Découvrez la Radio Jazz vocal
MUERTE VERDADERA Y PURIFICACION
A las doce del mediodía, el trabajo estaba terminado. Solamente dos de los muertos desenterrados en el cementerio de Koztul presentaban rasgos evidentes de vampirismo, por lo que fueron atravesados con una estaca y después decapitados. Además, se introdujo en cada sepultura un pedazo de la Sagrada Forma, a fin de que, en caso de transformación, el nosferatu no pudiese salir de su tumba. Más, no se encontró rastro del profesor ni de su ayudante, como tampoco fue hallado el sarcófago de su iniciador.
-Circunstancias mayores imponen que actuemos raudo -dijo Delius cuando volvieron al hotel-. Es la una de la tarde. Comeremos algo ligero y partiremos de inmediato hacia Ossdara y Vye, que son los dos pueblos más cercanos. De no haberse marchado, nuestros enemigos deben haber buscado refugio en uno o en otro. Cabe también la posibilidad de que residan en una casa particular, tanto aquí como en cualquier otro sitio, pero todos sabemos que el upiro prefiere descansar en tierra santificada. ¿No será acaso más probable encontrarlos en campo santo?. Pues bien, hágase lo dicho y que Dios nos ayude.
A las tres de la tarde entraron en el cementerio de Vye. Nada dijeron ni el comisario, ni el alcalde, ni el párroco sobre las profanaciones de sepulcros y la exhumación de cadáveres. Habían crecido educados en la tradición y, además, una orden gubernamental no admitía apelación.
En el cementerio, junto a la rectoría de Vye, se había dispuesto una gran pira, donde debían ser arrojados los restos de quienes habían hecho de la aldea y sus cercanías un lugar de espanto.
Antes de proceder con la exhumación de los cadáveres, el doctor Radu, párroco de la diócesis, bendijo el campo santo y rezó por las almas de los muertos. Seguidamente, el Hadnagi hizo desenterrar varios cadáveres y ninguno de aquellos restos, después de ser cuidadosamente inspeccionados por nuestros expertos, fue considerado un vampiro. Por fin, en uno de los féretros se halló, entre los restos desahuciados de un difunto, a un hombre por su apariencia joven. Aquello resultaba de lo más sospechoso ya de por sí, puesto que no se había registrado ningún entierro de tal talante en las actas de defunción. El cadáver estaba bien conservado y los rasgos de su cara, perfectamente reconocibles, eran los de quien había consagrado todo su celo a un gran maestro. Todos pudieron acercarse y contemplarlo. Gërd iba vestido como en vida, aunque sus ropas estaban deterioradas y sucias. Su castaña cabellera, casi rubia, le caía, como una cascada esplendente, sobre el cuello y la espalda y mostraba por primera vez a los ojos de los sabios la verdad del ser real que se encontraba detrás de la crisálida de la apariencia. Sus rasgos, evidentemente los de una hermosa muchacha, estaban ahora blancos, como la cal. El cuerpo estaba incorrupto, semihundido en un lecho negro y hediondo de putrefacción líquida. Nada en él se movía, ni el más leve parpadeo en sus ojos, ni el menor temblor en los labios.
El párroco entonaba un grave cántico religioso. Todo en la rectoría ofrecía la imagen de la muerte: Las sepulturas abiertas con las losas apoyadas sobre el muro, descerrajados los ataúdes de quienes, por mediación del Diablo, habían sido expulsados del lado de Dios. Aquello predisponía a nuestros héroes, como espíritus elevados, a la meditación, pero la parte elemental del hombre, de la que cada uno sufrimos en algún grado, les inclinaba al terror. La vieja mole de la rectoría, con su gran campanario y sus sólidos muros, era un marco poco tranquilizador para aquella empresa sacrílega. Terminada ésta, se devolvieron a sus féretros a los no sospechosos de vampirismo, tomando antes las precauciones ordenadas por la tradición. Solamente Gërd/Virkano y una anciana iban a ser purificados mediante la prueba de la estaca y una vez esta penosa labor hubiere concluido, sus almas podrían ir a descansar en paz junto al Padre Eterno. Más, los Escépticos no estaban tranquilos, pues la presencia del discípulo indicaba que el maestro no andaba lejos, aunque ahora hubiese cambiado para mal la naturaleza del magisterio.
***
A las doce del mediodía, el trabajo estaba terminado. Solamente dos de los muertos desenterrados en el cementerio de Koztul presentaban rasgos evidentes de vampirismo, por lo que fueron atravesados con una estaca y después decapitados. Además, se introdujo en cada sepultura un pedazo de la Sagrada Forma, a fin de que, en caso de transformación, el nosferatu no pudiese salir de su tumba. Más, no se encontró rastro del profesor ni de su ayudante, como tampoco fue hallado el sarcófago de su iniciador.
