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Estrógenos y poco más
Breves y no tanto
Salvador Alario Bataller
(PRÓXIMA PUBLICACIÓN)
Orígenes
2008
Eva le dio a Adán la manzana con que la serpiente pretendía tentarlo, pero él prefirió el higo.
El unicornio
2011
Violette, casi una niña, encontró en el fondo del bosque al unicornio. Fue el inició de un gran amor. Pasó el tiempo y, desde entonces, el unicornio tiene dos cuernos.
El destino del unicornio
2011
Casi una niña, la bellísima Violette, se perdió en el bosque que se extendía, hasta hacerse azul, en el borde mismo de la granja de su padre. Allí encontró con el unicornio y, belleza por belleza, pureza por pureza, aquel encuentro maravilloso fue el principio de un gran amor. Pasaron los años y el amor creció, hasta que el extraordinario ser vio, con preocupación, las formas incipientes que disipaban mes a mes la, hasta entonces, tan adorada anatomía de su linda muñeca.
Aún en aquellos tiempos, campesinos y leñadores atisbaban ocasionalmente un destello plateado en el verde silvano de la magnífica foresta o su elegante silueta en sueños siempre gozosos.
Pasó un tiempo más y, como había hecho durante años, Violette se encontró en el corazón del bosque con aquél que más la amaba en el mundo. Entonces el unicornio percibió un sesgo de impureza en los anteriormente inmaculados ojos azules, una turbitud en sus aguas claras que le sumió en la tristeza, hasta que llegó el día en que él, la criatura más pura de entre todas las del mar, del cielo y de la tierra, se adentró en la espesura y ya nunca nadie lo volvió a ver, porque, aún siendo bello, en su corazón anidó el odio y ya no fue más unicornio, sino venado.
Arquetipo
2008
Me la presentó un amigo común, en un restaurante que frecuentábamos. Me impresionó profundamente desde el primer momento, por su belleza, por su inteligencia, por aquella feminidad epatante que regalaba en cada cosa que hiciera, fuera de palabra o de obra. El resultado fue que seguimos viéndonos y una semana después estaba perdidamente enamorado de ella.
Se llamaba Eva, mi Eva perfecta, aunque su nombre real era Evangelina, ya que no quisieron bautizarla con el nombre de la mujer del Paraíso, dado que fue la pecadora primera y universal. Su vida, la de mi Eva, había sido normal, sin ningún sufrimiento especial, sin ninguna experiencia maravillosa o fuera de lo común: una familia media, unos padres conservadores, una carrera universitaria después, un par de relaciones sin importancia y pocos amigos.
Nos deseábamos con tanto ardor que tardamos muy poco en tener relaciones sexuales. La primera vez fue en mi casa. Le colgaba entre las piernas lo mismo que a mí, pero no me importó.
Una tía dura
2010
La chica, como se llame, es prostituta, bebe más de la cuenta y se mete de todo, y, aunque a sus treinta largos mantiene unas formas más que apetecibles, su carácter hace que menudee la clientela. Suele hablar fuerte y agrio, y repite que a ella ningún tío la va a dominar, que los tiene bien puestos. Con propias palabras dice ser una tía de coño duro.
El noticiario nos horroriza con las tropelías de un psicópata que se ceba con las mujeres que venden sus servicios en cierta autopista y, coincidencia o no, ya no se la he vuelto a ver por el barrio. Espero que su granítico genital le haya servido para no engrosar la lista de las que aparecieron a pedacitos en el interior de una maleta abandonada.
Probable
2011
Con amor sí hay verdadero sexo.
Eva
2011
Más que ninguna otra cosa en la vida ella anhelaba ser amada. Su padre, ausente y putañero, desapareció cuando ella tenía siete años y su madre se hundió para siempre en el sentimiento de fracaso y la culpa. Su hermana mayor, apenas quince, vivía sin norte, perdiéndose los fines de semana en los rincones oscuros de discotecas y cines. De ella aprendió la equívoca creencia de que la hermosura lleva a la seguridad, que el coño se transmuta en oro y, al poco, empujada por su procacidad ofrecía fácil su cuerpo pretendiendo con ello obtener el amor de un hombre, que nunca permanecía a su lado. A los abandonos reiterados se sumó la malfamación, la soledad y la melancolía. A sus trece años era la chica fácil del barrio, la buscona, lo loca, la puta.
Una me dijo que una busca fuera de casa lo que en ella no tiene. Eva buscaba el amor y encontró la neurosis.
Bad Strogen
2011
Dos chiquillas de unos catorce años se inflan a hostias en un parque vecino, mientras un tipejo de poco más las anima. Ellas se dan con el puño, se derriban, se muelen a patadas y codazos, se llaman putas y el otro se parte de risa. Me he tropezado con esto en mi paseo vespertino.
Intervengo, les digo qué pasa, que qué están haciendo, que ya está bien.
Y casi se me echan encima. Lárgate, viejo marica, me han soltado.
Vuelvo sobre mis pasos, enrabietado, y decido que se ocupen sus padres o quien sea.
Tengo apenas los cuarenta, un trabajo que no me gusta y me almagro en un mundo inhabitable. Soy también lo que hay, no lo que me da la gana, que no hay.
El pater Dan Defensor
2009
-¿Oye, eres A? -pregunta la voz enrabietada de un anciano al otro lado del auricular.
-¡El mismo que viste y calza! –respondo, palpando ya problemas, con vozarrón prusiano.
Se trataba del padre de la anterior, que llamaremos B y que, cosa mala, se había metido por medio a instancias de la susodicha y me pedía explicaciones.
-¿Qué le has hecho a mi hija? ¡No para de llorar! ¡Tú y yo tendremos más que palabras!
-Lo que haga falta.
-¿Qué…?
Silencio al otro lado, una respiración tensa y poco después me llega el berreo de un llanto femenino desatado.
Me daba grima la situación, con toda su carga de absurdo y desatino, pero el viejo seguía muy crispado. Me imagine reventándole la cabeza a patadas y la imagen me pareció repulsiva. Tragué aire, tratando de paliar mi creciente irritación. Pensé en mandarlo a la mierda entonces, pero algo torpe siempre nos aferra a lo inoportuno e indeseable. Tampoco le veía mayores consecuencias.
-¿Cómo que la has dejao?
-¡Normal, no follábamos na!
-Eh… ¿Qué dices? ¿Cómo te atreves?
-Ponte en mi lugar moreno: me pasé seis meses pajarito, ahora sí, ahora no y más pajas que un sereno. Justo cuando la mando a freír espárragos le viene todo ese amor y se derrite de deseo.
-¡Esas intimidades…! ¡No riges!
-Lo mismito por ese lado. Nada, aire y vela.
-¿Cómo…?
- A tomar per vas nefandum.
-Eh…
-¡Qué cuelgues ya y cortes el rollo!
-¡Que nos veremos las caras!
-Mientras no sean las pollas.
Silencio brusco, respiración agitada, un “este tío esta loco” balbuceado entre disnea. Más lloros histéricos se desgranan de fondo, luego oigo que se rompen cosas.
-¡Suerte tienes que soy un anciano, pero arrieros somos! ¡Mañana por la mañana mi hijo te hará una visita, chulo, a ver qué te cuentas! ¡Es cinturón negro de karate!
-Ya me he cagado encima ¡Que venga, tengo aquí un nueve largo con el cargador lleno!
-¿Cómo?
-¡A tu hijo le pego dos tiros y después me voy a tu casa y os dejo a todos como un colador!
-¡Estás trastornado! ¿Te crees muy fiera?
-¡Me desayuno niños asados cada mañana!
Hay una maldición y el fulano cuelga con violencia. Todavía espero la visita del karateka. Independientemente de la anterior carnavalada, el hecho es que no aprendía de la experiencia, que no asumía, de una vez por todas, que el amor normativo no era lo mío. Continué cazando pelos, un par más, hasta que terminé replegándome en mí mismo para encontrar un poco de felicidad.
Perla
2011
La niña era una muñeca preciosa de ocho años, no tengo más palabras para definirla. También era, por toda apariencia, una niña buena: obediente, estudiosa, educada y muy cariñosa, como su madre.
Su progenitura unía su cordialidad y educación a una belleza destacable y, como supe después, a un largo historial de amantes, rollos, novios, supuestos amigos y posibles maridos, mil folleteos desaforados y demás, que la niña contempló día a día, año a año desde que la otra se separó, cinco años atrás. Para suma de problemas, la mujer le daba demasiado a la botella.
Yo mantenía con ella una relación tortuosa que rompí cuando conocí los hechos mencionados. Pero en ese año de mieles y hieles, observé algunas cosas impropias de una criatura: su insistencia en dormir conmigo, la referencia constante al pene de su padre, tocamientos tímidos y, al final, los ofrecimientos explícitos. Alarmado se lo dije a su madre, la que, como si escuchara el telediario, me respondió que eso era normal en las niñas, que aquello era típico de la sexualidad infantil, que ahora todo iba más rápido, que las nenas se desarrollaban antes y que ella misma, a los once años, ya lo había hecho.
Seguramente le pareció una soflama todo lo que le dije sobre la importancia de los errores educacionales y de los modelos inadecuados en la aparición de trastornos psicológicos y sexuales, obviando tomar ninguna medida. Así que, sin pensármelo dos veces, fui al juzgado de guardia y puse una demanda: las actuaciones correspondientes mostraron pruebas inequívocas de abuso. El proceso concluyó, pero no quise saber el resultado. Ya me encontraba lejos, física y espiritualmente.
Nunca la he vuelto a ver, pero no ha pasado un día en que no me preocupase por ella.
El autómata
2008
Conocí personalmente a la señora de Pérez (aparentemente respetable), pero no puedo dudar de las palabras de Alastor, hombre sin tacha y de rigor intelectual demostrado. Lo que sigue es lo que me ha contado esta mañana, la extraña la historia del autómata.
La recatada señora, asidua lectora de la Argonáutica de Apolonio de Tiana, nunca dejó de impresionarse ante la figura del autómata Talos, gigante de bronce, fabricado por Vulcano, que defendía la isla de Creta. Desvanecida en un arrebol, suspiraba imaginándoselo todo, tan grande.
Así que, cuando su marido murió, mando construir un autómata de tamaño natural, emulando al mitológico griego, y dormía con él. No en todas las partes respetó las proporciones.
Nuevo encuentro con la señora de Pérez
2011
Pero, según la canción, “la vida tiene sorpresas, sorpresas tienes la vida…” Sí, el mundo es un pañuelo, que no siempre envuelve los mismos dulces y si fuera el caso, tienen envoltorios diferentes.
