia.

Abstemio de sangre
era la verguenza
de los otros vampiros
y de las vampiresas.

El desafio del rebelde
quedo alla abajo en cuerpo y alma
con cinco heridas que gemian
formando un gran charco de agua...

Lo extra#o fue que los verdugos
colgados de una vieja rama
a su pesar reconocieron
el buen sabor del agua mansa.

Abstemio de sangre
era la verguenza
de los otros vampiros
y de las vampiresas.

Desde esa noche ni vampiros
ni vampiresas chupan sangre.
Los hematies son historia
y el agua corre dios mediante.

Y como siempre ocurre en estos
y en otros casos similares
el singular vampiro abstemio
es venerado como un martir.

Abstemio de sangre
***y de ahi las ofrendas***
de los otros vampiros
y de las vampiresas.

PERRAS, PEJAS

SALVADOR ALARIO BATALLER
PEJA, A LA CALLE CON LOS PEJOS
2006

Mi amigo José, además de tener una gran fortuna y estar cojito de nacimiento, hablaba con la j, es decir, que en vez de decir Ramón, decía Jamón, en vez de Ropa, jopa, pejejil en vez de perejil. Tenía bastante mal genio, pero éste empeoró cuando se casó. El motivo radicaba en que eran muy diferentes: el estaba muy a gusto en casa y ella siempre quería estar en la calle. La verdad residía en que la muchacha era bastante resbalosa y cada vez paraba menos en casa, hasta que a mi amigo se le inflaron los huevos.
-¡Te gusta más la calle que a los pejos! -le espetó él un día, enfadadísimo- ¡Peja, jepeja, que eres una peja, pues vete a la calle peja con los pejos!
Ahora mi amigo se pega la gran vida y ella sobrevive haciendo la calle
.

ANDREA BOCCONI


Tranvía

Por fin. La desconocida subía siempre en aquella parada. "Amplia sonrisa, caderas anchas... una madre excelente para mis hijos", pensó. La saludó; ella respondió y retomó su lectura: culta, moderna.
Él se puso de mal humor: era muy conservador. ¿Por qué respondía a su saludo? Ni siquiera lo conocía.
Dudó. Ella bajó.
Se sintió divorciado: "¿Y los niños, con quién van a quedarse?"


En el calendario habitual el Día de los Muertos es el 1 de Noviembre, el Día de Todos los Santos según la tradición judeo-cristiana, el Shamhaim celta. Es una de las festividades más marcadamente célticas porque, tras los fuegos del Shamhaim se iniciaba el año celta.
Siendo otrora una de las grandes celebraciones del fuego, se celebraba encendiendo grandes hogueras, lo cual se ha conservado inclusive dentro del cristianismo (substituido muchas veces por las velas, símbolo del elemento ígneo), resaltando, en su fundamento, el elemento pagano del culto a los muertos.
En la brujería wicca se la conoce, como dijimos, con el nombre de Shamhaim y entraña un carácter mucho más fantástico que otras festividades mágicas : es el final del verano, cuando crecen los poderes subterráneos (del inferomundo) y se liberan todos los poderes, tanto positivos como negativos, porque las puertas, en esa fecha, en ese día mágico, permanecen abiertas. En la tradición pagana se trataba de mantener la comunicación entre el mundo de los vivos y el de los muertos, entre el mundo de arriba y el submundo, la tierra de abajo, el supramundo y el inframundo. El rito culminaba con una explosión de alegría, reafirmando la vida sobre la muerte, la afirmación de todo lo vivo sobre todo lo muerto. La vara del sacerdote constituía un símbolo fálico, indicando la fuerza creadora de la naturaleza, inmanente a los ritos de fertilidad.
Entre algunos de los himnos que se han conservado y que se cantaban o declamaban en dicha celebración, en uno se reza al “augusto señor de las sombras, dador de la vida y dador de la muerte”, en el seno de un rito encaminado, pues, a conseguir que los fenecidos se unan a la fiesta, que se les sienta presentes (v., Seral Coca, 1.996). El momento esencial es el instante cósmico en el que se abren las puertas entre el mundo de los vivos y el desconocido del más allá, el de los muertos. Este momento especial se denominó “All Hallow Een”, que, en los Estados Unidos de Norteamérica, se transformo en el conocido “Halloween”.
Antiguamente la fiesta tenía un aspecto lúdico (y también sexual : la unión física del sacerdote y de la sacerdotisa, simbolizada después por la introducción de la daga en la copa), pero en Europa, con la influencia del cristianismo, la fiesta se ha transformado en un día triste, el de Todos los Santos, muy apartado en su significado del día original. Lamentablemente también el concepto de la muerte, de carácter positivo, como tránsito a algo mejor, ha devenido en algo oscuro, terrible y evocador de gran temor. En la tradición pagana, muy al contrario, la muerte era un proceso natural y existía siempre, de signo positivo, una intercomunicación entre la vida y la muerta, siendo una en realidad. Las misas, por ejemplo, tratan de romper este lazo, intentando alejar a los muertos de los vivos, guiándoles en su viaje al otro mundo. Las velas en estos ritos han substituido a las hogueras de otros tiempos, para dar luz y guía a los difuntos en su trayecto, en una clara representación modificada del elemento ígneo, con todo lo que ello supone de vida y regeneración.



Novedad editorial
Malditos. La biblioteca olvidada.
por Iván Humanes Bespín y Salvador Alario Bataller
Prólogo de Raúl Herrero
220 págs.
14,95 euros
ISBN-13: 978-84-935181-9-6I
SBN-10: 84-935181-9-0
Distribuciones Enlace S.A.

Un recorrido por los libros malditos de nuestra historia. En esta obra se dan cita el esoterismo y el satanismo, la magia, las doctrinas herméticas, la fantasía de H. P. Lovecraft, lo imposible. Todos estos libros han perturbado durante siglos a lectores y editores, han sido perseguidos y olvidados. En este volumen encontrará un estudio sobre El libro egipcio de los muertos y Thot, el Corpus Hermeticum, El testamento de Abdeselar, El Enchiridion, El Martillo de las Brujas, El Planetarium Influxu y el Mesmerismus, Ensayo sobre las visiones de fantasmas, El diccionario infernal de Collin de Plancy, Dogma y Ritual de la Alta Magia, El Libro de la Ley de Aleister Crowley, La Doctrina Secreta de H. P. Blavatsky, El Tarot de los Bohemios, Dom Agustín Calmet et Les Revenants, Lovecraft y El Necronomicón, Los libros de los mitos de Cthulhu, El manuscrito Voynich, La Magia Negra y los Pactos, Angela Carter y La Cámara sangrienta, el Rock y los textos herméticos. Aventurarse en su lectura es descubrir otro mundo: la biblioteca olvidada.

De venta ya en las librerías y os iré indicando a medida que vayan saliendo las direcciones on-line donde se puede conseguir el libro.


MAX AUB


Hablaba y hablaba...

Hablaba, y hablaba, y hablaba, y hablaba, y hablaba, y hablaba, y hablaba. Y venga hablar. Yo soy una mujer de mi casa. Pero aquella criada gorda no hacía más que hablar, y hablar, y hablar. Estuviera yo donde estuviera, venía y empezaba a hablar. Hablaba de todo y de cualquier cosa, lo mismo le daba. ¿Despedirla por eso? Hubiera tenido que pagarle sus tres meses. Además hubiese sido muy capaz de echarme mal de ojo. Hasta en el baño: que si esto, que si aquello, que si lo de más allá. Le metí la toalla en la boca para que se callara. No murió de eso, sino de no hablar: se le reventaron las palabras por dentro.

LEÓN ARSENAL




Todas las noches

Lo peor de los vampiros —y lo que, por cierto, acaba por perderles— es la arrogancia… Se jactan de su mortífera naturaleza, de su vigor sobrehumano, de ese magnetismo de serpiente… Presumen ser miembros de una especie distinta, más noble y superior, que se alimenta de un rebaño llamado humanidad. Ésa es una de las razones por las que me dedico a cazarlos.
Porque, en el fondo, esos espantajos cadavéricos no son más que un deshecho del género humano; otro grupo de marginales terminales, orgullosos de su condición. Digan lo que digan, son carroñeros nocturnos, condenados a sufrir una existencia miserable, sin amigos ni amor. El mismo remedo de vida que arrastro yo desde que me topé con los besos, tan afilados, de Pilar.
Han pasado ya cinco años y, desde aquel instante, nuestros caminos no han vuelto a cruzarse. Pero eso no me importa, tenemos toda una eternidad de noches para hacerlo. Una eternidad de noches… ésas eran las palabras que susurraba ella en mi oído, cuando yo le hablaba de amor. Tan sólo más tarde, convertido en un monstruo casi inmortal, pude entender cuán sardónicas eran esas palabras en sus labios.
Pero, antes o después, ella volverá. Cualquier noche nos encontraremos en algún local de moda, abarrotado de gente. Cruzaré la penumbra laminada por el humo y allí, en mitad de la multitud, veré a Pilar, con su tez blanca, sus ojos brillantes y esa boca hermosa de sonrisa cruel.
Entonces probará la colección que he estado reuniendo para ella. Cuchillos, tenazas, sopletes… tengo casi de todo; excepto estacas de madera, claro; eso mata. Los vampiros sanan a casi cualquier herida, por terrible que ésta sea, y ellos se sienten muy orgullosos de tal capacidad. Pero, como casi todo en esta u en la otra vida, tiene dos filos. Y eso es algo que podrá comprobar en carne propia Pilar, noche tras noche. Porque tenemos una cuenta terrible que ajustar.
Y toda la eternidad para hacerlo.