-Circunstancias mayores imponen que actuemos raudo -dijo Delius cuando volvieron al hotel-. Es la una de la tarde. Comeremos algo ligero y partiremos de inmediato hacia Ossdara y Vye, que son los dos pueblos más cercanos. De no haberse marchado, nuestros enemigos deben haber buscado refugio en uno o en otro. Cabe también la posibilidad de que residan en una casa particular, tanto aquí como en cualquier otro sitio, pero todos sabemos que el upiro prefiere descansar en tierra santificada. ¿No será acaso más probable encontrarlos en campo santo?. Pues bien, hágase lo dicho y que Dios nos ayude.
A las tres de la tarde entraron en el cementerio de Vye. Nada dijeron ni el comisario, ni el alcalde, ni el párroco sobre las profanaciones de sepulcros y la exhumación de cadáveres. Habían crecido educados en la tradición y, además, una orden gubernamental no admitía apelación.
En el cementerio, junto a la rectoría de Vye, se había dispuesto una gran pira, donde debían ser arrojados los restos de quienes habían hecho de la aldea y sus cercanías un lugar de espanto.
Antes de proceder con la exhumación de los cadáveres, el doctor Radu, párroco de la diócesis, bendijo el campo santo y rezó por las almas de los muertos. Seguidamente, el Hadnagi hizo desenterrar varios cadáveres y ninguno de aquellos restos, después de ser cuidadosamente inspeccionados por nuestros expertos, fue considerado un vampiro. Por fin, en uno de los féretros se halló, entre los restos desahuciados de un difunto, a un hombre por su apariencia joven. Aquello resultaba de lo más sospechoso ya de por sí, puesto que no se había registrado ningún entierro de tal talante en las actas de defunción. El cadáver estaba bien conservado y los rasgos de su cara, perfectamente reconocibles, eran los de quien había consagrado todo su celo a un gran maestro. Todos pudieron acercarse y contemplarlo. Gërd iba vestido como en vida, aunque sus ropas estaban deterioradas y sucias. Su castaña cabellera, casi rubia, le caía, como una cascada esplendente, sobre el cuello y la espalda y mostraba por primera vez a los ojos de los sabios la verdad del ser real que se encontraba detrás de la crisálida de la apariencia. Sus rasgos, evidentemente los de una hermosa muchacha, estaban ahora blancos, como la cal. El cuerpo estaba incorrupto, semihundido en un lecho negro y hediondo de putrefacción líquida. Nada en él se movía, ni el más leve parpadeo en sus ojos, ni el menor temblor en los labios.
El párroco entonaba un grave cántico religioso. Todo en la rectoría ofrecía la imagen de la muerte: Las sepulturas abiertas con las losas apoyadas sobre el muro, descerrajados los ataúdes de quienes, por mediación del Diablo, habían sido expulsados del lado de Dios. Aquello predisponía a nuestros héroes, como espíritus elevados, a la meditación, pero la parte elemental del hombre, de la que cada uno sufrimos en algún grado, les inclinaba al terror. La vieja mole de la rectoría, con su gran campanario y sus sólidos muros, era un marco poco tranquilizador para aquella empresa sacrílega. Terminada ésta, se devolvieron a sus féretros a los no sospechosos de vampirismo, tomando antes las precauciones ordenadas por la tradición. Solamente Gërd/Virkano y una anciana iban a ser purificados mediante la prueba de la estaca y una vez esta penosa labor hubiere concluido, sus almas podrían ir a descansar en paz junto al Padre Eterno. Más, los Escépticos no estaban tranquilos, pues la presencia del discípulo indicaba que el maestro no andaba lejos, aunque ahora hubiese cambiado para mal la naturaleza del magisterio.
***
JULIAN MARIAS: MUERE UN GRAN HOMBRE, UN GRAN PENSADOR
2 comentarios Publicado por Unknown en 5:13 a. m.Muere Julián Marías a los 91 años
15/12/2005
Fuente: elcultural.es
El filósofo y académico Julián Marías ha muerto en Madrid a los 91 años, según informaron fuentes de la Real Academia de Española. Destacado intelectual, filósofo y ensayista, fue discípulo de Zubiri, García Morente y, de modo especial, de Ortega y Gasset, con quien fundó el madrileño Instituto de Humanidades en 1948. Autor de una obra ingente y fundamental, con más de 50 títulos en su haber, destacan entres sus obras Introducción a la filosofía, El tema del hombre, Análisis de los Estados Unidos, La libertad en juego, El curso del tiempo o La educación sentimental. Julián Marías reflexionó sobre numerosos aspectos que desbordan lo puramente filosófico. Así, deben destacarse sus estudios literarios y sociológicos, sus análisis históricos o religiosos y, de forma muy especial, sus meditaciones sobre España.