Sí, no se acabó ahí la historia, porque el futuro me deparaba un encuentro singular y del todo inesperado. Al entrar en el café se movía como una anguila, mirando como quien no quiere la cosa, los ojos brillantes, la boca grande, reventona. De cómic, cuerpo de gimnasio, muchas rectificaciones de todo tipo, una mujer de diseño a sus cuarenta, quizás largos. Rezuma puterío.
Se ha sentado a mi mesa tras pedir permiso educadamente, se me conoce en la zona. Faltaría más, por favor, es un placer. Después la retahíla de dislates ha sido buena. Rematemos el desafuero con unas pocas palabras.
Me contó sus innúmeros y gravísimos problemas con el marido, un gordo asqueroso que la pegaba y que la dejó, sin un duro y con tres niños hiperactivos, sus infortunios con otras parejas egoístas despreciables que solamente querían pegar un polvo, lo mal que está la gente, que no hay casi nadie con quien se pueda hablar…
Suena una canción de Nacho Cano.
Mira que me lo advirtió mi parapsicólogo, el doctor…, añade.
-¿Doctor?
-Sí, sí, doctor en parapsicología, por la Universidad de Ecuador.
-Ah…
Inspiro lento, pero profundo, me arrellano en el sofá. Noto que me voy agriando. Lo más amablemente posible le digo que ese título no existe y que esa universidad tampoco. Y ella se queda cariacontecida, haciendo mohines imposibles.
Se hace la loca y sigue:
-Mi picoastrólogo me dijo que esta semana tendría aquí un encuentro más que interesante.
¿Otro doctor?... Dice que sí, éste doctor en Psicoastrología, por la Universidad de la Cachimbamba, o algo por el estilo. Yo ya no rebato, me enciendo un pitillo y dejo ir la cosa, a ver hasta donde llega.
Insiste en lo de que el doctor en Psicoastrología le había vaticinado que… Hay una mirada coquetona.
Eso ya lo sabía yo, sin recurrir a abérrimos hermetismos, solo con ver lo buena que está y el juego que tiene en los morros y la lengua.
Me voy a imponer un título de doctor, uno de esos, bien raro y sonoro. Tal como está el estrojamen de la zona, desfaenado y suelto, igual no paro en todo el año… Mejor no, visto el panorama, es preferible quedarse quieto. En estos perfiles se multiplican las habituales complicaciones y problemas.
Respirar hondo, cortar pronto.
Ese reputón era la conocida viuda de Pérez, que, como después supe, se había follado a media ciudad y parte del país y del extranjero. Aunque la puta se vista de seda, puta se queda.
Fue Eva, una conocida mía, porque amigas no tengo, quien me contó la historia o los hechos de interés de la psicalíptica persona referida, aunque Eva más que un caramelo, que lo era, era una guindilla.
Ella se estira en la butaca y chupa el Winston con su boja roja y golosa. Viste muy elegante, es rubia y, pese a tener estudios y un buen empleo en el cual trabaja a diario con la enfermedad y el dolor, no ha bajado todavía de la nube. Cree ser un ser especial, merecer riqueza y felicidad sin esfuerzo, como su madre la adoctrinó: tenía que agarrar un hombre rico y llevar una vida de multimillonaria.
Es así, por lo que no le ha satisfecho ninguno de sus novios, porque no estaban forradísimos, no tenían mansiones ni yates, ni le daban una vida principesca. Cree que es lo que se merece, pero, aunque se resiste a aceptarlo, sabe también que en estos tiempos con el coño ya no se coloca una.
Le digo que el sentimiento importa y ella se encoje de hombros.
Añade que todas sus amigas se han casado sin amor, que sí que hay cariño, sexo, pero que lo importante es la seguridad, el dinero, el chalet, la buena vida.
Sin que yo diga nada, agrega que ya sabe lo que estoy pensando: que eso es lo que es, prostitución legal, que ella se casaría por dinero y que, la verdad por delante, es como todas, una puta.
No digo nada, acabo de cenar y me voy. Esta noche no ha sucedido nada nuevo.
Felatrix Evaluation
2.012
Historia elaborada a partir de una confidencia de un conocido en el Café Lolas, de Valencia, pasadas las doce de la noche, a tenor de una amiga que le felaba de modo que a él no le parecía adecuado.
En el acto:
“Llevas media hora dale que te pego y me duelen hasta los pelos del culo. Por burra suspendiste la Eso y en esto te pongo cero”.
Tal como me lo dijo lo escribo.
Romantiscismo
2012
Como la anterior, transcripción de una conversación real entre dos amigos en el mismo local sentados en la mesa frente a la entrada, bajo la farola.
-La tía lleva dos meses de mi casa y nada de nada. Le hago comiditas caseras y apenas sonríe, solo se pasea arriba y abajo moviendo al culete, se va a dormir sola, pero dice que me quiere.
-Mmm...
-Ya ves que estoy cachas y que soy guapote, pues ayer mismo me tumbo en el sofa con la tanga de guerra, mostrando medio huevo y la tía pasa, me mira y se pone a chatear con una amiga ¿Qué te parece?.
Su amigo, con el pitillo en los labios, se encoje de hombres y responde, perezoso:
-Psss, de todos modos por ahora follas igual que un casado.
-Estuve a punto de gritarle: “¡Perra, llevas cinco semanas en li caso y aún no me la has chupao!”.
-Ya sabes, el que espera desespera. A lo mejor es que no te quiere.
El cachas se queda con cara de nada.
-A lo mejor es que me quiere de verdad y quiere esperar –responde inane, quebrado.
Hay gente para todo. Ya se apañarán.
La puta, la madre y la puta madre
2.012
Paquito, guapete y ligón, a los veintisiete se echó una novia de dieciocho, una chiquilla del colegio alemán, modosilla, recatada, con todas las buenas apariencias de una niña bien, casi perfecta. Se le veía feliz con aquella chavalita tan buena, educada y de confiar. Poco a poco la ñiña se fue soltando, pasando de los no podemos a comérselo por los pies. Con ella veía las estrellas.
Solían cenar en casa de su suegra, una viuda cuarentona que aun estaba como un tren, buenorra, una real hembra cuyos ojos rielaban cada vez que se posaban sobre el satisfecho muchacho. Y también la madre quiso tocarlña flauta y era una solista indescriptible, con la que nuestro don Juanillo de marras y flautas se veía arrastrado a éxtasis insospechados en manos, ano, boca y cuerpo entero de aquella nueva mujer escarlata. Ah, mientras tanto le daban al fornicio como dos posesos, la hija observaba golosa tras los cortinajes, hasta que un día, como una gallinita dislocada, se unió al arrebatado festín y aquello fue la leche en polvo. Sí, donde caben dos caben tres, donde comen dos lo mismo, y donde ofician, más de lo mismo.
Unos días antes de Navidad, sudorosos, exhaustos, desmadejados en la cama después de una orgía impresionante, la madre, en un mohín cómplice y picarón, le dijo a su joven beneficiado, mientras la niñata reprimía con la manita una risita de diablilla:
-¡Ahhhh, esto es sexo! ¡Uf, vaya polvazos!, pero ya verás en Noche Buena, cuando conozcas a mi madre.
En suma, que uno más también cabía, donde comen tres comen cuatro: él, la puta, la madre y la puta madre.
Chicas malas
2010
Muchas veces cada día veo pelotones de fusilamiento, y en cada caso, en treinta segundos mi mente llena la lista de los culpables. No hay cambio sin violencia, pero estos tiempos no lo admiten, el marasmo se prolongará para mal de la mayoría.
Un cliente pide al maître que apague el televisor, tiene razón, a uno se le indigesta la comida cada vez que ve los telediarios. No toleramos la desgracia ajena cuando vivimos un regular. El mundo parece desdibujarse cuando no se le quiere ver. Una ceguera unánime y pocas malas conciencias. ¡Si me hubiese tocado a mí!
En el hilo musical suena Jazz, me gusta, una de esas cosas en las que nunca he profundizado, como en la pintura o en el teatro. De ello no sé nada, una lástima y ya no tengo ganas de emprender el asunto. Pero me agrada mucho.
Acaban de entrar cuatro chicas imponentes, todas morenas, el cabello largo y abundante, siliconadas, con minifaldas de infarto. No me ponen, yo no podría estar con mujeres así. Sin duda son putas y el camarero, poco después, me dijo que no lo sabía a ciencia cierta, que tal vez trabajasen en un club cercano, quizás por si me animaba. No gracias, no se me empalmaría.
No obstante me atraen y las miro con disimulo, están buenísimas. Años atrás no se les habría permitido entrar, pero eran otros tiempos. Mucho caucho, no se me empinaría.
Variada silva de cagadas.
Debe ser patético pasarse el día chupando pollas.
En un principio pensé que eran putas, pero unas semanas después el maître me dijo que se había enterado, supongo que por ellas mismas, que algunas eran altas directivas de empresas señaladas, pero que también una era catedrática de universidad y otra juez.
A big one
2011
Bea y Mila se enzarzan en animadas confidencias en la mesa del rincón más apartado del Cafenet, un pub de la zona. Al otro lado de la ventana, la gente va y viene de Blasco Ibáñez a Explorador Andrés. Se ven muchos niños jugando en el nuevo parque de enfrente. Hay algunos porretas en el local, una chica que se duerme en una mesa solitaria ente un vaso de gin-tonic y un camarero con coleta larga que mira con aire aburrido la entrada.
Son asiduas del local, un clásico de la zona que se llena de gente alternativa, como ellas, a quienes importa una mierda las normas, que van a la suya, aunque muchos tengan papás detrás que les solucionan la papeleta. Bea habla muy rápido, nerviosa, forma ante ella una medida con ambas manos enfrentadas. Ambas son chicas liberadas, pero ése no es un deseo exclusivo de las nuevas generaciones.
Así, susurra, y más negra que un tizón. Los ojos le brilla, la boca acumula saliva y la otra, empujada por una rabia cachonda, hace el ademán de arañarla. Hace tiempo habían hablado de hacerlo, pero Bea se ha adelantado a su amiga y Mila está encendida por la envidia. Dentro, muy húmedo, el deseo la agita. Como son muy amigas, la envidia y la rabieta se pasa y ambas se ríen mucho, rojas, cómplices, guarras. Sí, guarras, porque se llaman guarras, putas, cerdas, como lo hacen hoy los buenos colegas. Bea advierte a la otra que, en la ocasión, vaya con cuidado, que, como es algo estrecha, no le rompan el chocho o la traviesen de parte a parte, porque, a pesar de estar muy buena, es bajita.