BLANCANIEVES SE DESPIDE DE LOS SIETE ENANOS

Prometo escribiros, pañuelos que se pierden en el horizonte, risas que palidecen, rostros que caen sin peso sobre la hierba húmeda, donde las arañas tejen ahora sus azules telas. En la casa del bosque crujen, de noche, las viejas maderas, el viento agita raídos cortinajes, entra sólo la luna a través de las grietas. Los espejos silenciosos, ahora, qué grotescos, envenenados peines, manzanas, maleficios, qué olor a cerrado, ahora, qué grotescos. Os echaré de menos, nunca os olvidaré. Pañuelos que se pierden en el horizonte. A lo lejos se oyen golpes secos, uno tras otro los árboles se derrumban. Está en venta el jardín de los cerezos.

"Así se fundó Carnaby Street" 1970

de Claudia

ROLAND TOPOR


Cuento de Navidad

Mientras esperaba, escondido detrás de un sillón, al pequeño Henry le latía el corazón muy aprisa. Eran las doce de la noche menos tres minutos. Muy pronto podría sorprender a Papá Noel y arrancarle, a fuerza de súplicas, el vagón correo que faltaba a su tren eléctrico.
Cuando se desgranaron las doce campanadas de la medianoche, trocitos de hollín empezaron a caer en los zapatos que el pequeño Henry había puesto debajo de la chimenea.
Después fue Papá Noel en persona quien hizo su aparición, con su bonito traje rojo manchado de hollín.
- ¡Buf! -hizo, y con voz de falsete y ceceando-: ¡Me he enzuziado todo!
Cuando se dio cuenta de la presencia de Henry, batió palmas.
- ¡Oh! ¡El maravilloso nenito! ¡Hola muchacho!
- Hola, Papá Noel...
El pequeño Henry estaba asombrado. No era así como imaginaba a Papá Noel. Este era joven, y más bien amanerado.
- Ven a zentarte en miz rodillitaz... Te daré caramelos.
Papá Noel se había sentado en el reborde de la chimenea. Henry se apresuró a obedecer. Los caramelos estaban muy buenos, y las caricias que los acompañaron dulces, muy dulces...
- ¿Dónde eztán tuz papáz? -preguntó Papá Noel con voz insidiosa.
- Mamá está en la montaña y papá duerme en su habitación -dijo seriamente el pequeño Henry.
- ¡Muy bien! Entoncez voy a zaludar a tu papá. Acueztate y zé bueno.
A paso de lobo, el hombre de rojo se deslizo en la habitación del papá de Henry. Sin hacer ruido, se sacó sus grandes botas y se metió en la cama.
El padre, dormido, balbuceó:
- ¿Quién está ahí?
- Zoy Papá Noel -dijo Papá Noel.
Y lo sodomizó.

-
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Una bella película

¿Sobre qué conciencia no pesa un crimen? -preguntó el barón d'Ormesan-. Por mi parte, ya no me tomo la molestia de contarlos. He cometido algunos que me produjeron dinero, y si hoy no soy millonario, debo culpar más bien a mis apetitos que a mis escrúpulos.
En 1901, en unión de unos amigos, fundé la Compañía Internacional Cinematographic, a la que para abreviar llamamos C.I.C. Nuestro propósito era producir una película de gran interés y pasarla luego en los cinematógrafos de las principales ciudades de Europa y América. Nuestro programa estaba bien trazado. Gracias a la indiscreción de uno de los domésticos, pudimos obtener una escena interesantísima que representaba al presidente de la República, en momentos en que se levantaba de la cama. Siguiendo idéntico procedimiento, también logramos la filmación del nacimiento del príncipe de Albania. En otra oportunidad, después de comprar a precio de oro la complicidad de algunos funcionarios del Sultán, pudimos fijar para siempre la impresionante tragedia del gran visir MalekPacha, quien, después de los desgarradores adioses a sus esposas e hijos, bebió, por orden de su amo y señor, el funesto café en la terraza de su residencia de Pera.
Sólo nos faltaba la representación de un crimen. Pero, desdichadamente, no es fácil conocer con anticipación la hora de un atraco y es muy raro que los criminales actúen abiertamente.
Desesperando de lograr por medios lícitos el espectáculo de un atentado, decidimos organizarlo por nuestra cuenta en una casa que alquilamos en Auteuil a esos efectos. Primeramente habíamos pensado contratar actores para un simulacro de ese crimen que nos faltaba, pero, aparte de que con ello hubiésemos engañado a nuestros futuros espectadores al ofrecerles escenas falsas, habituados como estábamos a no cinematografiar más que la realidad, no podíamos satisfacernos con un simple juego teatral por perfecto que fuera. Llegamos así a la conclusión de echar suerte, para establecer quién de entre nosotros debía juramentarse y cometer el crimen que nuestra cámara registraría. Mas ésta fue una perspectiva ingrata para todos. Después de todo, éramos una sociedad constituida por personas de bien y nadie tomaba a broma eso de perder el honor ni aun por fines comerciales.
Una noche decidimos emboscarnos en la esquina de una calle desierta, muy cerca de la villa que alquiláramos. Éramos seis y todos íbamos armados con revólveres. Pasó una pareja: un hombre y una mujer jóvenes, cuya elegancia muy rebuscada nos pareció a propósito para acondicionar los elementos más interesantes de un crimen pasional. Silenciosos, nos abalanzamos sobre la pareja y amordazándolos los condujimos a la casa. Allí los dejamos bajo el cuidado de uno de nuestro grupo, volviendo a nuestra posición. Un señor de patillas blancas vestido con traje de noche apareció en la calle; salimos a su encuentro y lo arrastramos a la casa a pesar de su resistencia. El brillo de nuestros revólveres dio razón de su coraje y de sus gritos.
Nuestro fotógrafo preparó su cámara, iluminó la sala convenientemente y se aprestó a registrar el crimen. Cuatro de los nuestros se colocaron al lado del fotógrafo apuntando con las armas a los cautivos.
La joven pareja estaba todavía desvanecida. Los desvestí con atenciones conmovedoras: despojé a la muchacha de la falda y el corsé, dejando al joven en mangas de camisa. Dirigiéndome al señor de esmoquin, le dije:
-Señor: ni mis amigos ni yo deseamos a usted ningún mal. Pero le exigimos, bajo pena de muerte, que asesine, con este puñal que arrojo a sus pies, a este hombre y a esta mujer. Ante todo, usted tratará de que vuelvan de su desmayo; tenga cuidado que no lo estrangulen. Como están desarmados, no cabe la menor duda de que usted logrará su propósito.
-Señor -repuso cortésmente el futuro asesino- no tengo más remedio que ceder ante la violencia. Usted ha tomado todas las resoluciones y no deseo en lo más mínimo modificar una decisión cuyo motivo no se me aparece claramente; voy a pedirle una gracia, sólo una: permítame cubrirme el rostro.
Nos consultamos y resolvimos que era mejor así, tanto para él como para nosotros. Coloqué sobre la cara del hombre un pañuelo en el que previamente habíamos abierto dos orificios en el lugar de los ojos, y el individuo comenzó su tarea.
Golpeó al joven en las manos. Nuestro aparato fotográfico empezó a funcionar, registrando esta lúgubre escena. Con el puñal dio unos puntazos en el brazo de su víctima. Ésta se puso rápidamente de pie, saltando, con una fuerza duplicada por el espanto, sobre la espalda de su agresor. La muchacha volvió en sí de su desvanecimiento y acudió en socorro de su amigo. Fue la primera en caer, herida en el corazón. Luego la escena se concentró en el joven, que se abatió de una herida en la garganta. El asesino hizo las cosas bien. El pañuelo que cubría su rostro no se había movido durante la lucha, y lo conservó puesto todo el tiempo que la cámara funcionó.
-¿Están ustedes conformes? -nos preguntó-. ¿Puedo ahora arreglarme un poco?
Lo felicitamos por su labor. Se lavó las manos, se peinó, cepillándose luego el traje. Inmediatamente, la cámara se detuvo.

Un creyente

Al caer la tarde, dos desconocidos se encuentran en los oscuros corredores de una galería de cuadros. Con un ligero escalofrío, uno de ellos dijo:
-Este lugar es siniestro. ¿Usted cree en fantasmas?
-Yo no -respondió el otro-. ¿Y usted?
-Yo sí -dijo el primero, y desapareció.