Miembro de la Real Academia Española, ocupó desde 1964 el sillón "S" de la institución. En 1996 compartió el Premio Príncipe de Asturias de Comunicación y Humanidades con el periodista italiano Indro Montanelli.
Julián Marías reflexionó sobre numerosos aspectos que desbordan lo puramente filosófico. Así, deben destacarse sus estudios literarios y sociológicos, sus análisis históricos o religiosos y, de forma muy especial, sus meditaciones sobre España. En una entrevista publicada en El Cultural con motivo de su 90 cumpleaños, en la que Marías afirmaba que "Jamás han existido dos Españas”, el escritor se lamentaba de la situación que atraviesa la profesión a la que dedicó su vida: "Los filósofos son cuatro gatos en un rincón. Lo que importa es que se haga filosofía y que se haga de verdad.

LA ENCIGLOPEDIA DE LOS MITOS DE CTHULHU
Daniel Harms
La Factoría de Ideas (2.005)
"Este libro es un intento de proporcionar la primera guía sobre los Mitos de Cthulhu creada por Lovecraft desde las obras de Lin Carter "The Gods" y "The Books" (1956). En aquella época, el número de escritores que habían publicado relatos de los Mitos todavía era relativamente reducido, y toda la mitología podía abarcarse con unos cuantos artículos cortos. Desde aquel entonces han aparecido cientos de obras sobre los Mitos, incluyendo poemas, películas, programas de televisión, cómics y literatura ocultista, y la ficción de los Mitos de Cthulhu ha cobrado una popularidad considerable entre la comunidad de aficionados al terror. Este libro recopila datos sobre los tomos, dioses, personajes y lugares que configuran los Mitos de Cthulhu."
D.H.
BRAM STOCKER:
DRÁCULA
Edición de Juan Antonio Molina Foix
CÁTEDRA
LETRAS UNIVERSALES
UN MITO DEL SIGLO XX
“Si hay un mito literario que haya alcanzado la universalidad a lo largo de este siglo (aunque su difusión se deba principalmente al cine, sin duda es el de Drácula, el arquetipo mismo del vampiro. “Un mito comparable en vitalidad al del Judío Errante, Fausto o Don Juan”, en palabras de Royce McGillivry. Publicada a finales del siglo pasado y recibida todavía como una novela gótica tardía, sus repercusiones han desbordado con creces el cerrado ámbito del género, como adivinara Oscar Wilde cuando, al celebrar su aparición, la calificó de “Tal vez la más bella novela de todos los tiempos” (Totalmente de acuerdo, N.Egosum).
“Drácula es un clásico porque cuenta algo que puede suceder donde quiera que haya seres humanos: el miedo a la muerte y a los muertos, el sueño de la inmortalidad, la dialéctica psicológica y sexual en nuestro interior entre dominio y sentimiento, entre el deseo de herir a los que amamos y de ser herido por ellos”.
Juan Antonio Molina Foix
Celebramos por lo demás una nueva publicación en esa editorial impar que es Valdemar, en su colección Gótica, que me dará la parte del incentivo para leerla por cuarta vez. Egosum dixit.
DRÁCULA
Edición de Juan Antonio Molina Foix
CÁTEDRA
LETRAS UNIVERSALES
UN MITO DEL SIGLO XX
“Si hay un mito literario que haya alcanzado la universalidad a lo largo de este siglo (aunque su difusión se deba principalmente al cine, sin duda es el de Drácula, el arquetipo mismo del vampiro. “Un mito comparable en vitalidad al del Judío Errante, Fausto o Don Juan”, en palabras de Royce McGillivry. Publicada a finales del siglo pasado y recibida todavía como una novela gótica tardía, sus repercusiones han desbordado con creces el cerrado ámbito del género, como adivinara Oscar Wilde cuando, al celebrar su aparición, la calificó de “Tal vez la más bella novela de todos los tiempos” (Totalmente de acuerdo, N.Egosum).
“Drácula es un clásico porque cuenta algo que puede suceder donde quiera que haya seres humanos: el miedo a la muerte y a los muertos, el sueño de la inmortalidad, la dialéctica psicológica y sexual en nuestro interior entre dominio y sentimiento, entre el deseo de herir a los que amamos y de ser herido por ellos”.
Juan Antonio Molina Foix
Celebramos por lo demás una nueva publicación en esa editorial impar que es Valdemar, en su colección Gótica, que me dará la parte del incentivo para leerla por cuarta vez. Egosum dixit.
000O000
EL RELATO DEL CORONEL ZAMENHOFF
He nacido en la alta Sajonia y en dicha provincia he pasado prácticamente toda mi vida. Bien merece el hombre sensible hacer un largo viaje a las regiones septentrionales, con el fin de conocer las soberbias cascadas que tanto abundan en aquellas latitudes y gozar desde la cumbre de los montes más altos del espectáculo de los inmensos bosques.