No saben, sin embargo, que el record lo tiene un blanco y que hay un pueblo, también caucásico, que descuellan en mucho y que además el racismo contra el que tanto predican no les ronda tan lejos. Racismo y algo más.
Modernos
2011
En un programa televisivo de chistas, sale un muchachote universitario, con aspecto de chico bueno, barbita, gafas, de esos de que uno se fiaría a la primera. El auditorio es variopinto, jóvenes, mayores, abundan las mujeres y él comienza con la aventura reciente de un supuesto amigo, La cosa va de que éste quería conseguir una rollo para pasar el fin de semana y pensó que si llamaba a una amiga y le decía lo que ella quería escuchar, pues acabaría consiguiendo lo que pretendía.
Así, me comentó el colega, sigue el chico bajo las miradas atentas y semidivertidas de los concurrentes, como a las chicas de hoy les gustan los tíos sensibles, la llamé y cuando me preguntó qué hice ayer viernes le dije que me pasé el día llorando, lo que la conmovió y me dijo que la llamara el domingo, que este fin de semana no podíamos quedar. El domingo la llama y al preguntarme qué hice el sábado le dije que estuve todo el día haciendo lo que más les gusta o hacen las chicas en el sábado, me lo pasé chupando pollas… En el auditorio hay caras de todos los colores, sonrisas huecas, risas varoniles abiertas, pero en la cara de las mujeres se dibuja desde un ojo de culo hasta una línea recta. Hace no mucho tiempo lo hubieran capado.
No nos resuelve cómo le fue a su amigo y yo me quedo pesando, más grave de lo que quisiera, qué haré este próximo fin de semana.
Aburrimiento
2005
-Se está bien aquí. El lugar es bonito.
-Sí.
-¿Cómo se llama?
-Lechuga & Bacon. Se come bien, a buen precio y hay buena gente.
-¿Quiénes?
-Los dueños y los clientes que conozco.
-Una pregunta, aunque sea indiscreta.
-Dispara.
-Eres madurito, simpático, inteligente, con cultura y tienes un duro. No entiendo cómo no tienes pareja, ya no te digo aquello de mujer e hijos.
-Por tedio.
-¿Te aburrías con ellas?
-Con todas y cada una, más bien casi al final.
-Vaya, a lo mejor a ellas les pasaba lo mismo.
-No, en ningún caso.
-¿Cómo lo sabes?
-Me lo dijeron y, además, todas quisieron repetir y alguna repitió.
-Cuenta, si quieres.
-¿Más vino?
-Sí, gracias.
-La primera, bueno, fue el primer amor. Éramos adolescentes, no teníamos las tensiones habituales de la vida ni las cicatrices de la experiencia. No tuvimos tiempo de aburrirnos. Fue una cuestión geográfica. Era de otro país y se fue o yo me quedé, como quieras.
-¿Qué pasó con la segunda?
-En realidad hubieron proyectos inacabados, oportunidades que no aproveché por ciertos motivos. Son esas mujeres que uno siempre recuerda, las más deseadas, que acompañan permanentemente a la iconografía masturbatoria.
-¿Hubo muchas?
-De lo que nunca tomó encarnadura, dos, bueno, ahora que me acuerdo, cuatro.
-Vaya, vaya.
-La segunda, era bastante más joven que yo, una chica bonita y muy fogosa. Pese a su lubricidad irrefrenable pretendía el don de la decencia y no se sentía tranquila haciendo el amor fuera del matrimonio. Decía que le encantaba oírme hablar y demostraba intereses intelectuales, pero, al final, no se enteraba de nada y lo hacía más para complacerme que en función de una necesidad personal. Pese al buen sexo, me aburrí.
-Tienes razón, el sexo no es suficiente.
-Con esta repetí diez años después. El sexo fue mejor, los complejos permanecían y el final fue el mismo.
-A veces el tiempo no cambia lo esencial.
-Exacto. La tercera era mayor que yo, tenía mucha pasta y una soberbia equivalente. También tenía pretensiones intelectuales, pero además de superficial era temulenta.
-¿Temulenta?
-Borrachuza. Al final, hubo mucho sufrimiento y aburrimiento.
-¿La otra?
-Bien, mediando unos escarceos inconsecuentes, con la cuarta me movió más el deseo de conquista que otra cosa. Había sido un caso difícil para otros hombres, por su carácter duro, producto del miedo al desengaño amoroso. Ella deseaba lo básico de la vida y eso a mí no me satisfacía. Como siempre, me dije un día qué hacía viviendo con ella, me aburrí y me fui.
-Buen palmarés.
-No está mal, si bien hubiera podido ser más amplio. Antes de llegar a los cuarenta tuve otra relación seria. A partir de esa edad le puse mente a la méntula, razón a los impulsos, y decidí quedarme con los libros, que todas odiaron indefectiblemente, porque tenía más interés en ellos que en ellas, los vivieron como sus competidores.
-¿Seguro?
-Al cien por cien. Todas mis mujeres odiaron la cultura porque era lo más importante en mi vida.
-Esa no tiene porque ser una regla general.
-Puede, pero lo dudo. Bueno, la siguiente era también una buena chica, sencilla, que mantenía conmigo algunos intereses, como el cine, aunque pesaba mucho más la necesidad de tener hijos y una familia estable. Es normal, las mujeres buscan del hombre dinero e hijos. Después de eso el hombre deja de existir.
-No tienes porque estar en lo cierto.
-Pienso que sí, pero da lo mismo. La conclusión es que con ella también me agobié y me aburrí.
-Creo que habrás pensado que a lo mejor el problema está en ti.
-No es un problema, uno es como es. Siempre me he sentido un extraño en el mundo, alguien que ha sido arrojado a las llamas del existir y no se siente cómodo en ningún momento ni lugar. Lo único que ha dado significado a mi vida ha sido la literatura, ampliamente entendida.
-De todo hay en el mundo.
-Así es. Para mí el hombre evolucionado es solitario, una soledad relativa que no puede prescindir de los pares.
-A lo mejor complicas demasiado las cosas. La vida puede ser más sencilla.
-Seguro, pero no me interesa ese modo de vivir... A propósito, me has dicho que te llamas María, ¿María y qué más?
-María Sosa, en serio, y soy, además, aburrida. Ellas se pusieron una máscara para conquistarte, intentaron mostrarse como no eran y, al final, te pudo el hastío. Yo soy sincera y además de aburrida soy también otras cosas, que quizás puedan interesarte. Es cosa tuya.
-Mejor no, prefiero no aburrirme.
-¿Seguro?
-Si, amigos, es lo más importante. ¿Otro vino?
-Sí.
Paidos love
2011
Don Augusto Mompart, de sesenta y un años, gran vividor y personaje destacado en nuestra patria al despertar el siglo XX, se iba a casar con una delicada damita de veinte años, que se pensaba tendría bastantes menos. Una cincuentona, que le pretendía desde hacía tiempo, le reprochó arrecha el que le gustasen las jovencitas, a lo que el bribón repondió:
-Prefiero saltar de cuna en cuna que de tumba en tumba.
Así era don Augusto, el hideputa.
Hacedores
2008
En un castillo umbrío un viejo sabio creó un humanoide que en vez de manos tenía tijeras y lo llamó Eduardo Manos-tijeras. Era un ser melancólico y, pese a ello, consiguió congeniar, durante un tiempo, con la gente del pueblo vecino del valle e incluso enamorarse. Pero nunca se adaptó a las costumbres humanas y numerosos accidentes desafortunados causados por su filosa anatomía le propiciaron el rechazo de todos, incluso de la hermosa joven que amaba, Por dicha razón sigue penando solo en el desolado castillo, que heredó tras la muerte de su padre humano.
Por el mismo tiempo, en una fortaleza recóndita, otro sabio creó no un humanoide, sino un mutante, un ser muy parecido al hombre (demasiado hombre), salvo en una condición. En sus manos, en vez de diez dedos, tenía diez pollas, de distinto tamaño, pero todas ellas vigorosas y de cabezas relucientes y por cuya razón fue llamado Eduardo Manos-penes. Nunca estuvo solo, cautivando a muchas mujeres de la comarca e incluso del país (y a la misma Reina, cosa que no se dice) y poseyó un gineceo que fue envidiado incluso por el Gran Turco.
Afilados
2008
Estábamos cenando mi amigo y yo en la terraza de un bar de una zona poco conocida de París. Se llamaba Clarise y se metió sin más en nuestra conversación. Al poco, vimos que estaba loca. Bebía como un cosaco y su violencia verbal resultaba alarmante. Todo se lo tomaba a mal y tampoco nosotros nos libramos de sus invectivas. El propietario tuvo que llamarle la atención y al fin pareció tranquilizarse. Se derrumbó en un llanto desconsolado que mi buen compañero se apresuró a confortar. Comencé a anticipar lo peor.
Muy propio en él, Amadeo insistió en llevarla a casa. A la mañana siguiente su madre me llamó. Estaba alteradísima. Había encontrado a su hijo en la cama, flotando en un charco de sangre. Le habían sajado el cuello de oreja a oreja y presentaba múltiples puñaladas por todo el cuerpo. No se encontró la polla.
Después, la policía me interrogó, ya que yo era el último que había estado con el finado. No les dije nada de ti. Ahora te buscaré, perra. Y ya verás que sorpresa te tengo reservada, lo que guardo para ti en mi maletín.
Derrotado
2011
Un hombre con apariencia menoscabada se sienta frente a mí. El ínclito Alamar. Aunque no tiene nada que ver, me ha recordado al viejo Castells, que se me enamoró, dijo, a causa de mi virilidad. Soñaba con un chico fuerte que le sodomizaba en los lavabos de una discoteca. Le aterrorizaban las proporciones de su miembro, pero la eclosión final de placer era tremebunda y justificaba de sobras el trance. Algo indescriptible. Una boca de vicioso, abundante, húmeda. Viejo bribón. Enrojecía un poco cuando decía lo del placer indescriptible y miraba con ojos velados por un fingido pudor. Si tú quisieras. Yo tenía treinta y tres años y él me miraba siempre con ojos invitadoras. Callar y pasar.
Un poco más de vino, sí.
