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EyP (51)


Albert Camus Alineación al centro
Joan Margarit
Jed Rubenfeld
Francesc Miralles
Disparador creativo
Entre padre e hijo
La literatura al servicio del anuncio publicitario
La memoria al servicio de la ficción
La literatura y la vida
Narradores, poetas y concursos, etc.



Jrn Calo: CUENTO


El Hombre Díptero

¿No recuerdo muy bien como ocurrió?, ¡pero ahí estaba, delante de mí, con esos ojos negros y profundos, no paraba de mirarme, quieto e impasible sin mover un ala!Recuerdo que mis ojos se adentraron en los suyos, Si, quede cautivado por sus ojos, por los ojos de un maldito Nematócero-. Recuerdo que lanzó su largo aguijón en mi cuello y que el dolor fue intenso y largo en el tiempo.Supuse que deseaba llevarse una muestra de mi ADN, ya que emprendió el vuelo hacia un pequeño artefacto luminoso, volador no identificado, de repente perdí la noción del tiempo, recuerdo que me iba quedando dormido mientras mi cuerpo flotaba en el aire dentro de un espacio circular de un color gris metálico-El Nematócero apareció a la altura de mis ojos y volvió a lanzar su aguijón contra mi cuello, el dolor de nuevo fue insoportable, mis alaridos se expandieron por la maldita nave, pues sin duda era una nave extraterrestre, gobernada por un Ser orgánico vivo, desconocido, hasta que se presento delante de mi ,era una planta de tallo trepador, una maldita enredadera, la cual enredó todo mi cuerpo envolviéndolo a la manera que hacen las arañas con sus victimas-.No podía moverme, mi cuerpo estaba completamente inmovilizado. Me fui quedando dormido, cuando desperté estaba de pie, apoyado en mis seis patas, mirando hacia un hombre que era yo, pero al día de hoy estoy en dos cuerpos, en el de un hombre y en el de un Nematócero, ¡Cuando estoy despierto llevo dos existencias distintas, recuerdo mis actos como insecto díptero, succionador de sangre, por tanto hembra! Y veo mi vida como humano, llevo las dos existencias paralelas, en dos cuerpos diferentes.

La angustia última

Hace muchos años me dediqué a estudiar en profundidad las denominadas genéricamente literaturas germánicas medievales y en particular la literatura de la Inglaterra sajona. Fue cuando descubrí un viejo poema, escrito en aquel dialecto rústico que llegó a ser el sajón, un documento estremecedor que versaba sobre la tumba y sus soledades. Nunca antes un acontecimiento me había aterrorizado tanto, jamás pensé que un breve texto resucitase de aquel modo terrible un miedo antiguo, la mayor de mis angustias. Durante un tiempo, no pude apartar mis ojos de él, lo leía cada día y cada día aumentaba el pavor en mi corazón devastado por el horror. Así que, acabé leyéndolo una y otra vez, de manera obsesiva ciertamente, hasta que, cuando creía que me volvería loco, la piedad de la Suprema Potestad apartó de mí aquellas imágenes terríficas y pude dedicarme, una vez más, a los quehaceres de la vida. Sin embargo, apenas fue un año de paz y de vida común, ya que la amenaza me aguardaba ceñuda a la vuelta de la esquina. Para desdicha de algunos hombres, lo que más les atemoriza acaba convirtiéndose en una fuente de atracción inevitable y, por ello y quizás también por la mediación funesta del duende del infortunio, no hace mucho lo releí e inevitablemente se alzaprimó en mí aquel viejo terror.
La Sepultura, pese a mi desgracia, es un poema memorable, que nos habla del cuerpo descomponiéndose en el seno de la tierra y de la tiniebla, en el subsuelo habitado por los restos de los muertos, el reino de las almas huidas. Imaginé con pavor una y otra vez aquella situación y mis angustias abismales me hicieron imaginar la permanencia del hálito vital en aquel cuerpo sepulto y putrescente. No obstante, en su versión original -al menos la que llegó a mis manos-, nada se habla del alma sino del cuerpo en estado de progresiva desintegración y dice así:

“Para ti una casa fue construida, antes que nacieras; para ti el polvo fue destinado, antes que salieras de tu madre. No está concluida aún, ni su hondura ha sido medida, ni se sabe aún qué largo tendrá. Ahora te llevo adonde estarás; ahora te mido a ti primero y a la tierra después. Tu casa no es alta, es baja y yacerás ahí... El techo está construido muy cerca de tu pecho. Así habitarás helado en el polvo... Sin puertas es la casa y oscura está dentro; ahí estás fuertemente encarcelado y la muerte tiene la llave. Atroz es esa casa de tierra y terrible habitar allí; habitarás allí y te dividirán los gusanos. Así estás acostado y dejas a tus amigos: ningún amigo irá a visitarte. Nadie irá a ver si te gusta esa casa, nadie abrirá la puerta... Nadie bajará hasta ti porque pronto serás aborrecible para la vista. Porque pronto tu cabeza será despojada de su cabello, y la belleza del cabello se apagará”.

Longfellow tradujo el poema literalmente y él es, en parte y aunque sé que no soy justo, culpable de mi destino. Como muchos mortales aborrecí la muerte por el apego a los dones que me ofreció la vida, pero ante todo me horrorizaba aquella negra posibilidad. Siempre que leía sus líneas agoreras, temía que ese fatal destino se cumpliera en mí.Por un amargo designio, algo que resultaba una coincidencia terrible y malsana, la casa familiar se levantaba al lado del cementerio. Desde mi ventana podía ver la silueta ominosa de los renegridos cipreses, los altivos chapiteles y toda esa patética geografía de tumbas, cruces y estatuas que constituye el malquerido escenario donde la ingrata nos aguarda en el día último. Durante muchos años mantuve las cortinas tiradas, pasé mucho tiempo sin pisar la calle, pero no puede evitar de vez en cuando escuchar los tristes arpegios de las campanas anunciadoras de óbito: un toque un hombre, dos una mujer… Aunque no lo quisiese, alguna vez me cruzaba en la calle con gente enlutada, con procesiones fúnebres o llegaban a mí los rezos de una misa de difuntos en la vieja iglesia del barrio, acontecimientos agoreros, presagios funestos que, abatiéndome, impedían zafarme del mundo de lo definitivo y de mi miedo más profundo.Hubo otro libro, éste médico, que me hundió más si cabe en mi zozobra en él que se presentaban casos documentados de enterrados vivos, pacientes con catalepsia que se habían despertado en el seno de la tierra, en esa oscuridad abisal que tanto temo: un médico prestigioso, un estudio riguroso, la desidia homicida que posiblemente me esperase después del último día; todo ello venía a mi encuentro, para llenar mi vida miserable de mayor angustia, de cenital desesperación. ¡Cuantas pesadillas, cuanta ansiedad, cuanto desespero vino a añadir en las lagrimas negras de mis días!El maldito libro, publicado recientemente, era del Dr. Huber y su título espantoso Despertar en la tumba. Narraciones históricas, ay, cabe imaginar el efecto demoledor que tuvo en una persona como yo, de por sí feble y en estado permanente de terror. No debí leer ni una página del referido infolio, pero es sabido que en los miedos profundos hay una atracción morbosa por aquello que, por otra parte, uno se obstina en evitar. Y así fue, sin poderlo eludir, abrí y leí. Solamente referiré unas notas introductorias, pero serán suficientes para mostrar el pánico que me invadió. Id est:
¡DESPERTAR EN LA TUMBA!
ESTUDIO HISTÓRICO-CIENTÍFICO SOBRE LA MUERTE REAL O SUPUESTA,
por el Prof.Dr. Huber,
Barcelona, MCMXV.

