Faltaban todavía dos horas para la marcha, tiempo que teníamos que emplear en ultimar los preparativos. En apenas media hora, habíamos terminado, pues el equipaje estaba prácticamente dispuesto la noche anterior. El doctor Besnien me regaló un ejemplar de La Enciglopedia Biológica de Björn y Scheel, un precioso documento para el naturalista. Pasamos, pues, la última hora y media en agradable conversación con nuestros amigos y a las seis en punto, nos pusieron sobre aviso los relinchos de unos caballos que piafaban junto a la ventana. Tomamos nuestras maletas y salimos a la calle. Gödel cargó el equipaje. Todo estaba listo. Viktor y el doctor Besnien nos estrecharon las manos y les agradecimos, de todo corazón, su amable hospitalidad. Habíamos partido con el cielo cubierto, pero estaba convencido de que no llovería y comprobé, una vez más, el gran placer que producía recorrer en un coche de caballos aquella bella nación desconocida. La calesa corría a gran velocidad por el bosque, mientras que de una manera casi imperceptible, sobrevino la noche. Pese a lo agreste del territorio, Gödel conducía la calesa con una maestría sin parangón. A medida que avanzábamos, la luz del día se desvanecía y la foresta se hacía más densa y sombría. Pudimos ver algunos lobos, que se escondían en la maleza al paso del carruaje. El húngaro parecía no tenerlos en cuenta, quizás porque, para él, enfrentarse a estas bestias era un asunto rutinario. De pronto dijo algo que, debido al ruido del coche, no entendí, pero al instante vi que no había necesidad. No puedo explicar mis sentimiento, yo amante de lo antiguo, al mirar por la ventanilla, porque no admiré en ningún otro país torres tan venerables como la de aquella gris heredad. Los dentados contornos de las almenas y sus irisados torreones se erguían, elevándose sobre la mole de las casamatas, recortándose en el pálido fulgor del crepúsculo silente. El coche avanzaba a través de un gran patio empedrado, donde los restos de un decrépito jardín, se ofrecían a la vista con el mayor abandono.
Nuestro húngaro era un hombre corpulento, que debía estar dotado de una fuerza poco común. Sus ojos negros como la noche, miraban desde una cara enérgica y curtida por la intemperie y me parecieron, desde un principio, vivos y soñadores. Sus cabellos, cayendo salvajemente sobre el cuello, se unían a una gran barba, negra como el carbón. No hablaba más de lo necesario y toda su persona revelaba un espíritu pacifico, pero no irresoluto. Más bien al contrario, daba la impresión de una gran autosuficiencia, de hombre acostumbrado a valérselas por sí mismo, una de esas personas que no pide nada a nadie y que no se entrometía en la vida de los demás. Paz y tranquilidad, podían ser perfectamente sus consignas. Con el buen vino y suculentas viandas acompañaba su vida y trabajaba, por lo demás, cuando le convenía o, mejor dicho, cuando no le quedaba otro remedio. Hombre de gustos sencillos y pocas complicaciones, su filosofía de la vida se basaba en la economía más estricta. Como me había dicho el viejo cirujano, este lugareño vivía principalmente de la caza del lobo y los beneficios se repartían en un doble frente: las pieles y el cobro de la eliminación de animales peligrosos. Es decir, cuando llegaba el invierno, esas fieras constituían una grave amenaza para el ganado e incluso para las familias que vivían en lugares apartados. Inclusive, en épocas de mayor escasez, se les había visto rondar en las mismas callejas de las aldeas. Solían bajar en manadas, desde las cumbres, buscando cualquier presa fácil. Era entonces cuando los aldeanos le contrataban y con lo que ganaba esa temporada, junto con los beneficios de la venta de las pieles, podía sobrevivir el resto del año. Este personaje flemático, silencioso y muy orgulloso en el fondo, como todos los montañeses si no me equivoco, se llamaba Gödel Lukiacevicz, al que apodaban el fuerte, por razones que saltaban a la vista.