Paternidad responsable
Era tu padre. Estaba igual, más joven incluso que antes de su muerte, y te miraba sonriente, parado al otro lado de la calle, con ese gesto que solía poner cuando eras niño y te iba a recoger a la salida del colegio cada tarde. Lógicamente, te quedaste perplejo, incapaz de entender qué sucedía, y no reparaste ni en que el disco se ponía rojo de repente ni en que derrapaba en la curva un autobús y se iba contra ti incontrolado. Fue tremendo. Ya en el suelo, inmóvil y medio atragantado de sangre, volviste de nuevo tus ojos hacia él y comprendiste. Era, siempre lo había sido, un buen padre, y te alegró ver que había venido una vez más a recogerte.

de Giger

PÍO BAROJA


Médium
Pío Baroja

Soy un hombre intranquilo, nervioso, muy nervioso; pero no estoy loco, como dicen los médicos que me han reconocido. He analizado todo, he profundizado todo, y vivo intranquilo. ¿Por qué? No lo he sabido todavía.
Desde hace tiempo duermo mucho, con un sueño sin ensueño; al menos, cuando me despierto, no recuerdo si he soñado; pero debo soñar; no comprendo por qué se me figura que debo soñar. A no ser que esté soñando ahora cuando hablo; pero duermo mucho; una prueba clara de que no estoy loco.
La médula mía está vibrando siempre, y los ojos de mi espíritu no hacen más que contemplar una cosa desconocida, una cosa gris que se agita con ritmo al compás de las pulsaciones de las arterias en mi cerebro.
Pero mi cerebro no piensa, y, sin embargo, está en tensión; podría pensar, pero no piensa... ¡Ah! ¿Os sonreís, dudáis de mi palabra? Pues bien, sí. Lo habéis adivinado. Hay un espíritu que vibra dentro de mi alma. Os lo contaré:
Es hermosa la infancia, ¿verdad? Para mí, el tiempo más horroroso de la vida. Yo tenía, cuando era niño, un amigo; se llamaba Román Hudson; su padre era inglés, y su madre, española.
Le conocí en el Instituto. Era un buen chico; sí, seguramente era un buen chico; muy amable, muy bueno; yo era huraño y brusco.
A pesar de estas diferencias, llegamos a hacer amistades, y andábamos siempre juntos. Él era un buen estudiante, y yo, díscolo y desaplicado; pero como Román siempre fue un buen muchacho, no tuvo inconveniente en llevarme a su casa y enseñarme sus colecciones de sellos.
La casa de Román era muy grande y estaba junto a la plaza de las Barcas, en una callejuela estrecha, cerca de una casa en donde se cometió un crimen, del cual se habló mucho en Valencia. No he dicho que pasé mi niñez en Valencia. La casa era triste, muy triste, todo lo triste que puede ser una casa, y tenía en la parte de atrás un huerto muy grande, con las paredes llenas de enredaderas de campanillas blancas y moradas.
Mi amigo y yo jugábamos en el jardín, en el jardín de las enredaderas, y en un terrado ancho, con losas, que tenía sobre la cerca enormes tiestos de pitas.
Un día se nos ocurrió a los dos hacer una expedición por los tejados y acercarnos a la casa del crimen, que nos atraía por su misterio. Cuando volvimos a la azotea, una muchacha nos dijo que la madre de Román nos llamaba.
Bajamos del terrado y nos hicieron entrar en una sala grande y triste. Junto a un balcón estaban sentadas la madre y la hermana de mi amigo. La madre leía; la hija bordaba. No sé por qué, me dieron miedo.
La madre con su voz severa, nos sermoneó por la correría nuestra, y luego comenzó a hacerme un sinnúmero de preguntas acerca de mi familia y de mis estudios. Mientras hablaba la madre, la hija sonreía; pero de una manera tan rara, tan rara...
-Hay que estudiar -dijo, a modo de conclusión, la madre.
Salimos del cuarto, me marché a casa y toda la tarde y toda la noche no hice más que pensar en las dos mujeres.
Desde aquel día esquivé como pude el ir a casa de Román. Un día vi a su madre y a su hermana que salían de una iglesia, las dos enlutadas; y me miraron y sentí frío al verlas.
Cuando concluimos el curso ya no veía a Román: estaba tranquilo: pero un día me avisaron de su casa, diciéndome que mi amigo estaba enfermo. Fui, y le encontré en la cama, llorando, y en voz baja me dijo que odiaba a su hermana. Sin embargo, la hermana, que se llamaba Ángeles, le cuidaba con esmero y le atendía con cariño; pero tenía una sonrisa tan rara, tan rara...
Una vez, al agarrar de un brazo a Román, hizo una mueca de dolor.
-¿Qué tienes? -le pregunté.
Y me enseñó un cardenal inmenso, que rodeaba su brazo como un anillo.
Luego, en voz baja, murmuró:
-Ha sido mi hermana.
-¡Ah! Ella...
-No sabes la fuerza que tiene; rompe un cristal con los dedos, y hay una cosa más extraña: que mueve un objeto cualquiera de un lado a otro sin tocarlo.
Días después me contó, temblando de terror, que a las doce de la noche, hacía ya cerca de una semana que sonaba la campanilla de la escalera, se abría la puerta y no se veía a nadie.
Román y yo hicimos un gran número de pruebas. Nos apostábamos junto a la puerta..., llamaban..., abríamos..., nadie. Dejábamos la puerta entreabierta, para poder abrir en seguida... ; llamaban..., nadie.
Por fin quitamos el llamador a la campanilla, y la campanilla sonó, sonó..., y los dos nos miramos estremecidos de terror.
-Es mi hermana, mi hermana -dijo Román.
Y, convencidos de esto, buscamos los dos amuletos por todas partes, y pusimos en su cuarto una herradura, un pentagrama y varias inscripciones triangulares con la palabra mágica: «Abracadabra.»
Inútil, todo inútil; las cosas saltaban de sus sitios, y en las paredes se dibujaban sombras sin contornos y sin rostro.
Román languidecía, y para distraerle, su madre le compró una hermosa máquina fotográfica. Todos los días íbamos a pasear juntos, y llevábamos la máquina en nuestras expediciones.
Un día se le ocurrió a la madre que los retratara yo a los tres, en grupo, para mandar el retrato a sus parientes de Inglaterra. Román y yo colocamos un toldo de lona en la azotea, y bajo él se pusieron la madre y sus dos hijos. Enfoqué, y por si acaso me salía mal, impresioné dos placas. En seguida Román y yo fuimos a revelarlas. Habían salido bien; pero sobre la cabeza de la hermana de mi amigo se veía una mancha oscura.
Dejamos a secar las placas, y al día siguiente las pusimos en la prensa, al sol, para sacar las positivas.
Ángeles, la hermana de Román, vino con nosotros a la azotea. Al mirar la primera prueba, Román y yo nos contemplamos sin decirnos una palabra. Sobre la cabeza de Ángeles se veía una sombra blanca de mujer de facciones parecidas a las suyas. En la segunda prueba se veía la misma sombra, pero en distinta actitud: inclinándose sobre Ángeles, como hablándole al oído. Nuestro terror fue tan grande, que Román y yo nos quedamos mudos, paralizados. Ángeles miró las fotografías y sonrió, sonrió. Esto era lo grave.
Yo salí de la azotea y bajé las escaleras de la casa tropezando, cayéndome, y al llegar a la calle eché a correr, perseguido por el recuerdo de la sonrisa de Ángeles. Al entrar en casa, al pasar junto a un espejo, la vi en el fondo de la luna, sonriendo, sonriendo siempre.
¿Quién ha dicho que estoy loco? ¡Miente!, porque los locos no duermen, y yo duermo... ¡Ah! ¿Creíais que yo no sabía esto? Los locos no duermen, y yo duermo. Desde que nací, todavía no he despertado.

Publicado el 20 de Junio de 2006
http://www.lashistorias.com.mx/blog/


Un cuento de Auguste de Villiers de l’Isle Adam (1838-1889), proveniente del libro Cuentos crueles. La traducción es mía; espero que se lea mejor que otras que han llegado a aparecer en esta página. Al hacerla quise rescatar la atmósfera del cuento (muy vapuleada en otras versiones, o bien demasiado libres o demasiado literales), que se construye mediante los detalles de su ambiente y que sirve para comunicar su sentido por encima y por debajo de los meros hechos de la trama. Ojalá les guste; Villiers es un escritor que vale la pena (re)descubrir. Los números entre paréntesis que verán en el texto son tres breves notas. (Nota del 25 de junio: revisé el texto, también una que otra palabra y borré algunos errores mecanográficos.)

