SABROSA CRÍTICA A LOS CANÍBALES INNOMBRABLES DE IVÁN HUMANES BESPÍN
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UNA VIRGEN SOBRE UN CABALLO BLANCO, de BESOS AFILADOS
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PRESENTACIÓN DE LOS CANÍBALES INOMBRABLES DE IVÁN HUMANES
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ENTRE PEPE EROS Y JOSÉ TANATOS O DON'T CRY FOR ME NICOLASA (compilación)
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LA TRILOGÍA DE ECCE CUALQUIERA. Libro Primero (novela): primer capítulo
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AHORA TODOS MIS BLOGS, LITERARIOS Y PROFESIONALES, QUEDAN UNIFICADOS EN EL SIGUIENTE:
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Sobre el botellón y otros asuntos: NI PADRE, NI MADRE... (cuento)
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AQUELLOS QUE TE HAN QUERIDO, de EL DISFRAZ DE DIOS, de Salvador Alario Bataller
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EL DOCTOR AMOR
Y
LAS MUJERES
_____
Salvador Alario Bataller
Introito
Lejos de la edad provecta, al doctor Amor, médico y escritor, levantino de cierto renombre, quien une casualmente en nombre y apellidos el insólito tríptico de Amador Amor Amado, se le suicida la mujer a causa de cronofagia. La pena y el dolor derivados del trágico suceso (en realidad no excesivos) son en parte aliviadas por la herencia de una lujosa casa de lenocinio en las afueras de Valencia, La Casa Rosada (la coincidencia con la sede gubernamental de un honorable país hermano es mera coincidencia, si bien quien escribe duda de la honorabilidad de todo lo político). La propiedad le es legada tras el óbito de un misterioso hermano al que desconocía por completo y cuya peculiar vida irá subyugándole gradualmente.
Pese a sus iniciales reticencias, el doctor Amor encontrará en el local experiencias eróticas singulares, personajes incalificables, un mundo alternativo que no había llegado siquiera a imaginar y que ponen en cuestión muchos de sus principios fundamentales, así como aquello que nunca más hubiera creído llegar a tener, la posibilidad de un nuevo amor, ese que uno el vino nuevo a otro de mayor catadura. Es este un libro que podrá cuestionar principios fundamentales para muchos, pero sin lugar a dudas despertará el interés de personas sensibles e inteligentes,
El autor, doctor en Psicología por la Universidad de Valencia, ha publicado hasta la actualidad casi un centenar de obras, entre libros y artículos científicos y profesionales, siendo redactor por méritos científicos de la revista especializada Cuadernos de Medicina Psicosomática y Psiquiatría de Enlace (www.editorialmedica.com), siendo además uno de los máximos productores científicos de la especialidad en la comunidad valenciana (http://alario1.blogspot.com). En 1997 quedó entre los diez finalistas en el Premio Planeta de Novela y ha publicado sus obras en Promolibro, Editorial Grefein, Lulu Interprises y Ediciones Lord Byron principalmente.
-La mujer a la que amaba se pegó un tiro ante mis ojos –dije sin ninguna emoción, mientras a mi espalda, estupefacto, al joven casi se le cae la taza de café de las manos.
Minutos antes, mientras preparaba la entrevista, ya me pareció demasiado nervioso; cuando sintió que le observaba, no atinaba a meter el casete en la grabadora.
-Lo lamento -susurró.
-No te preocupes, hablaremos de eso más adelante –añadí viendo su azaro
-Lo siento, ya está –repitió el joven, tratando de recomponerse-. Es que no me lo esperaba. Ni siquiera concebí que nuestra primera entrevista comenzase con esa revelación tan terrible.
-Lo comprendo –dije-. De eso hace casi dos años y, desde entonces, decidí caminar solo hasta que la calva dispusiese. Bueno, hay vidas que lo son en función de otras, en algunos casos de manera excesiva. Ella vivía desviviéndose por mí, a mi orilla, deseando ser el centro de mi vida, apoyarme y alentarme permanentemente, hasta que se produjo el cambio. En buena medida, fue debido a la suerte, a causa de una muy buena crítica a una novela mía por parte de un autor prestigioso. Por ello, el éxito me sobrevino inesperadamente y me vi obligado a viajar más, quebrándose, en buena medida, ese mundo casi perfecto, impoluto decía ella, con el que ambos nos engañábamos cada día.
