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EL ORÍGEN DE LAS LEYENDAS



Noche de jueves en Oxford a finales de los años cuarenta. Habitaciones del profesor de Literatura C. S. (Clive Stamples) Lewis, en el Magdalen College. Una docena de escritores y docentes sentados en unos sofás raídos y sucios leen como cada semana algunos textos que han escrito, para someterlos al juicio del grupo. Hoy, es el propio Lewis quien empieza, mientras sus colegas beben cerveza -ya no hay problemas de abastecimiento, como en años anteriores- y saborean las viandas que un admirador del titular del apartamento les ha enviado: "Había una vez cuatro niños que se llamaban Peter, Susan, Edmund y Lucy, y esta historia cuenta algo que les sucedió cuando los enviaron lejos de Londres durante la guerra, debido a los ataques aéreos". Hugo Dyson, James Dundas-Grant, Roger Lancelyn Green, Nevill Coghill, Owen Barfield y algunos más, entre ellos Warren Lewis, el hermano mayor del autor que pasa el examen, hacen gestos de aprobación. En un ángulo de la sala, otro de los contertulios sonríe al comprobar la diferencia entre el texto de Lewis y la larga historia que él está escribiendo y que también lee periódicamente en esas mismas reuniones, aunque ambas discurran por el camino de la fantasía y el mito. Su nombre es J. R. R. (John Ronald Reuel) Tolkien y quedará escrito con letras de oro en la historia de la literatura del siglo XX junto al de su amigo.
Las crónicas de Narnia y El Señor de los Anillos son en gran medida fruto de aquellas reuniones semanales en Oxford. No todos los contertulios disfrutaron de tanto éxito literario, pero la literatura fantástica reciente no se entendería sin la influencia mutua de un grupo de chalados con gran talento que se autodenominaron
los Inklings. Ahora, la publicación en español de un libro del biógrafo británico Humphrey Carpenter titulado así, Los Inklings (Ed. Homolegens), permite reconstruir la vida cotidiana de aquellos intelectuales conservadores en lo político, defensores a ultranza de la amistad, levemente misóginos e inadaptados a los cambios sociales que se dieron tras la guerra.


El encuentro


Lewis y Tolkien se conocieron en marzo de 1926, cuando ambos llevaban medio año impartiendo clases de materias afines (Lengua y Literatura Inglesa) en Oxford. El primero tenía 28 años y había obtenido el empleo tras haber hecho algunas sustituciones. El segundo, de 34, tenía ya experiencia docente en la Universidad de Leeds. Tolkien estaba casado. Lewis convivía con una mujer con edad de ser su madre. Una extraña relación que el escritor se negó a explicar y sobre la que mantuvieron silencio tanto la hija de ella como el hermano de él, que vivieron muchos años bajo el mismo techo.
Tolkien era una de esas personalidades capaces de arrastrar tras de sí a cuantos se encontraran en su órbita. Poco después de conocer a Lewis creó uno de esos clubes tan frecuentes en aquella Universidad. Sólo que en el caso de los '
Coalbiters', como se autodenominaban, el eje de las reuniones era poco habitual: los mitos islandeses. Los integrantes del club tenían como tarea traducir textos originales de la literatura islandesa. A Tolkien, que había aprendido la lengua en su infancia, sin ayuda de profesor, no le resultaba costoso, pero para Lewis y otros debía de ser algo parecido a una tortura, porque apenas eran capaces de poner en inglés un solo párrafo cada tarde.
Durante años, los 'Coalbiters' se reunieron con regularidad. El grupo fue creciendo y uno de sus miembros más activos pronto fue Warren Lewis, hermano mayor del creador de Narnia. Historiador y escritor también él, Warnie, como lo llamaban todos, ha dejado testimonio de aquellas reuniones, abundantes en cerveza y licor, no exentas de chistes verdes (Tolkien los contaba en islandés, Lewis insistía en que no se llegara a la pornografía) y vetadas a las mujeres. Ahora puede parecer extraño pero no lo era tanto desde la mentalidad de aquel momento. De hecho, hasta 1870 los profesores de Oxford no podían casarse.
Fueron años felices. El grupo era un verdadero submundo dentro de la Universidad y su amistad llenaba el abundante tiempo libre de sus miembros. Con frecuencia, C. S. Lewis organizaba grandes caminatas, con paradas en posadas para cumplir el ritual de las comidas, las cervezas y el té. A Tolkien le gustaba detenerse a contemplar plantas y aves, y se quejaba de las largas rutas -de 30 kilómetros diarios y a veces más- que planificaban los hermanos Lewis.
Los Inklings nacieron en 1933 con objeto de reunirse para leer en voz alta textos inéditos de los integrantes del grupo. Lewis pronto asumió el liderazgo del mismo hasta el punto de que las reuniones se celebraban en sus habitaciones en el Magdalen College, un edificio hermoso pero no tan céntrico como el Exeter, donde enseñaba Tolkien, o el Merton, donde impartían clase otros componentes del grupo. Al acabar una de las primeras reuniones, Tolkien dejó a Lewis un texto sin corregir e inacabado, escrito con la única pretensión de entretener a sus hijos. Ignoraba que iba a convertirse en un clásico. Su título: El Hobbit.
Los integrantes de los Inklings discutían sus obras y se apoyaban mutuamente. Lewis, que ya era un crítico reputado, escribió una reseña muy elogiosa de
El Hobbit en el Times. Poco después, Tolkien le ayudaría a publicar Más allá del planeta silencioso, acudiendo a sus contactos entre los editores.
El club no tenía reglas escritas ni normas de aceptación de nuevos miembros. Pero Lewis era quien, de facto, decidía dónde se reunían y dónde acababan las tertulias (en el hotel situado frente al Magdalen; en un
pub junto a la Biblioteca Bodleian, su lugar de trabajo; es decir, siempre en su entorno más inmediato) y quién formaba parte y quién no.
Y fue él quien se empeñó, ante la tibieza de Tolkien y algunos otros, en admitir en 1939 a
Charles Williams, un escritor prolífico (su obra más conocida es Guerra en el cielo), creador de una teología romántica y capaz de meter en una misma novela a un brujo africano y una flota de submarinos. Además de su afición por los mitos, tenía también en común con Tolkien y Lewis un sólido cristianismo.Los oxonienses sufrieron poco durante la guerra. Pese a que la ciudad está a 80 kilómetros de Londres, parecía como si los bombardeos fueran cosa de otro mundo y sólo la escasez de algunos víveres les recordaba el conflicto bélico. Cuando éste se encontraba ya en su recta final, el grupo se comprometió a celebrar la paz, cuando llegara, muy en su estilo: con una estancia de una semana en una posada campestre, charlando de todo lo divino y lo humano y bebiendo cerveza sin parar.


