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20 de Agosto de 1.8...
Aquel era el gran día. Después de cenar me cambié de ropa y fui a la Clínica Denier, como se llamaba el hospital municipal, en honor al celebérrimo cirujano húngaro. Mientras esperaba a Viktor en la biblioteca, hojeando un libro de fisiología de reciente publicación, descubrí una forma vaporosa junto a las cortinas. No podría jurarlo, pero tuve la impresión de ver unas facciones femeninas, de voluptuosos labios rojos. Me miró procazmente, dejándome la impresión ardiente de su belleza singular; pero desapareció, como si se hubiera esfumado en el vacío, cuando entró mi amigo. Sin duda fue una alucinación, posiblemente motivada por el exceso de trabajo. Ahora pienso que fue una decisión muy acertada alejarme unos días del páramo, evadirme de los rigores del trabajo experimental y de campo. Debo reconocer que mis nervios están un tanto alterados porque, cuando nos dirigíamos al club, creí notar que alguien nos seguía. Empero, cuantas veces me volví con disimulo, no pude ver a nadie. Pienso que comienzo a excitarme con demasiada facilidad. Tendré que buscar un remedio, antes de que mi salud se resienta.
Hacia las once entramos en el club. Viktor se quedó en el bar saboreando un brandy, esperando a que llegase en conde. Le dije que me encontrarían en la biblioteca cuya puerta, accionada por una pesa de reloj, se cerró por sí misma, detrás de mí. Me encontré con un lacayo vestido de roja librea que enseguida me dejó sólo. Me senté en una butaca, encendí la pipa y me reproché, aunque no con excesiva severidad, el olvido en que tenía a mi esposa. Aquellos pensamientos me azoraban, por lo que desvié inmediatamente la atención a otros asuntos. Me gustaba el país, aunque no el espíritu del pueblo. Pero, por lo demás, mi trabajo me entusiasmaba, gozaba de una vigorosa salud y, así mismo, experimenté un grato reconfortamiento al pensar que, antes de que el invierno llegara, habría resuelto el “enigma” que tanto intrigaba y preocupaba a sir Archibald y a van Vooren.
Con los pies apoyados relajadamente en los morillos metálicos y acomodado en aquel confortable sillón de cuero bruñido, me sentí muelle y profundamente solazado. Llevaba apenas media hora en aquella agradable situación cuando entró Viktor. Le acompañaba un anciano caballero, alto y alarmantemente enjuto, aunque de porte extrañamente enérgico. La nariz aquilina, la hosca mandíbula y el gran mostacho le daban una fisonomía resuelta, severa y audaz. En su faz de hombre entero y voluntarioso brillaban unos ojos extraños, en los que se reflejaba, a la vez, una gran decisión y la serena escrutación de un hombre inteligente y equilibrado. Había, sin embargo, algo profundamente inquietante en él, un rasgo primitivo, casi cruel, que disimulaban sus perfectos modales. Su voz era profunda y cavernosa y tenía un no sé qué vibrante, casi metálico, que nunca antes había apreciado en otra persona.
Por lo común las gentes del este de Europa son extremadamente reservadas y el conde no desmerecía en nada este patrón de conducta, pues en todo momento mostró, en grado mayor o menor, esa elusividad tan característica de los países balcánicos, sobre todo cuando se hablaba de folklore, religión o supersticiones, pero no de bienes, familia o ascendencia. Sin embargo, las reglas básicas de cortesía, que ha de observar cualquier caballero, le obligaban a cierto grado de comunicación y de deferencia. Todo era, no obstante, maravillosamente extraño en él. Su mirada parecía, atravesando las apariencias, hundirse en lo más hondo de su interlocutor, llegar al alma, dando la impresión a éste de que sus íntimos deseos eran escrutados como las hojas de un libro. Parecía que este hurón de los Cárpatos adivinase el pensamiento y cuando me presenté y hablé sobre mi vida diríase, por la expresión de su cara, que estaba escuchando una historia consabida, que estuviera extrañamente al tanto de todo, hasta de los más nimios pormenores. Incluso cuando habló de Inglaterra, me dio la impresión de estar ante un ciudadano británico, si bien el conde me juró que no había puesto la planta en mi país. Aquello me fascinó y al inquirirle sobre la razón de tal portento, me dijo simplemente que existían muchas cosas en la naturaleza que escapaban a las simples reglas con que la gente normal interpretaba el mundo. Ni decir tiene que el aire misterioso con que orlaba cada una de sus palabras, cada uno de sus actos, llegó a subyugarme todavía más. Estaba convencido que aquel personaje poseía dones o poderes muy fuera de lo común. A los excéntricos nos agradan las excentricidades, a los que realizamos empresas fuera del orden habitual de las cosas, nos encanta todo aquello que se sale de la norma.