Me miraba con perplejidad.
-Resulta un asunto muy complejo, algo que clínicamente se denomina cronofagia y no es frecuente en la población general –añadí, sentándome ante el joven, al otro lado del escritorio.
Traté de mostrarme amable y le ofrecí un cigarrillo, el cual rechazó. Dijo que no fumaba.
-Se trata de un término relativo a la Psicopatología. En amores demasiado dependientes, unilaterales, se alberga siempre el resentimiento y, aún más, un odio que el otro nunca reconocerá y tornará contra sí cuando la situación le sobrepase –agregué y después seguí sin poder ocultar mi sorna-: Pienso que debió haberse ahorcado a la puerta del consultorio, para que así su protesta tuviese algún eco en mentes pacatas y odiosas, que dijeran que la mujer del doctor se había autoinmolado, por lo cual el susodicho debería ser un monstruo. No obstante, antes de seguir adelante con esta historia, he de confesarte, lo cual no me produce la menor perturbación ni otro sentimiento, que en las relaciones amorosas que mantuve en realidad el problema era yo. La verdad es que no estoy hecho para compartir la vida con nadie. Soy un solitario, buen amigo, buen amante si quieres, pero una pésima pareja, simplemente porque mi deseo auténtico es la soltería. En esa línea, todas las relaciones que mantuve estuvieron motivadas por el sexo y cuando la pasión terminaba, me daba cuenta de que me aburría y deseaba volver a estar solo. Para mí la soledad, que siempre es compartida con cuatro amigos, es una virtud y las normas sociales o lo que se aprecia como correcto me importa un comino. Sin embargo, a partir de los cuarenta decidí no mantener ninguna relación más, por cuanto siempre acababa sucediendo lo mismo: yo no tenía lo que quería y tampoco les daba a ellas la seguridad de una relación normal. Así que, para no sufrir ni hacer sufrir a nadie más, decidí tener amantes breves si hubiese la ocasión, y permanecer sincero a mí mismo y a mi mundo, a eso que me gusta llamar mismidad. Aún así, cuando me negué al amor de modo definitivo y me reduje al campo de mis puros intereses, algo sucedió que lo cambiaría todo, una cosa que nunca pensé que pudiera sucederme. Y, como has de saber en su momento, no sería el último cambio importante que me preparaba el futuro.
-¿A qué se refiere?
-Como acabo de decir, en su momento te lo diré; antes he de hablarte de otros asuntos que, bien vistos, parecían trazados con un sentido, para propiciar el desenlace vital inopinado de este hombre otoñal que te habla.
>>Volviendo al capítulo que habíamos dejado, de lo que estoy completamente convencido es que, como cualquier mujer reservada a causa de miedos diversos, ella quería, con su suicidio, fijarme de por vida con un sentimiento de culpa que no tuve, ni tengo ni tendré, desacorde desde siempre con la gris normalidad, la cual resulta, desde muchos puntos de vista, un déficit primario, orgánico, congénito si quieres, y una indecencia. Lo que acabo de decir se colige de una creencia que tengo muy arraigada y es la relativa a que el hombre no es gregario por naturaleza, sino por necesidad. Somos, en esencia, seres solitarios, violentos y egoístas y el otro importa en la medida que nos puede beneficiar. Pensar lo contrario es una falacia, producto de morales y moralinas de todo tipo con las cuales intentamos justificar y bendecir nuestra vida social.
-Es un punto de vista bastante extremo por cierto. En realidad, no se cómo puede hablar en esos términos de ella.