RAZÓN DE ESTE LIBRO
_______¡Despertar en la tumba! Sólo este pensamiento hace temblar al hombre más intrépido, helando la sangre en las venas.
El mes de junio del pasado año, el telégrafo nos transmitía de Venezuela la siguiente noticia:“En Maracaibo ha ocurrido un caso terrible, llenando de consternación a la sociedad venezolana.Se trata de una persona ilustradísima, de lo más granado de la
sociedad de Maracaibo.Ha sido víctima el doctor D. Ricardo Parmiño, Rector de la Universidad Vicente León.Una terrible fiebre tifoidea –según opinión facultativa de médicos sapientísimos- postró en cama al doctor Parmiño. Este sufrió varios ataques, y en uno de ellos quedó muerto. ¡Muerto! –exclamaron a coro los médicos- y la familia doliente procedió a los preparativos para el sepelio, que debía verificarse el mismo día, como en efecto, se verificó.Al ser colocado el cuerpo del doctor Parmiño en el ataúd, abrió dos veces las piernas y otras tantas le fueron cerradas por las personas que le amortajaron.Esas personas sospecharon que el fenómeno obedecía a una contracción “postmortem”, y no dieron importancia al asunto. Horas más tarde, el doctor Parmiño perecía para siempre en la tumba de su familia preso de la más terrible desesperación. Así pudieron comprobar los médicos el cadáver”.
La lectura de este caso, seguido de otros muchos que a mis oídos habían llegado por conductos autorizadísimos, puso definitivamente la pluma en mi mano, después de haber madurado el pensamiento muchos meses y aún años. Es atroz lo que sucede, decía entre mí, e inexplicable la ignorancia y desesperación de las gentes sobre puntos capitalísimos que a todos afectan, absolutamente a todos. La frecuencia del estado de muerta aparente, el número incontable de casos confirmados de entierros prematuros, la horrible sorpresa de un posible despertar en la tumba, no fantástico ni mucho menos, son cuestiones que interesan de un modo excepcional a médicos y a sacerdotes, a las familias y a los particulares, a todos los que un día hemos de morir y podemos ver morir a otros; y, sin embargo, son ¡casi universalmente desconocidas! Confieso que en estos últimos tiempos, algunos hombres eminentes han dado la voz de alerta; -sus luces y datos me han servido; yo se lo agradezco –pero la inmensa mayoría de las gentes lo ignoran y pueden fácilmente saberlo. Esto me ha obligado a vulgarizar –tal ha sido mi ideal primero- lo más práctico, lo más positivo y eficaz que la ciencia conoce, tanto para librarnos del peligro de ser enterrados vivos, como para devolver la vida a un supuesto cadáver, en casos especialmente de accidentes repentinos.
Etc.”
Recibí estas palabras como una puñalada, a la vez que significaron una inapelable confirmación para mi angustia, porque de todo ello resaltaban dos consideraciones: primera, que el entierro prematuro era bastante frecuente y segundo, que normalmente se ignoraba su existencia incluso en el mismo estamento médico. Estaba, pues, como muchos, en grave peligro de pasar por ése desenlace espeluznante. A partir de esa fecha, mi vida, un infierno de por sí, se hizo mucho más sombría de lo que lo había sido anteriormente.Quizás no esté de más decir que me mantuve soltero, porque no podía arrostrar la viva matrimonial, simplemente porque una persona tan aterrorizada como yo nunca podría ser un buen marido ni un buen padre. La clave de mi tiempo la constituyó la literatura y dediqué mi vida a leer y a escribir; publiqué alguna obra, pero nunca me convertí en un autor consagrado. La escritura, empero, me brindó los pocos momentos felices de mi existencia. Además, el patrimonio familiar me permitía vivir sin angosturas y, con todo ello, iba consumiéndome en mi casa, que es, como dijo el romántico español, a la postre el sepulcro de cada uno; dejé pasar los años y, con ello, fue acreciendo en mis horas negras la pérdida y, por tanto, la melancolía, paroxística y máxime, como nunca antes la había sentido. A medida que pasaba el tiempo, fui trazando con mayor angustia y nitidez su forma horrenda, el color y el olor de la fosa, el pavor de los últimos segundos en ése lugar que tanto temí.
Ahora, el gusano de la cárcava roe cerca de mi cabeza, la tierra palpita, sorda e inmensa, como un corazón que se apaga, y la tiniebla, esa sombra bañada de olores profundos, se ensancha y se contrae, al compás del pálpito cetónico; es la antesala definitiva… ¡Nunca me he sentido tan solo! La vida que cesa se recuerda como el apagado aroma de una flor seca, como el primer gran terror que sentí al cerciorarme de la situación, al comprobar que alguien, quizá desconocido por mí, un funcionario más, debió agotar una última posibilidad. Intenté gritar, hacer algo, pero una extraña paz me llevó a considerar que debía mantener la calma para que todo se desvaneciera de la forma más rápida posible... Ahora estoy aquí y nada puedo hacer. Tal vez sí, algo... Debo aprovechar esta calma para ser eficiente. Nada hay en derredor. Nada se ve. Nada se oye. Nada. Pero lo siento, lo siento a él. Está a punto de regresar otra vez y abatirme. Debo darme prisa, ahora que tengo la sensación de encontrarme livianamente solazado, en esta angustia y locura postreras, como cuando estuve en el útero materno. No quiero contemplar otra vez su horrísona faz, oír su eco desesperante; ahora lo siento lejos, pero sé que no tardará en volver. Me acecha desde el centro mismo de la tiniebla y de mí mismo. Estamos solos él y yo, yo y él, el horror y yo. Aunque fui abandonado a la suerte irreparable, mantendré la calma para propiciar el fin. Se acaba el aire muy lentamente y esta angustiante situación parece dilatarse opresivamente; no lo puedo soportar, nadie sería capaz de arrostrar esta angustia. Solo me resta autolesionarme para acabar pronto. Sajaré un dedo con mis dientes y comeré la pulpa, hasta que deje desnuda la falange y con ella me atravesaré la garganta... Oh, un alivio mayor en mi tormento, un camino mejor: el viejo objeto amado que me brindó tan buenos momentos viene ahora a socorrerme, la vieja pluma que guardé en este traje... ¡Ah, está ahí! Espero que pueda aferrarla bien entre mis dedos helados y colocarla en el punto preciso, que no se rompa el plumín, que cumpla rauda su función.