Vivía yo en este país encantador y habitaba el castillo familiar. Por este tiempo, era capitán de dragones y me hallaba en mi hacienda disfrutando de un corto permiso. Era invierno y un vasto manto de nieve cubría el paisaje. Desde tiempos inmemoriales, han ido pasando de generación en generación historias maravillosas y fantásticas. No encontrarán ustedes un rumano que no crea a pies juntillas que bajo la clara superficie de la razón y del orden aparente de los acontecimientos diarios, yace el misterio. Se ha hablado siempre de hombres muertos hace tiempo que resucitan y caminan entre los vivos, haciendo fechorías y causando males. A estos espectros se les llama de manera distinta según la comarca, pero constituyen en todas partes un peligro mortal para los vivos. Durante ese tiempo al que me estoy refiriendo, se murmuraba que un vampiro infestaba la región. En las pequeñas villas campesinas, la gente estaba aterrada. Aseguraba que yacía en las ruinas de un monasterio, a unas doce millas de mi heredad. Era uno de esos lugares de leyenda donde nadie se acercaba y que estaba habitado solamente por las lechuzas y los murciélagos. Antes de que cerrara la noche, habíamos vuelto de una cacería y cuando mis huéspedes se acostaron, y se hubo retirado la servidumbre, me recogí en la biblioteca, donde tenía la costumbre de fumar un cigarro antes de dormir. La alta chimenea gótica desprendía un vivo resplandor, en el cual ondulaban fantásticamente las vetas azuladas del humo de mi cigarro. Disfrutaba del profundo silencio de la casa, cuando oí mi nombre que era pronunciado desde el exterior. Me acerqué a la ventana y miré al jardín, donde descubrí una figura en el césped. Desde entonces creo que los presentimientos pueden cumplirse, pues supe desde el principio que aquel era el upiro que estaba atemorizando a las gentes de las aldeas. No era otra cosa que cadáver, envuelto en jirones de su sudario. Tenía blanca y fungosa la tez y sus ojos, hundidos en las cuencas, producían una extraña fascinación sobre mí. Era una criatura horrenda y, no obstante, sentía una emoción extraordinaria y primitiva que se sobreponía a la aprensión y que me vinculaba, de algún modo, con él. Supe que se estaba adueñando de mi voluntad y reaccioné rápidamente.
-¿Qué quieres de mí, maligno espíritu? -dije a voces..
-No soy quien piensas -respondió una voz terrible-. Abre, amigo, que soy un peregrino que busca posada para esta noche.
Con el cuerpo bañado en sudor ardiente me negué a su deseo.
-¿Cómo no me das amparo, castellano? -me dijo-. ¿No te han dicho que no es de buen cristiano negar el hospedaje de tu casa?.
Muchos que ignoraran la naturaleza de tales espíritus, no advirtiendo el peligro que corrían, hubieran abierto las puertas de su casa, albergando entonces a un demonio que no esperaría a la mañana para saciar su apetito. Así que volví a mi butaca y me sumí en la oración. La luz del día me dio aviso de que ya podía estará salvo de la maldita presencia de aquel espectro.
***
He nacido en la alta Sajonia y en dicha provincia he pasado prácticamente toda mi vida. Bien merece el hombre sensible hacer un largo viaje a las regiones septentrionales, con el fin de conocer las soberbias cascadas que tanto abundan en aquellas latitudes y gozar desde la cumbre de los montes más altos del espectáculo de los inmensos bosques.
Vivía yo en este país encantador y habitaba el castillo familiar. Por este tiempo, era capitán de dragones y me hallaba en mi hacienda disfrutando de un corto permiso. Era invierno y un vasto manto de nieve cubría el paisaje. Desde tiempos inmemoriales, han ido pasando de generación en generación historias maravillosas y fantásticas. No encontrarán ustedes un rumano que no crea a pies juntillas que bajo la clara superficie de la razón y del orden aparente de los acontecimientos diarios, yace el misterio. Se ha hablado siempre de hombres muertos hace tiempo que resucitan y caminan entre los vivos, haciendo fechorías y causando males. A estos espectros se les llama de manera distinta según la comarca, pero constituyen en todas partes un peligro mortal para los vivos. Durante ese tiempo al que me estoy refiriendo, se murmuraba que un vampiro infestaba la región. En las pequeñas villas campesinas, la gente estaba aterrada. Aseguraba que yacía en las ruinas de un monasterio, a unas doce millas de mi heredad. Era uno de esos lugares de leyenda donde nadie se acercaba y que estaba habitado solamente por las lechuzas y los murciélagos. Antes de que cerrara la noche, habíamos vuelto de una cacería y cuando mis huéspedes se acostaron, y se hubo retirado la servidumbre, me recogí en la biblioteca, donde tenía la costumbre de fumar un cigarro antes de dormir. La alta chimenea gótica desprendía un vivo resplandor, en el cual ondulaban fantásticamente las vetas azuladas del humo de mi cigarro. Disfrutaba del profundo silencio de la casa, cuando oí mi nombre que era pronunciado desde el exterior. Me acerqué a la ventana y miré al jardín, donde descubrí una figura en el césped. Desde entonces creo que los presentimientos pueden cumplirse, pues supe desde el principio que aquel era el upiro que estaba atemorizando a las gentes de las aldeas. No era otra cosa que cadáver, envuelto en jirones de su sudario. Tenía blanca y fungosa la tez y sus ojos, hundidos en las cuencas, producían una extraña fascinación sobre mí. Era una criatura horrenda y, no obstante, sentía una emoción extraordinaria y primitiva que se sobreponía a la aprensión y que me vinculaba, de algún modo, con él. Supe que se estaba adueñando de mi voluntad y reaccioné rápidamente.