Traté de mostrarme condescendiente, porque la frivolidad que hace hablar sin conocimiento de causa siempre me ha irritado. Nada sabía él de los pormenores de la historia, para forjar cualquier tipo de opinión, pero obvié el hecho, añadiendo de inmediato con tono conciliador:
-Ubícate en la escena: dos semanas antes me besaba las manos con devoción, hacíamos el amor normalmente. Recuerdo bien la mirada esfumada tras el arrebato del orgasmo. Después aconteció mi primer viaje a la capital, el inicio del deterioro. Desde ese momento, paulatinamente fue creciendo el silencio entre nosotros. Ese silencio me hizo sospechar el desenlace, pero me negué a asumirlo hasta que fue demasiado tarde. Recuerdo bien el día; era de noche y volvía de un viaje. Como de costumbre, nadie me recibió en casa; entristecido me encerré en mi despacho. Un rato después, oí pasos en el salón y, a sabiendas de que eran suyos, salí movido por un impulso conciliador. Ella estaba parada en medio del comedor, con las luces encendidas, todas, para que yo no perdiese detalle: vi sus ojos ígneos, inyectados de reproche y odio antes de descerrajarse un tiro en la boca. En efecto, yo no perdí detalle, nadie me quitó el susto y la pena temporal, pero ella perdió lo único que tenía, su tiempo, su vida, ese existir que había dedicado a mí aunque yo, en esa forma, no lo desease.
Me senté en la butaca y alumbré un pitillo. El joven observaba perplejo mi indolencia, pienso que pensaría, el modo ponderado pero avieso con que hablaba de aquella fatalidad. Eso me agradó y no me interrumpí:
-Efectivamente no voy a decirte que la causa fue el éxito porque solamente la desdicha crece en terreno abonado, la muerte se produce cuando la fosa ya ha sido cavada. Resulta curioso como un golpe de suerte te cambia la vida, radicalmente, llevándote de un modo de vida a otro totalmente diferente. En este caso fue para bien en lo que a mi respecta, pero significó también una escisión y el proscenio de su final. No hay beneficio en estado puro, siempre es a costa de algo, indefectiblemente se producen daños colaterales.
>>Al principio, cuando nos conocimos, veinte años atrás, teníamos algo en común, una cicatriz existencial, una pátina de resignación, de melancolía. Eso nos unió, sin duda. A base de mis desacuerdos con el mundo, llevaba pegada a mí una segunda piel de tristeza, del mismo modo que la humedad de adhiere a los muros viejos. Después, cambié, me desapegué de casi todo, fui a la mía, como el extraño, el espectador estupefacto que en realidad era frente un mundo desquiciado. Entre el ego y el afuera, en lo que a mí concierne, existe desde hace mucho un abismo profundo, repleto de cosas sabidas, a medio saber, insinuadas y completamente desconocidas, donde algo de mí estaba también; entre otras cosas, la literatura tuvo el papel de descubrimiento de esa tiniebla y los libros, surgidos de esa tarea, la descubrían, la pergeñaban, pero nunca la trascendía porque eran mero reflejo de la misma.
-Los afectos, como el amor, pienso que pueden reconciliarle a uno con el mundo –me interrumpió sentencioso el periodista.
-Sí, pero eso no es suficiente. Hay algo más hondo: al principio y al final solo está la palabra. Tengo la ventaja de los pensamientos errantes por mis mundos sombríos. Yo odié siempre los grises de la vida común y ella, aunque tratase de negarlo, tenía una adherencia plebeya a la costumbre, a lo que se entiende por consuetudinario, por normal, a lo que es socialmente deseable. Eso poseía el lado de calidez, ternura, pegajosidad y halago que nunca desagradan a un hombre pero que con el tiempo dejan de satisfacerle. Vivía por mí, su tiempo dependía del mío. Desdecía con mi ambiente. Después sepultó su vida bajo mis pies y se sintió segura, hasta que mis novelas tuvieron éxito y dejé de estar siempre a mano, en el reducido y cálido hogar que compartíamos. Entonces se sintió en un segundo plano, que no era necesaria como antes, temiendo que posiblemente la dejaría. Creyendo que no la necesitaba, se suicidó; ella necesitaba mi tiempo, mi atención, para alimentar el suyo, para alentar un pálido deseo de vivir.
-Cuando leí la noticia en la prensa, me quedé muy impresionado –confesó el periodista.
Asentí, una velada especie de recibo de condolencias, sobrante.