El éxito


A mediados de los cincuenta, Lewis y Tolkien alcanzaron la fama con la publicación de sus títulos fundamentales. El primero había escrito su ciclo de siete relatos a la carrera, sin importarle un cierto desaliño estilístico ni que quedaran cabos sueltos en sus cuentos. El segundo, en un trabajo de muchos años, cuidando cada detalle (sus contertulios le advirtieron de que Sauron podía ser identificado con Stalin) y creando cada aspecto de los mitos narrados.
En 1954, Lewis consiguió por fin una cátedra, pero en Cambridge. Y aunque en la práctica vivía más tiempo en Oxford, las reuniones del grupo se fueron distanciando. Williams había muerto. Barfield estaba en Londres y a Tolkien no le gustaba la nueva vida que llevaba Lewis, casado con una joven escritora (la mujer con la que había vivido una extraña relación materno-marital había muerto en 1951). Al creador de Narnia tampoco le sentó bien Cambridge. Ya había dado lo mejor de sí mismo y ni siquiera le gustó el trato recibido en los aspectos más domésticos: "Se queja porque en Oxford le servían tres copas de oporto después de la cena y en Cambridge sólo le dan una", escribió divertida
Joy Gresham, su esposa.
C. S. Lewis murió el 22 de noviembre de 1963 (el día que dispararon sobre Kennedy en Dallas). Los demás inklings trataron de continuar las reuniones pero el club se disolvió enseguida. Warnie Lewis, sin la sombra protectora de su hermano, vagó desnortado durante años, abusando del alcohol. Tolkien apenas publicó nada interesante. En las habitaciones del Magdalen College había ya otros inquilinos.


César Coca
Las Provincias
18 de agosto de 2008


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Sin embargo, según una búsqueda rápida, hay otro libro sobre los Inklings publicado el año pasado en Inglaterra: The Company they Keep: C. S. Lewis and J. R. R. Tolkien as writers in community. Para más información, pinchen aquí.

1 Comment:

  1. Unknown said...
    Lo he leido todo y ha sido delicioso-Cuando era joven tenía tertulias que parecían monologos-La única persona inteteresante que conocía-era yo-pero aun asi me dispuse a dar conferencias por todos los pubs y tabernas, Hubo un grupo completo que escapó de mi, mientras meaba en la taza de un bar.Los temas versaban sobre la filosofía de Kant, yo por aquel entonces conocía la vida y la obra de Kant, como la palma de mi mano derecha. En fin, tener talento es una lotería y no lo lleva todo el mundo.Ese grupo...los Inklings, tuvieron mucha suerte-estaban en el lugar adecuado en el momento justo.
    Una gran bendición para la literatura inglesa y del resto del mundo. Deberiamos aprender algo de los Inklings, su afán creador y artistico está por encima de la mediania. Lo digo con tono de humor naturalmente.
    ¡Un saludo Egosum!

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