Ya había, en efecto, oído comentar que el conde poseía facultades extraordinarias y había tenido una buena muestra de ello. La mente humana encierra misterios que nosotros, acostumbrados a usar demasiado la razón -o mejor dicho a emplearla a un nivel de análisis empírico-, quizás nunca lleguemos a valorar en su justa medida. Sabía que me encontraba ante un ser excepcional y, aunque no tenía ningún deseo de averiguar más de él de lo que quisiera decirme (las normas del buen gusto y de la corrección se han impuesto siempre, a causa de la educación recibida, a mi natural curiosidad), me felicité ante la perspectiva de una relación interesante. Hablaba en perfecto alemán -dicho sea de paso, su inglés era muy aceptable- aunque con un acento muy característico. Me dijo, en un principio, lo que yo ya sabía: era valaco y vivía en un viejo castelul en una región apartada, donde apenas solía llegar algún viajero. Tan agreste y recóndito era el lugar que ni siquiera figuraba en los mapas oficiales. Sus compañeros, según dijo, eran las fieras del bosque y, de tanto en tanto, solamente los szeganys montaban sus campamentos en los valles próximos, de modo que gozaba de la más completa soledumbre. Raras veces se veía obligado a volver a la civilización para ocuparse de sus negocios, cuya naturaleza no especificó.
Me alegró mucho comprobar que sus conocimientos sobre historia natural eran amplios y precisos y me sentí hondamente halagado cuando manifestó ser un sincero y ferviente admirador de mi obra. Nunca hubiese imaginado que en un remoto país, un anciano gentilhombre se deleitara con la lectura de mis estudios experimentales y sistemáticos. Aquello me conmovió profundamente y animó una larga conversación científica, en la que los tres participamos con entusiasmo. Al día siguiente le regalaría un ejemplar autografiado de mi último libro, del que él no tenía noticia, mis Fundamentos de conducta animal (vertebrados); se mostró encantadísimo con ello y sus ojos reflejaron una emoción genuina que, hasta entonces, había estado ausente. A la par, he de indicar que, a despecho de su vigor y fortaleza aparentes, debía ser una persona muy anciana, debido al color clorótico de su piel, de aspecto apergaminado.
Era casi medianoche cuando Viktor se vio obligado a retirarse ya que a la mañana siguiente, a primera hora, tenía que estar en el hospital. Así que el conde y yo nos quedamos solos y tuvimos el placer de continuar nuestra conversación. He de decir, si bien no sé hasta qué punto se trataba de una impresión mía, que el conde tenía un aire de contención, como si tratase de ocultar su verdadera naturaleza o personalidad. Tuve dicha intuición en varias ocasiones a lo largo de la velada y sentí, posiblemente de manera ilógica o desproporcionada, esa aprensión que siente cualquier humano cuando se enfrenta a situaciones inciertas, ambiguas o desconocidas. También me llamó la atención su aire en exceso melancólico, introspectivo y exánime, que contrastaba grandemente con la energía y fluidez de su vocablo.