Todo comenzó cuando su secretaria, una chicuela de diecinueve años (el iba para los sesenta y tres), se lo llevó a la cama y le saeteó con la lengua los pezones. Nunca anteriormente le habían acariciado así y de esta suerte, dijo, se despertó algo oculto, se sintió muy femenino, muy vulnerable, como una niñita penas salida al bosque de la vida. Solo le faltaba que apareciese yo, suspiró. Nos presentó un amigo y desde ese día iba por las calles ocultando unas braguitas bajo el pantalón, en erección permanente. Añadió que le daba mucha vergüenza contármelo, pero que era algo tremendamente excitante y qué gusto se daba cuando se tocaba con las braguitas puestas.
¡Que raro, con lo que me han gustado siempre las mujeres! No sé, no sé, Castells. Haz memoria, ir para atrás, encontrar tal vez algún recuerdo que mataste. Intentó besarme junto a la nevera, cuando le ofrecía un refresco. Para, collons, no me va eso. Entonces ya llevaba las braguitas loliteras. Hasta que le dio un infarto y en urgencias le desvistieron, revelándose el secreto, aquel blanquísimo algodón con piolín y todo. Fue su mujer a verlo, andaban ya un poco mal, y supongo cómo acabó la cosa. Pero supe que ahora vive en Barcelona, posiblemente con ella. Era una mansa. Me volviste loco. Un catalán que habla castellano.
Un te quiero apenas susurrado y un gesto triste, empañado.
Ni padre, ni madre, ni perro
que me ladre
2011
Como cada sábado, mi amigo y yo vamos de putas. Normalmente tomamos unas copas y ya está. Uno ya va entrando en años y, a estas bajuras, no hay que hacer excesos. Follar nos cansa. Vale más ir a cualquier parque de Valencia y ahí se puede encontrar una guarrilla que por un cubata te la chupe. Es así, directo y ya está. Hace diez años esto hubiera sido impensable, peo ahora, en el llamado maravilloso siglo XXI, todo está tan tirado que quien no mete debe estar hecho a pedazos, como el monstruo aquel de la película. Joder, no me acuerdo del nombre, ya se me está yendo la pelota… Además, ellas ya lo aprenden de sus madres, que son peores. Es normal, no pueden salir de otro modo si ven circular por sus casas cada semana un montón de tíos. De tal putón, tal putilla. Son todas unas guarras. He de ser sincero, no puedo con estas cosas, me ponen enfermo. En el fondo, si soy sincero, no sé que hago aquí, como cada sábado de cada fin de semana. Me dejo llevar por el cabrón de mi amigo, es preferible a quedarse sobando en casa. Sin embargo, siempre termino mal.
A las tres de la madrugada hemos salido del club. Ya íbamos medio entonados, pero él estaba en condiciones para conducir. Volvimos a Valencia, dejando atrás una noche de gente perdularia y ambientes de mierda. Todo está envilecido, Valencia ya no es lo que era, se ha convertido en un estercolero.
Hace un frío de cojones, el rocío empapa lo coches, las plantas y los árboles, y ese tumulto de zombies que van con las litronas arriba y abajo por el parque de Blasco Ibáñez me provoca náusea. Los pafetos han cerrado hace más de una hora, pero hay un botellón impresionante en la Plaza del Cedro. Hay tipos extranjeros vendiendo alcohol a los niños. Mi amigo para en un paso de cebra, un buen frenazo. Un grupo de niñatas con vasos de plástico atiborrados se han metido de repente delante del coche y han estado contoneándose y riéndose, y chillando idas el tiempo que han querido, como lo que son, perras. La que más tendrá doce ¿qué hacen a estas horas en la calle, dónde están sus padres? Este país se ha degenerado, no hay orden, por lo tanto no hay libertad, solo apariencias, consumo y descontrol. Agradezco al cielo no haber tenido hijos, porque para los padres normales debe ser un malvivir tener en casa adolescentes o, peor aún, preadolescentes.
Mi amigo lleva casado treinta años y hace veinticinco que su mujer no le hace una mamada, de novios sí dice, pero una vez tuvo a la cría se acabó la fiesta. Se afirma y no es mentira que para no tocar bola uno debe tener familia. Ya saben, aquello de follas menos que un casado… Por eso, a la semana de volver de su viaje de bodas (vacío de contenido), mi amigo, que además es católico y practicante, ya estaba en el Romaní o en el Ciervo, haciendo de las suyas, hasta que le dio el primer infarto y tuvo que ir la parienta a recogerlo porque estaba de urgencias en el Clínico. Un fulano le cogió el móvil y buscó en la agenda y vio “mujer” y va y llama, el muy hijo de puta, y le dice que su marido está infartado en tal casa de putas de tal lugar e inmediatamente desaparece, el muy mierda. Este es un país de cainistas y cobardes proverbiales. Vaya putada. Esta vida es un disparate.
Los cafés normales, el Lola, el Cafenet, Colores, La Cruz del Sur…, han cerrado hace tiempo, pero hay un montón de juventud por las calles, una fauna desmadrada, intoxicada y sin porvenir. El sistema, el mercado, los políticos, y una caterva más de hijos de puta les han robado la infancia, la juventud, el mañana. Mejor no ir por ahí, cuando pienso en eso me pongo enfermo. Joder, hay un tío jiñando entre dos coches. Deja ahí el zurullo y se va, seguramente con los calzones cagados. A eso hemos llegado, si yo mandase esto lo acabaría en dos semanas, aunque me matasen al día siguiente a navajazos.
Aparcamos en un sitio que providencialmente está libre. Le digo al “Bartolo” (no se llama así, claro; tal vez Francisco de Asís como muchos hombres buenos de este país) que suba la calefacción y prendo un pitillo. Me duele la cabeza, pero aún puedo aguantar unas horas más. A mi nadie me espera en casa, ni a él tampoco, ni falta que hace. Se ve bastante gente joven en los alrededores, agrupados como hienas a la puerta de los lugares de “marcha” cerrados ya, pero también se ven desfilar numerosos coches, yéndose a otra parte, tal vez para continuar la fiesta en los peores ambientes.
Alguien golpea el cristal del lado de mi amigo. Unos golpes raudos, pero propinados por unos nudillos pequeños.
Afuera tirita una jovencita, una aparición, no virginal por cierto, a tono con aquel muladar. La miro de reojo, parece un ángel, un ángel oscuro y perdido. Con esa faldilla casi se le ve el coño. Así van, medio desnudas, con la que está cayendo. Me dejo llevar por la situación, afino la vista. Es tetona, en una escala de uno a diez, le pondría un ocho largo. El pelo es lacio y negro, le llega casi hasta el culo. Boca grande, cara de niña, poco más de… Dios, menuda mierda. Va colocada y con el tiempo acabará en el arroyo o algo peor.
El cabrón de mi amigo baja la ventanilla y oigo que la putilla le dice que por diez euros nos hace un francés, que lo hace de puta madre, que le gusta mogollón comer pollas. El hijo de puta le abre la puerta de atrás y sale. Yo no puedo más y me alejo de allí, para tirar las papas en cualquier rincón oscuro de aquel parque de sombra y desconsuelo.
Pepa la vampiresa
2011
Su principal meta en la vida era tener marido e hijos, una familia normal, ser una mujer decente. Pero su interior la empujaba a la concupiscencia, algo que la espoleaba desde casi niña y que no podía orillar. Todo en ella exhalaba sexo, el abundante pelo castaño, su pecho túrgido, su cuerpo perfecto en fin, las aguas dudosas de su mirada, su boca, siempre arrebolaba y con una leve pátina de humedad, la hidrosis de un Eros enfermo… Aunque se obstinase en no serlo ni parecerlo, Josefina A. era putísima.
Se casó claro, pero la pudo el incumplimiento de sus débitos maritales. Primero fue una adultera de pensamiento, después de obra amplia, hasta el día descontrolado en que depositó con un beso el semen de otro en la boca de su cándido marido. Posteriormente intentaría matarlo varias veces sin conseguirlo, y antes, con la participación de unos fulanos, lo habían narcotizado y sodomizado como a un pelele, mientras ella copulaba en la misma cama con otro, dando rienda suelta a su obscena sexualidad.
Durante unos años más el matrimonio siguió con apariencias de normalidad, mientras el marido, hombre de proverbial debilidad, languidecía a ojos vistas y se esquilmaba a pasos agigantados el nada despreciable patrimonio familiar.
Ella murió en un manicomio a los noventa y seis años, cincuenta y seis después de que su marido dejase este berenjenal por la vía rápida. No fue porque una vez le comiese el pene como una perra, haciéndolo sangrar con sus dentelladas salvajes por lo que más de uno afirmaría que pepa era una vampiresa. Fue por todo lo anterior.
Sin embargo no era una auténtica vampira, aunque se le parecía bastante.
La belleza, el paroxismo y la muerte
2006
Las evocaciones del arte pueden ser múltiples y asombrosas. En relación con el aserto anterior, referiré una historia que me contó don Patricio del Toro y Godoy en un café en el que habitualmente nos reuníamos los viernes por la tarde. Dijo, cosa en la que ahondaré ulteriormente, que dicha historia era real y, además, refleja palmariamente el título de este relato.
Sucedió en una región septentrional del país, donde se cree todavía en duendes y hadas y promediaba el siglo XIX; la cosa se refería, como tantas veces, al amor entre un hombre y una mujer, si bien los hechos y circunstancias de su relación se tiñeron de matices, como poco, sorpresivos.
Ella se llamaba doña Natividad Gante Islandia y era de buena familia. Había sido educada en la tradición, recibiendo una educación, por lo demás, amplia y exquisita. Contaba por entonces veintidós años y, aunque tuvo muchos pretendientes, ninguno la satisfizo.
De todas las mujeres que su abuelo paterno conoció en vida, solo una llegó a impresionarle vivamente y era la señorita referida, por cuanto unía a una beldad radiante una fuerte inteligencia, que resultaba casi ofensiva. Conocía en profundidad la filosofía de los clásicos, dominaba la literatura inglesa y los credos de la filosofía oculta no le eran ajenos. En la heredad paterna, un soberbio palacete medieval, se reunían frecuentemente los intelectuales de la comarca y también las suntuosas cenas y los galantes bailes de salón se hicieron famosos en su tiempo.
-Mi abuelo era contertulio habitual y por ello resulta totalmente fidedigno cuanto dejó escrito en su diario sobre los hechos ocurridos.