LOVECRAFT EN LO MÁS ALTO DE LA LITERATURA NORTEAMERICANA
4 comentarios Publicado por Unknown en 11:00 a. m.Como dice Juan Antonio Molina Foix (2.006)Howarth Phillips Lovecraft acaba de alcanzar la suprema consagración de los literatos estadounidenses: entrar a formar parte de la selecta y restringida colección de clásicos de la Library of America (equivalente a la Pléiade francesa).
Molina Foix, J.A. (2006): Esta Edición (notas a la edición d el 2006), de la Narrativa completa/Vol.I. Madrid, Valdemar, colecc. Gótica.
Ya era hora, nunca es tarde si hay dicha (toda dicha es buena por lo que este calificativo unido a la frase anterior resulta redundante).
Un saludo y a más ver.
Salvador Alario Bataller
H.P.LOVECRAFT: UNA NUEVA EDICIÓN DE SUS OBRAS EN CASTELLANO
0 comentarios Publicado por Unknown en 10:52 a. m.Narrativa completa/Vol.I
Edición de Juan Antonio Molina Foix
Valdemar, Gótica, nº.63,
2ª edición
Madrid, 2006
Howard Phillips Lovecraft (1890-1937), noctámbulo, soñador y cazador de sueños a partir de su misterioso mundo onírico dio una nueva dimensión al cuento de terror, que ahora sería miedo cósmico, el “terror de los espacios infinitos”, que aterrorizaba a Pascal y a Poe, abandonando definitivamente el modelo gótico, con sus fantasmas, castillos, criptas tenebrosas, brujas y vampiros, aportando una nueva mitología donde no hay cabida ni para Dios ni para el Diablo, ni para ninguna estirpe de ser sobrenatural, sino para seres híbridos semihumanos y extraterrestres o extradimensionales.
Mediante el sueño y sui fantasía Lovecraft viajó en el mundo de Hipnos, más lejos y mejor que nadie, justo elemento compensatoria a su habitual inmovilidad y “ostracismo” voluntarios”.
Valdemar Gótica ofrece el primer tomo de los cuentos de este autor insigne y ahora ya reconocido entre los Grandes Americanos de la Literatura (ver post siguiente, arriba): se trata del primer tomo de la Narrativa Completa, que abarca su producción literaria desde 1905-1926. La influencia de Edgard Allan Poe está presente en los relatos “El extraño, “La tumba” o “Aire frío”, como la de Lord Dunsany –otro de sus grandes maestros-, la encontramos en “La Ciudad sin Nombre”, “Polaris”, “Dagon” o “La búsqueda en sueño de la ignotas Kadath”; también en esta primera etapa vio la luz “La llamada de Cthulthu” (1926), pieza fundamental y fundacional de los Mitos de Cthulhu, una de las formas o subgéneros que adoptara el horror lovecraftiano con ilustres precursores como Arthur Machen o Algernon Blackwood, y que produjo (y todavía son…) numerosos continuadores, conocidos en su conjunto como el Círculo de Lovecraft.
Estamos, pues, ante una magnífica edición, la de Juan Antonio Molina Foix, demostrativa del renovado interés que ha tomado la obra de este otro gran americano, que seguirá con los sucesivos tomos que integren su Narrativa Completa.

Ralf-Peter Märtin
Los “Drácula”
Vlad Tepes, el Empalador y sus antepasados
Tusquets Editores (1983)
Ralf-Peter Märtin nació en Alemania en 1951. Estudió germanística e historia de la técnica en la Universidad de Berlín. Su tesis doctoral versó sobre «La novela de aventuras en el siglo XIX». Autor de trabajos biográficos en torno a figuras históricas siempre insólitas, como el espinoso personaje de Poncio Pilatos, es crítico en distintas publicaciones de su país, participa en programas radiofónicos y colabora en una editorial alemana.