Los pequeños

En el s. XVII, sir Edward Cook dijo que la casa de un hombre era su castillo. La suya, la del hombre de quien trata esta historia, lo fue sin duda. Pero tampoco es menos cierto que cuando el castellano abandona su castillo, lo acaban ocupando las sombras, aunque no sé si alguien escribió anteriormente algo similar. Sin embargo, en su caso, nadie ni yo mismo, que conozco el asunto en mayor detalle que cualquier otro, puede asegurar si fue el hombre quien atrajo a las sombras o éstas se lo llevaron para siempre nadie sabe donde. Fue en diciembre de hace cinco años cuando Álvaro Rosas, mi amigo, desapareció.
Pocos se acuerdan ahora de los singulares acontecimientos, como tampoco creo que le recuerden a él, un tipo raro para la mayoría de la gente del pueblo. Yo puedo referir su historia con bastante exactitud, hasta donde los hechos lo permiten, porque tengo su diario. Me lo entregó el mes anterior a su desaparición y al ver la extrañeza en mi cara, me dijo que me tranquilizase, que no pensaba saltarse la tapa de los sesos. Ni de lejos sospechaba que fuera a esfumarse, aunque estoy seguro que no abandonó este berenjenal por su propia mano. Tampoco creo que ande todavía por el mundo de los vivos y esta afirmación, por extraña que pueda parecer, quedará en bastante medida aclarada a lo largo de estas páginas.
Lo conocí e intimé con él, en el grado en que su carácter reservado lo permitió, pero ciertamente me hizo partícipe de confidencias que ningún otro sabe. Puede decirse que crecimos juntos; fuimos a la misma escuela, jugamos de niños y, después, aún en sus tiempos de mayor enclaustramiento, le vi alguna vez y hablamos largamente. Apenas pisó la calle en los últimos años de su vida, pero nadie sospechó nada, porque todavía era un hombre bastante joven y aparentemente gozaba de buena salud, antes de que sucediese aquel extraño, llamémosle, desenlace.
El y la casa eran uno, ya lo supo cuando era muy niño. A edad tan temprana tuvo el convencimiento de que algo insólito les unía, que existía un vínculo extraordinario de dependencia entre él y las cosas de su pequeño universo, que había vida en todo, que discurría al unísono con la suya, dentro de un orden necesario. Muchos sabios han intentado explicar este fenómeno universal y se encuentran a nuestra disposición estudios eruditos sobre dicho conocimiento, pero algunas personas especiales llegan a tener un conocimiento sin experiencia, es decir intuitivo, relativo a ciertas regularidades esenciales de la vida y de las cosas del mundo; por ello, nada le sucedía a Álvaro que no tuviera su eco en los viejos muros o en las cerradas sombras del jardín y, por lo demás, fue reafirmándose paulatinamente en el credo de que la casa y la pequeña vida que la habitaba poseía una especie de hálito propio y significativo, que sin embargo le concernía: desde el soso roer de la carcoma de la vieja madera hasta la telúrica musaraña que acechaba en su hura en el seno húmedo y frío de la tierra. Había algo más, no obstante, que por mucho tiempo fue incapaz de definir y que gradualmente fue tomando forma en las fantasías de su mente inocente y a través de las leyendas que, junto al hogar, su abuela le contaba, historia antiguas que ella había conocido por la madre de su madre y ésta por la suya propia. Comenzó a aceptar el rancio dogma de que algo antiguo podía tener algo de verdad, pero si era muy antiguo bien pudiera ser completamente cierto.
En realidad, más que saber todo esto, él lo vivía, porque aún su intelecto no estaba estructurado al modo de los adultos y mucho me temo que mis palabras vengan a empañar bastante el espíritu esencial de los hechos; sea como fuere, entre el gris común del día a día, de las aburridas tareas escolares, de los juegos casi siempre solitarios, cuando su vida transcurría hacia la adolescencia y la etapa adulta, de vez en cuando fue percibiendo fenómenos que le afirmaron en sus anticipaciones, todavía invadidas por el miedo primordial, insinuándole poderosamente que había algo más, que se enhebraba con su existencia, y que tenía una forma concreta y poseía una finalidad entonces apenas prefigurada.
Donde más sentía el niño esa presencia era en el Jardín, en las horas vespertinas, cuando el sol declinaba, anticipando el crepúsculo, pero especialmente con la llegada de la noche. Entonces, la casa se llenaba de una vida misteriosa, que bullía en el fondo de la chimenea, en el interior de los pesados armarios y alacenas, detrás de los libros de la gran biblioteca de su abuelo materno y aunque el miedo le podía, movido por un deseo irrefrenable y mientras sus padres dormían, bajaba a la primera planta de la vieja casa, para intentar descubrir algo en la tiniebla densa. Durante muchos años nada sucedió, hasta que un día creyó ver algo. Sin embargo, ese asunto lo reservo para más tarde.
Antes tengo que contar que habitualmente tenía la impresión de ser observado mientras jugaba en el jardín atardecido. Se sintió horrorizado, porque su mente infantil no distinguía todavía entre la conseja y la realidad cruda. Un gran portón que se cerraba detrás de la cocina separaba el jardín de la vieja casa, circuido por altos muros que llevaban a las antiguas cuadras, donde los arreos de su padre descansaban después del trabajo; estaba muy cuidado, pero todo en él, desde los geranios a las campanillas anaranjadas del emparrado, era tupido, cargado, palpitante. Entre las macetas podía oír el deslizarse de la lombriz en el interior de la tierra o de la babosa en su superficie, los correteos y susurros de los seres diminutos que iban y venían, que nacían y morían en un ciclo natural inevitable. No era grande el jardín, pero en él era todo tan denso que parecía concentrar entre sus plantas toda la pequeña vida del universo, y cuando los haces de luz trémula se colaban entre la bóveda verde naranja, parecían traer la totalidad de la luz del mundo. De adulto leería, sobre todo en primavera y en verano, bajo ese techo natural, mientras en la casa su madre iba y venía con sus faenas domésticas.
Fue a los diez años de edad, durante una tarde gris y melancólica cuando tuvo un atisbo, de una forma hosca y pequeña, que se escondía entre los frondosos helechos. El miedo no le impidió ir a ver, pero no pudo encontrar nada. Ese paso fue el empuje que la faltaba para intentar verlos, porque desde ese momento tuvo la certeza de que había alguien más o muchos más en la casa, y con el tiempo y los estudios creyó que la habitaban desde mucho antes de que él naciera, que quizás vinieron desde lo más profundo de la tierra o de las montañas o tal vez del bosque, y que seguirían allí cuando él muriera.
Desde entonces redobló sus rondas nocturnas por la casa y el jardín, por si los llegaba a ver. También apremió incesantemente a su abuela para acallar sus dudas y su miedo. La anciana representaba una figura matriarcal por excelencia. Ya desde niña había impuesto su dicterio y estaba acostumbrada a ser obedecida. El niño la veneraba, adoraba aquella figura cenceña, digna y mayestática, que encendía velas en los días de tormenta, que rezaba el rosario por las tardes y que le contaba cuentos e historias asombrosas, cuando se sentaban solos en la mesa camilla, junto al ventanal, al calor de brasero. Pero sobre todo, la abuela creía en ellos, aseguraba que habían duendes en el valle, que se escondían en el interior de la tierra o entre la vegetación, a los que llamaba lluendos. Traviesos y juguetones por naturaleza, al amparo de la noche, entraban en las casas introduciéndose por las cerraduras de las puertas y se regodeaban vertiendo la sal, cambiando los objetos de sitio, aunque a veces preparaban la comida o proporcionaban alimentos a la gente necesitada, manifestando una doble relación con el ser humano, jocunda la una, altruista y benefactora la otra. Nunca se comunicó, de su parte, una acción perversa.
Cuando durante las noches oía ruidos en la casa, sobre todo en la parte baja, ecos propios de las construcciones antiguas, de la madera, de los muros viejos, no podía evitar bajar las escaleras excitado, con la luz de un pequeño cirio, caminando muy despacio, los ojos abiertos como platos, a la espera de descubrir alguno de aquellos seres maravillosos. En una segunda ocasión creyó oír un liviano cascabeleo y adivinar, al pie de la mesa del comedor, una figura diminuta, con unas orejillas puntiagudas y unos astutos ojitos ambarinos debajo de un gorrito pintoresco. Fue un segundo, por lo cual nunca estuvo seguro de lo sus ojos contemplaron. En realidad, nunca lograba verlos, pero confiaba en que llegaría el día en que se propiciaría el encuentro.
Pocos viajes hizo a lo largo de su vida, por lo que no pocos se sorprendieron al descubrir alguna vez su fotografía en los periódicos provinciales primero y nacionales después, en los suplementos culturales, que constataban su categoría como escritor. El éxito literario apenas rozó su vida aislada, en aquella casa inmensa en la que vivió solo cuando murió su madre, cuando él tenía treinta y nueve años. La casa que cada vez se parecía más una biblioteca, era el lugar apropiado para un alma sensible y profunda como la suya, que pronto concitó a su alrededor ese negro rencor contra la excelencia que emponzoña al país. Casi todos dejaron de saludarlo en las escasísimas ocasiones que salía a la calle.
En ese tiempo, yo trabajaba en la capital y, salvo en Navidades o en Verano, eran escasas las veces que iba al pueblo. En cada ocasión, algún vecino común me comentada que cada vez resultaba más raro verle, que no sabían nada de él, aunque de noche se veían luces encendidas en la casa o alguien decía haberle visto en el exterior fumando un pitillo a altas horas de la noche. Según parecía, una familiar se encargada de llevar comida a la casa una vez por semana.
Finalmente, por el año cincuenta y ocho, pasaron muchas semanas sin que se supiese nada mi amigo y cuando este vecino se percató del hecho, temiéndose lo peor, fue al ayuntamiento a exponer sus sospechas ante el alcalde. Cuando éste y el médico, acompañados por el guardia municipal, entraron, hallaron la casa deshabitada, ocupada por el polvo y el silencio. Les llamó la atención aquella gran cantidad de libros abiertos en el viejo escritorio, con anotaciones múltiples en las páginas y los extraños signos en un cuaderno de notas, obras todas ellas que versaban sobre el folklore, los mitos y temas poco accesibles a la gente normal. Por mucho que se investigó, nunca se volvió a saber de él. He hecho mis cábalas al respecto, pero me las guardaré para mi coleto y cada cuál puede hacer las suyas; como dije al principio, un viaje errático o la misma muerte no me parecen probables, máxime cuando abro su diario por la última página y leo:

24 de diciembre de 19…: Ahora sé que no fue un sueño. Una voz desconocida me llamó desde el jardín y fui allí sin pensármelo dos veces. Entonces, lo ví; fue, en todo caso, una visión fugaz: unos ojos lucientes y extraños. Sin embargo, le oí antes de verle, una aspiración demasiado fuerte para ser humana e inmediatamente después, con la rapidez de un relámpago, la mirada amarilla, un áspero muslo y unos rasgos de insensatez y misterio, todo él una forma entretejida con los recuerdos más recónditos. Entonces, me vinieron a la mente los versos de Crowley: “Estremécete con el muelle deseo de la luz…” Después, creo que me dormí. Caí en un profundísimo sueño, del que no pudo arrancarme el insistente despertador. Abrí los ojos a las siete de la tarde del día siguiente. Esa noche soñé que era un ciervo corriendo en la espesura.
El ser del jardín me habló en una extraña lengua, que yo entendí a la perfección, y no solo eso, sino que me resultaba tan familiar como la mía propia, como si la hubiera escuchado toda mi vida. El final se acerca, debo esperar.