-¿Qué quieres de mí, maligno espíritu? -dije a voces..
-No soy quien piensas -respondió una voz terrible-. Abre, amigo, que soy un peregrino que busca posada para esta noche.
Con el cuerpo bañado en sudor ardiente me negué a su deseo.
-¿Cómo no me das amparo, castellano? -me dijo-. ¿No te han dicho que no es de buen cristiano negar el hospedaje de tu casa?.
Muchos que ignoraran la naturaleza de tales espíritus, no advirtiendo el peligro que corrían, hubieran abierto las puertas de su casa, albergando entonces a un demonio que no esperaría a la mañana para saciar su apetito. Así que volví a mi butaca y me sumí en la oración. La luz del día me dio aviso de que ya podía estará salvo de la maldita presencia de aquel espectro.
***
EL ULTIMO RECURSO
Había transcurrido un largo tiempo y casi la mitad de la población de Koztul había sido enterrada. Nuestros amigos seguían sin encontrar la tumba del destructor, por lo cual se decidió tomar una medida extrema.
-Tenemos que hacer lo que en su día hicieron algunos de nuestros predecesores -había dicho el conde visiblemente preocupado-. Es necesario que consigamos una orden gubernamental para llevar a cabo exhumaciones masivas en los cementerios y empalar aquellos cadáveres que sean sospechosos.
Parecía ser, pues, la única alternativa. Aquellas estúpidas ideas habían cobrado cuerpo en el espíritu popular. Y hasta en las esferas más elevadas de la sociedad se contemplaba dicha posibilidad con terror, debido en parte a las supersticiones folklóricas y a los prejuicios nacidos de la ignorancia que generalmente reinaba en la época. Un informe detallado, llevado por la mano adecuada, podía conducir a que la Sociedad obtuviese el permiso para comenzar su trabajo.
Semejante estado de cosas, llevó al conde Delius a llamar a Koztul a su viejo e influyente amigo el coronel Zamenhoff, político destacado en su juventud y, por aquel entonces, comandante del Primer Regimiento de Dragones, acuartelado al norte, en la Sajonia, cerca del territorio tártaro. El coronel hallaría la manera más adecuada de obtener una orden, en virtud de la cual actuarían inmediatamente. Hacía ya una semana que le había escrito y no le cabía duda de que su amigo acudiría a la cita con el documento deseado.
Aquella noche, Delius no quiso retirarse a dormir. Cuando sus compañeros se hubieron acostado, el se sentó en una butaca junto al fuego a esperar al día, fumando pipa tras pipa. Estaba convencido de que Zamenhoff llegaría al amanecer y traería la notificación oficial para llevar a cabo tan monstruoso y tremendo deber.
A las seis en punto, penetró en el despacho el coronel Zamenhoff y miró a Delius en silencio.
-Mi buen amigo -dijo-, nunca creímos llegar a este punto, pero esta autorización que llevo en la mano es el símbolo de que no nos hemos equivocado del todo. Tus palabras me dejaron frío de espanto, pero esta emoción no puede compararse al terror que ahora siento ante el duro camino que nos aguarda.
Delius dio orden a un sirviente para que fuese a despertar a Lödenbruk y a Galtrupp, quienes bajaron a los pocos minutos en bata. Se reunieron junto al fuego y acordaron comenzar a la mañana siguiente.
-No creo que haya ningún problema -dijo Zamenhoff-. Pero por si acaso algún familiar llega a enterarse de nuestros planes y no está de cuerdo con ellos, una compañía de mis soldados en el exterior impedirá el paso a las personas que no estén autorizadas.
En caso de no encontrar ningún sospechoso de vampirismo en el cementerio de Koztul, se llevaría a cabo la misma operación en las aldeas vecinas. Zamenhoff ponía toda su energía en la empresa y sobradas razones tenía para ello, pues hacía muchos años había tenido una experiencia singular con un espectro. He aquí la historia, que él mismo contó a los escépticos al calor del fuego.