Gracias a su habilidad a la vez de historiador y narrador, la Historia se convierte en este libro, publicado en Alemania en 1980 y por nosotros en 1983 (Cuadernos Infimos 105), en el relato estremecedor de unos hechos que, hoy, debido a los medios de comunicación, nos parecen casi cotidianos. El fino sentido práctico de Märtin le indujo a incluir al final de su estudio una detallada guía de la Ruta de los castillos de Drácula, que llevará a más de uno al encuentro del histórico príncipe Vlad y del legendario conde Drácula.
Sé que tienes razones para abrir este libro frunciendo el entrecejo. Pero confío asimismo en que estas aclaraciones puedan desvanecer tus dudas.
Creo poder imaginar tu prevención ante un libro 'científico', basado en una tesis doctoral. Personalmente opino que eso es un regalo. Pienso que en temas tan singularmente oscuros como el de los vampiros es guía más segura el rigor científico que la fantasía.
Comparto también tus temores ante la dificultad de hacer ameno un texto académico. Puedo, en cambio, asegurarte que si hubiera alguna relación entre el empeño y el acierto deberías poder encontrar en las páginas que siguen una aproximación profunda y accesible al enigmático mundo del vampiro.
La ciudadela se levantaba sobre un vasto e infractuoso promontorio rocoso y, arquitectónicamente, con su aire medieval, era encantadora y mistérica. El bosque y la cordillera la rodeaban por doquiera y, al laventarse orgullosa sobre el llano, recibía los espléndidos haces de luz matutinos. Empero, a la llegada de la tarde, todo cambiaba. Sus avenidas devenían tristes
y umbrías, como suele suceder en las ciudades antiguas y de las cuales se dice que están encantadas. Se adivinaba, no obstante, un hálito de grandeza en todo, a lo que sin duda contribuían los profusos vestigios de la dominación turca. En las afueras, respetanto el conjunto arquitectónico y el tipismo locales, se había construido el Hospital Municipal, un edificio de tres plantas y gruesos muros, sobre el basamento de una vetusta iglesia románica. El palacio del gobernador, al lado del teatro, de las oficinas de la burocracia local y del ayuntamiento, era el edificio más destacable de la plaza principal y sin duda, de toda la ciudad, siempre y cuando se tuvieran en cuenta los polémicos puntos de vista innovadores.
Dos minutos más tarde, paseando a paso tranquilo a partir de la zona mencionada, nos encontramos en el hogar que el Dr. Ullrich Besnien compartía con mi amigo, una casa antigua y venerable, vetusta propiedad de una familia local de rancio abolengo, ya extinguida, cerca del hospital, en el número 25 de Ulmentrasse. En ella, se evidenciaban con profusión los rasgos del arte teutón.
Este hombre excelente puso a nuestra disposición la mejor habitación de la casa. Inmediatamente nos instalamos y vestimos para la cena. No puedo describir la emoción que sentí cuando, al bajar al comedor, me encontré con mi buen amigo hamburgués, que acababa de llegar del hospital. El paso de los años no había dejado en él la menor huella, ni había cambiado su enérgico porte germánico.
La cena se sirvió a las nueve en punto y la consumimos con avidez. La comida, más alemana que húngara, no tuvo nada de notable, pero nuestros amigos consiguieron que nos sintiésemos en su casa mejor que ellos mismos. La conversación la mantuvimos en inglés, a fin de que Hellen no se sintiera completamente marginada. Hablamos de cuestiones científicas, como correspondía a personas con similar formación académica, pero guardé la más estricta reserva sobre nuestro proyecto de investigación. Sabían, empero, que había llegado a Hungría con el propósito de hacer un estudio sistemático sobre la fauna quiróptera del país. Sir Archibald les había puesto al corriente con antelación, tal como convenimos y nuestros amigos alemanes se habían ocupado cortésmente de todo lo necesario para nuestra estancia.
-Nos encargamos de supervisar personalmente el montaje del laboratorio -dijo el doctor Besnien-, así como la contratación de la servidumbre y de algunas reparaciones en el edificio. Es una construcción notable, muy antigua, pero bien conservada, máxime ahora con las reformas realizadas. Desde cualquier ventana se ve un magnífico paisaje. En los valles cubiertos de nieve, se distinguen pequeñas aldeas hundidas en la bruma y los Cárpatos parecen tan cercanos que da la impresión que, al alargar la mano, uno puede llegar a tocarlos.