Ars Magna

Los enterradores de nuestra ciudad construyen panteones gigantescos. Es habitual que las enciclopedias lo citen y remarquen nuestra costumbre como un acontecimiento de primer orden. Y no se tiene cuenta la escala social, ni la reputación que haya conseguido el fallecido en vida: las leyes que rigen para atribuir la propiedad del panteón son las que el propio azar maneja.El sorteo suele celebrarse con tiempo suficiente. Así, cuando el elegido nace, los enterradores ya han acabado la obra. Es antes, en el momento en que se está gestando el número 1.403 (si suponemos que ha sido el ganador), cuando los encargados dan las listas de materiales que esclavizan a los obreros durante días. Los estudiosos no adivinan el motivo que generó esa costumbre. Están más preocupados por servir a la monarquía y tenernos bien divididos, cada uno realizando el trabajo para el que nacimos, que en adivinar nuestros orígenes…Esperamos el día del fallecimiento. Intentamos, eso sí, que no tenga conocimiento. Nunca se le dice "para ti este panteón". Sospechan. Pero disimulamos el conocer su destino. En nuestras normas está penado revelarle el futuro (matar también) y se le evita ese trance. Cuando muere, lo llevamos al monumento. En cortejo fúnebre y lamentado, caminamos en fila india. Rezamos por él. Se le llora. Y esperamos. Siempre nos ha fascinado la destrucción. En realidad somos un pueblo violento y despiadado, lleno de odio. Y hasta que el pie del hombre no vapulea con una patada el panteón que hemos construido, pasamos las horas impacientes y pensando en el próximo sorteo.
...
Por IHB
...

TOLKIEN


"Soy un hobbit, excepto por el tamaño. Me gustan los árboles, los jardines y las granjas sin máquinas; fumo en pipa y me agrada la comida sencilla. Tengo predilección por las setas; poseo un sentido del humor muy elemental; me acuesto y me levanto tarde y no viajo mucho".
Me has retratado al ciento por ciento.




Yo no me siento muy cómodo en este país. Me he sentido un poco extranjero, como si fuera un falso español, y yo nací en Chamberí. De niño viví en Estados Unidos, pero siempre me he sentido un poco ajeno. A veces me desespero. Hay una mala leche excesiva, una saña, una zafiedad. Hay a menudo una especie de odio a lo inteligente, y a lo reflexionado, y a lo sentido. Hay una difícil aceptación de lo distinto. Ahora, por ejemplo, me he quedado un poco estupefacto: ha muerto un futbolista, Antonio Puerta, muy joven; una muerte terrible, está claro, todos estamos de acuerdo. Pero que los telediarios abran con esa noticia un día, y otro, y otro; que se haya criticado al Barcelona porque ha sido el único equipo normal, que se ha puesto el uniforme del luto, pero que no haya cancelado el partido? Hay una especie de mandamiento: alguien dice "esto tiene que ser así", y todo el mundo a cumplir. Éste es un país con una enorme vocación totalitaria, que todo sea como alguien quiere que sea.

Tomado de:

GRANDES MUJERES

CICLO DE CONFERENCIAS"GRANDES MUJERES EN EL CLARIDGE HOTEL""EL ENIGMA SILVINA OCAMPO: LA PARADOJA Y LO SUBLIME",
POR MANUEL LOZANO
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El escritor Dr. Manuel Lozano disertará el próximo miércoles 26 de septiembre, a las 19 :00 hs., en el Gran Salón del Claridge, dentro del Ciclo de Conferencias "Grandes Mujeres en el Claridge", programado por el Departamento de Actividades Culturales.
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Manuel Lozano realizará un análisis exhaustivo de la obra integral de Silvina Ocampo, desde "Viaje Olvidado"(1937) hasta "Cornelia frente al espejo" y sus textos póstumos.
Silvina Ocampo, formó junto a Borges y Bioy Casares,de lo que su hermana llamó no sin humor cáustico e inteligencia :"La Santa Trinidad de la literatura argentina".Esta conferencia será una síntesis del libro homónimo del Dr Manuel Lozano, quien fuera amigo de la autora de "Autobiografía de Irene" y sobre cuya obra viene investigando desde su adolescencia.
La entrada es libre y gratuita (aforo limitado)

Información: 4 314 2020( int 109) o actividadesculturales@claridge.com.arTucumán 535 - C1049AAK BUENOS AIRES - Argentina Tel.: (54-11) 4314-7700. Fax: (54-11) 4314-8022. Reservas: (54-11) 4314-2020 reservas@claridge.com.ar - www.claridge.com.ar

ESTADO


Estado es el nombre que se da al más frío de todos los monstruos fríos. El Estado miente con toda frialdad y de su boca sale esta mentira: “Yo, el Estado, soy el pueblo”. ¡Qué gran mentira! Creadores fueron quienes crearon los pueblos, por la fe y el amor: así sirvieron a la vida. Aniquiladores son quienes ponen trampas a la multitud, y denominan Estado a tal obra. Todavía queda abierta, ante las almas grandes, la posibilidad de una vida libre.
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Así habló Zaratrusta, Friedrich Nietzsche.

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FUENTE:

Ex voto
A las chicas de Flores


Las chicas de Flores, tienen los ojos dulces como las almendras azucaradas de la Confitería del Molino, y usan moños de seda que les liban las nalgas en un aleteo de mariposa.
Las chicas de Flores, se pasean tomadas de los brazos, para trasmitirse sus estremecimientos, y si alguien las mira en las pupilas, aprietan las piernas, de miedo que el sexo se les caiga en la vereda.
Al atardecer, todas ellas cuelgan sus pechos sin madurar del ramaje de hierro de los balcones, para que sus vestidos se empurpuren al sentirlas desnudas, y de noche, a remolque de sus mamás-empavesadas como fragatas- van a pasearse por la plaza para que los hombres les eyaculen palabras al oído, y sus pezones fosforecentes se enciendan y se apaguen como luciérnagas.
Las chicas de Flores, viven en la angustia de que las nalgas se les pudran, como manzanas que se han dejado pasar, y el deseo de los hombres las sofoca tanto, que a veces quisieran desembarazarse de él como de un corsé, ya que no tuienen el coraje de cortarse el cuerpo a padacitos y arrojárselo, a todos los que pasan la vereda.
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Oliverio Girondo
Buenos Aires, octubre 1920.
FUENTE:
http://cientoun.blogspot.com/

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De Monstruos y Hombres

TÍTULODe Monstruos y Hombres
AUTOR
Jose Manuel Serrano Cueto
EDITORIAL
T&B
FORMATO: Rústica AÑO: 2007 Páginas: 230
COLECCIÓN:
TRADUCCIÓN:
ISBN: 8496576434
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Argumento


Se trata de un recorrido por los actores y personajes del mítico ciclo de terror de la Universal, aquel que nos legó joyas como El doctor Frankenstein, Drácula, El caserón de las sombras, El hombre invisible o Satanás. Unos apuntes biográficos abren cada apartado del libro, estructurado por actores, y seguidamente se pasa a comentar los personajes que interpretaron en estas películas.


INTRODUCCIÓN

PRIMERA PARTE: CUERPOS DEFORMES, MENRES RETORCIDAD

1. Bela Lugosi. Yo, Drácula.

2. Boris Karloff. El señor de los "tornillos".

3. Lon Chaney, Jr. La infelicidad del hombre-lobo.

4. John Carradine. El escuálido conde vampiro.

5. Elsa Lanchester. La dama electrificada

6. Claude Rains. La voz no es invisible.

7. Colin Clive. El irresponsable hijo de papá.

SEGUNDA PARTE: UN CASO APARTE: CUANDO DRÁCULA HABLÓ EN ESPAÑOL

8. Carlos Villarías. De la Mezquita a un castillo transilvano.TERCERA PARTE: OTROS NOMBRES DEL TERROR

Los monstruos

Doctores tarados

HéroesScream-queens

Chicos monos y atolondrados

Al servicio del doctor

Yo soy la leyLos graciosos

Zíngaras

FILMOGRAFÍA DEL REPERTORIO

Y DESPUÉS ¿QUÉ?

FILMOGRAFÍA DESPUÉS DEL REPERTORIO

NOTAS
BIBLIOGRAFÍA

FUENTE:

http://www.aullidos.com/libro.asp?id_libro=132

Jenny o el vacío ético
Jenny, aunque en realidad se llamaba Juana, era una chica muy guapa. En realidad acaba de cumplir sus dieciocho en Noviembre, el día once; era una escorpio integral (siempre tenía mucho calor en el “chichi”) y, además, tenía un cuerpo de cine. Su aspecto general era de “vamp” inconfundible y eso le gustaba una barbaridad: pelo negro, lacio y largo, chatilla, ojos grandes y oscuros, labios regordetes, muy sensuales (mamadores, decía ella) y un cuerpo de locura; su trasero era grande y redondo, como una manzana, bien partido, un pelín hacia afuera, justamente lordótico, sobre unas piernas fuertes y hermosas, que trataba siempre de exhibir lo máximo posible. Sus senos eran grandes y túrgidos, tal vez demasiado para su edad, para la niñez inviolada de sus facciones y, como era sabedora de lo que valía un buen cuerpo, caminaba así, un poco desenfadada y moviendo demasiado las caderas. Todo ello daba mucho morbo a aquel cuerpo pletórico y bien conformado, adornado por una cara de colegiala, medio putilla, niña mala.
Era sábado y tenía que salir a divertirse, ir de marcha. Sus amigas estaban de vacaciones, por lo que tenía que valérselas por sí misma. Sus padres estaban en el chalet y la hacían estudiando, preparando el examen de selectivo que sería en Septiembre. Bueno, pensó, había tiempo suficiente para leérselo por encima. Ahora tenía que disfrutar la noche. Sacó de su pequeño bolso el monedero e hizo un mohín displicente al encontrar aquellos doce euros solitarios. Había, pues, que apelar a los recursos infalibles.
Fue a la parada del autobús. Hacía bastante calor y había solamente dos viejos aguardando al 81. Cuando llegó lo tomaron. Se sintió bien en el ambiente fresco del aire acondicionado y hubiese deseado que el trayecto durara un poco más. No obstante se bajó en la Plaza del Rey. Eran las siete de la tarde y había bastante tráfico para ser finales de Julio. Miró al parque y vio en el banco a un hombre, de unos sesenta años, leyendo el periódico. Se acercó, sentándose a su lado. El hombre la miró.
-Si me das treinta euros te hago un francés -dijo con aquella voz cautivadora y muy putona que ponían en los anuncios de sexo de la tele-. Te caerá la baba.
El hombre la miró sorprendido -debería ser un tipo bien, pues iba enfundado en un traje caro, con corbata de seda-, después la cara se le alteró con una sonrisa de sátiro y, sin decir palabra, le indicó con la mano la entrada de un aparcamiento subterráneo.
-Me vas a alegrar la tarde -murmuró el anciano-. Tengo el coche dentro, en un rincón apartado. Es un buen sitio para eso.
El vigilante, desde su caseta, les miró con ojos inciertos, después hizo un breve saludo, al cual respondió escuetamente el hombre mayor con un movimiento de cabeza.
Al final, oculto tras una columna, había un Mercedes gris metalizado. El hombre sacó las llaves y abrió una puerta trasera. Se metió dentro y se arrellanó en el asiento, abriendo bastante las piernas y, ella, inmediatamente, se lanzó sobre la bragueta. Hacía eso siempre, se la chupaba a algún carcamal antes de irse a la discoteca; así obtenía algunos billetes extras.
El viejo jadeaba excitado y de vez en cuando resoplaba fuerte. Se la sacó, tenía prepucio y ella, tirando hacia atrás descubrió un glande grande, reluciente, un poco lívido. No esperaba aquella pistola en semejante carcamal. Tenía una polla larga y dura, el viejo cabrón. Se la metió en la boca sin preámbulos, hasta la garganta, mientras aquel mamón gemía y le decía cochinadas con voz entrecortada:
-¡Chupa guarra ! ¡Cómetela cerda ! ¡Mámala putita !
Ella subió la cabeza tres veces, succionando aquel trozo de carne caliente y suave y él, en apenas quince segundos, eyaculó. La sensación de tener el semen en la boca no le disgustaba aunque fuese el de un viejo, al contrario, le gustaba tragárselo, saborearlo un poco en su boca, mezclarlo con la saliva, antes de engullirlo. La leche del puerco senil era poca, pero espesa.
-¡Otra ! -ordenó el hombre, dejando caer encima de su pene un billete de cincuenta.
Ella se la metió nuevamente en la boca y chupó el glande, lengüeteó el frenillo y después folló aquella polla todo lo largo que era, ya erecta otra vez, aunque menos dura que antes; tuvo que aplicarse un poco más a fondo, pero en un par de minutos ya estaba fuera del coche, mientras el pájaro se quedaba desmadejado en el coche, la picha fláccida, casi dormido, los ojos en blanco, con una sonrisa bobalicona en su cara de pergamino.
“Que te follen”, pensó la nena, apresurándose a salir, en dirección al rectángulo de luz.
Viéndola pasar, al guarda se le dibujó una sonrisa maliciosa. Ay, esas guarrillas, pensaría, sin duda, poniéndose cachondo.
Le encantaba ir a Clímax-Cenital los sábados por la noche porque, como solía decir, había mogollón de gente y una marcha que era una caña. La música no paraba, siempre muy fuerte, aunque hacía demasiado calor. No obstante había un ambientazo de puta madre, que enganchaba, que le tiraba a uno desde las entrañas. El “bacalao” y la música “máquina” se mezclaban arrolladoramente y la gente se divertía a caudales. Acababan drogados, jodidos, enervados y sudados como cerdos, pero valía la pena; uno se sentía vivo, introducido en un mundo mágico diferente al gris de todos los días y notaba que había sucedido algo, que formaba parte de un mundo inconsútil cuando, quebrado hasta las esencias, dejaba caer su cuerpo en la cama a las doce del mediodía, después de dos días seguidos de juerga.
A Jenny aquella noche le gustó especialmente el ambiente, la música era súper-cañera, más que nunca, y había un montón de tíos buenos, bastantes ciclados y luciendo tatuajes bizarros. Se preguntó, riéndose de su propio chiste, dónde se metían durante la semana y rió más todavía al decir, para sí, que a ella tampoco se la veía en esos días, con lo buena que estaba.
El gorila de la entrada la dejó entrar sin pagar, dejando caer sobre ella una sonrisilla maliciosa. Se lo había follado unas cuantas veces, pero no era gran cosa pese a tanto músculo. Eso le valía la entrada gratis, sin embargo. Siempre sacaba partido de ese don que la naturaleza le había dado.
Dentro, echó una ojeada alrededor para comprobar si algunos habituales habían llegado y así, al primer golpe de ojo, no vio a nadie, en aquella multitud alocada que se cimbreaba por todos los sitios, que movía el esqueleto al compás de una música fuerte y sincopada.
Había un montón de cerdas tragando en la barra, provocando a aquel camarero moreno, cubano, que estaba para merendárselo. Se veía también bastante gente dándole la espalda, mirando como la turba bailaba en la pista, donde estallaba una vorágine de luces, bacalao y cuerpos frenéticos. Bastantes parejas se pegaban la paliza en los reservados, allí, a unos metros, a su izquierda, en los rincones oscuros que olían siempre a colonia barata, sudor y semen.
De aquel rincón hediondo salió una guarra con camiseta blanca, a la que se pegaban las tetas impresionantes, marcando los pezones erectos, una chica esbelta y de rubia melena, que le llegaba casi hasta el culo. Estaba imponente, había que reconocerlo. Se acercó a Jenny, sonriendo.
Rosy, así con y griega al final, era tal vez la más potente de las chicas que iban por allí y la más salida, pues era capaz de pasarse por la piedra a más de una docena de tíos en una noche normal y, aún así, quedarse a media ración. En el fondo, a pesar de una implícita competencia entre chicas estupendas, marchosas y salidas, Jenny sentía admiración por Rosy. Además, era una tía con pelas, muy enrollada y andando a su vera nunca le faltaba a una cuatro copas o cuatro rayas.
-¿Qué tal ?
-Bien, acabo de llegar.
-Yo llevo aquí una hora. Me da la impresión de que hoy la noche será fuerte.
Rosy llevaba una minifalda roja, una de esas de goma que se pegaban a la base del culo y que se iban subiendo hasta que dejaban ver prácticamente el coño. Jenny no pudo dejar de admirar sus hermosas tetas ni su culo redondo y turgente, como una pera.
Sí, tenía un trasero perfecto y Jenny se sentía siempre un poco morbosa cuando la tenía cerca. No es que fuera bollera, pero no le daría asco enrollarse una noche con ella. A veces se había masturbado con esta fantasía y estaba convencida que algún día sucedería. También Rosy la miraba a veces de manera significativa, aunque principalmente le fueran los tíos. En la vida una debía probarlo todo.
-Acompáñame -le dijo Rosy.
Entraron en los aseos. Estaba todo bastante limpio, si se tenía en cuenta la gente que entraba y salía. No obstante, era pronto aún y a las tres de la madrugada aquello parecería un corral de cerdos.
Se metieron en un servicio y cerraron la puerta. Rosy sacó una papelina y la cortó sobre la tapa del váter. Aquello le vendría estupendamente y le permitiría ir aguantando el tirón de la noche.
Sí, le encantaba hacerse unos buenos tiros y después meterse quince cubatas entre pecho y espalda, y un puñado de pastillas, y así llegar a aquel punto donde no se sabía lo que se hacía, rebasar la frontera entrando en el mundo de la inconsciencia y la falta absoluta de control. Aquello, no obstante era peligroso y más de un amigo se lo había advertido; viendo como se ponía, tenía muchas posibilidades de que algún día le sucediese algo grave. Pero ella sabía que estaba en un rumbo irreversible, que nunca le había sucedido nada y que lo importante era divertirse, pese a los peligros potenciales. La peña estaba mal, el mundo estaba mal, todo estaba peor.
Rosy cortó la farlopa con una seis mil y enrolló un billete de diez, ofreciéndoselo. Había dos rayas, gruesas y de a palmo, joder. Efectivamente, Rosy era una tía total, súper-enrollada.
Cuando salieron, había mucha más basca en el local; el ambiente hervía. Tenían que avanzar abriéndose paso con los codos. El lugar parecía más oscuro, la gente bailaba más descontrolada al ritmo máquina, en un ambiente caótico y devastador. Allí estaba, pensó Jenny mientras sentía el regusto amargo deslizarse por su garganta, la sal de la vida, el copón de la hostia.
Se tomaron un cubata y bailaron un rato, de aquella manera provocativa, moviendo bien el culo y las tetas. Alguien le tocó por la espalda y, al volverse, Jenny se tropezó con una cara de ojos aguanosos y mirada perdida. Aquel tío estaba súper-colocado. Era el que estaba con Rosy en el reservado, del cual le dijo que no conocía de nada, que estaba bien y que así, en un plis-plás, se habían enrollado. Se lo presentó. Se llamaba Toni, sí, con i latina al final, y parecía un tipo divertido. Las invitó a otra copa.
De hecho tomaron varios pelotazos y fueron apareciendo tíos que ella no conocía de nada y que les decían las mismas chorradas de siempre. Ya iba notando la cabeza turbia, las ideas difusas, aunque lograba recordar que se fueron unos cuantos al baño y se tomaron mogollón de pastillas.
Sentía mucha sed y bebió más, mucho más, porque el tío aquel, Toni, pagaba. Tampoco lo recordaba bien, pero en cierto momento se vio en el reservado, chupándole la polla. Tenía un aparato grande, con un glande perfectamente descapullado y gordo. No empalmaba bien, pero ella y Rosy consiguieron que se corriera, aún con media erección. El tío se quedó dormido y las dos salieron a la barra, a beber más, hasta que en un momento indefinido, se separaron y se perdieron durante el resto de la noche.
Así mismo creía recordar que vio a Rocky, un camello, un tipo alto, moreno, apatillado, con perilla, con anillos en la oreja y pinta de macarrón. Creyó acordarse de que follaron y así debió ser porque se encontró de repente con una buena bola de farlopa en las manos. Habría cinco gramos por lo menos, pero los consumió en menos de una hora.
A las dos y media aproximadamente -porque a las dos se hizo una buena raya y miró el reloj y estaba aún de este lado- perdió el control. Sabía que había estado bailando y bebiendo y tomando pastillas, pero después algo hizo “¡puf !” en su cabeza y le cayó como un plomo el olvido. Sabía también que había estado jodiendo sin parar: no sabía a cuantos se había tirado a lo largo de la noche ni lo que había hecho en un espacio de casi tres horas
Eran las ocho de la madrugada cuando le fue bajando la turca. Estaba a la puerta de la discoteca, ya era de día, hacía un sol pesado, que hacía casi difícil el respirar.
Una manada de urbanitas noctámbulos, pastilleros, discotequeros y especimenes diversos fueron saliendo de aquel cuadrado de cemento y cristal. Se metían en los coches y arrancaban en dirección a la capital. Ella se sabía sola. Tenía que buscar a alguien, para que la llevase a casa. Había un par de tipos mayores, de unos treinta años, que entraban en un coche deportivo. Ella se les acercó y les prometió unas buenas mamadas si la llevaban a casa.
Subió con aquellos dos, que parecían tipos de esos que ganan mucho dinero, yuppies o como mierda se llamen, que juegan a la bolsa y tienen gustos caros. Se metieron por un camino vecinal y, allí, entre unos cañaverales, se lo hicieron de todas formas. Uno incluso le dio por el culo. Le dolió algo, pero no tanto como hubiera esperado, puesto que estaba medio drogada todavía y eso anestesia, como es sabido, si bien no protestó, aunque se sentía forzada, consciente de que aquello no era limpio. Por un instante estuvo a punto de chillar, de pedir ayuda, pero estaba demasiado cansada para hacer nada.
Su meñique moral le hacía ver aquello como indecoroso, anómalo, pero era incapaz de ir un más allá obvio. Deseó que acabase pronto y, así fue, aunque se habían corrido también en su cara, si bien le dieron klinecs para que se limpiase. Pensó que ella se lo había buscado, que podía esperarse cualquier cosa en la movida y que, aquellos tipos, aunque eran unos guarros, habían sido legales con ella, dado que la habían dejado a la puerta de su finca. Nada, no había pasado nada, pero se habían pasado, habían sido unos abusones, unos putos cabrones. Ya tendría más cuidado la próxima vez
Entró en el ascensor y pulsó el botón. Abrió la puerta de su casa, yendo directamente a su cama. Se quedó en bragas y notó lo agotada que estaba, que pronto se quedaría dormida. Había sido un fin de semana movido, como todos; intentaría estudiar algo durante los próximos días, pero trataría de que el sábado siguiente fuese mejor que éste.
Como cada lunes, se levantó muy tarde, con el cuerpo quebrado y la cabeza rota. Se encaminó con paso vacilante hacia el cuarto de baño, haciendo caso omiso a la acostumbrada mirada reprobadora de su madre y a sus palabras amenazantes. Era una guarrilla, pero era su hija, y la tendrían que aguantar hasta que tuviera, por lo menos, un trabajo con el que tirar por la vida.
Se duchó, estaba rendida y el agua caliente le relajó los músculos, haciendo que se sintiese un poco mejor. Después se tomaría un sedante, dormiría unas cuantas horas y se levantaría casi como nueva... Se miró en el espejo, coqueta y satisfecha e hizo, para sí, unos gestos muy obscenos. Era la hostia, pensó. La verdad era que estaba muy buena, con su cuerpo de infarto, sobre todo con aquellos pechos como manzanas frescas.
Al meterse nuevamente entre las sábanas y sentir el leve adormecimiento inicial de los diez miligramos de hipnótico que se había tragado, le corrieron por la mente imágenes fugaces de lo que había ocurrido el día anterior. No pudo evitar aquella liviana zozobra inicial, pero trató de sobreponerse y lo consiguió raudo. Habían abusado de ella, aunque sabía que era de esperar, porque era carne suculenta, porque estaba muy buena; pero no lo recordaba bien, tal vez la imaginación se le disparase, apenas recordaba nada del día pasado, ni de la semana anterior, ni de la otra, ni tampoco le importaba. A la semana siguiente, más.