Del Toro enmudeció para encender un pitillo. Después continuó diciendo que doña Natividad era una joven esbelta, hermosísima, de aire seductor, la tez un tanto morena y el pelo ondulado y salvaje, las formas del cuerpo divinales, la mirada oscura y misteriosa, como la de una princesa cíngara. Pasó buena parte de su niñez y adolescencia en Francia e Inglaterra, pero fue en este último país donde echó sentimentales raíces, al cual amó sobre todo por el verbo de sus poetas y al que nunca abandonó en el alma, pese a verse obligada a vivir en tierras latinas por cuestiones de herencia. Ocupó la casa familiar a la muerte de sus padres y, según se decía, su fortuna era notable. Las preocupaciones económicas que agobian a la mayoría de los mortales le eran cosa desconocida y, con todo ello, en su persona se concitaban aquellos atributos que la hacían una de las mujeres más codiciadas y deseadas de la provincia.
-Amargo, hay sucesos sorprendentes e incomprensibles en suma medida, aunque se les de una explicación plausible -repuso del Toro-. Deja que te cuente.
Con la otra parte, el hombre, mantuvo su abuelo relaciones comerciales durante más de una década. Empero, pese a que mantuvieron trato durante ese tiempo, razones diversas -entre ellas, y no la menos importante, la incompatibilidad fundamental entre gustos y caracteres- impidieron que les uniera el vínculo de la amistad.
-Una esperanza vana se hilvana en cada vida -añadió mi amigo con su habitual aire grave y sentencioso-, pero nunca se teje: la de la propia felicidad. Hay, sin embargo, maneras que la posibilidad y el acierto prodigan al hombre para que obtenga parte de los dones y disfrute, aun siquiera parcialmente, de esa dicha anhelada, de ese máximo deseo. Mi abuelo lo busco en la sabia biblioteca y él, don Martín Gracia del Hierro, nuestro hombre, en la noche promiscua.
Aunque cumplidor en el trabajo y serio en los negocios (posiblemente porque la unión con su abuelo le era provechosa y éste no le quitaba ojo), con el tiempo se supo cómo era en verdad, un hombre protervo y fementido. El antecesor de del Toro nunca pudo comprobarlo de manera fehaciente, pero más de un rumor apuntaba a que Gracia debía buena parte de su fortuna al tráfico de esclavos y que, en su negro palmarés, se incluía más de una muerte.
A Martín Gracia se le podía considerar, en principio, un hombre normal, educado, gallardo, a excepción de aquel “mal” que describiera un insigne escritor francés (del cual hablaremos posteriormente de una manera más lata) y de su adacción casi vesánica a la vida libertina y de disolución. Su abuelo sabía de sus excesos, pero éstos se daban en las jornadas festivas y, por lo general, se realizaban de modo discreto. Incluso se comentó que, en las horas disipadas y al amparo de la noche de los barrios de mal nombre, frecuentaba a personajes de torcida bizarría. De cualquier forma, las relaciones comerciales, discurrían de forma satisfactoria y era eso lo que interesaba a don Raimundo del Toro, que así se llamaba el abuelo de mi amigo.
Otro hecho sorprendió a don Raimundo y le inquietó en buen grado. Ocurrió en uno de sus viajes a Grecia, país en el cual tenían establecidos algunos negocios. Durante una jornada de ocio, visitaron el Partenón y, entonces y de modo inexplicable, don Martín manifestó durante toda la estada un estado de gran nerviosismo, sufriendo una crisis nerviosa, con un fuerte componente de malestar precordial, por lo cual le llevó a un servicio de urgencias. Allí se le administró un sedante y se le retuvo, en observación, durante unas horas. Después salieron y continuaron con sus actividades mercantiles, sin que se le apreciase ninguna alteración o secuela. Don Raimundo le preguntó al respecto, pero don Martín le contestó que no deseaba recordar el trance sufrido. Ante su negación, si bien se sentía preocupado, el prócer no insistió.
En otra ocasión, esta vez en Venecia, después de cerrar unos negocios beneficiosos, decidieron visitar la Galería de la Academia. Mientras caminaban hacia el edificio, don Martín comentó que se notaba extraño, como si se sintiera fuera de lugar. El abuelo de mi amigo le aconsejó que se retirase a descansar al hotel o, en todo caso, que fuesen a visitar a un médico; pero su socio decidió entrar y ante la monumental Cena en la casa de Leví, cuadro de Veronés, sufrió un intenso acceso de angustia, sensación de vertiginosidad, fuerte taquicardia y sensación de muerte inminente; en ese momento, estalló.
-¡Toda esa belleza! ¡Me enajena!-gritaba el fulano, fuera de sí, golpeándose atrozmente la cabeza con ambas manos.
El desenlace de este suceso fue el mismo que en Grecia y, como entonces, el abuelo de don Patricio no obtuvo satisfacción para sus preguntas. Estos eventos han sido relatados por su relación con el resto de la historia que se detallará inmediatamente y también por lo mucho que tienen que ver con las conclusiones que expongo al final de este escrito.
Lo que en este lugar nos interesa es que el señor Gracia del Hierro y la señorita Gante Islandia se conocieron un indeterminado otoño, en las cenas de gala y los bailes que se celebraban en casa de aquélla, a uno de los cuales fueron invitados tanto él como don Raimundo, principalmente por la relación familiar que ella mantenía con este notable y también, ciertamente, pese a los insidiosos comentarios, porque don Martín era un personaje destacado en las finanzas de la región.
Su presencia y su conducta infamaban la vida nocturna de la pequeña ciudad de provincias, hasta el momento en que la conoció. Entonces, su comportamiento fue impecable. Tenía donosura y carisma, y se había propuesto conquistar su corazón; apenas la vio, Gracia se encandiló con su belleza y porfió en poseerla para sí. Le habló abiertamente sobre ello a don Raimundo, asegurando que sus intenciones eran honestas y que ya no era dueño de su corazón. Confesó que apenas podía dominar el crescendo de su furor pasional y más de una vez, sorprendido, el anciano le descubrió mirándola con aquel alarmante aire de contención y apetencia insana, oculto tras un pesado cortinaje, como un lobo al acecho, mientras ella, durante aquellas veladas musicales deliciosas, bailaba con gracia a los sones de algún vals o de un minué.
Para sorpresa general, don Martín comenzó a frecuentar la casa y, poco después, se les vio juntos en algún restaurante de la ciudad. Amigos y allegados la previnieron en contra de aquel hombre de cuya proximidad, decían, cabía esperar lo peor. Sea como fuere, por una de esas insólitas conclusiones de la vida, el malfamado cortó la flor, la bestia cautivó a la bella.
La boda se celebró y el viaje nupcial se proyectó para la misteriosa India. Pero no llegaría a realizarse y aquella primera noche representó el principio y el fin. En el tálamo nupcial, apenas la Venus se desvistió, el marido quedó obnubilado ante la contemplación de aquella perfección hecha carne y el paroxismo pasional dio paso a la destrucción. Algo, dijo después, se había roto en su interior y, en los momentos sucesivos, no recordó nada, solamente el calor de sus manos fuertes estrangulando un cuello de cisne, cuando el furor demoníaco se extinguió y le permitió ver la hecatombe con los ojos del hombre.
-Eso es lo que sucedió -concluyó del Toro-. Hay cosas en el mundo que no debieran propiciarse.
Adicto como soy a saber el porqué de las cosas, después de que mi amigo me contara la historia, investigué el asunto con pormenor y comprobé que el mal de que me habló y que don Martín responsabilizó de su desmán no era otro que el denominado Síndrome de Stendhal.
En efecto, Marie Henri Bayle, conocido por la historia como Stendhal, gran escritor francés, nacido en 1.783 en Grenoble y autor, entre otras obras importantes, de la Cartuja de Parma y de Rojo y Negro, vivió una infancia atormentada y una adolescencia aún peor, aunque posteriormente se caracterizó por su pasión por el lujo, el dandismo y la galantería. Falleció en París en 1.842. En lo que aquí interesa, cabe decir que en su diario de viajes, Roma, Nápoles y Florencia, que vio la imprenta en 1.817, comenta que en Florencia visitó la iglesia de Santa Croce (Santa Cruz), donde se guardan las tumbas de grandes artistas italianos. Ante estos soberbios monumentos y también por la significación implícita de aquellos grandes hombres inhumados allí, experimentó un conjunto de síntomas que incluían vértigo, taquicardia, astenia y desorientación. Esta especial reactividad emocional la experimentó en diversas ocasiones en sus viajes a lugares impregnados de historia y de belleza y, como se ha visto, escribió sobre ello y el cuadro paroxístico recibió su nombre.
Sobre el Síndrome de Stendhal se ha escrito poco y existe exigua información rigurosa, mucho menos estudios controlados. He revisado toda la literatura existente, desde Freud a Magherini, y no se aclara mucho sobre eso que se refiere como una compleja elaboración mental donde la persona que admira una obra de arte pierda el control de esa forma tan especial. Recientemente se ha descrito en los periódicos algún caso donde se ha dañado una obra de arte, casos que pueden representar uno de los extremos en los que el cuadro pueda manifestarse... Y ahora me pregunto, cuestión que se relaciona íntimamente con la desgracia que se narra en estas páginas, ¿no cabría admitir una reacción semejante o aún mayor ante la humana belleza?
En don Martín Gracia del Hierro, inextricablemente, a la dicha del amor se unió el dolor de la pérdida del ser amado y la culpa por un acto irreparable. Fue, dijo ante el juez, la belleza y la pasión lo que trajo la muerte y la tristeza. Una interpretación romántica del suceso impondría la hipótesis de que, efectivamente, la belleza le desbordó y enajenó sus actos hasta el límite del homicidio. Por su parte, el forense limitó el asunto a los desafueros esperables en una personalidad psicopática. No sé, a ciencia cierta, cual será la respuesta y, para mi eterno fastidio, nunca la tendré, porque, de todas maneras, la verdad de estas cosas se la llevó el garrote.
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EL DOCTOR AMOR Y LAS MUJERES. SALVADOR ALARIO BATALLER. CAPÍTULOS
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Salvador Alario Bataller
El Dr. Amor y las mujeres
Capítulos
-A partir de las doce de la noche, como cada viernes, una algarabía de música y risotadas retumbó de nuevo en toda la casa. La nocturnidad de un Eros torcido, difuso como poco, acababa de comenzar. Pero aquel fin de semana, la parroquia era muy superior a la habitual, puesto que en la ciudad había empezado la Feria de Muestras y una barahúnda de empresarios y gentes del ramo acudieron a la Casa Rosada como abejas a la miel.