Así pues, me enteré por el doctor Besnien que nuestra nueva casa, una construcción del S. XVII, se levantaba en el denominado Altiplano de Torska, a una siete millas de la ciudad, en la misma cordillera. Era un lugar idóneo porque, gracias a su excelente ubicación, no me vería obligado a realizar desplazamientos innecesarios en los estudios de campo.
-Deben visitarnos a menudo -añadió el doctor-. En el hospital disponemos de una biblioteca de más de ocho mil volúmenes. Estoy seguro de que siempre podrá encontrar un libro de su gusto. En cuanto a las investigaciones, le recomiendo que comience por las grutas y le aseguro que hará una gama de buenas observaciones.
-¿Dónde están esas grutas? -inquirí.
-En la falda del monte Draken. Tendrá que ir escalando montañas muy escarpadas y bordeando profundos precipicios. Será un viaje penoso, pero de sumo provecho, porque en ese sitio abundan los quirópteros.
-Siendo así, tendré que procurarme un guía.
-Ya habíamos pensado en eso. Mañana le presentaremos al hombre.
-¿Es de confianza?.
-Por supuesto, enteramente, no le quepa la menor duda. Vive en Astchelk, una pequeña aldea, cerca de aquí. Conoce a la perfección este territorio. Se trata de un cazador de lobos, hombre de probada honestidad, del cual, estoy convencido, quedará completamente satisfecho. Además, habla perfectamente el alemán.
-Pues, entonces, mañana le conoceremos -repondí agradecido, mientras alargaba la mano para coger una nueva copa de brandy que el doctor me ofrecía.
H. P. Lovecraft. Contra el mundo, contra la vida
por Michel Houellebecq
Tal vez el siglo XX perviva como una edad de oro de la literatura épica y fantástica, una vez que se hayan disipado las mórbidas brumas de las vanguardias desvaídas. Ya ha permitido la emergencia de Howard, Lovecraft y Tolkien. Tres universos radicalmente distintos. Tres pilares de una literatura de los sueños, tan despreciada por la crítica como aclamada por el público. Pero eso no importa. La crítica siempre acaba reconociendo sus equivocaciones; o, más exactamente, los críticos acaban muriéndose, y otros críticos los sustituyen. Así, después de treinta años de desdeñoso silencio, los “intelectuales” han empezado a leer a Lovecraft. Su conclusión ha sido que el hombre tenía una imaginación realmente asombrosa (había que explicar su éxito de algún modo), pero que su estilo era lamentable.Un poco de seriedad. Si el estilo de Lovecraft es lamentable, podemos concluir alegremente que el estilo no tiene la menor importancia en literatura, y pasar a otra cosa. Este estúpido punto de vista es, sin embargo, comprensible. Hay que reconocer que Lovecraft no comparte esa concepción elegante, sutil, minimalista y contenida que, por regla general, gana todos los sufragios. Aquí tenemos, por ejemplo, un extracto de Prisionero de los faraones: “Vi el horror de la cara más terrible de la antigüedad egipcia, y descubrí la monstruosa alianza que la unía desde siempre con las tumbas y los templos de los muertos. Vi procesiones fantasmales de sacerdotes con cabezas de toro, halcón, gato e ibis, que desfilaban interminablemente por laberintos subterráneos y titánicos propileos junto a los cuales el hombre no es sino un insecto, y ofrecían sacrificios innombrables a dioses indescriptibles...”.No cabe duda de que tales fragmentos, hinchados y enfáticos, son una piedra con la que tropieza cualquier lector culto; pero debemos observar de inmediato que esos pasajes extremistas son también los preferidos de los auténticos aficionados. En este registro, nadie ha conseguido igualar nunca a Lovecraft. Se ha tomado prestada su manera de utilizar los conceptos matemáticos, de precisar la topografía de cada lugar del drama; se ha continuado su mitología, su imaginaria biblioteca demoníaca; pero nadie se ha atrevido jamás a imitar esos párrafos en los que pierde toda contención estilística, en los que adjetivos y adverbios se acumulan hasta la exasperación, en los que deja escapar exclamaciones de puro delirio, como “¡No! ¡Los hipopótamos no deberían tener manos humanas ni llevar antorchas!”