Na r r a t i v a s . Revista de narrativa contemporánea en castellano
Depósito Legal Z-729-2006 – ISSN 1886-2519

Editores: Carlos Manzano – Magda Díaz y Morales
Colaboradores: Salvador Alario - Antón Castro - Víctor Coral - Ángel Díaz - Carmen Fernández Etreros -
Emilio Gil - Jorge Gómez Jiménez - José María Latorre - Felipe Londoño - Pablo Lores Canto - Luis Martínez -
José Luis Martínez Suárez - Emiliano Molina - Ignacio Mondaca - Luisa Miñana - Miguel Ángel Muñoz - Ángel
Olgoso - Efrén Ortiz Domínguez - Rolando Revagliatti - Cristina Rivera Garza - Julio Salinas Lombard -
Mauricio Salvador - Moisés Sandoval - Adriana Serlik - Hernán Tenorio
ht tp: //www.revistanarrat ivas.com – narrat ivas@hotmail.com
Presentación
stamos tan sólo en el tercer número, pero parece que lleváramos ya años en marcha, tal es la
intensidad con que vivimos cada nuevo número de N a r r a t i v a s . Por primera vez hemos
superado las cien páginas, lo que nos ha sugerido que tal vez debiéramos plantearnos dónde
situar el límite, cuál debería ser el máximo de páginas. No obstante, dado que N a r r a t i v a s es una
publicación digital, creemos que el límite ha de estar en el tamaño del archivo resultante, no en su
extensión. Así que todavía nos queda un cierto margen para futuros números. N a r r a t i v a s aún no
ha alcanzado su techo. Todavía hay espacio para un mayor número de colaboraciones.
En unos momentos en que desde algunos medios se plantean ciertas dudas acerca de las aciagas
perspectivas que parecen cernirse sobre la imprescindible figura del autor a resultas de la nueva
realidad digital que, nos guste o no, ya se ha instalado en nuestras vidas, desde N a r r a t i v a s
queremos expresar nuestro convencimiento de que, lejos de implicar su superación o su negación, la
era digital puede servir por el contrario para aproximar de una manera más sencilla y directa a los
autores con sus lectores, al mismo tiempo que posibilita la emergencia de nuevos escritores que, fuera
del restringido y cada vez más mediatizado marco mercantil, tienen ahora un campo inmenso en el que
dejar constancia de su quehacer literario y su talento. Y eso, no nos cabe duda, redundará en beneficio
de la literatura y de cualquier otra forma de expresión cultural y artística.
SUMARIO - núm 3
"Imágenes de Vania" de Juan García Ponce, por
Magda Díaz y Morales ............................................... 3
Reconocimiento de las causas del malentendido y representación
de los sujetos en el texto, por Ángel Díaz .......... 17
La amante de Hamlet, por José María Latorre ........ 24
Serafín, por Adriana Serlik ....................................... 38
La rebeca azul, por Carmen Fernández Etreros .... 40
De la tragicómica historia de cómo Tote pierde el tiempo,
por Emilio Jio Gil ..................................................... 42
Sueño con mariposas, por Jorge Gómez Jiménez ..... 44
El beso de la luna, por Pablo Lores Canto .............. 46
¿Quién eres?, por Julio Salinas Lombard ................. 48
Los últimos días de la poesía, por Mauricio Salvador 50
Mercado de caricias, por Luis Martínez ..................... 58
A la espera de Carlomagno, por Ignacio Mondaca ... 59
Conductor, por Rolando Revagliatti ......................... 62
Espejos, por Salvador Alario .................................... 63
Tabahíta, no podía ser de otra manera, por Felipe
Londoño ................................................................. 65
Breves lecciones de lepidopterología, por Efrén Ortiz
Domínguez ............................................................. 70
Monólogo del vencido, por Víctor Coral .................. 72
Discontinuidad en el vacío, por Hernán Tenorio .... 74
El autobús, por Luisa Miñana ............................... 77
Peregrina, por Moisés Sandoval.............................. 79
Caballitos del diablo, por Ángel Olgoso.................. 84
La vida criminal de Adolfo Mirabén, por Antón
Castro ....................................................................... 87
Narradores: Cristina Rivera Garza ......................... 90
Novedades editoriales ........................................... 96
Reseñas .................................................................. 100
Tiras insulsas ........................................................ 108
Noticias .............................................................. 109
ESPEJOS
2-006