>>El salón, con su larga barra donde seis camareros servían copas, era inmenso y constantemente se ofrecían sesiones de estriptease, que ayudaban mucho a caldear un ambiente ya de por sí caliente. Las chicas, más de setenta aquella noche dada la concurrencia masiva de clientes por la razón mencionada, trataban de acaramelarlos y de vez en cuando alguna subía a las habitaciones del hotel. Oí a muchas de ellas decir a los hombres que practicaban el griego, lo cual facilitaba el sí, porque éste y la felación son generalmente las dos prácticas sexuales más deseadas por el género masculino. Aquella noche la caja sería escandalosa.
>>Después de las dos de la madrugada, el salón parecía un hervidero de hormigas; la gente se hacinaba como sardinas, apretujando hasta la inmovilidad aquellos que se alineaban en la barra frente a las hileras de botellas. Funcionaban las cinco tarimas de estriptease, las chicas subían incesantemente a los reservados, el alcohol corría a ríos. Junto a mí, a Román se le dilataba la sonrisa como un viejo diablo. Cada vez me gustaba más la vida de la casa.
>>La gobernanta era, sin duda, uno de los reclamos más fuertes del local, pese a su edad madura -una mujer muy guapa y exuberante- y a sus pésimos modales y lengua de carretero. Se la conocía y se la toleraba, porque era graciosa, muy procaz y demasiado bella. Por su parte, Román, elegante y un tanto engolado, iba y venía entre la gente, hablando con unos y con otros. Siempre hablaba con una voz bien timbrada, reflejo claro de su seguridad y de su fuerte personalidad.
>>Román y yo habíamos acabado trabando cierta amistad. Era honesto e inteligente, de carácter agradable, motivos más que suficientes para que le ofreciese mi mano. Aquella tarde, me había hecho una confidencia muy personal, que agradecí porque demostraba la confianza que me tenía y aumentaba el mutuo conocimiento. Habíamos terminado de cenar en el restaurante de la casa, donde ciertamente se comía de maravilla, y estábamos en la sobremesa, saboreando un buen café y un coñac excelente. Nunca le había hecho aquella pregunta, pese a ser lógica, debido a que hasta entonces no teníamos la confianza suficiente; así que le pregunté:
-¿Te habrás puesto las botas con tanta chica? Aparte de la cantidad y la disponibilidad de tanta bella mujer, he observado que te llevas estupendamente con toda ellas, lo cual es lógico, dado tu buen carácter.
El me dirigió una mirada alacre y me contestó que todo lo contrario, ni una sola vez, simple y llanamente porque me gustan los hombres. ¿Qué te parece?, me inquirió después. Le dije que bien, simplemente. Se me quedó mirando fijamente, como quien espera más.
-Yo siempre he sido partidario de la libertad de costumbres, vive y deja vivir. La opción sexual que uno tenga es cosa propia. Nada más.
-En efecto.
-Como en cualquier tipo de relación sexual, yo siempre he entendido que es preferible que el sexo sea el lado físico de una relación sentimental, de cariño o de amor. A mí es que el sexo por el sexo nunca me ha agradado, me parece algo subhumano. Ciertamente, he de confesarte que tuve muchas mujeres en mi vida, pero todas fueron relaciones largas. En muy pocas ocasiones me deje llevar por el mero apetito sexual.
Dijo que me comprendía perfectamente, y que pensaba igual que yo.
Entonces me contó esa parte de la historia de su vida. Solo tuvo un amor, Ramiro, uno de los camareros del restaurante. La cosa sucedió hacía ya veinte años. El tenía cuarenta y el chico veinte cumplidos. Ramiro era un chicarrón de un metro noventa y ciento veinte quilos de peso, más fornido que un toro, un titán por su fuerza y de carácter fuerte, inteligente y trabajador como el que más, aunque un tanto atolondrado por su juventud. Tuvieron una relación de cinco años, aunque el muchacho no reparaba a la hora de beneficiarse de alguna muchachita del local. Román lo sabía, pero no le importaba porque era consciente que con esas licencias era la única manera de mantenerle a su lado. Sin embargo, Ramiro se aburría en el trabajo y en la localidad, por lo que decidió marchar a Barcelona a buscar aventura y la posibilidad de una vida mejor. Dijo que se enmohecía entre las paredes de la Casa Rosada.
-La verdad es que no me quería –dijo Román triste-. En cambio, para mí fue mi primer y único amor, el gran amor de mi vida. Hay ocasiones donde se produce una química especial y lo que sentí por él no lo he vuelto a experimentar ni por aproximación. Sufrí mucho cuando se fue, estuve tres años casi como muerto y solamente el trabajo, la compañía de los libros, de su hermano y la calidez de las chicas impidieron que me hundiera en una depresión profunda. Así que poco a poco fui levantando cabeza y volví a ser el hombre de siempre. Yo no soy una persona promiscua y tampoco la vida me brindó un segundo amor. De hecho nunca tuve otro contacto carnal, ni con hombre ni con mujer, y para sujetar al duende erótico apliqué la regla de Joyce, mi mano fue mi novia.
El único recuerdo que quedaba de su Ramirín, como solía llamarle el encargado, en la casa consistía en un magnífico daguerrotipo donde se veían ambos, al modo tradicional: Román sentado en una silla, la expresión suave; Ramiro estaba de pie, alto, fornido, bien mozo, la mirada severa, la mano derecha sobre el hombro de su compañero. En un primer análisis, tal vez simplista, quedaban claros los roles.
Después de cenar y de tomarnos un buen coñac y fumar unos cigarros habanos, nos fuimos al club, que es donde estábamos ahora. Me sentía cansado y aún tenía algunos asuntos pendientes en mi despacho. Así que decidí marcharme.
-Bueno, caballero, por hoy ya tengo bastante –dije-. Es tarde y aún tengo cosas que hacer. Si quieres antes tomaremos una copa en el pub (había un local de estas características aledaño al restaurante) y nos vemos mañana.
-Está bien.
Mediado el trago, miré el reloj. Se había hecho muy tarde y tuve que arrear para Valencia a las volandas.
Durante un tiempo, pese a mis sentimiento verdaderos, el coqueteo con aquel puto mundo –nunca mejor dicho- me ayudó a sobrellevar la angustia, tanto por lo particular de la situación como por las historias que la experiencia me brindó para escribir, tolerando a duras penas el estropicio en que se estaba convirtiendo mi vida.
Sandra, aquella real hembra vocinglera y estrogénica al mil por mil se convirtió algunas veladas en mi acompañante y confidente, cicerone hermoso de lo que escondía la bruma azulada de la trastienda de la casa Rosada.
No siempre encaraba de primeras los lanceolados ojos de aquella fiera indómita, por la mera imposición de sus carnes estupendas y por su carácter desapacible, porque era, como se definía, “una tía de coño duro” y ese tipo de hembra siempre me soliviantó. Estaba acostumbrada a tratar mal a los hombres porque en un pasado ellos la trataron mal y, aún con aquellos con que tenía respeto, no podía disimilar un rasgo despectivo y acibarado. Incluso el mismo Román se asombraba de mi relación con ella, la que, según él, tenía comiendo en la palma de mi mano. Sin embargo, yo no estaba acostumbrado a ese tipo de mujer. Por tal razón, no intimé con ella, aunque hubo ocasión de hacer más que buenas migas y me limité a tener una relación meramente profesional, de jefe y empleada.
Aquel día estaba también abrasándome en un limbo de indecisión del quiero y no debo, cuando Sandra, con sus esplendorosas pechugas adelantándosele en el espacio y el tiempo, me indicó con tono confidencial.
Hoy tendrá ocasión de ver una cosa buena, esperé un rato y ya verá.
Dicho esto se fue a provocar a unos clientes que se acodaban en la atestaba barra, junto a un nutrido grupo que babeaban ante las carnes de una joven checa que hacía un streaptease al compás de una música de moda. Miré en derredor, el local estaba abarrotado y las chicas iban y venían asediando a los incautos.
Sandra hablaba casi siempre con los habituales, a los cuales provocaba groseramente y trataba como a perros. La conocían y le seguían el rollo, riéndose sonoramente. No obstante, Román me comentó que Sandra era puro fuego, que hacer el amor con ella –según la opinión general de los clientes, claro- resultaba una experiencia pletórica e inolvidable. De hecho, cuando se lo proponía, pocos eran los que podían resistirse a las artes inverosímiles de aquella dama babilónica. A sus destrezas meretrices tanto le daban el cañón del artillero que el pistolín del fullero, porque a todos les sacaba partido con justeza. El tremebundo espectáculo de su semidesnudez quitaba el aliento al general y eran pocos los que no suspiraban por aquellas carnes excelentes, por la poderosa fascinación que provocaba en todos los hombres, especialmente en los más apocados e irresolutos, a los que más gustaba despabilar. Siempre pensé que más que el gusto por este comedido, lo que en realidad le agradaba estribaba en disfrutar de la incompetencia y zozobra de un hombre vacilante.
Sobre todo a partir de los viernes, irrumpía en la casa una multitud intempestiva que buscaba en aquellas artes milenarias el efímero desahogo para sus vidas secas y apagadas, aquello que sus mujeres descontentas les negaban habitualmente cuando no de modo radical. Aquella plebe, más zafia y colgada que desquiciada y perversa, representaba el sustento del negocio, por lo cual los camareros y las chicas los trataban lo mejor que podían, exceptuando Sandra, que era, como sabemos ya, caso aparte.
En el tiempo que estuve en la casa, nunca contemplé ninguna pelea, ningún follón, porque si algo bueno tenía aquella gente era la determinación de ir a lo suyo, consistente en tener sexo y nada más, fuera de pendencias y altercados.
Aquella oportunidad que Román y Sandra me ofrecieron un día, constituía una enorme tentación para un escritor, por lo menos para uno tan atípico como yo; si se gustaba de lo erótico, sin la menor duda, constituía en asunto excitante y de gran interés.
No sé si lo dije anteriormente, pero en todo caso lo hago aquí: los sábados por la noche, pasadas las tres, cuando el local teóricamente cerraba y se iba la clientela normal, acudían ciertos personajes especiales para saciar sus apetitos insólitos. En todas las habitaciones había mirillas o espejos ciegos, que dejaban ver cuanto pasaba en el interior y, os lo puedo asegurar, que no era poco ni malo. Así que, después de que Román me abriese las puertas de los secretos de la casa Rosada y fuese el mejor baquiano, eso sí lo dije con anterioridad, resolví en historias cortas las experiencias bizarras que tuve ocasión de observar y que paso a ofrecer cada cual con su título correspondiente. La siguiente la llamaremos...