Había transcurrido un largo tiempo y casi la mitad de la población de Koztul había sido enterrada. Nuestros amigos seguían sin encontrar la tumba del destructor, por lo cual se decidió tomar una medida extrema.
-Tenemos que hacer lo que en su día hicieron algunos de nuestros predecesores -había dicho el conde visiblemente preocupado-. Es necesario que consigamos una orden gubernamental para llevar a cabo exhumaciones masivas en los cementerios y empalar aquellos cadáveres que sean sospechosos.
Parecía ser, pues, la única alternativa. Aquellas estúpidas ideas habían cobrado cuerpo en el espíritu popular. Y hasta en las esferas más elevadas de la sociedad se contemplaba dicha posibilidad con terror, debido en parte a las supersticiones folklóricas y a los prejuicios nacidos de la ignorancia que generalmente reinaba en la época. Un informe detallado, llevado por la mano adecuada, podía conducir a que la Sociedad obtuviese el permiso para comenzar su trabajo.
Semejante estado de cosas, llevó al conde Delius a llamar a Koztul a su viejo e influyente amigo el coronel Zamenhoff, político destacado en su juventud y, por aquel entonces, comandante del Primer Regimiento de Dragones, acuartelado al norte, en la Sajonia, cerca del territorio tártaro. El coronel hallaría la manera más adecuada de obtener una orden, en virtud de la cual actuarían inmediatamente. Hacía ya una semana que le había escrito y no le cabía duda de que su amigo acudiría a la cita con el documento deseado.
Aquella noche, Delius no quiso retirarse a dormir. Cuando sus compañeros se hubieron acostado, el se sentó en una butaca junto al fuego a esperar al día, fumando pipa tras pipa. Estaba convencido de que Zamenhoff llegaría al amanecer y traería la notificación oficial para llevar a cabo tan monstruoso y tremendo deber.
A las seis en punto, penetró en el despacho el coronel Zamenhoff y miró a Delius en silencio.
-Mi buen amigo -dijo-, nunca creímos llegar a este punto, pero esta autorización que llevo en la mano es el símbolo de que no nos hemos equivocado del todo. Tus palabras me dejaron frío de espanto, pero esta emoción no puede compararse al terror que ahora siento ante el duro camino que nos aguarda.
Delius dio orden a un sirviente para que fuese a despertar a Lödenbruk y a Galtrupp, quienes bajaron a los pocos minutos en bata. Se reunieron junto al fuego y acordaron comenzar a la mañana siguiente.
-No creo que haya ningún problema -dijo Zamenhoff-. Pero por si acaso algún familiar llega a enterarse de nuestros planes y no está de cuerdo con ellos, una compañía de mis soldados en el exterior impedirá el paso a las personas que no estén autorizadas.
En caso de no encontrar ningún sospechoso de vampirismo en el cementerio de Koztul, se llevaría a cabo la misma operación en las aldeas vecinas. Zamenhoff ponía toda su energía en la empresa y sobradas razones tenía para ello, pues hacía muchos años había tenido una experiencia singular con un espectro. He aquí la historia, que él mismo contó a los escépticos al calor del fuego.
CONTINUARÁ...
***
***
SHAITAN, ESE VIEJO Y SINIESTRO COMPAÑERO (2)
Al poco, resonó en el silencio el rumor de un carricoche sobre el pavimento, que se acercaba. Delius y sus amigos se ocultaron en el hueco de la cerrada puerta de la casa frente a la cual estaban parados y desde donde podían ver sin ser vistos. El caballero emergió de nuevo de su escondite y volvió la cabeza hacia el fondo de la calle, por donde se oía el ruido del coche. El carruaje iba tirado por cuatro caballos y tal era su velocidad que, en breve tiempo, llegó a su altura. Delius, Lödenbruk y Galtrupp advirtieron entonces que el vehículo y los caballos eran negros y el cochero y los lacayos vestían ricas libreas de terciopelo negro. Uno de los criados abrió la portezuela del vehículo y el hombre entró en él. Se asomó a la ventanilla y le dijo al postillón unas palabras en dialecto. En esta ocasión, su rostro pudo ser visto con mayor claridad a la luz mortecina de las linternas del carruaje. El hombre tenía un rostro muy pálido y de facciones, hasta cierto punto, delicadas, al contrario que los lacayos, de tez morena y rasgos vulgares, pero había en sus ojos tal expresión de ardiente y viciada ferocidad que difícilmente podría ser igualada por el más elemental y depravado de los hombres. Los caballos, al momento, comenzaron a galopar velozmente y el coche desapareció al doblar la esquina de la calle, en dirección sur.