Entré en el bar y pedí ensaladilla rusa y un doble de cerveza. Eran las nueve y cuarto. Había algunas parejas cenando, gente de edad mediana o avanzada. Los más jóvenes estarían reunidos ante un televisor viendo los mundiales; por eso las calles se veían vacías, como hornos irremediables pese a la noche, a causa de aquel calor pegajoso e insufrible. Cada vez el clima estaba más insoportable, el cambio climático hacia la desertización se acusaba año a año. En poco tiempo el levante pasaría a ser una tierra de ratas y alacranes. Pero allí dentro se estaba bien con el frescor del aire acondicionado.El lugar era grande, bien iluminado y bastante lujoso.
No tenía hambre, mi cena se reduciría a la tapa y a la cerveza. Siempre me sucedía lo mismo antes del trabajo, se me cerraba el estómago, me sentía paradójicamente vigoroso, como si me sobrasen las fuerzas y los redaños para acometer la faena. Decidí esperar un poco más e irme. Fumaría un pitillo mientras tanto. Tenía que hacer tiempo, no deseaba mantener ninguna conversación con él, tener que mirarle a la cara antes de matarle. Prefería entrar y acabar rápido.
A las diez salí a la calle. Conocía perfectamente sus costumbres, habíamos compartido piso durante los últimos siete años, y también recuerdos y experiencias, penas y odios. Podía afirmar, con poco margen de error, que era lo más parecido a un amigo con que me había tropezado en toda mi vida, tal vez un hermano mayor e incluso un padre. Todos estos sentimientos me los fue inspirando poco a poco, a través de nuestra relación profesional, aunque nuestro trabajo ponía un límite para ciertas cosas, una frontera que uno no debía rebasar. Lo único importante era el trabajo en sí y, claro, el dinero.
Seguramente habría cenado en un chino, y ahora estaría ante el televisor viendo el partido del mundial de Alemania. Jugaban el anfitrión e Italia y, como supe después, pese a mis previsiones acabaron ganando los latinos. Yo también lo era, pero me disgustó su victoria, porque siempre había sido un germanófilo convencido. De todas formas los mundiales constituían un gran espectáculo, en evento que me agradaba. Me lo imaginé ante el aparato de televisión, fumando incontables pitillos y bebiendo cerveza.
Me crucé en la calle con una chica muy atractiva, que caminaba con mecimiento de puta redomada. Me volví para mirarla. Me vinieron a la cabeza mil imágenes, una mezcla de sexo y violencia, la única manera con que llegué a relacionarme con las mujeres. La causa era el trabajo, siempre el trabajo, lo más importante.Mientras me acercaba a la finca, tuve una sensación extraña, la certidumbre de que un ciclo se acababa y comenzaba otro, con lo cual mi vida cambiaría inevitablemente. Fue la misma sensación que tuve hace años cuando comencé a trabajar con Escurra, el jefe supremo. Resultaba evidente donde me había metido y no había vuelta atrás. Entonces era casi un niño, dieciocho años recién cumplidos. De la mano de Carlos me inicié en el trabajo. Recuerdo que me afeité con esmero, mientras él, perfectamente trajeado, me observaba mientras lo hacía. Podría afirmar que su mirada era amable, casi dulce, pese a ser un tipo grande y bronco, al que todos respetaban y temían. Creo que me tuvo simpatía desde un principio. Me había dejado perilla para endurecer mi cara y el rostro de muchacho agrio que el espejo me devolvió me dio confianza, aunque habrían de ser los actos los que irían maliciando con los años cada uno de mis rasgos. Después, como el maestro que evalúa al discípulo, el me siguió observando de cerca, sin intervenir, como una juez frío y distante, cuando le pegaba aquella paliza soberana a un viejo que casi tenía un pie en la tumba. El motivo era una deuda impagada, una suma ridícula vista objetivamente, pero el jefe, pese a su inconmensurable fortuna y poder, no podía dejar el menor asunto pendiente, aunque se tratase de cien pesetas. Después, claro, vinieron asuntos mayores, de más envergadura, desde el escarmiento al asesinado, pasando por la coacción y la tortura, pero todo lo hice eficientemente. Era mi trabajo, lo único que tenía en la puta vida y con él me fui desprendiendo de tripas, dudas, remordimientos y demás maricadas voladas.
-Esto es como una rueda que no para, al final da igual ocho que ochenta –me dijo Carlos un día-, acabas perdiendo el alma.
Yo no nací malo, eso es de cajón. Tampoco tuve una infancia traumática, ni una juventud especialmente desgraciada. Simplemente era un vago y me gustaba demasiado el dinero y lo que proporcionaba. Comencé jugando a las cartas, haciendo pequeños robos, extorsionando a los débiles y a los viejos del barrio, pero nunca pensé que acabaría en esto. Incluso soy un tío leído y más de una vez he coqueteado con la idea de cursar estudios universitarios, cosa que tal vez haga algún día, pero no soy como los otros, nunca me han importado las demás personas como debieran haberlo hecho. Tampoco soy ningún psicópata ni nada por el estilo, simplemente realizo un trabajo sucio en el contexto de una organización determinada. No es la misma cosa. Se trata de un trabajo y nada más. Llegados aquí diré que mi nombre es Juan Monarca y obviamente soy un asesino.
Lo más fuerte, no obstante, fue cuando tuvimos que eliminar a la familia de Galera, el competidor en el narcotráfico; lo quemamos vivo junto a su mujer y sus tres niños pequeños, un escarmiento brutal, un aviso letal para quienes quisieran enfrentarse a Escurra. Tras aquel acto atroz, apenas tuve una punzada de dolor, una inane conmoción interna que se asemejase a la culpa. Recuerdo que aquella noche, mientras me aseaba en el lavabo antes desvanecerme en un sueño habitualmente tranquilo, pude ver por un momento, que mis rasgos parecían desdibujarse en el cristal, que el reflejo vacilaba y se volvía más tenue por instantes.
Muchas cosas habían pasado desde entonces. Ahora tenía que hacer. Abrí el portón principal y me metí en la finca. Pulsé el botón del ascensor. Estaba en el quinto, se había quedado allí cuando Carlos subió a casa, ya que nadie más vivía en la planta.Esta tarde me llamó Escurra y, con un tono de voz que no admitía apelación, me dijo lo que tenía que hacer. No sabía el motivo, solamente tenía que cumplir la orden, sin tener en cuenta cuestiones personales o simpatías, y allí estaba, resuelto y sin miedo.
Entré en el piso y me encaminé al salón. Estaba sentado en el sofá, de espaldas a mí, viendo el fútbol. Llevaba una camiseta sport, que dejaba ver que todavía, pese a sus cincuenta años, era un tipo bragado. Se movió y me lanzó una mirada de inteligencia por encima del hombro.
-Hola, hijo –dijo y volvió la vista al televisor.Disparé. El tiro le atravesó limpiamente el cráneo de parte a parte e hizo añicos el aparato, que se desmoronó con un estrépito de chispas y humo. Apenas se había movido, tenía la barbilla caída sobre el pecho, pero la materia encefálica se desparramaba por el agujero como gelatina. El jefe lo ordenó y yo lo hice, como debía.
Salí y ya en la casa de Escurra, éste me recibió con una dilatada sonrisa bajo sus ojos zainos. Me pidió que cenase con él.
Llegué a mi apartamento y me acosté. Estaba cansado, pero tranquilo y nada me preocupaba, ni el hecho de que, cinco minutos antes, cuando me cepillé los dientes en el aseo, no se reflejara mi imagen en el azogue




Bob Young, fundador de Lulu.com, rodeado por libros editados en la web de autopublicación





Lulu.com, la web en la que los usuarios pueden editar sus propios libros, alcanza el millón de pedidos
La editorial virtual crece en número de autores y ventas, pero no consigue que los consumidores castellano-parlantes se interesen por su catálogo


ELPAIS.com - Madrid - 26/02/2007
Un calendario fotográfico, editado por el propietario de un foro para amantes del Toyota Celica en Estados Unidos, se convirtió a principios de febrero en el pedido número un millón de los que ha atendido hasta la fecha Lulu.com, una editorial on-line que permite a cualquier autor convertirse en editor de sus propios libros, discos, e incluso películas, y venderlos directamente a través de Internet.