-¿Por qué no lo dejé a tiempo o traté de solucionar el problema? –pregunté, creyendo anticiparme a su pregunta-. Hay algunas razones y, la no menos importante, estriba en que ella mantenía la creencia errónea de que el amor lo soluciona todo, lo cual la hacía ser muchas veces extremadamente delicada y apetecible. Se equivocaba, dado que hay que tener ciertas habilidades para mantener vivo el sentimiento, además de compatibilidad en cuestiones importantes, que unan a las personas. No era así, éramos antipódicos y las diferencias, en una pareja, no hacen el complemento. Además, existía otro elemento de enganche, muy poderoso: nuestra sexualidad era excelente y, en estos casos, la testosterona mata a la neurona, lo que equivale decir, en términos más amplios, que al amor obnubila la razón. Pienso que no me equivoco al decir que son muy pocos los que se libran de ese mal. Es tan humano, tan torcido y tan nocivo como el hombre mismo. Todavía estoy esperando la primera piedra.
>>En próximas conversaciones hablaremos más ampliamente sobre todo esto y te comentaré algún caso clínico que te sorprenderá –repuse.
La realidad exterior se alteraba con la crepitación del granizo sobre el alfeizar.
-¡Demonios, ahora graniza!
Pensé en lo mucho que había cambiado el clima, el país y mis conciudadanos en los últimos quince años, indudablemente para mal.
-Todo esta cambiando, el tiempo, el país, la gente, el mundo se ha vuelto loco, se ha trastornado –se lamentó el muchacho, como si me estuviera leyendo el pensamiento, y estuve completamente de acuerdo con él.
Después calló, permaneciendo con los ojos puestos en la grabadora, cuya cinta corría lentamente.
-Ayer pasó lo mismo. Después del granizo llovió un rato y escampó. Igual mañana hace un sol tórrido o nieva –dije y después le miré.
Sus facciones me parecieron demacradas, incluso adoloridas, tal vez efecto de la tensión que la charla le había supuesto, más posiblemente por su carácter nervioso que le hacía mal soportar lo inesperado, las emociones mismas y los problemas de la vida. Con sus ojos aguanosos miraba abstraído la biblioteca que nos rodeaba, los pesados cuadros y todo aquel epatante espacio sellado que constituía mi mejor lugar en el mundo.
-¿Los ha leído todos?
Bastantes personas me habían hecho esta pregunta que, por lo demás, aunque esperable, siempre me pareció absurda.
-No, pero sí muchos –contesté-. A bastantes los he releído varias veces.
Miraba con insistencia un gran óleo que quedaba sobre la chimenea.
-Ese soy yo, con traje académico. Ahí tenía treinta y dos años. De eso hace bastante tiempo.
Se hizo un silencio, con todos los visos de esterilidad para un diálogo posterior. Entonces decidí tenderle la mano y terminar con la entrevista.
-Bien, por hoy ya hemos tenido suficiente, mañana continuaremos.
Cuando el periodista se fue, me quedé todavía un rato mirando elegíaco el revuelto exterior: mucho de mí se había quedado anclado en el pasado. El futuro se levantaba ante mí amenazador, aunque no tenía motivos para sentir especialmente ningún tipo de temor. Aunque había arrostrado el porvenir con resignación, el camino de mi vida discurría ya por páramos donde el disgusto, el recelo y la frustración campaban libremente. Dijo el romántico español que el tiempo era pérdida y, por ende, melancolía. Si no todo, tal vez en ello estribase una parte importante de mi malcontento.
Siempre he despreciado a los que se obstinan en el presente, amándolo. Este presente me aluna. Hace mucho tiempo que estuve aquí, algo perverso me catapultó desde mi particular futuro. Ahora me vivo mirando atrás.
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Ahí encontrarán algunos microcuentos de quien escribe.