Me quedé atónito al comprobar que estaba al corriente de todas mis investigaciones, de todas y cada una sin excepción; incluso conocía el motivo real de mi viaje a Hungría. ¿Cómo podía haberse enterado?. ¿Conocía acaso a sir Archibald o a alguna de las poquísimas personas relacionadas con el asunto?. Estaba estupefacto y, cuando le pregunté al respecto, me dijo que simplemente prefería no responder a mi pregunta pero que, no obstante, no tenía el menor motivo para preocuparme de nada, de nada en absoluto (enfatizó estas últimas palabras). Di el caso por concluido, aunque me sentía desazonado y con cierta preocupación, pero me recuperé un tanto cuando el conde me dijo que si buscaba en el lugar adecuado, encontraría el gran murciélago, pues existía. ¡Entonces, no se trataba de una quimera!. Me respondió que era tan real como la vida misma y esta aseveración hizo que ipso facto se me fueran de la cabeza los anteriores temores. Según él, se trataba de un espécimen extraordinario, una bestia asustadiza y difícil de capturar. Lo importante era que mi viaje no había sido en vano. El Thurul, como lo llamaban los nativos de esta parte de Hungría, se caracterizaba por su gran tamaño y por chupar la sangre de animales y niños indefensos. Existía, sin duda, pese a que nunca se habían presentado pruebas fehacientes. El conde me confesó haber visto al animal en varias ocasiones, asegurándome que no faltaban buenos ejemplares en los Cárpatos húngaros.
Le estreché la mano sumamente agradecido por tan valiosa información : apenas pude resistirlo, pues casi me vi obligado a retirarla en el acto porque su tacto era tan frío como un témpano de hielo. El conde retiró su mano con cierta turbación, confesándome inmediatamente que sufría una rara enfermedad que pronto acabaría con su estadía en este mundo. Me hizo esta confesión, no obstante, sin emoción alguna, como aquél que esta cansado de vivir y espera la muerte tranquilamente. A ello añadió que, desde su infancia, sin embargo había gozado de excelente salud pero, desde que volvió hacía una década de unos viajes por países tropicales, su cuerpo había ido perdiendo poco a poco la salubridad. Le sugerí un examen en la clínica Desnien, pero él dijo que ya había visitado a todos los especialistas del país y de parte del extranjero y añadir uno más a la lista no supondría otra cosa que confirmar un veredicto consabido. El hecho es que estaba enfermo, enfermo de muerte, a despecho de que nadie le hubiera asegurado la etiología exacta de su mal. Con una expresión de tedio en sus facciones, confesó que prefería dejar este asunto por concluido, que las cosas eran como eran y que se debía dejar actuar al destino. Me sentí impresionado por su sangre fría y ecuanimidad en un asunto tan grave.
Me testimonió su ferviente y sincero deseo en pro del éxito de mi empresa científica y su convicción de que estaba ante la persona más indicada para llevarla a cabo, apelando a mi trayectoria científica y personal. Me sentí profundamente halagado; agradecí con emoción estas palabras gentiles y no puede evitar cierta contrariedad cuando me aseguró que no nos veríamos el próximo día, pues se veía obligado a viajar a Budapest para formalizar determinados asuntos legales y comerciales.
Charlando habíamos llegado al rellano de la escalera con las bujías en la mano. Un largo corredor separaba las habitaciones del conde de las mías. El criado abrió las puertas y, tras desearnos buen descanso, se retiró. Como el conde y yo estábamos muy próximos, cuando nos dimos las buenas noches, el reflejo de mi bujía iluminó su cara. ¡Entonces me estremecí!. ¿Qué extraño ser tenía ante mí?. Bien iluminado -y no al amparo de la decrépita luz de los candelabros de la biblioteca- descubrí en su rostro unos rasgos que no había apreciado hasta ese momento. La faz que yo contemplaba era grave, cenceña, de una palidez extrema, una palidez de muerte. Toda su persona estaba revestida de una solemnidad tal que no creí hallarme ante el mismo hombre, sino ante una figura hierática perteneciente a un mundo que no era el nuestro. Una vaga inquietud me oprimió nuevamente, una incipiente y feble certidumbre trató de tomar forma, a la cual siguió una confusión aún mayor. Empero, no me avergüenza confesar que en aquellos instantes de marasmo absoluto sentí miedo, como si me encontrase frente a algo superior y, en parte, desconocido, a despecho de saber que se levantaba ante mí un perfecto caballero centroeuropeo, cuyo vocablo y ademán denotaban la educación más esmerada y los modales más refinados. Sus ojos, por contra, tenían un brillo extraño y fue entonces cuando advertí hasta qué punto su expresión era cruel, a lo que sin duda contribuía la dureza de una boca de dientes singularmente aguzados. Pero su sonrisa amistosa disipó en mí toda intranquilidad, haciéndome sentir culpable por haber albergado ese tipo de pensamientos hacia un hombre frente al cual, como poco, no podía sentir otra cosa que deferencia. El anciano conde me deseó por segunda vez las buenas noches y se retiró después de una corta reverencia.