Un calendario, producto un millón de los vendidos por Lulu.com-
La noticia en otros webs
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en otros idiomas
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El calendario, obra de un ciudadano estadounidense, Michael Malloy, fue el objeto número un millón de los vendidos por esta central de publicaciones, que permite que cualquiera dé salida a sus aspiraciones artísticas -o comerciales- por un precio muy bajo, gracias a que el mínimo de ejemplares que se deben encargar por primera vez es muy bajo, y a que el precio del producto para el consumidor, descontado lo que se queda su autor, compite perfectamente con el de los distribuidos por los canales convencionales.Will Parker, otro estadounidense, fue el encargado de la compra millonaria, que de todas maneras no tiene más premio que la satisfacción de ver plasmado en el papel el trabajo conjunto de muchos compañeros a los que sólo conoce a través de la Red."Internet ha permitido poner en contacto a aquellas personas que están interesadas en productos e ideas muy específicos", explica Bryan McWilliams, de Lulu.com. Así, añade, "no sólo se fomenta un sentido de comunidad más allá de las barreras geográficas o sociales, sino que también se crea un nuevo tipo de economía al permitir que todos aquellos que crean contenidos digitales puedan convertirlos en negocios rentables".Con ese gancho, el de poner en contacto a personas con intereses comunes que sin embargo están demasiado separadas entre sí como para formar un mercado homogéneo, en el que se pueda hacer publicidad, distribuir y por tanto vender, Lulu.com descarga en el usuario la tarea de editar su propio libro, pero le da una posibilidad única, además de imprimir su libro o grabar su disco. La de utilizar directamente su tienda on-line.Un mercado que habla inglés, de momentoInternet no sólo ha permitido el éxito de compañías basadas en este modelo, sino que ofrece la posibilidad de poner en contacto a personas con intereses comunes y ha dado el poder a los consumidores. Pese al éxito en las comunidades de habla inglesa, las publicaciones de Lulu.com todavía no han hecho una gran entrada en el mercado español, aunque son varios los títulos en castellano que alcanzan cierto renombre entre el extenso, y siempre creciente, catálogo de Lulu.Buena muestra de ello puede ser el libro titulado "DOÑA TILDE-Acentuación ortográfica del español", el número uno en ventas entre los editados en castellano en esta web, que es obra de una profesora puertorriqueña llamada Luz Algarín. El éxito de este best seller de tapa blanda y 20 dólares, que ocupa el número 415 en el ránking mundial de la editorial, se explica fácilmente si se atiende a las palabras claves usadas para indexarlo: Spanish, european, Literature, languages. Muchos de los consumidores de productos Lulu quieren aprender castellano.



Adolfo Bioy Casares (1914-1999) publicó este cuento en el libro La trama celeste (1948). Algunas personas han desestimado la obra de Bioy por considerarla dependiente de la de Jorge Luis Borges, quien fue primero su mentor y luego su amigo y cómplice literario. Creo que ese juicio es injusto. (Y espero poder escribir pronto sobre Borges, el enorme tomo de extractos del diario de Bioy que cuenta la relación de ambos.)Seguir leyendo »“En memoria de Paulina”

Libro electrónico
Un libro con mil novelas que pesa lo que un plátano
Por ANDREW MARR
.
Los vendedores de libros electrónicos lo tienen muy difícil conmigo. Para empezar, mi afición por los libros tradicionales raya la perversión. Vivo entre montañas de ellos, los objetos de fabricación masiva más hermosos de todos los tiempos. Algunas de mis más preciadas posesiones son libros con el lomo cuarteado, llenos de anotaciones, sin funda, que leí de adolescente. Me han durado más que mis simples amigos humanos.Una manifestación de la felicidad absoluta consiste en sentarse en un sillón mullido, bajo, con una buena iluminación y varios centenares de páginas bien escritas en las que adentrarse. Me gusta que, en medio de todas las advertencias sobre la contaminación electrónica, los libros no se conecten, ni tengan alarmas o de repente surjan de una pantalla. Son agradablemente silenciosos, dignos, discretos y pacientes, y siempre están a nuestra disposición.Me encantan las ediciones rústicas, las antiguas Penguin, las ediciones de Picadors de mi juventud, aunque los libros de tapa dura siguen siendo los más sensuales y atractivos, con sus buenas tapas de tela, color azul, o crema, preferiblemente, papel grueso mate y caracteres clásicos en tinta negra. ¿Con ilustraciones?
.
En el diario EL MUNDO continúa el artículo (08/09/07)

Salvador Alario Bataller

Lugar:
Avda, Blasco Ibáñez, nº.126, 6º, 28ª Valencia 46022 Spain

Teléfono:
963724197

E-mail:
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OBRA PUBLICADA A)CIENTÍFICA: 8 libros de Psicoterapia y Sexología (editorial Promolibro, valencia). 36 artículos especializados en diversas revistas (redactor de Cuadernos de Medicina Psicosomática y Psiquiatría de Enlace, www.editorialmedica.com, y los artículos y otros textos se relacionan en la web). B)NARRATIVA: “La conciencia de la bestia”, edición privada, finalista (de los 15 finalistas) del Premio Planeta de Novela de 1997. “La ciudad desvanecida”, relato seleccionado por concurso de la revista Escribir y Publicar en su editorial Grafein Ediciones, Colección Escritura Creativa, integrante del volumen de cuentos ASI ESCRIBO MI CIUDAD (2001). “Descensus ad Inferos”, lo mismo que antes, pero este cuento pertenece al libro de cuentos “32 MANERAS DE ESCRIBIR UN VIAJE” , Grafein Ediciones (2002). “Maltidos. La Biblioteca olvidada”, Iván Humanes Bespín y Salvador Alario Bataller, Grafein Ediciones, Barcelona, (2.006). "101 coños, Ilustraciones y breves" (2008), Carlos Maza Serneguet, Salvador Alario Bataller e Iván Humanes Bespín. Ilustraciones de Vanesa Domingo Montón, Grafein Ediciones, Barcelona. "Antología Iberoamericana de MIcrorelatos" (2008),coautor, Ediciones Lord Byron, Madrid (en prensa) La acre lácrima (2006), novela, en http://www.lulu.com/alario7 Un estudio crítico del Necronomicón Apócrifo (2006), ensayo, en http://www.lulu.com/alario7 Las aventuras carpatianas del profesor Exhorbitus (2006), novela, autoedición, en http://www.lulu.com/alario7 Astrum Argentum . La vara del mago (biografía novelada de Aleister Crowley) (2006), novela, en www.lulu.com, en http://www.lulu.com/alario7 El murciélago monstruoso (2006), novela, en http://www.lulu.com/alario7 Nunca volví de cuba (2007), novela, en www.lulu.com, http://www.lulu.com/alario7 Cuentos en www.narrativas.com: Espejos (2007), Los pequeños (2007). La angustia última (2008). Lo que trajo la noche (2008). OBRA INÉDITA: Las nocturnidades de don Arturo del Grial, (2002), novela. Los ojos del moro (2003), novela. El doctor amor y las mujeres (2006), novela. La trama sináptica (2007), novela. Historias de amor, muerte y trascendencia (2007), novelas (dos novelas breves relacionadas). Los estados intestinales (2007), novela. Cuando cazaba pelos (2008), novela breve Cuentos completos (1999-2008) Blogs: http://clinica-psicomedica.iespana.es http://alario1.blogspot.com http://undostrescuentos.blogspot.com http://undostrescuentos2.blogspot.com http://elloboylaluna.blogspot.com http://lasnocturnidades.blogspot.com http://nohaymentesincerebro.blogspot.com
 

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