VERA
Villiers de l’Isle Adam

A la señora Condesa d’Osmoy

La forma del cuerpo le es más esencial que su sustancia.
(La Fisiología moderna)

El amor es más poderoso que la muerte, dijo Salomón. Sí: su extraña fuerza no conoce límites.
Fue en París, en una tarde otoñal de estos últimos años. Los carruajes retrasados que venían del Bosque, ya iluminados, se dirigían hacia el barrio sombrío de Saint-Germain. Uno de los coches detuvo su marcha frente al portal de un enorme palacete señorial, rodeado de jardines antiguos. El arco lucía el escudo de piedra con las armas de la antigua familia de los condes de Athol: una estrella plateada en un campo de azur y la divisa Pallida Victrix (1) bajo una corona respaldada de armiño principesco. Las gruesas puertas se abrieron. Un hombre vestido de negro, de unos treinta y cinco años y rostro pálido como la muerte, descendió del coche. Taciturnos criados con antorchas lo aguardaban en la escalinata. Sin mirarlos, el hombre pisó el umbral y entró en la casa. Era el conde de Athol. Vacilante, subió las blancas escaleras que conducían al recinto donde, por la mañana, había colocado en un ataúd forrado de terciopelo, envuelto en olas de batista y violetas, el cuerpo de Vera, su dama de voluptuosidad, su pálida esposa, su desesperación.
Arriba, la puerta giró suavemente sobre la alfombra; el conde abrió las cortinas. Todas las cosas estaban en el mismo lugar en que, el día anterior, las había dejado la condesa. La Muerte había llegado súbitamente. La noche anterior, su bienamada se había desvanecido en goces tan profundos, se había perdido en tan exquisitos abrazos, que su corazón, quebrado por las delicias, había desfallecido. Bruscamente, sus labios se mojaron de un púrpura mortal. Apenas consiguió dar un último beso a su esposo, sonriendo en silencio. Luego, como negros crespones, las largas pestañas ocultaron la noche hermosa de sus ojos.
El día sin nombre había pasado ya.
A mediodía, el conde, tras la horrible ceremonia en el panteón familiar, recibió en el cementerio el pésame del cortejo negro. Después se metió solo, con la muerta, entre las cuatro paredes de mármol, y cerró tras de sí la puerta del mausoleo. El incienso ardía en un trípode ante el féretro; una corona de lámparas iluminaba la cabellera de la muerta y la llenaba de estrellas.
De pie, meditabundo, sintiendo tan sólo una ternura sin esperanzas, el conde permaneció allí durante todo el día. Hacia las seis, con el atardecer, abandonó el lugar sagrado. Cuando cerró el sepulcro, retiró la llave de plata del cerrojo y, de puntillas sobre el último escalón, la echó suavemente en las losas del interior de la tumba, a través del trébol que coronaba el portal. ¿Por qué lo hizo? Seguramente por una decisión misteriosa de no volver más.
Y ahora contemplaba la habitación viuda.
La ventana, bajo las amplias colgaduras de cachemira malva bordadas en oro, estaba abierta; un último rayo de sol iluminaba, en su marco de madera antigua, el gran retrato de la difunta. El conde miró a su alrededor: el vestido arrojado la víspera sobre un sillón; encima de la chimenea, las joyas, el collar de perlas, el abanico a medio cerrar, los frascos de perfumes que Ella no volvería a aspirar. Sobre la cama de ébano y columnas salomónicas, todavía deshecha, podía verse entre los encajes la huella que la adorada y divina cabeza había dejado en la almohada. También vio el conde un pañuelo manchado de sangre, donde el alma de la joven se había estremecido, por un momento, antes de la muerte; el piano aún abierto y, sobre él, la partitura de una melodía ya por siempre inconclusa; las flores indias recogidas por ella en el invernadero, que se marchitaban en antiguos jarrones de Sajonia; y a los pies de la cama, sobre una piel negra, las pequeñas pantuflas de terciopelo de Oriente lucían, bordada con perlas, una risueña divisa de Vera: Quien viera a Vera, a Vera amara. ¡Apenas ayer los pies desnudos de la amada habían estado allí, jugando, besados por las plumas de cisne! Y allí, allí en la sombra, el reloj de péndulo, a quien el conde había destruido el mecanismo, para que no anunciara nuevas horas.
¡Así se había ido ella…! ¿A dónde…? ¿Podía él seguir viviendo…? ¿Para qué? Era imposible, absurdo.
El conde se abismaba en pensamientos extraños.
Soñaba con toda su vida pasada. Seis meses habían transcurrido desde la boda. ¿No había sido en el extranjero, en un baile de embajada, que la había visto por primera vez? Sí. El instante resucitaba claro ante sus ojos. Allí estaba ella, radiante. Esa noche sus miradas se encontraron. Se reconocieron, íntimamente, como seres de igual naturaleza, hechos para amarse eternamente.
Las charlas falaces, las miradas indiscretas, las maledicencias, todas las trabas que pone el mundo para retardar la dicha inevitable de quienes se pertenecen, habían desaparecido ante la tranquila certeza de que ambos eran, desde aquel instante, el uno del otro.
No bien se hubo fastidiado de quienes la rodeaban, cansada de sus insulsas ceremonias, Vera se había acercado a él, simplificando así magistralmente los trámites banales en que se pierde el tiempo precioso de la vida.
A las primeras palabras, las vanas apreciaciones de los otros, los indiferentes, les parecieron un vuelo de pájaros nocturnos que retornaban a las tinieblas. ¡Qué sonrisa intercambiaron! ¡Qué abrazo inefable!
No obstante, sus naturalezas eran, en verdad, de lo más extraño. Eran dos personas dotadas de sentidos extraordinarios, pero exclusivamente terrenales. En ellos las sensaciones se prolongaban con perturbadora intensidad. A fuerza de sentirlas se olvidaban de sí mismos. Y por contra, ciertas ideas, las del espíritu por ejemplo, las del infinito, y hasta la misma idea de Dios, estaban como veladas para su entendimiento. La fe de muchos en las cosas sobrenaturales era para ellos, tan sólo, el motivo de vagos asombros: una tema desconocido que no los preocupaba, pues no eran capaces de condenar ni de justificar. Así, reconociendo que el mundo les era ajeno, después de la unión se habían aislado en esa casa antigua y sombría, donde el espesor de los jardines amortiguaba el bullicio de afuera.
Allí, los dos amantes se hundieron en el océano de sus goces lánguidos y perversos, en los que el espíritu se une misteriosamente a la carne. Agotaron la violencia de los deseos, los estremecimientos y las ternuras frenéticas. Cada uno fue el latido del otro. En ellos el espíritu penetraba los cuerpos de tal modo que sus formas se les volvían abstractas, y los besos, mallas ardientes, los encadenaban en una fusión ideal. ¡Qué vasto deslumbramiento! Y de pronto el hechizo se rompía, el terrible accidente los separaba, sus brazos se desenlazaban. ¿Qué sombra le había quitado a su querida muerta? ¡Muerta! No. ¿Es que el alma de los violoncelos desaparece con el chasquido de una cuerda que se rompe?
Pasaron las horas.
El conde miraba, por la ventana, la noche que avanzaba por el cielo. Y la noche le parecía una persona: una reina melancólica que marchaba hacia el exilio. Venus era el prendedor de diamantes de su túnica de duelo: brillaba sola, por encima los árboles, perdida en el fondo del azul.
”Ahí está Vera”, pensó él.
Y al pronunciar el nombre, en voz baja, tembló como si se despertara de un sueño. Después, levantándose, miró a su alrededor.
Los objetos del cuarto estaban iluminados por una luz, hasta entonces, imprecisa: la de una lamparilla que azulaba las tinieblas y que la noche, desde el firmamento, hacía aparecer aquí como otra estrella. La lamparilla alumbraba, entre aromas de incienso, un icono, reliquia familiar de Vera. El tríptico, hecho de antigua madera preciosa, se hallaba suspendido entre el espejo y el cuadro de su amada. Un reflejo dorado del interior caía vacilante sobre el collar, en medio de las joyas que estaban sobre la chimenea. El halo de la Madona de manto azul brillaba en tonos rosáceos junto a la cruz bizantina de trazos delgados y rojos que, esfumados en el reflejo, cubrían con un tinte de sangre el agua iluminada de las perlas. Desde la infancia, Vera se condolía, al mirarlo con sus grandes ojos, del rostro puro y maternal de la Virgen de sus antepasados; por desgracia, su temperamento sólo le permitía brindarle un amor supersticioso, que ella le ofrecía ingenuamente, a veces, cuando pasaba frente al velador.
El conde, tocado por el dolor de los recuerdos en lo más secreto del alma, se alzó, apagó la luz sagrada, y, a tientas en la oscuridad, tomó el cordón con la mano y llamó.Un sirviente apareció: era un anciano vestido de negro, con una lámpara que colocó delante del retrato de la condesa. Cuando se dio vuelta, sintió un escalofrío de temor supersticioso al ver que su amo estaba de pie y sonriendo, como si nada hubiera pasado.
—Raymond —dijo serenamente el conde—, esta noche la condesa y yo estamos rendidos de fatiga. Servirás la cena a las diez. Por cierto, hemos decidido que queremos estar más a solas desde mañana. Ninguno de los criados, salvo tú, pasará la noche en la casa. Les darás el sueldo de tres años y que se vayan. Después cerrarás la puerta de entrada y encenderás las luces de abajo, en el comedor. Tú nos bastarás. En adelante no recibiremos a ninguna persona.
El anciano temblaba mientras lo observaba atentamente.
El conde encendió un cigarro y bajó a los jardines. Su servidor pensó primero que el dolor, de tan pesado, de tan desesperado, había enloquecido el espíritu de su amo; lo conocía desde la infancia. Al instante comprendió que un despertar intempestivo podía ser fatal para ese sonámbulo. Su deber, ante todo, era respetar aquel secreto.
Agachó la cabeza. ¿Debía ser cómplice devoto de aquel delirio religioso? ¿Obedecer? ¿Continuar sirviéndolos sin tomar en cuenta a la Muerte? ¡Qué idea extraña!… ¿Tan sólo duraría una noche?… ¡Mañana, mañana!… ¿Quién sabe?
¡Quizá!… ¡Después de todo era un proyecto sagrado! ¿Qué derecho tenía él para cuestionarlo? Salió de la habitación, ejecutó las órdenes al pie de la letra, y desde esa noche comenzó la insólita existencia.
Se trataba de crear una ilusión terrible.