-He aquí a nuestro enemigo-prorrumpió Delius saliendo del escondite-. ¿No habéis visto, acaso, el escudo condal?. ¿No coincidían sus rasgos con la descripción que dio Balcestru del misterioso caballero que mantuvo una entrevista con el jefe de la partida de bandoleros?. Sí, ese es el ser al que debemos dar fin. Esa criatura demoníaca, si es que no hay más, es el responsable de la devastación que se ha adueñado de la ciudadela, antes hermosa y rebosante de vida. En vano intentaríamos seguirle, porque ya debe estar lejos de aquí. Lo único que podemos hacer es irnos al hotel y esperar a que llegue el momento oportuno para poner en marcha el plan que todos conocen. Espero que podamos comenzar pronto nuestro trabajo.
Caminaron en silencio hacia la salida de la ciudadela, donde se alzaba el hotel. A lo lejos se veía el enorme edificio que llamaban Ritter-Heiden, fundiéndose con la negrura de la noche. Tenía aspecto de vejez y melancólica majestuosidad. No se veía ninguna luz en las ventanas. Era la mansión de las sombras.
***
SHAITAN, ESE VIEJO Y SINIESTRO COMPAÑERO (1)
Pasada la media noche, cuando el conde Delius y sus amigos salieron de la taberna de Kebelk y se dirigieron al hotel, no se veía ningún ser vivo por las calles y el silencio era opresivo. La antigua iglesia de San Cristobal se confundía con la pesada lobreguez del cielo de la noche. Había maldad en el ambiente y una gran nube de muerte flotaba sobre Koztul. Parecía como si las almas de todos y cada uno de sus habitantes fueran a ser arrastradas por el viento del infierno a un desolado abismo interminable, el oscuro y prohibido abismo que se extiende entre el cielo y el averno. Al otro lado del Bien, el Mal, ahora absoluto, se erigía por esencia en fuente de todo lo contrario, en origen de todos los eventos negativos, del que emanaban la desgracia y la destrucción.
Ningún inexorable poder podía librar su batalla sin un agente que se adueñase de los hombres, no solo en esta vida sino en el eterno Más Allá tras la muerte. ¿Dónde estaba el diablo vampiro que ganaba almas para el Maligno?. Nuestros sabios llevaban semanas en la ciudad y no habían conseguido el menor rastro que les condujese a la ruinosa sepultura donde el rey de los muertos yacía seguro y henchido de sangre.
No habían caminado nuestros amigos mucho trecho cuando, de pronto, Delius levantó la mano en señal de alto. Señaló en dirección a un oscuro y bajo seto. Había un hombre parado junto a la casa que era, por su apariencia, residencia de gente adinarada. Delius no podría jurarlo ni sabía si sus acompañantes habían visto lo que él, pero tuvo la impresión de que aquel caballero, con un movimiento macilento y fluctuante, había surgido del mismo muro de la residencia. Tenía el aspecto gallardo y apuesto. Iba vestido de negro, con un hábito talar, posiblemente un largo abrigo o una capa. Las densas tinieblas no permitían ver más. Casi nada podía divisarse de su fisionomía desde donde ellos estaban, si no unos ojos que brillaban como brasas en el fondo de una profunda y oscura caverna. El hombre, indiferente al mundo que le rodeaba, dio unos pasos, abrió la cancela y tranquilamente se detuvo en la acera, mirando al fondo de la calle. Sin duda esperaba la llegada de alguien. Bajo la decrépita luz de la farola, sus facciones eran finas y pálidas, incluso de una belleza enigmática. Se colocó los guantes y el sombrero y retrocedió un poco, ocultándose nuevamente en las sombras. El demonio caminaba, a gusto, por los páramos del infierno.
CONTINUARÁ...
KOZTUL, LA DESDICHADA
Los habitantes de Koztul ya sabían lo que era estar masivamente en cuarentena. El Dr. Hunyadi había sido nombrado jefe médico para intentar atajar una enfermedad de la cual nadie sabía su origen. Poco a poco, ante la impotencia general, Koztul pasó a ser una ciudad estigmatizada por la muerte. El mal, cada semana, se cobraba una nueva víctima.
La semiología de la dolencia era, por lo demás, sumamente desconcertante. Los enfermos mostraban un debilitamiento progresivo, que terminaba llevándolos a la tumba sin remisión. Se perdía el apetito, las fuerzas iban desapareciendo, aparecía un estado permanente de astenia, sudores nocturnos, dolores precordiales, anemia, debilidad crónica, estupor en bastantes casos y finalmente la muerte.
Las opiniones sobre la causa del infortunio eran variopintas. Cada cual se arrogaba el derecho a opinar y las teorías iban desde las más materialistas hasta las más peregrinas. Digamos que, en ciertos círculos herméticos de la ciudad, de hablaba de hechizamiento, mal de ojo o ritual de encantamientos. El ciudadano Fegosy, medio brujo, medio filósofo, era el principal portador de esta tesis y abogaba por la participación de una fuerza negativa y personal en el desarrollo de las calamidades. Según él, el procedimiento más común del que se valían las brujas para el maleficio, llamado también hechizamiento, consistía en el mal de ojo, que el desdichado podía comenzar a sufrir desde el mismo nacimiento o padecerlo ya en la edad adulta. Bastaba que la hechicera mirara a la víctima con mala intención y desease que tuviera lugar el maleficio y se ponía en marcha el complejo mecanismo que acabaría con la vida del infortunado.