. Y, sin embargo, ahí está el verdadero objetivo de la obra. Incluso podemos decir que la construcción de los “grandes textos” lovecraftianos, a menudo sutil y elaborada, no tiene otra razón de ser que preparar los pasajes de explosión estilística.Lo que enfrenta a Lovecraft con los representantes del buen gusto es más que una cuestión de detalle. Lo más probable es que HPL hubiera considerado fallido un relato en el que no se pasara de la raya al menos una vez. Lo cual puede comprobarse a contrario en el juicio que emite sobre un colega: “Tal vez Henry James sea un poco demasiado difuso y delicado, acaso esté un poco demasiado acostumbrado a las sutilezas del lenguaje como para crear un horror realmente salvaje, capaz de devastarlo todo”.Un hecho tanto más notable por cuanto Lovecraft fue durante toda su vida el prototipo del caballero discreto, reservado y bien educado. No era en modo alguno la clase de hombre que va contando horrores o delira en público. Nadie lo vio jamás enfurecerse; ni llorar, ni echarse a reír. Una vida reducida al mínimo: todas sus fuerzas vivas se transfirieron a la literatura y a los sueños. Una vida ejemplar. Howard Phillips Lovecraft es un ejemplo para todos los que quieren aprender a malograr su vida y, llegado el caso, a triunfar con su obra. Aunque esto último no está garantizado. A fuerza de practicar una política de total no compromiso con las realidades vitales, uno se arriesga a caer en una apatía completa e incluso a dejar de escribir; y eso es justamente lo que estuvo a punto de pasarle a Lovecraft en varias ocasiones. Otro peligro es el suicidio, que hay que aprender a sortear; Lovecraft tuvo siempre a mano, durante varios años, una botellita de cianuro. Puede ser un truco enormemente útil, siempre que uno aguante el tipo. Lovecraft lo aguantó, no sin dificultades.La primera, el dinero. HPL encarna el desconcertante caso del individuo pobre y desinteresado a la vez. Aunque nunca se hundió en la miseria, tuvo apuros económicos toda su vida. Su correspondencia revela dolorosamente que todos los días tenía que andar mirando el precio de las cosas, incluso de los artículos más básicos. Nunca tuvo medios para hacer un gasto importante, como comprar un vehículo o pagarse ese viaje a Europa que tanta ilusión le hacía. El grueso de sus ingresos provenía de sus trabajos de revisión y de corrección. Consentía en trabajar por tarifas extremadamente bajas, incluso gratis si se trataba de amigos; y cuando no le pagaban una factura, no solía atosigar al acreedor: no era digno de un gentleman comprometerse por culpa de sórdidas historias monetarias, ni mostrar una preocupación demasiado viva por sus propios intereses. Por lo demás, disponía de un pequeño capital procedente de una herencia, al que fue dando pellizcos a lo largo de toda su vida, pero que era demasiado reducido para proporcionarle otra cosa que dinero de bolsillo. Es conmovedor comprobar que, en el momento de su muerte, su capital está casi a cero; como si hubiera vivido el número exacto de años que le habían concedido su fortuna familiar (bastante pobre) y su propia capacidad para el ahorro (bastante grande). En cuanto a sus obras, no le reportaron prácticamente nada. De todos modos, no le parecía conveniente hacer de la literatura una profesión. Según sus propias palabras: “Un caballero no intenta darse a conocer, lo deja para los egoístas arribistas y mezquinos”. Claro, quizá sea difícil apreciar la sinceridad de esta declaración; puede parecernos producto de un enorme tejido de inhibiciones, pero al mismo tiempo hay que considerarla como la aplicación estricta de un código de conducta caduco al que Lovecraft se aferraba con todas sus fuerzas. Siempre quiso verse como un gentilhombre de provincias, que cultiva la literatura como una de las bellas artes, para su propio deleite y el de algunos amigos, sin preocuparse por los gustos del público, los temas de moda o cualquier otra cosa por el estilo. Un personaje semejante ya no tiene cabida en nuestras sociedades; él lo sabía, pero siempre se negó a tomarlo en consideración. Y, de todas formas, lo que lo distinguía del verdadero “gentilhombre de campo” era que no poseía nada; pero tampoco quería tener eso en cuenta.