Pronto desapareció la turbación de los primeros días. Raymond, primero con estupor, luego con una suerte de deferencia y de ternura, se las había ingeniado tan bien para actuar con naturalidad que no habían pasado tres semanas cuando él mismo ya se sentía, por momentos, casi engañado por su buena voluntad. Su reticencia iba cediendo. A veces, como afectado por un vértigo, necesitaba repetirse que la condesa estaba positivamente muerta. Se entregaba a este juego fúnebre y a cada instante olvidaba la realidad. Pronto le hizo falta más de una reflexión para convencerse y volver a sus cabales. Entendió que finalmente se abandonaría por completo al magnetismo espantoso que los rodeaba. Tenía miedo, pero un miedo suave e indeciso.
¡El conde de Athol, en efecto, vivía del todo en la inconsciencia de la muerte de su amada! No podía sino siempre creerla presente: hasta ese punto la forma de la joven se había mezclado con la suya. Unas veces, en los días de sol, sentado en una banca en el jardín, leía en alta voz los poemas favoritos de ella; otras, de noche, ante el fuego, con dos tazas de té sobre la mesa, conversaba con la sonriente ilusión, sentada, según él, en el otro sillón.
Los días, las noches, las semanas pasaron. Ni conde ni sirviente sabían lo que estaban logrando. Ahora ocurrían fenómenos extraños, en los que era difícil distinguir el punto donde se unían lo real y lo imaginario. Una presencia flotaba en el aire; una forma se esforzaba por aparecer, por dibujarse en el espacio que se había vuelto indefinible.
El conde vivía por dos, como iluminado. Un rostro suave y pálido, entrevisto en un parpadeo como un relámpago; un débil acorde que sonaba bruscamente en el piano; un beso que le cerraba la boca cuando él iba a hablar; trazas de pensamiento femenino que se despertaban en él como respuesta a lo que decía; un desdoblamiento de sí mismo tal que sentía, como en una niebla fluida, el perfume suave y vertiginoso de su bienamada. Y de noche, entre el sueño y la vigilia, palabras escuchadas muy bajo. Todo le advertía. ¡Era, en fin, una negación de la muerte, elevada a una potencia desconocida!
Una vez, el conde la sintió y la vio tan claramente junto a él que la tomó entre sus brazos. Pero el movimiento la disipó.
—¡Niña! —murmuró él, sonriendo. Y se volvió a dormir como un amante a quien se ha rehusado la querida, reidora y soñolienta.
El día de su fiesta, él puso en broma una siempreviva en el ramo de flores que dejó sobre la almohada de Vera.
—En vista de que se cree muerta —dijo.
Gracias a la profunda y todopoderosa voluntad del señor de Athol, quien a fuerza de amor daba vida y presencia a su mujer en la mansión solitaria, tal existencia había terminado por ganar un encanto sombrío y persuasivo. El mismo Raymond ya no sentía ningún temor, pues gradualmente se había habituado a aquellas impresiones.
Un vestido de terciopelo negro entrevisto al doblar una esquina; una voz alegre que lo llamaba en el salón; el sonar de la campanilla en la mañana, como en otros tiempos: todo se le había hecho familiar. Se hubiera dicho que la muerta jugaba a ser invisible, como una niña. ¡Se sentía tan querida! Era muy natural. Un año pasó.
La tarde del Aniversario, el conde, sentado junto al fuego en la habitación de Vera, acababa de leerle un fabliau (2) florentino: Calímaco. Luego cerró el libro y, mientras servía el té, dijo:
—¿Te acuerdas, dushka, (3) del Valle de las Rosas, de la ribera del Lahn, del Castillo de las Cuatro Torres…? Esta historia te los recuerda, ¿no es verdad?
Se levantó y, en el espejo azulado, se vio más pálido que de costumbre. Tomó un brazalete de perlas de un alhajero y lo miró con atención. ¿Vera no se lo había quitado apenas del brazo, antes de desvestirse? Las perlas aún estaban tibias y su agua parecía suavizada, como por el calor de su carne. Y estaba el ópalo de aquel collar siberiano, que también amaba el bello seno de Vera hasta el punto de palidecer morbosamente, en su red de oro, siempre que la joven olvidaba usarlo por un tiempo. La condesa amaba, por esto, a la piedra fiel… Y esta noche el ópalo brillaba como si ella apenas se lo hubiese quitado, como si el exquisito magnetismo de la muerta lo penetrara aún. Al dejar el collar y la piedra preciosa, el conde rozó sin querer el pañuelo de batista, ¡en el que las gotas de sangre estaban húmedas y rojas como claveles en la nieve…! Allá, sobre el piano, ¿quién había pasado la última página de la melodía de antaño? ¡Qué…! ¡La lamparilla sacra se había encendido en el relicario! ¡Sí, su llama dorada iluminaba con luz mística el rostro de ojos cerrados de la Madona! ¿Y esas flores orientales, nuevamente frescas, que se abrían en los viejos vasos de Sajonia? ¿Qué mano había venido a ponerlas? El cuarto parecía alegre y provisto de vida, de una forma más significativa y más intensa que de costumbre. ¡Pero ya nada podía sorprender al conde! Todo le parecía tan normal que ni siquiera prestó atención a que la hora sonaba en el reloj de péndulo, que había estado detenido por un año. ¡Esa noche, sin embargo, se hubiera dicho que, desde el fondo de las tinieblas, la condesa Vera se esforzaba adorablemente en regresar a su habitación, siempre impregnada de su presencia! ¡Tanto de sí misma había dejado allí! Todo cuanto había constituido su existencia la atraían. Su encanto flotaba allí; ¡las violencias constantes de la apasionada voluntad de su esposo debían haber desatado los tenues lazos de lo Invisible a su alrededor…!
Allí se le necesitaba. Todo lo que ella amaba estaba allí.De seguro deseaba regresar a sonreírse de nuevo en el cristal misterioso, que tantas veces había reflejado su rostro blanco como un lirio. La dulce muerta, allá abajo, se había estremecido sin duda entre sus violetas, bajo las lámparas apagadas; la divina muerta había temblado, en el sepulcro, tan sola, al ver la llave de plata arrojada sobre las baldosas. ¡También ella quería volver con él! Y su voluntad se desvanecía en la idea del incienso y del aislamiento. La Muerte no es una circunstancia definitiva sino para quienes esperan el Cielo; pero ¿no eran los besos de él la Muerte, y el Cielo, y la Vida para ella? Y el beso solitario de su esposo atraía sus labios, en la sombra. Y el sonido de melodías pasadas, las palabras embriagadoras de antaño, las telas que cubrían su cuerpo y guardaban su perfume, las piedras mágicas que la deseaban con su misteriosa simpatía…, y sobre todo la inmensa y absoluta impresión de su presencia, esas opinión que las cosas mismas compartían, ¡todo la convocaba allí, la atraía desde tanto tiempo atrás, tan insensiblemente, que, curada ya de la durmiente Muerte, no faltaba sino Ella misma!
¡Ah! ¡Las Ideas son seres vivos…! El conde había vaciado en el aire la forma de su amor, y era preciso que ese vacío se llenara con el único ser que podía corresponderle: de lo contrario el universo se hubiera derrumbado. En ese momento se tuvo la impresión definitiva, simple, absoluta, de que Ella tenía que estar ahí, en la habitación. Él estaba tan tranquilamente seguro de esto como de su propia existencia, y todas las cosas que lo rodeaban se habían saturado de esta certidumbre. Y como no faltaba sino la misma Vera, tangible, evidente, ¡era necesario que ella estuviese allí y que el gran Sueño de la Vida y de la Muerte abriese sus puertas infinitas! El camino de la resurrección le había sido mostrado por medio de la fe. Una carcajada fresca y musical iluminó, con alegría, el lecho nupcial; el conde se volvió. Y allí, ante sus ojos, hecha de voluntad y de recuerdos, apoyada fluidamente en el almohadón de encajes, su mano recogiendo los negros cabellos, su boca deliciosamente entreabierta en una sonrisa de paradisíaca voluptuosidad, bella a morir… ella, la condesa Vera, lo miraba, aún algo adormecida.
—¡Roger…! —dijo, con una voz distante. El se le acercó. ¡Sus labios se unieron en un gozo divino…, olvidado de todo… inmortal…! Entonces sintieron que no eran, en verdad, sino un solo ser. Las horas rozaron, con su vuelo extraño, aquel éxtasis, en el que por vez primera se mezclaban la tierra y el cielo. De pronto, el conde de Athol se estremeció, como golpeado por un recuerdo fatal.
—¡Ah! ¡Ahora recuerdo…! —dijo— ¿Qué sucede? ¡Pero si tú estás muerta!
En ese mismo instante, con esa palabra, se extinguió la lámpara mística del icono. La pálida claridad de la mañana –de una mañana banal, grisácea y lluviosa– se filtró en la habitación por los intersticios del cortinado. Las velas languidecieron y se apagaron, para echar humo acre por sus mechas rojas; el fuego desapareció bajo un manto de cenizas tibias; las flores se marchitaron y se desecaron en pocos segundos; el péndulo del reloj recobró poco a poco su inmovilidad. La certidumbre de todos los objetos huyó súbitamente. El ópalo, muerto, no brillaba más; las manchas de sangre se coagularon también en el pañuelo, cercano a la piedra; y, borrándose entre los brazos desesperados que en vano querían estrecharla de nuevo, la ardiente y blanca visión volvió al aire y se perdió. Un tenue suspiro de adiós, nítido, lejano, alcanzó el alma de Roger. El conde se irguió: acababa de advertir que estaba solo. Su sueño acababa de esfumarse de un solo golpe; había roto el hilo magnético de la radiante trama con una sola palabra. La atmósfera era, ahora, la de los difuntos.
Como lágrimas de vidrio, agrupadas sin orden y sin embargo tan sólidas que es imposible romperlas por su parte más gruesa, pero que se deshacen en un polvo impalpable y súbito si se parten por el extremo, más fino que la punta de una aguja, todo se había desvanecido.
—¡Ah! —murmuró el conde— ¡Es el final! ¡Se ha perdido…! ¡Y está sola…! ¿Cuál es la ruta, ahora, para llegar hasta ti? ¡Muéstrame un camino que me lleve hasta ti…!
De pronto, como una respuesta, un objeto brillante cayó del lecho nupcial a la piel negra en el piso, haciendo un ruido metálico; un rayo del espantoso día terrestre lo iluminó. El abandonado se inclinó, recogió el objeto, y una sonrisa sublime le iluminó el rostro al reconocerlo: era la llave de la tumba.