EL POLÍTICO DE PRO
Da igual que fuera de derechas o de izquierdas, lo que sí interesa es que el individuo era uno de los políticos de más raigambre del país y que había ostentado puestos de gran poder e influencia. Estaba todavía activo pese a ser largamente sexagenario y, además, se presentaba aquel año a unas elecciones cuya referencia no diré.
Se llamaba don Amaranto Rodríguez Palacios, como yo me llamo Amador Amor Amado. Se supondrá que ambos nombres son falsos, aunque lo que importa es la historia. Bien, esa misma tarde le había visto en un mitin en la capital. Me encontraba en una terraza tomando un café en la Avenida del Marqués del Turia, cuando observé que, como salido de la nada, el aire se llenó de un rumor sordo que provenía de una turba de gente, facsímiles humanoides de difícil clasifición, que iba ocupando la arboleda, donde habían levantado un palco y se veían muchas banderas con determinadas siglas políticas. Un tipo astroso avanzaba envuelto por la algazara del populacho. Subió a la tribuna y soltó tal sartal de soflamas, que no pude terminar el café y salí de allí como alma que lleva al diablo. Cual no sería mi sorpresa cuando vi al personaje embebido en su particular menester en la Habitación Lila. Pero antes de entrar en esos delicados pormenores, recordé que aquella cara de simio no era la primera vez que la veía, que antes ya le conocía, no en la casa Rosada, sino bastantes meses antes de que a que se destapasen públicamente sus manejos políticos. Sé que hay pocos hombres que, en este mundo materialista y mediocre, y ante ofertas tentadoras, no lleguen a plantearse la dejación de sus ideales (no pocos se deshacen de ellos como quien arroja un pitillo). Lo que sucedía en el tipo referido, radicaba en que simplemente no los tenía. Como la mayoría, se había dedicado a la política para lucrarse. Es decir, como siempre, actuaron a humo de pajas (sin seriedad), sin cumplir con lo prometido, dedicándose solamente a beneficiarse de su sinecura. Pruebas de cu corrupción había una plétora y se habían denunciado desde antes del dos mil, pero ahí seguía el fulano, libre y jodiendo, cuando, de existir justicia y tener los huevos que se debe tener, lo habrían quitado del mapa a base de varazos entre cuello y espalda. Se echaba faltar una barbaridad la alta figura del cazador del políticos.
Cuando le conocí, representaba el borrachuzo vernáculo, acaudalado y fanfarrón, fantasma y pendenciero de espaldas cubiertas, que se le aguantaba en el local porque aún no había sobrepasado el límite permitido por el exceso y debido a la gran cantidad de plata que dilapidaba en sus juergas. Iba seguido por un séquito de aduladores y dipsómanos, y de su inseparable guardaespaldas; fuera del grupo tóxico nadie le toleraba, ya que resultaba insoportable su continuo blasonar de que era el mejor en todo. Cuando estaba sobrio, iba dándose golpes en el pecho, despotricando entre los íntimos acerca de los desastres del mundo, de puertas afuera intentando ser el más liberal entre los liberales. Quienes le conocían bien sabían que era un ser que se sentía inferior, despreciable y acomplejado, que a duras penas cargaba con el estrago de su vida -que solamente el alcohol ayudaba a sobrellevar-, que cualquier cosa que tuviese para él el mínimo alejamiento de las costumbres, la calificaba de pudenda, aunque con el duende etílico su mente se desbaratase y su comportamiento desconociese barreras. En suma, cuadraba al cien por cien con el morfotipo nacional de la maricomplejines que magistralmente ha definido un valiente periodista español. Suelen abundar en la derecha, aunque nuestra caca era, o decía ser, de los rogelios.
Siempre sucedía lo mismo: aquella autoridad enana llegaba ya atarantado por la cazalla cuando se presentaba en la Casa Rosada. Los muchos rones que tomaba después, siempre con cola, disparaban irremediablemente el espectáculo. Después de hacer el ridículo y soltar un retal de barbaridades, se quedaba acalambrado, minutos antes de ser barrido por el síncope. En ese tiempo se habría tomado más de quince copas. Como solían venir en taxi, debido a que un control de alcoholemia les hubiera significado la presumible retirada del carné, cuando el individuo volvía en sí, el Mercedes negro del negocio, chofer con gorra de plato incluido, le llevaba a casa, con sus cuatro perros falderos.
El tipo se maliciaba siempre que se sentía observado, metiendo malos pensamientos y asechanzas en las cabezas de los demás. A veces, trataba de liarse a golpes, pero sus acompañantes lo impedían, sobre todo Alameda, quien se ocupaba de aquellos que querían romperle la cara, cosa que en más de una ocasión se mereció. El problema solía solucionarse invitando unas copas a los ofendidos y allí no había pasado nada. De no estar protegido por el matón y el dinero, el fulano hubiera podido acabar tirado en cualquier esquina.
Uno que le conocía bien, su hermano, que le acompañaba frecuentemente y a quien los tragos soltaban las lengua, me contó que, a la mañana siguiente de las fiestas, todo adolorido por el flagelo etílico, se levantaba dando tumbos, blasfemando como un demonio, con el aliento apestando a muerto, recriminándose los excesos, reiterando propósitos de enmienda que nunca cumpliría. Dijo de él su sangre que era un pendejo, un botarate y un trasto. Siempre con un tono de voz bajo, evidentemente para que nadie le oyese (lo que no resultaba probable dado lo ruidoso del local), me confidenció que en otros lares, con otras drogas y distintas gentes, más de una vez le agrandaron el cero, por mucho que se empeñase en tener amnesia.
En más de una ocasión, Alameda le sacó de un grave apuro y no conoció el filo del cuchillo porque éste se retuvo ante el cañón de la pistola. Hubo una vez en que tuvo suerte, simplemente porque estaba en la Casa Rosada y porque el que le hubiera apretado las cuentas no era hombre de matar a nadie, aunque sí valiente y con redaños. Esa fue además la vez que vi al guardaespaldas cagarse de puro miedo.
La cosa sucedió hace un par de semanas, cuando se propasó con Ramirín, el cual, al final explotó. Creo que se metió hasta con su madre y el joven saltó la barra como un atleta, pese a su gran corpulencia, y fue a ajustarle las cuentas al politicastro, que comenzó a recular muerto de miedo. En eso, Alameda trató de protegerle, pero cuando vio lo que tenía ante sí, lo que aquellos puños podían hacer con su carátula de engendro, algo se le aflojó raudo dentro. Una torcedura de miedo puro le quebró los labios cuando oyó aquel bufido de toro y la mole colosal que se le venía encima, y salvó la situación dando voces, y arrastrando a su jefe al exterior, con la apariencia de quien salva la vez de manera rauda y brusca, cuando lo que salvaguardaba era el propio pellejo; pero la realidad fue que se achantó de golpe ante Ramirín, ante el odio enorme que destilaba su mirada, amilanándose como una nenaza. Aquella humillación la llevaba dentro desde entonces, era la primera vez que le acojonaban y, además, había un tipo al cual no le buscaría las pulgas.
Volviendo a lo que inició esta historia, al igual que en muchas cosas de la vida, también en el sexo los temas son múltiples y el interés diverso. Así era el caso para nuestro político ejemplar: su pasión consistía en ser flagelado e insultado por una dama fuerte y altiva, hasta que el dolor y la excitación le llevaban a derrumbarse sobre la alfombra con un sentimiento de relajo absoluto. En mejores mentes, al decir de los entendidos y expertos, tal hábito puede brindar una experiencia excelsa, un arrebato hedonístico fuera de los límites de los consuetudinario, una pasión que solamente los elegidos por ese especial Eros pueden llegar a entender en toda su complitud.
Sea como fuere y soslayando reservas personales, agregar que era Petra, una chica de la tierra, fuerte como un arriero, quien se encargaba de satisfacerle y lo hacía por un motivo concreto. Yo sabía de buena tinta que odiaba a los hombres, porque las responsabilizaba de la muerte unos años hacía ya de la única hermana que tuvo, y el hacerlo sobre una personalidad poderosa y destacada, le redoblaba el placer. El espectáculo era tremendo, no ya tanto las bestiales palabras, los insultos oceánicos, sino la violencia con que aquella teutona descargaba la verga de toro hasta ensangrentar las nalgas de la piltrafa que se lo agradecía y bendecía.
La flagelación representaba una actividad que arrancaba de la edad media y que fue ampliamente aplicada en colegios y cuarteles, y llevada a cabo en la intimidad de la vida sexual recibió el nombre de Gusto Bizarro. Una vez acabada la soberana palizada, el tipo, nuestro político de pro, de rodillas, con lágrimas en los ojos, manifestaba su amor por la castigadora, abrumado por la excitación, mientras recibía de ella escupitajos en la cara. Le rogaba una próxima sesión y ella se la negaba, dejándole así más angustiado y sumiso hasta que, pasadas dos semanas, el individuo volviese a la casa para recibir una mejor ración y pagar por ello un más alto precio.
Soslayando interpretaciones, el capítulo del sadismo y del masoquismo representan la mayor parte quizás de la casuística de clínicas y narrativa y, entre los ilustres, han sido mencionados antes figuras de la talla de Swinbourne, Proust o Lawrence de Arabia.
La verdad sea dicha: no es que esas desviaciones sexuales representasen casos extremos de las patologías de su especie, sino que el mayor valor de las mismas y lo que más me conmovió es poder presenciarlas sin que antes ni lo llegase a imaginar, en una situación de campo (observación directa sobre la realidad, con los registros correspondientes, definiéndolo de una manera muy genérica) y en personajes de carne y hueso, lo cual resulta siempre mucho más impactante que cualquier relato clínico o novelesco que uno pueda leer.
De todos modos, me pareció muy interesante, exponer estos retazos de vida a modo de microrelatos, alejados del modo prosístico convencional, lo que a veces, según creía, podía resultar farragoso. De todos modos, le dije, a Gabriel que ahí los tenía a su entera disposición y que si resolvía incorporarlos a su libro, tenía plena libertad para hacerlo.
Como quedó claro en páginas anteriores, Ramirín había vuelto. Harto de estrógenos, de vivir sin norte, y de la libertad que nunca tuvo ni pudo alcanzar, el antiguo amante de Baco, el oficiante en múltiples altares de Eros, el amigo de Román, había regresado de su periplo por el mundo, sin avisar, tan inesperadamente como se había marchado veinte años atrás. Fue el mismo secretario quien le abrió la puerta, un viernes de Mayo a las siete de la tarde. Era como si el tiempo no hubiese pasado, allí estaba, tan grande y fuerte como un oso, cuarentón sí, porque el tiempo no se detiene, la camisa tejana arremangada y desabrochada, mostrando el amplio pecho de lobo, con sus casi dos metros de músculo puro, salvo que ahora se había rapado la cabeza –lucía en el centro una cresta de pelo hirsuto, decolorado además, como un pawnee- y llevaba anillos en las orejas, pero su aspecto resultaba tan grave como de costumbre. Los ojos del anciano amante brillaban por unas lágrimas que se esforzaba en reprimir, cuando le dijo:
-Arriba, sobre la mesita de noche te dejaste el tabaco y el mechero.