Crónica de Bucarest
Es de noche, ya he cenado y salgo del hotel a dar una vuelta. Decido tomar un coche de tiro, no un taxi, que me lleve a un paseo apacible por esta ciudad peculiar. Viene hacia mi uno, pero no es un coche abierto, sino una calesa negra, tirada por dos caballos del color de la n ...oche. Apenas sin mirar al conductor, subo y me siento cómodamente. Enciendo un pitillo, encantado de estar al fin dentro de este vehículo de los viejos tiempos, algo que deseo hacer desde hace mucho. Le indico al hombre unos sitios específicos, nada que ver con esos barrios de edificios mastodónticos y horrendos que el dictador régimen construyó masivamente destruyendo gran parte en la antigua urbe.Echo unas fumaradas, un tanto inquieto. La razón de mi zozobra estriba en que aún no me he arrancado de la cabeza esa frustración: fui a Borgo Pass, subí a las ruinas del castillo, pero no descubrí el menor vestigio de la existencia del viejo conde. Nada olía a él, nada lo sugería, era como si el sistema se hubiese tragado absolutamente la remembranza de una antigua presencia.Sigo fumando, ya más resignado. El postillón, que para mi sorpresa habla un perfecto castellano con un extraño acento, me cuenta parte de su vida. Me habla de su heredad paterna, de una ruinosa fortaleza en la cordillera nevada, de los lobos y de la hermosa música que hacen. Me entra el vértigo y, por un instante, casi escapo de allí corriendo. Pero él me dice que me tranquilice e insólitamente lo hago: Tiene demasiado apego a la vida, se lamenta, pese a su condición,y negoció con las autoridades este humilde oficio y la nocturnidad a cambio de auto-control (es decir, comer prácticamente grandes roedores) y trabajo, además de la más absoluta sumisión al sistema, un sistema al que, a la postre, lo que más le importa es la mano de obra.
FUENTE: RETAZOS DE VAMPIRISMO (lo que nunca o casi nunca se ha dicho sobre los vampiros), Salvador Alario Bataller (Inédito)
http://www.ddooss.org/articulos/entrevistas/Thomas_Bernhard.htm
http://corominasijulian.blogspot.com/2010/10/la-emboscada-de-ivan-humanes-en.html
http://www.amazon.com/s/qid=1244309363/ref=sr_gnr_aps?ie=UTF8&search-alias=aps&field-keywords=Salvador%20Alario%20Bataller
http://www.ciudadseva.com/textos/cuentos/esp/anderson/suicida.htm
http://www.ciudadseva.com/textos/cuentos/ing/black/luces.htm
http://www.generacion.net/la-emboscada-de-ivan-humanes
http://32lineasyeste.blogspot.com/2010/07/la-emboscada-de-ivan-humanes.html
http://www.ciudadseva.com/textos/cuentos/esp/arreola/corrido.htm
http://ivanhumanes.blogspot.com/2010/06/el-perro-blanco-52.html
EL unicornio, de ESTRÓGENOS, mi último libro de cuentos (breves y no tanto...), inédito (y buscando editor...)
El unicornio
Violette, casi una niña, encontró en el fondo del bosque al unicornio. Fue el inició de un gran amor. Pasó el tiempo y, desde entonces, el unicornio tiene dos cuernos.
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Miquel Bauçà, El Canvi. Des de L'Eixemple, Barcelona, Editorial Empúries, 1988
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Con mucho gusto nos ocupamos de recibir a nuestros tres jóvenes. Queda dicho que eran unos vecos bien altos y fuertes y que eran tres. Nosotros, ya viejos y cerca más de los ochenta que de los cuarenta les dijimos: “Vengan aquí y no tengan miedo de la fría noche, que les ...acogemos en nuestro pequeño hogar”.
Continúa boogeando en http://www.sibila.com.br/index.php/poemas/917-boogie-boogie
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Cuento: La ciudad desvanecida, de ASÍ ESCRIBO MI CIUDAD (Grafein Editores, Barcelona, 2001)
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La ciudad desvanecida
2000
A la memoria de Arthur Machen
*
Mi ciudad es tierra, cielo, quizá el mar y
atardeceres. Siempre un efecto de luz y
memoria. Tus manos y un pequeño dibujo
que me acompaña y me sostiene en el
inevitable duelo de las despedidas. Los libros,
las palabras, la dificultad de la escritura, el
destierro fértil, el placer desinteresado, los
amigos y tantas citas solitarias. Ninguna calle
y todas las esquinas. Ningún lugar y la noche
de océanos sugeridos. La rutina y sus secretos.