Traducción © Alberto Chimal
NOTAS:

(1) “Pálida (pero) victoriosa”, en latín.
(2) Los fabliaux son breves narraciones humorísticas en verso, muchas veces de carácter erótico o de asunto vulgar y siempre escritas en un lenguaje popular; su origen es la propia Francia y se remontan a la Edad Media.
(3) En ruso, “querida”.

Carlos Negrón

THOMAS BERNHARD

Varias sombras
VARIAS SOMBRAS se precipitan sobre un trabajador que vuelve a casa. Lo violan a la orilla del río y lo dejan allí tendido. Cuando quiere levantarse para seguir su camino, las sombras se presentan de nuevo y lo golpean. Le quitan la chaqueta y lo arrojan al río. Le meten la cabeza en el agua y le clavan sus largos cuchillos en los conductos auditivos. Tratan de mantenerlo bajo el agua hasta que se ahogue. Se despierta de su desvanecimiento, en otro lugar, y continúa, desnudo, su camino. Otra vez aparecen las sombras y lo estrangulan. Lo arrojan a una fosa, un embudo de bomba, y lo cubren de tierra. Vuelve a despertarse y corre por el terraplén del ferrocarril. Entonces las sombras lo acometen y lo lanzan a la oscuridad. El se escapa y empieza a correr más aprisa que antes. Pero las sombras lo alcanzan. Lo apuñalan. Oye su nombre, salido de sus gargantas. Lo meten entre dos bloques de piedra, que acercan entre sí para aplastarlo. Entonces se despierta y enciende la luz. Descubre a su mujer en la cama, a su lado. Se pone la chaqueta y sale de la casa unas horas. Por la mañana se le ve dirigirse a la obra en bicicleta.

de David Ho


Sola y su alma

Una mujer está sentada sola en casa. Sabe que no hay nadie más en el mundo; todos los otros seres han muerto. Golpean a la puerta.

Works, vol. 9, pág. 341 (1.912)

De los Primeros Engendrados, escripto está que esperan siempre al umbral de la Entrada, é la dicha Entrada se encuentra en todas partes é en todos tienpos, ca Ellos non conosçen tiempo nyn lugar, sino esisten en todo tiempo é en todo lugar, a la ves é sin paresçer, e los ay dEllos que tomar pueden diferentes Fformas é Maneras, é reviestir una Fforma dada é un Rrostro sabydo ; é las Entradas dEllos están en cualquiera parte, mas la primera es aquella cuya fize avrir, a Saber : Irem, Çibdat de los munchos Pylares,Çibdat so el Desyerto, mas sy ome alguno dixere la Palabra prohibida avrirá allí mesmo una Entrada é podrá aguardar a los Que Atravesaren la dicha Entrada, que asy podrán ser : Doles é el Mi-go, é el pueblo Cho-Cho, é los Profundos de la Mar, é los Gugos, é las Descarnadas Animalias de la noche, é los Chogotes é los Vormis, é los Santacos que fazen custodia de la Hadat del Desyerto de los Yelos é la Meseta de Leng. Que todos por iggual son fijos de los Dioses Primeros. Pues acontesçió que, la Grande Rraça de Yit, non aviendo conzierto con los Primigenios, nin éstos con aquella, nin ambos con los Dioses Primeros, é separados todos, dexaron a los Primigenios el señorío del Universo Mundo, ca tornando de Yit la dicha Grande Rraça, tomó la Su Morada en un tiempo de la Tierra por venir é todavía non conoscido de los que agora caminan por sobre della. E aquí mesmo aguardan Ellos fasta que tornen otra vegada los bientos é las bozes que antes los llebaron é Lo Que Caminó sobre los Bientos del Mundo é de los espazios vaçíos que están entre las estrellas por Siempre.

Abdelesar (Abdul Alhazred), Necronomicón.
Según la traducción castellana (León, ¿1.300 ?),
hallada por F. Torres Oliver en el Archivo Histórico de Simancas.

H.G. WELLS

H.G. Wells y La Ciencia de la Vida

Omne vivum ex vivo.
La vida deriva de la vida.


Este no es un libro raro, ni falso ni imaginario, sí un clásico, una obra fundamental, de aquel saber que bastante antes de su publicación se denominaba Historia Natural, en suma, la ciencia de la vida, nuestra actual biología. Su título, al alimón, La ciencia de la vida, de Huxley, Wells y Wells, y representa una opera impar, por su contenido y forma, así como por sus consecuencias, y que viene siendo, desde hace poco, (porque hace poco lo encontré por una de esas casualidades de la vida en una librería de lance) uno de mis libros de cabecera. Pienso que iluminaría bastantes “cabeceras” más, aparte de la mía. No pienso dar frecuentemente referencias bibliográficas porque, pienso, que a más de uno le gusta indagar y encontrar lo que otro le sugiere.
Thomas H. Huxley, abuelo de Aldous Huxley, el famoso escritor inglés , y de su hermano Julien, el primer firmante del tratado y notable biólogo, fue todo un sabio de la biología, especialmente de la fisiología (premio Nobel del Medicina junto a sir John Eccles por el descubrimiento de la transmisión del impulso nervioso en las neuronas), personaje singular, y uno de los máximos paladines del darwinismo, de cuyo creador fue amigo íntimo. Herbert G. Wells estudió biología en la Universidad de Londres y enseñó ciencias durante muchos años, produciendo además una obra profusa y variada. En el campo de la biología estuvo grandemente influido por las enseñanzas Thomas H. Huxley quien le brindó el dividendo de una rigurosa mentalidad científica, a la cual unió un vigoroso espíritu democrático, haciéndole simpatizar con el socialismo, que le sensibilizó por los problemas sociales, llevándole a una crítica social tendente a llevar a cabo las reformas necesarias para mejorar el mundo en que vivía.
A Wells lo asociamos inmediatamente con su producción de ciencia-ficción, ampliamente reconocida y difundida, y que tan buenos momentos nos brindó y nos brinda a aquellos que tenemos la saludable costumbre de releer. Aún siendo un hito en mi formación como lector, no sabía mucho de él, más bien poca cosa: ignoraba mucho de lo que arriba he apuntado, que fue un científico destacado, profesor de ciencias y que sus publicaciones, de temas muy diversos, son plétora, más logrados los unos, menos los otros -como suele suceder-, pero una suma realmente impresionante. Además de esa Guerra de Los Mundos, ese Hombre invisible, esa Isla del Dr. Moureau, “El primer hombre en la luna” y “Un hombre moderno” cuya existencia nunca podré agradecer bastante, también escribió autobiografías y obras pseudofilosóficas y en este corpus alejado de la novelística, cabe destacar una obra, que algunos calificaron de interés permanente. Concretamente The outline of history (1920, Los rasgos de la historia en buen romance: se centra en el desarrollo de la especie humana de modo ininterrumpido, desde el neolítico hasta un futuro utópico (en uno de sus dos sentidos, realizable dadas las condiciones y voluntades) caracterizado por el socialismo, la sociología, las relaciones internacionales y una serie de hechos que vemos claramente en la actualidad. La obra no puede valorarse como una obra histórica rigurosa, aunque si es un texto impresionante y que suscita vivamente la cogitación, además de constituir un notable documento de la época en que el autor vivió. Este trabajo es citado paradigmáticamente en un libro de ciencia biológica, concretamente en la que estamos comentando aquí
El tratado, una obra monumental, abarca palmariamente temas habituales en los tratados y manuales al uso, además de otros que, hoy en día, resultaría impensable ver incluidos en un tratado o manual sobre las ciencias de la vida: Libro que se lee con gran placer y se desprende en ello el aroma de lo “clásico”, bien escrito, pedagógico y ya inencontrable, resulta aleccionador que incluyamos en estas páginas parte de la introducción, concretamente del apartado de los “orígenes y propósitos de esta obra”. Dice así:

“Hace algunos año, uno de los autores de este libro escribió un resumen histórico que tituló The Outline of History . Trató la historia como un proceso que expuso –que, mejor dicho, se expuso a sí mismo mientras el autor reunía su material e iba juntando sus partes- como la apariencia d e la vida en el espacio y el tiempo, y como una realización de autoconocimiento y liberación de la voluntad; historia que se desplegaba y desarrollaba obedeciendo a una especie de necesidad interior hasta la final revelación del hombre, que al hacerse creador y consciente de la posibilidad de regir su destino, empezó a andar a tientas, entre reinos e imperios, guerras y conflictos revolucionarios, hacia la unidad y el poder. Esta historia épica, aunque presentada con sencillez, , sin floreos literarios ni pasajes poéticos, embargó la imaginación de mucha gente. La puso en relación con el esquema total de las cosas. Formó u conjunto con los hechos históricos que estas personas conocían. Les explicó sus sentimientos patrióticos, les aclaró sus ideas sobre relaciones internacionales y racionalizó sus actividades sociales y políticas. Fue algo que halló terreno abonado en el público, que la esperaba, y el libro tuvo un éxito muy superior a los méritos de su enseñanza o a sus cualidades literarias.
Hacia él se volvieron hombres y mujeres que hasta entonces, consciente o inconscientemente, habían basado sobre el anterior esquema de la historia su concepto general de los acontecimientos mundiales, la parte histórica de la Biblia incrementada con algunos trozos de literatura clásica y su propia crónica nacional. No bastaba ya a llenar las necesidades modernas una historia que empezaba en plena fábula bárbara, que estudiaba casi exclusivamente los asuntos gentilicios de los judíos, que omitía el pasado de casi todo el mundo a excepción de Siria y Egipcio, y terminaba en los acontecimientos de hace dos mil años. Poco a poco, la ciencia había ido escribiendo un Génesis mayor, y discretamente, y detalle por detalle, excavadores eruditos fueron descubriendo más importantes anales y presentando una más lúcida lista de reyes. En la experiencia humana había ido germinando un mundo más vasto que achicaba los éxitos de Palestina y la jurisdicción de los Césares. Pese a sus imperfecciones, a su carácter de compilación, a su prosa vulgar aunque sin pretensiones y a sus muchos bocetos incidentales, The Outline of History presentó por primera vez ante muchas personas algo de la grandeza de estas nuevas perspectivas. Sus lectores comprendieron que vivían en un escenario más amplio, y las cosas en que intervenían sus actividades adquirieron para ellos un significado mucho mayor del que hasta entonces les habían atribuido.
Pero no es solo en el campo de la historia humana donde nuestra ciencia ha alcanzado un enorme desarrollo. También nuestra idea de la naturaleza de la vida y nuestro conocimiento de sus procesos han cambiado, haciéndose más firmes e intensificándose. Disponemos ya de un grande y creciente volumen de hechos relativos al modo cómo la vida progresa a nuestro alrededor y en nuestro interior. Este conocimiento repercute en la conducta de nuestra vida, arroja una luz nueva sobre nuestros juicios morales, sugiere otros métodos de cooperación humana, impone nueva idea de nuestras obligaciones, y nos abre posibilidades y libertades nuevas y originales”.

Revisando el índice nos encontramos con una vasta representación los los temas habituales de la biología, pero con partes y capítulos que los ojos leen con delicia y no son frecuentes; hoy sería hacerse cruces, encontrar entre los empeños mentales de los científicos algunos ocupados que estuvieren en estas materias enjundiosas. Así, la obra en dos tomos, está formada por 4 libros para el primero y 5 para el segundo, nueve en total. Más allá de las cuestiones tópicas de definición de la vida, zoología, fisiología y anatomía, evolución, etc., en el segundo tomo encontramos todo un capítulo dedicado al cerebro humano (capítuloV.- El cerebro culminante) y al córtex (capítulo VI.- La corteza y sus funciones), además del uno dedicado a la mente y la conducta del hombre (capítulo VII) y, además, en el capítulo VIII, titulado “Modernas ideas de la conducta”, se tratan temas como: la conducta de la vida, la personalidad que dirigimos, los deberes biológicos fundamentales, el conocimiento de sí mismo, sinceridad, sujeción y equilibrio, y evasión indolencia y miedo; en el peculiar capítulo IX, que se titula “En la frontera de la ciencia: la cuestión de la supervivencia personal”, se nos habla de la teoría del cuerpo-alma-espíritu, interpretación de los sueños y telapatía, clarividencia, espiritismo y telequinesis, materialización y ectoplasma, Mitología de la vida futura y, finalmente, supervivencia de la personalidad después de la muerte.
El libro IX, por lo que pronto se dilucidará, “Biología de la raza humana”, se integra por dos capítulo : Capítulo I.- Peculiaridades de la especie Homo sapiens (i.e: 1. Fuego, herramientas, lenguaje y economía, 2. Orígenes del Homo sapiens, 3. Primeras variedades de la vida humana y 4. Desarrollo dela vida social) y Capítulo II.- La fase actual de la asociación humana (i.e:1. La tradición religiosa, 2. El ocaso del tradicionalismo, 3. La abolición de la guerra, 3. El cambio en la naturaleza de la educación, 5, La multiplicación de la especie humana, 6. La energía superflua del hombre, 7. Una mente y una voluntad colectivas y 8. El domino de la vida), tendría un gran impacto en el ámbito intelectual y social de la época, especialmente en Estados Unidos y en aquél mundo de los americanos viejos que inmediatamente habremos de visitar por mediación de uno de sus ilustres no afamados in suo tempore, pero de recuerdo inmarcesible.
Cada obra, cada disciplina tiene un perfil marcado por su tiempo y en ese contexto se la ha de entender; por ello, si buscamos capítulos como los indicados en una obra actual, magnífica, e ingente de la disciplina como la Biología de Eldra Pearl Solomon, (el contenido acaba, como es habitual en el Ecología, la ciencia que estudia la relación del ser vivo con el medio ambiente, viviente y no viviente) vemos que se excluyen temas que, en otro tiempo, formaban parte de la común preocupación de muchos sabios y que trataban de integrar y de dar explicación en sus respectivas disciplinas. De hecho, estos temas hace mucho que se han dispersado en ámbitos culturales distintos y divergentes, de muy difícil conciliación. Por eso, un libro que adune razonablemente saberes tan fundamentales, resulta, como poco, de agradecer. Lo malo es que, a menos que medie un duendecillo de la fortuna y un impagable librero de viejo, incluso los propios biólogos e historiadores y filósofos de la ciencia de la vida –y de la ciencia en general- no podrán deleitarse con estas maravillas.
No en vano supra hablamos de la raza e hicimos énfasis en el capítulo atingente de la Ciencia de la vida de Huxley, Wells y Wells. Al hablar de un insigne americano hacíamos referencia al abuelo Theobald, tal como se llamaba a sí mismo normalmente en las relaciones amicales, H.P.Lovecraft. Sabidas son sus adacciones, casi hasta sus últimos años, a ideas ultraconservadoras, comunes en los norteamericanos viejos de su época, que le hicieron ver con simpatía a figuras como Hitler y Mussolini. Sus desaforadas críticas para con las razas que no fueran las “arias”, contradecían desorbitadamente su trato habitual, amable y sencillo, con personas de menor clase y condición, y con aquellas que, sobre el papel, escarnizaba de modo escandaloso, especialmente a las personas de color. Poco a poco, con el tiempo, y no solamente por los años, estas actitudes e ideas fueron cambiando (creo que representaron poco cosas más que una pose de clase): Lovecraft, creo que nadie lo pondrá en duda, era ante todo un caballero y una buena persona.
En efecto, hacia finales d 1933 (le quedaba poco para la muerte, aunque él no fuese consciente), las críticas de Lovecraft hacia Hitler y al fascismo se hicieron severas. Además de los despropósitos de los nazis y de los fascistas, este cambio estuvo motivado por sus lecturas, como Aquí no pasará (1935) de Sinclair Lewis . Otra influencia muy notable, vino de la popularización de las ciencias biológicas en su tiempo, destacando la obra que comentamos en este capítulo , “La ciencia de la vida” de Julien Huxley, H.G.Wells y G.P.Wells (1929-1935), libro que vernon Shea, un amigo le había prestado en 1.935, que, en propias palabras de Lovecraft, fue “el libro más importante que he leído en años”, libro que leyó y releyó con pasión, y que derribó, de una vez por todas, el mito ario, con una sólida refutación. A saber:

“En primer lugar no existe “una raza aria” pura. Solamente hay grupos de gente de muy diversa cepa que hablan lenguas de tipo ario...
En segundo lugar, no existe una “raza judía” pura. El término judío denota una comunidad de determinada tradición religiosa y seminacional en la que hay implícita cierta descendencia común. Pero los judíos mismos son de origen marcadamente mezclado...
En tercer lugar, la raza nórdica, a la que tanta importancia política se la ha dado, no existe en parte alguna en un estado que se acerque siquiera a la pureza. En Alemania, por ejemplo, los genes nórdicos están muy mezclados con los alpinos y, en menor medida, con los de procedencia mediterránea, y también ha habido cierta infiltración de rasgos mongólicos del Este...
En cuarto lugar, los nórdicos no han sido responsables, como se pretendía a menudo, de los grandes avances de la historia humana. El mayor de todos, de la barbarie a la civilización... lo dio en el Cercano Oriente, probablemente el tipo de gente mediterránea de pelo oscuro; desde luego, no el tipo nórdico alto, de pelo rubio y ojos azules"...