[Siruela lanza la próxima semana H. P. Lovecraft. Contra el mundo, contra la vida, de Michel Houellebecq]
Autor de la Llamada de Cthulhu, Dagón y En las montañas de la locura, etc, etc, H.P. Lovecraft, maestro indiscutible del horror y de lo fantástico, sigue siendo objeto de una fascinación muy especial por parte de nuestros contemporáneos. Lo grande, auténtico y trascendente es inmarcesible.
OTROS TÍTULOS DEL AUTOR: HOUELLEBECQ, MICHEL
· EXTENSION DU DOMAINE DE LA LUTTE
· LES PARTICULES ELEMENTAIRES
· AMPLIACION DEL CAMPO DE BATALLA
· RENAISSANCE
· LAS PARTICULAS ELEMENTALES
1
Al fin, restablecido completamente de mi enfermedad, decidimos partir. El postillón del coronel cargó en el carruaje nuestra valija y provisiones para el camino y antes del mediodía emprendimos la marcha. Lamentamos no poder despedirnos de nuestro magnífico anfitrión, quien se encontraba todavía de servicio, pero le dejé a su ayuda de cámara una carta sellada agradeciéndole su hospitalidad.
La ruta fue tortuosa, como suelen serlo los caminos de las montañas. A nuestros pies se extendía el manto esmeralda de la inmensa arboleda y, en la lejanía, bajo un cielo plúmbeo y amenazador, veíanse los impresionantes picos nevados de los Cárpatos Húngaros. El camino serpenteaba pegado a ingentes muros graníticos, por donde, de vez en cuando, caían estrepitosamente cascadas de aguas cristalinas y espumosas. En los lejanos glaciares, allí donde solamente se aventuraban las grandes rapaces, la luz del sol era reflejada en espléndidos tonos rosáceos.
Durante nuestro trayecto, nos cruzamos en repetidas ocasiones con checos y slovacos y, más de una vez, dejamos atrás una caravana de szeganys, de quienes decían los lugareños que tenían trato con el diablo. Por doquier se descubrían intersecciones de caminos y, en algunas de ellas, se erigían rústicas cruces de madera tallada sobre desgastados pedestales. Mi curiosidad al respecto tuvo que resignarse, porque el postillón apenas hablaba el alemán, por lo que no llegué a esclarecer el significado de este hecho insólito.
Así mismo, en estas zonas rurales, repetidas veces nos tropezamos con carretas campesinas, largas y delgadas, con el propósito de circular expeditamente por aquellos caminos angostos e intrincados. La tarde se volvió muy fría y la niebla ocupó los valles, los bosques y las pequeñas aldeas. Al cabo de poco, comenzó a nevar. Por fin, después de un penoso trayecto, pudimos distinguir una ciudad amurallada a cinco millas al norte.
-¡Ovërbeck, mein herr! -vociferó el cochero.
Abajo, al lado del camino, amilanaba un precipicio de oscuras fauces y fondo inescrutable.