Un pájaro ciego, un triángulo de rumores,
ejercicios de hastío y las palmeras. Mi ciudad
es tu mirada y la constancia presentida que se
hurta a los múltiples requerimientos de la ira.
Pero también es mi infierno y mi desdicha, el
horror y la tormenta, un bosque sellado que
se convierte, poco a poco, en una trampa de
silencios: el cuerpo, la duda y la distancia.
Vicente Ponce, “Hielo en los alrededores de la palabra”,
en Instrucciones para mirar el silencio.
*
Este hombre que llegó a la capital, dejando atrás un valle digno y una infancia feliz, se llamaba Salvador Amargo de Dios y, entre otras cosas, era escritor. Su más remoto antepasado -por lo menos en lo que a testimonio histórico se refiere- fue Ramón Bataller, que vino desde Francia con Jaime I de Aragón para debelar el dominio del moro de Valencia. El tenía a gala este dato, más bien para su coleto, pues pocas veces habló de ello, inclusive a los íntimos, como tampoco dejó ver la indiferencia que, desde un principio, le provocó la gran ciudad. Este sentimiento, no obstante, se trocó con los años en irritación e inclusive en sentido desdén.
No tuvo hijos y sus antecesores fueron personas sin relumbre, excepto aquel abuelo materno que, por allá los veinte, marchó a tierras cubanas y ganó cierto renombre en el doble y paradojal quehacer de empresario y artista. De él, conservaba una edición de Los Miserables de Víctor Hugo en seis volúmenes y autografiado. También un gran retrato de época, de un hombre bello y viril, pero de rasgos bondadosos, ocupaba un lugar destacado en la casa, sobre la vieja estantería estilo regencia, constituyendo, más allá de los comentarios familiares, la única huella que el tiempo dejó de aquél que nunca volvió.
Su padre ajó la vida en la lucha con la tierra y en los condicionantes que imponía el dicterio del antiguo régimen, y su madre, continuando el canon de la costumbre, le siguió como una sombra. Una de las marcas que guardaba indeleble en su memoria, la de Amargo, fue el momento de su muerte cuando, con la avanzada edad, la abatió una hemorragia cerebral masiva; después vino el coma, por seis días, durante el cual hubieron breves e inanes momentos de conciencia, una pequeña franja de libertad en el ocaso definitivo, donde dolientemente repetir sentimientos, pedir perdón y elevar infructuosas súplicas. El había nacido con una límpida mirada azul, una recompensa del cielo por el otro niño, el que murió al año justo, un ángel le habían dicho, y al que Dios había dado unos ojos sin luz... La tiniebla y el cielo azul.
Fuerzas absurdas e inexorables de la vida hicieron del hijo el mayor don y la desdicha más gravosa, pero en aquellos momentos definitivos todo lo malo parecía irrelevante, desvaído, y se fomentaba la amargura natural del momento: ella se iba con dolor y él se quedaba con lo mismo.
A la pérdida irreparable se unió un nuevo aguijón. Después de unos años, la malquerencia de familiares esquivos hizo que Amargo vendiese la casa y dejase el lugar; marchó a la ciudad que juzgó de gris y anodina. Este dictamen se modificaría apenas con los años. Vivió en otra casa. Allí no había luz, ni viento, ni un rumor muerto, no había nada, más que el tono monocorde de los días y la tristeza. La apartó de sí poco a poco, llenando las horas de palabras. Después habitó otra casa, en una avenida principal, donde fue más feliz y pudo realizar, en parte al menos, lo que se había propuesto hacer en la vida, como cumplimiento -como él creía- de su destino ineluctable. Sin quererlo iba haciendo carne la tortura y el tiempo byronianos.
En la ciudad vivió cincuenta años. En ella, desde luego, no había nada de aquello de las flores, de la luz y del amor, ni su mera prefiguración. Hubo, como en el poema, alguna cita memorable, despedidas, palmeras, muchos libros y no poca desdicha. Buscó en todo momento un mundo propio en el cual evadirse de los desafueros de la vida común. Ciego a todo ello fueron sus distracciones y sus dichas el alivio de sus enfermos y los libros escritos, leídos y releídos en los momentos profundos vividos en aquella habitación de muebles renegridos, de alta y bien nutrida biblioteca. Fue entonces cuando constató al fin que aquello no formaba parte de la vida, que la trascendía, como tal vez, él mismo. Sin embargo, esta creencia, no le dio consuelo. Año tras año se contentó con la idea de lo que tenía y con la esperanza de regresar algún día a un terreno que había preservado, temiendo que el tiempo le empujase a volver al lugar de sus orígenes.