-Está bien –fue cuanto respondió el hombretón y se introdujo en la casa con una maletilla donde llevaba los cuatro restos de su vida.
Eso fue todo, de momento. En ese día y durante el siguiente, apenas hablaron, se limitaron a comer, a beber, a fumar mucho, a observarse mutuamente de soslayo mientras se ocupaban en sus distintas tareas, tal vez por vergüenza en un caso, y en el otro por la mudez nacida del retorno de una esperanza. Siguieron juntos, como amigos, más no lo sé, cada cual con lo suyo, pero yo siempre los vi contentos y cercanos en el tiempo que compartimos en la casa.
Hablamos en alguna ocasión sobre los años que Ramiro había pasado fuera de la Casa Rosada. Había llevado una vida errátil, saltando de flor en flor, haciendo mil trabajos distintos, gastando cuanto ganaba en las disoluciones que gustan a los hombres hasta que, próximo a los cuarenta, sin un duro y completamente desencantado, decidió volver al hogar. Incluso pasó cerca de dos años en el sur de Francia, donde cohabitó con una mujer. Al principio todo fue bien, hasta que ella, posesiva y de fondo violento, comenzó a agarrarlo fuerte, a sujetarlo, a domeñarlo y él se sintió como un mastín encadenado. Además le tenía aterrorizado porque cuantas veces intentaba escapar, ella le amenazaba con suicidarse, hasta que un día lo intentó. Entonces él decidió recurrir a la misma estrategia, la simulación, haciéndola creer que se había vuelto loco. En primer lugar, comenzó a tener crisis nerviosas en los momentos y lugares más dispares, primero en casa, pero después en la iglesia, en una cena, en el cine, en cualquier lugar donde la gente le pudiese ver y ella, tal vez, no sospechar de la pantomima. Después comenzó a hablar solo tanto de modo privado como en público, después dijo que oía voces y el médico le diagnostico de reacción psicótica al estrés, hasta que comenzó a manifestar ocasionales brotes agresivos, en los que rompía cosas, muebles, puertas, teléfonos, pero siempre sin agredirla, porque sabía que si se pasaba le internarían en un manicomio, saliéndole entonces el tiro por la culata. El médico le diagnostico ahora esquizofrenia tipo paranoide y le dio una medicación que él simulaba tomar. Disminuyó el énfasis de sus manifestaciones de vesania, pero ahora la relación con la mujer ya se había enfriado y ella, agobiada de tener que compartir su vida con un demente, era la que deseaba escapar de la situación. De vez en cuando Ramiro soltaba una sarta de disparates, a cada cual más tremebundo, hasta que un día la mujer, aterrorizada, abandonó casa y hombre para siempre. El respiró aliviado.
-Que un burro joda a ese pellejo humano lleno de mierda –fue todo lo que dijo.
Esa tarde hizo la maleta y compró un billete para el tren que le llevaría, a la mañana siguiente, a suelo patrio.
Lo pasé mal entonces, aunque ahora me río –concluía siempre entre risas.
El día que lo contó a Román, a éste se le transmutó el rostro. El suyo era una máscara de cera, tensada por la rabia reprimida. Le indignaba que su Ramirín hubiese compartido la vida con aquella mujer y que hubiese coqueteado con la posibilidad de tener un hijo. Dolido en lo más profundo, herido casi de muerte, no le habló en casi tres semanas y como el otro sabía que la mejor manera de volver a la normalidad consistía en ignorarle a su vez y eso hizo, hasta que las aguas en poco tiempo volvieron a su cauce. Me satisfizo verles de nuevo amigos y contentos.
La próxima historia, versa sobre los quehaceres sexuales de uno de los sujetos pertenecientes a una estirpe nada infrecuente en tierras levantinas, el...
DON SIN DIN
Hay gente que tiene dinero, que está realmente podrida de dinero, desde siempre, desde la cuna e incluso algunos, como Newton para encontrar un ejemplo antiguo o Bioy Casares para hacer mención de uno más reciente, unen inteligencia y fortuna. Siguiendo con el tema del dinero que es lo que aquí interesa, bastante más que la inteligencia, también los hay nuevos ricos, aquellos que, por procedimientos variopintos, han conseguido amasar una fortuna considerable, llenando de oro unas vidas que antes no lucían normalmente con los fulgores del intelecto. Finalmente, encontraremos a los aparentes, a los que quieren ser más de lo que en realidad son, los Antoñitos-los-fantásticos, aquellos que viajan con Mercedes pero en casa comen altramuces. Reciben diversos denominaciones, más allá de apelativo común de fantasma (más frecuente con pies terrenales que con auras preternaturales), como ric-rac y, más recientemente, como me enteré por un conocido, filósofo levantino y levantisco, pese a su común trabajo de carnicero, supe que a esa clase de personajes se les denominaba en cierto barrio popular de la capital Don-sin-din-y-mis-cojones-en-latín; toma, y después para que luego digan que en estos páramos falta la imaginación, el sentido, la inteligencia, el buen neuronaje. Pues bien, en aquellas veladas también pude hacer observaciones de campo sobre la conducta de un don-sin-din, Florecio Verde, antiguo portuario, que ahora se ufanaba forrado en dólares.
En suma que él y su amigo Carlos Roger, digamos que se llamaban así, tenían más palabras que pesetas. Para mí representaban el ejemplo común de hombres lánguidos y de costumbres rancias, que de vez en cuando, animados por dos copas, perdían el oremus y se dejaban vivir por lupanares y dornajos de mala vida, nunca sin acabar la faenas, hablando mucho y mal, y comúnmente, avanzada la noche, volvían a sus casas conservadoras sin haber hecho absolutamente nada de aquello que se habían propuesto y alardeado ante el público moliente de un burdel. Aquella noche, en la Casa Rosada, ambos personajes ya entraron bastante pintados y, como de costumbre, Carlos hablaba a espuertas y Florencio no decía ni mú. El local estaba bastante lleno y ellos se descolgaron en un extremo de la barra y pidieron dos copas. No se les acercaba ninguna chica, como siempre, porque sabían que no iban a sacar nada de ellos. Yo estaba a dos metros, tomando algo, y pese al ruido ambiental, podía oír bastante bien lo que decían.
¡Esta noche nos pasamos por la piedra a medio establecimiento! –exclamó Carlos y después pareció morirse de la risa.
Germán, un camarero manchego, cuarentón, de pocas palabras y muchas pulgas, que no sé porque motivo tenía ojeriza a Carlos –más allá de la lógica aversión propiciada por ser los típicos pesados-, le miró de medio lado, harto de escuchar bravatas y tonterías.
¡Tú eres un mierda! –dijo con una voz de cuchillo.
El otro, rojo por la rabia, pusilánime ad ovo, no dijo nada, pero la displicencia del camarero sirvió para propiciar la oportunidad de ver, por primera vez, sus particulares inclinaciones. Espejismos de la abundancia, en ellos el honor herido y el alcohol hicieron el efecto de que aquella noche gastasen más que en todo el tiempo que llevaban visitando la casa.
Carlos, seguido por el cuerpo encorvado y el espíritu declinante de Florencio, se acercó presuroso donde estaba Román. Sacó la billetera, dio un fajo que el anciano cogió presuroso, no fuera que se arrepintiesen y a instancia del galán llamó a una chica, una eslava de muy buen ver y los tres se fueron escaleras arriba.
Román, inmediatamente se me acercó y con una risa nerviosa, me dijo:
Vámonos, van a la habitación naranja. Posiblemente hoy veamos algo interesante.
Yo me divertía mucho en aquellos lances y no tenía ningún problema moral a estas alturas sobre el particular del acto, así que nos precipitamos a la habitación del lado para poder ver a través del espejo cuanto se iba a desarrollar entre aquellas cuatro paredes.
En realidad, no fue nada del otro mundo, pero nos reímos bastante. Carlos, que no nadaba en la abundancia de la virilidad, penetraba a tergo a la chica, mientras la obligaba a decir frases para exaltar su ansia y su pretendido vigor.
-¡Vaya pollón! ¡Uf, qué macho! –gritaba aquella, casi sin poder contener la risa-¡Me vas a matar! ¡Estoy llena! ¡Refrena, me vas a romper en dos!
El otro arreciaba en su ímpetu, envuelto por aquella cacofonía fácil de suspiros, gritos y palabrotas. Pero, ¿dónde estaba su timorato amigo?, ¿En qué se ocupaba en aquellos momentos febriles?
El don apariencias sin dinero se escondía detrás de una gran planta que se levantaba, casi a la altura de un hombre, junto a un notable jarrón chino. Allí, sentado en un taburete, la espalda apoyada en la pared, la mirada atravesando el espacio por la rendija que quedaba entre dos hojas, observando con excitación calenturienta la escena que le enervaba, estaba dale que te pego, envuelto en el deleite de su vicio solitario.
Su imagen me pareció deplorable, pese a que los libros clásicos que tratan sobre el voyeurismo suelen presentar al mirón como alguien sofisticado, quien no quiere contaminarse con el sexo real. Consciente de su trasgresión menor –aunque suele calificarse en los catálogos de las parafilias-, el voyeur, busca la ocultación como rasgo esencial con el que satisfacer su impulso. El ver sin ser visto, este es el hecho de esta especie de Diablo Cojuelo, el que levanta los tejados de las casas para observar la vida íntima de sus moradores, especialmente los asuntos sexuales, en el caso de nuestro Tomasito el Atisbador. El, el don-sin-din, jugaba con un elemento contaminante, el que los demás fingían no verle, pero para él era suficiente, aunque dejara en segundo término el importante asunto de la excitación de ser descubierto, muy relevante para este tipo de personas, en las cuales la ansiedad y deficiencias en las relaciones interpersonales conducen a eso modo peculiar de vivir, malvivir, la sexualidad, porque no tienen otra menos angustiosa o perversamente excitante. Todos podemos sentir la cercanía de este gusto, otra cosa es que sea exclusivo e incontrolable. Pienso en Villiers de L´Isle-Adam, pero no tiene importancia.
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