En menos de una hora llegamos a la ciudad. En la parada de la diligencia, se hacinó un grupo numeroso de hombres y mujeres, todos ellos vestidos con vistosos trajes típicos de la región. Seguramente no llegarían con frecuencia al lugar extranjeros como nosotros. De improviso, apareció un hombre de buena presencia, vestido con exquisita pulcritud. Era un magistrado, el hadnagi Molday Blasdesowak, Gobernador de la Hungría Oriental. Le hice entrega de la carta de recomendación que traía de Londres e inmediatamente entablamos una cortés conversación en alemán sobre las incidencias del viaje y asuntos de rigor en tales ocasiones. Para mi satisfacción, el hadnagi se puso enteramente a nuestra disposición. Recibimos también una amable acogida del doctor Besnien, jefe clínico del hospital municipal, persona de aspecto agradable y de gran cordialidad, quien había venido en la pequeña comitiva encabezada por el gobernador. Me ofreció disculpas de parte del doctor von Ashaer, pues le había sido imposible venir a recibirnos a causa de un paciente. Era un hombre sumamente cortés y educado, este modesto sabio que vino a ofrecernos sus servicios y la hospitalidad de su casa en perfecto inglés.
Pero en las horas siguientes fui perdiendo poco a poco las fuerzas. Frecuentemente tenía sueños extraños y pesadillas, en las cuales siempre veía a la loba. En las angustiosas visiones, el animal se acercaba a la cama y desaparecía. Después una voz femenina, dulce y cristalina, me hablaba respecto a mi futuro, aunque de un modo confuso que no llegaba a entender. Luego, algo indefinible, semihumano, se inclinaba sobre la cama, hasta el punto de que podía oír su aliento húmedo y fétido sobre mi cara. En ese instante, sentía una dolorosa opresión en el pecho. Me despertaba entonces sobresaltado, muchas veces gritando, con la frente perlada de un sudor frío, al límite de la extenuación, por la cual acababa desplomándome en el lecho sin remedio. Todas las veces, tenía la sensación de que algo blanco e intangible se deslizaba fuera de la habitación.
El médico me aseguró que tales pesadillas carecían de importancia, que desaparecerían completamente en cuanto reposara lo suficiente y recuperase el equilibrio nervioso.
Sin embargo, pese a los desvelos de Hellen por cuidarme y las atenciones profesionales del doctor, las pesadillas persistieron. Una noche, las cosas casi llegaron al límite. Oía las pisadas del gris que se acercaban a la cama. Era un paso ligero y cadencioso. La presentí muy cerca de mí, agazapada junto al lecho, cuando sus pisadas dejaron de sonar. Divisé un par de ojos llameantes que me miraban en la oscuridad. Después oí aquella voz sobrenatural del bosque y creí ver el talle de una mujer reclinada sobre mí. Capté el reflejo de sus ojos ardientes y el jadeo de una respiración acelerada. Después, como siempre, la lasitud y el miedo se adueñaron de mi ánimo, pero antes de desvanecerme podría afirmar que había parada en medio de la cámara una mujer, más bien una muchacha, casi una niña, aquella joven dama lánguida que me fascinara sobremanera cuando la tarde caía en el claro del bosque. Empero, mi desmayo debió ser breve, puesto que cuando abrí los ojos estaba solo en mi alcoba y, una vez más, antes de perder por segunda vez el sentido abatido por la consunción, pude oír pasos leves que se extinguían en la tiniebla que me envolvía.
Según conversaciones ulteriores que mantuve con mi mujer, a la mañana siguiente, mi estado había empeorado, hasta el punto de que Hellen llamó al cura para darme la última absolución. El padre Freund me animó a que le contase el contenido de mis pesadillas. Me rogó que no omitiese ningún detalle y que le comentara, con la mayor libertad, las relaciones que, a mi entender, pudieran verse implicadas en el asunto, por absurdas que pudieran parecer. Las sombras ocuparon su rostro cuando mencioné la experiencia del cementerio y mis visiones de la Dama Blanca. Después sonrió y tomándome la mano, dijo:
-El Señor es mi salvación. Yo, en Su Nombre, traeré la paz a su vida.
Elementos inextricables habían acudido en mi ayuda. Desde que el padre Freund me visitó, las pesadillas desaparecieron y mi vida volvió a ser tan normal como lo había sido hasta entonces.
Gente extraña, extraño país.
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