Se llegó a sentir como Machen y su retazo de vida, huyendo con el pensamiento del monstruo de la gran ciudad y yendo a la espesura del bosque arcano, ese que tiene su lugar en el alma y que prefigura el sueño. La decisión llegó, como todas las cosas de la vida, con el tiempo; entonces, llegando al final, reconoció, no sin zozobra, que había vivido siempre con un sentimiento espeso en el corazón: la desgana de vivir y el miedo, que surgió de un sentimiento hondo de extrañeza hacia sí mismo y de la futilidad de las cosas, de la ciudad misma, como promesa fementida.
Llegó a la estación cuando todavía faltaba un cuarto de hora para que el autobús saliese; mató el tiempo tomando un café en el bar. Había poca gente en el local y disfrutó de un pitillo en aquellos momentos quedos, sellados y cálidos, incapaz de arrumbar cierta tristeza, porque aquellos minutos constituían el proscenio del adiós definitivo a la gran urbe que, pese a todo, le había albergado durante varias décadas.
Poco después, los últimos suburbios de Valencia quedaron atrás y el autobús atravesó campos de arroz dorados, prontos para la siega, y arrabales de algún pueblo que él sabía populoso. Debió dormirse durante un tiempo considerable, pues lo despertó el viraje del vehículo al tomar una curva y entrar en el valle. Atardecía y éste se extendía ubérrimo de naranjos hacia el horizonte, contra la herradura anfractuosa de las montañas, dejando a un lado el mediterráneo azur y proceloso. Nada parecía haber cambiado desde que él lo dejó, todo parecía permanecer sin alteración ninguna, en ese ritmo elemental del tiempo que no cambia a la tierra ni a algunos hombres, como también incólume se levantaba la masa venerable del monasterio cisterciense de Santa María de la Valldigna y los torreones devastados del castillo árabe, allá, en el este, en el límite del cielo, sobre su soberbio espolón rocoso.
Bajó en la plaza del pueblo. Estaba allí nuevamente, cincuenta años después, acompañado por el hosco rostro de la vejez, frente a un horizonte amplio de amigos perdidos y familiares muertos. Empero, todas las cosas radicaban en él, el mundo mismo, y el alfa y el omega: el tiempo, el deseo y la espera y aquel mundo aparte que había construido de libros y de pensamiento.
Volvió al bosque, se instaló en la casa y limpió el calvero que, muchos años atrás, había robado a los elfos con el trabajo de sus manos; y allí plantó un huerto. Asimismo, volvió a rendir culto a las deidades paganas y a conversar con sus amigos veros, los escritores muertos, pero de palabras eternas. Allí vivió de nuevo, del modo que él quería: vio una vez más la muerte roja, holló el bosque del gran dios Pan, contempló el tenebroso castillo de los Cárpatos y temió a los dioses antiguos que moraban en universos ominosos más allá del espacio-tiempo conocido; escucho así mismo el aullido del gran gris que, en el crepúsculo de los tiempos, devorará al sol y, en la noche profunda, volvió a sentir el vuelo del dragón. Y sintió con ello que era un hombre, un hombre entre muchos hombres -pero algo más-, y que la historia se repetía indefectiblemente, cada vez con diferente factura, pero de modo inevitable una replicación más en el ciclo de las repeticiones, con un propósito desconocido, que nunca llegaría a saber.
Se reafirmó una vez más en aquello que rezaba el adagio chino de que nacer es llegar y morir es volver y encontró la clave de la espera en releer aquellos libros que había amado cuando en él, la vida, se hacía a sí misma.
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Salvador Alario Bataller
Eva le dio a Adán la manzana con que la serpiente pretendía tentarlo, pero él prefirió el higo.
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