En suma, genéticamente somos una combinación en la cual no hay quien se aclare, pero sí podemos hablar de tradiciones culturales y lingüísticas. Este asuntos, para la mayoría de la gente culta y razonable quedan claros. H.P. Lovecraft leyó la edición de 1934 (Wells, Huxley & Wells: The Sciencie of Live, New York, Garden City. En la edición española figura Huxley como primer autor. Y es de M. AGUILAR EDITOR.).

de David Ho

de David Ho

El sueño del Rey
-Ahora está soñando.
¿Con quién sueña?¿Lo sabes?.
-Nadie lo sabe.
-Sueña contigo. Y si dejara de soñar, ¿qué sería de ti?.
-No lo sé.
-Desaparecerías. Eres una figura de su sueño. Si se despertara ese Rey te apagarías como una vela.
Through the Looking-Glass (1871)

de David Ho

Jean Cocteau
El gesto de la muerte

Un joven jardinero persa dice a su príncipe:
-¡Sálvame! Encontré a la muerte esta mañana. Me hizo un gesto de amenaza. Esta noche, por milagro, quisiera estar en Ispahan.
El bondadoso príncipe le presta sus caballos. Por la tarde, el príncipe encuentra a la Muerte y le pregunta:
-Esta mañana ¿por qué hicieste a nuestro jardinero un gesto de amenaza?.
-No fue un gesto de amenaza -le responde- sino un gesto de sorpresa. Pues lo veía lejos de Ispahan esta mañana y debo tomarlo esta noche en Ispahan.

FANTASMAS

Thomas Carlyle
Un auténtico fantasma

¿Había algo más prodigioso que un auténtico fantasma?. El inglés Johnson anheló, toda su vida, ver uno; pero no lo consiguió, aunque bajo a las bóvedas de las iglesias y golpeo los féretros. ¿Pobre Johnson!. ¿Nunca miró las marejadas de vida humana que amaba tanto?. ¿No se miró siquiera a si mismo?. Johnson era un fantasma, un fantasma auténtico; un millón de fantasmas lo codeaba en las calles de Londres. Borremos la ilusión del Tiempo, compendiemos los sesenta años en tres minutos. ¿Qué otra cosa era Johnson, qué otra cosa somos nosotros?.¿Acaso no somos espíritus que han tomado un cuerpo, una apariencia, y que luego se disuelven en aire y en invisibilidad?.

Sartor Resartus (1.834)

E.T.A. HOFFMANN

Los elixires del diablo
(Papeles póstumos del hermano Medardo, un capuchino)
Es una de las dos únicas novelas que escribiera Hoffmann, hito del romanticismo alemán y de la literatura de terror, y en la cual muestra su profundo inetrés por fenómenos ocultos, hipnóticos y telepáticos, el cual estaba alzaprimado por sus lecturas sobre tratados médicos y científicos de la época.
La novela narra la vida alucinante del hermano Medardo, fraile capuchino, reflejando de modo escalofriante todas las obsesiones y temas que aparecen en sus cuentos: el miedo, la angustia, la pérdida o desdoblamiento del yo (Hoffmann fue el introductor del tema del doble en la literatura fantástica), la sustitución de la personalidad, la influencia de las fuerzas ocultas, misteriosas y malignas que anidan en el interior del hombre, la zozobra de las alucinaciones; como indica Carmen Bravo-Villasante (1.989), en todo ello actúa y se refiere el complejísimo universo de la locura. Se ha dicho también que Los elixires del diablo constituyen "una parábola moral en la que Hoffmann hace hincapié en la conciencia, en la incierta y desesperada lucha contra las fuerzas oscuras, en la profanación del amor y en su expiación, elementos todos que hacen de Los elixires del diablo una especie de Crimen y castigo de la literatura romántica " (Claudio Magris).

E.T.A. Hoffmann, además de ser el gran iniciador de la literatura fantástica, poseyó un genio polifacético que le llevó a cultivar la pintura, la música y la literatura, dejando en esta última una obra de sello personalísimo, considerada por Haine como "lo más notable de nuestro tiempo". Padre de la literatura fantástica y máximo exponente del romanticismo alemán, influyó poderosamente en escritores de la talla de Poe, Baudelaire, Kafka y Storm. Su talento, extravagante y original, abrió caminos inexplorados en la literatura y su espíritu, afecto de una notable hipersensibilidad, le permitió profundizar con extraordinatria lucidez en los estados más sombríos de la mente humana, donde lo insólito y lo vesánico se unen en oscuro maridaje, asiento del miedo y de la locura.
Su única novela Los elixires del diablo, joya insólita -hoy me temo bastante olvidada-, constituye una de las obras capitales del género fantástico y de la cual hablaremos con más detalle en los próximos posts.
Por lo demás, Hoffmann, Poe y Lovecraft, representan el tríptico "sagrado" de la literatura preternatural.

Salvador Alario Bataller

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OBRA PUBLICADA A)CIENTÍFICA: 8 libros de Psicoterapia y Sexología (editorial Promolibro, valencia). 36 artículos especializados en diversas revistas (redactor de Cuadernos de Medicina Psicosomática y Psiquiatría de Enlace, www.editorialmedica.com, y los artículos y otros textos se relacionan en la web). B)NARRATIVA: “La conciencia de la bestia”, edición privada, finalista (de los 15 finalistas) del Premio Planeta de Novela de 1997. “La ciudad desvanecida”, relato seleccionado por concurso de la revista Escribir y Publicar en su editorial Grafein Ediciones, Colección Escritura Creativa, integrante del volumen de cuentos ASI ESCRIBO MI CIUDAD (2001). “Descensus ad Inferos”, lo mismo que antes, pero este cuento pertenece al libro de cuentos “32 MANERAS DE ESCRIBIR UN VIAJE” , Grafein Ediciones (2002). “Maltidos. La Biblioteca olvidada”, Iván Humanes Bespín y Salvador Alario Bataller, Grafein Ediciones, Barcelona, (2.006). "101 coños, Ilustraciones y breves" (2008), Carlos Maza Serneguet, Salvador Alario Bataller e Iván Humanes Bespín. Ilustraciones de Vanesa Domingo Montón, Grafein Ediciones, Barcelona. "Antología Iberoamericana de MIcrorelatos" (2008),coautor, Ediciones Lord Byron, Madrid (en prensa) La acre lácrima (2006), novela, en http://www.lulu.com/alario7 Un estudio crítico del Necronomicón Apócrifo (2006), ensayo, en http://www.lulu.com/alario7 Las aventuras carpatianas del profesor Exhorbitus (2006), novela, autoedición, en http://www.lulu.com/alario7 Astrum Argentum . La vara del mago (biografía novelada de Aleister Crowley) (2006), novela, en www.lulu.com, en http://www.lulu.com/alario7 El murciélago monstruoso (2006), novela, en http://www.lulu.com/alario7 Nunca volví de cuba (2007), novela, en www.lulu.com, http://www.lulu.com/alario7 Cuentos en www.narrativas.com: Espejos (2007), Los pequeños (2007). La angustia última (2008). Lo que trajo la noche (2008). OBRA INÉDITA: Las nocturnidades de don Arturo del Grial, (2002), novela. Los ojos del moro (2003), novela. El doctor amor y las mujeres (2006), novela. La trama sináptica (2007), novela. Historias de amor, muerte y trascendencia (2007), novelas (dos novelas breves relacionadas). Los estados intestinales (2007), novela. Cuando cazaba pelos (2008), novela breve Cuentos completos (1999-2008) Blogs: http://clinica-psicomedica.iespana.es http://alario1.blogspot.com http://undostrescuentos.blogspot.com http://undostrescuentos2.blogspot.com http://elloboylaluna.blogspot.com http://lasnocturnidades.blogspot.com http://nohaymentesincerebro.blogspot.com
 

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