Frente al embrujamiento tan solo cabía un medio de defensa, que consistía en un contragolpe realizado por otra bruja o brujo, para anularlo. Su método se basaba en contrarestrar los efluvios maléficos de la mirada de la bruja por otros poderes negativos de mayor entidad. Estas eran, en suma, las hipótesis del brujo Fegosy, quien se encargaba, además, de afrontar el influjo diabólico del maleficio en aquellos casos en que se requiriesen sus servicios.
La medicina oficial, profundamente desconcertada en el fondo, tomaba cuantas medidas profilácticas y terapéuticas estaban en su mano para eliminar al hipotético microbio responsable de la epidemia.
Delius y sus camaradas habían tomado habitaciones en el hotel Teszaily, donde también residía Fegosy. Trabaron mutuamente una amistad superficial, pero la suficiente para que el brujo les permitiese asistir a una sesión de desencantamiento. El moribundo era una anciano octogenario, que se moría a ojos vista. Fueron Fegosy y nuestros héroes a la habitación del convaleciente. El brujo procedió según las normas de rigor, eso sí con gran aparatosidad. El primer paso consistía en determinar si el enfermo lo era a causa del mal de ojo, para lo cual Fegosy puso sobre su cabeza un plato de aceite, sobre el cual echó unas pocas gotas de agua. Si el agua se iba al fondo o se situaba en los bordes del plato, ello indicaba la existencia del hechizo. Tal fue, en efecto, el caso, por lo que el brujo realizó una serie de invocaciones encaminadas a alejar el maleficio. Si la intervención de fuerzas benefactoras era más poderosa que la de las fuerzas diabólicas, el paciente recobraría la salud en pocos días. De no ser este el caso, la muerte era segura.
Realizado el ritual, el grupo abandonó la casa y nuestros amigos, a decir verdad, nunca supieron el resultado de aquella intervención extraordinaria. Sin embargo, las dos pequeñas heridas en el cuello del viejo, inclinaron el juicio de Delius, Galtrupp y Lödenbruk en un sentido muy diferente.
En Upertrasse, una calleja recoleta del barrio más miserable de Koztul, se reunían a diario en la taberna de Kebelk personajes de otra opinión, quienes veían en la tragedia la intervención del Wurdalak. Esta creencia estaba bastante extendida en la ciudadela, pues muchas personas solamente salían a la calle durante el día y, después del ocaso, se recluían en sus casa, que cerraban y aherrojaban. ¡Como si al diablo le importasen cerraduras y cerrojos!. Aunque las ventanas se atrancasen y se llenase la casa de ajos y cruces, no había plena seguridad de que los poderes de seducción del upiro no acabaran triunfando. La cosa ya iba bastante mal de día, pero al llegar la noche los crédulos se encerraban en el ambiente de terror y protección que ellos mismos habían fabricado, un ambiente fúnebre, sordo, violentado y urdido, en una acción simultánea, por todos los inextricables elementos del miedo. Se escuchaba febrilmente en el intenso silencio, creyendo percibir el presunto deambular del enemigo por el exterior de la casa. Y cuando la voluntad cedía, él se arrastraba con pasos fantasmales hasta donde la víctima, sumida en un trance extraño, aguardaba la muerte segura. El desgraciado aparecía muerto y lívido al amanecer. Sería un muerto más de la epidemia oficial del doctor Hunyadi y sus colaboradores y, no obstante, el enemigo seguía deambulando noche tras noche para saciar sus indescriptibles pasiones.
Cada amanecer, cuando los cadáveres eran sacados de las casas y depositados en el coche fúnebre, el paseante causal y solitario sentía una imperiosa necesidad de vida, y un temor sordo y profundo hacia el porvenir le desgarraba el corazón.
En Octubre la epidemia llegó a su apogeo y en las instituciones sanitarias se comenzaba a admitir que no sabían contra lo que luchaban y que para aquel caos no había remedio. Las calles comenzaron a estar desiertas y los supervivientes apenas se atrevían a abandonar sus casas. No se agitaba el soplo de la vida en la languidez del aire muerto.
***
Suscribirse a:
Entradas (Atom)
Salvador Alario Bataller
Lugar:
Avda, Blasco Ibáñez, nº.126, 6º, 28ª
Valencia
46022
Spain
Teléfono:
963724197
E-mail:
alario7@msn.com
Enviar un mensaje a este usuario.