Esperaba dormirme pronto y profundamente pero, al cabo de unos instantes, tuve que reconocer la imposibilidad de un sueño inmediato. Cuando traté de encender la luz para leer un libro noté que el sueño, minutos antes tan lejano, iba dominándome y una especie de letargo acabó envolviéndome el cuerpo y la mente. Estaba quedándome dormido y rápidamente, sin intervalo alguno, entré en un estado de sopor indefinible. ¿Acaso dormía?. No podría decirlo. Aunque tendido en la cama, con los ojos completamente cerrados, podía ver perfectamente cada objeto del dormitorio. Cosa extraña, ignoraba el lugar exacto donde me encontraba, si bien me creía en Londres. Mi primera impresión fue una repentina sensación de terror. La luna llena brillaba enfrente de la ventana y, a través de las cortinas blancas, proyectaba su luz sobre el centro de la estancia, allí donde un rayo de luna formaba turbulencias, donde rielaba una nube de motas quiméricas. Algo se movió en su mismo vórtice y pareció dirigirse a una velocidad de vértigo hacia donde yo yacía, si bien no fui capaz de ver, en ese instante, nada en concreto. Empero sí presentí una presencia al lado del lecho, una presencia femenina y la vi, como en un sueño, tenue e inapresible, envuelta en un aura contranatural, que resaltaba de una forma máxima su juvenil y extraña belleza. No podría asegurar cómo había entrado ni como se había acercado a la cabecera de mi cama sin que yo la viera, pero en mi ilusión loca me persuadí de que había llegado con la luna y había tomado forma en la tiniebla, inexplicablemente, y que también algo inextricable la había llevado, como una exhalación, a mi vera, en la solitud pagana del dormitorio, tan cerca de mí que podía tocarla, pero tan lejana e inapresible como los deseos de los sueños o la felicidad humana. Pero ya no sentí miedo, sino deseo.
Con un aire levemente perezoso, casi juguetón, rozagante, la dama se inclinó, con el propósito evidente de examinarme. Vi que tenía el cabello obscuro, el seno turgente y abundante y que era bella, muy hermosa y esbelta, de rasgos lívidos y voluptuosos labios encendidos. Sus grandes ojos, casi con avidez, llameaban como ascuas encendidas en la penumbra. Reconocí entonces los rasgos de la dama que, un día antes, creí ver en la biblioteca del hospital. Ella había vuelto, al amparo de la noche, tan silenciosamente como la primera vez, pero mil veces más seductora. Noté su larga y sedosa cabellera cerca de mí -olía a violetas- y deseé ardientemente que se acercase más. En ese momento creo que habló, más su voz era como un eco, sin ningún referente en derredor, que sonó en la ubicuidad de mi cerebro como música cristalina. Me sentí turbado cuando se relamió los labios, como un animal, por cuyas comisuras sobresalían sus dientes erizados como escarpas. Había un sesgo cruel e instintivo en sus facciones singulares. Sentí, a la vez, deseo y terror, pero el primero oprimió al segundo, inhibiéndolo, y solamente tuve deseos de su proximidad, de su contacto. Pero ella levantó la cabeza y me escrutó, seguramente para comprobar si seguía dormido, tiempo suficiente para admirar de cerca aquellos ojos que, a un tiempo, me excitaban y me deprimían. Se inclinó aún más, hasta el punto de que pude oir su respiración y su gélido aliento, que tenía un fondo acre e indefinido. Sus labios rozaron mi cuello, muy delicadamente, y me estremecí. Después, con una fruición casi morbosa, besó y relamió mi cuello. Sentí una vez más su aliento embriagador, pero había en él una insinuación repugnante que la primera vez ya había barruntado. Era frío como el hielo y exquisitamente perfumado pero, entre la ambrosía, mezclábase una esencia acre, que me recordó el olor de la sangre.
Fue entonces cuando presentí que había alguien más en la habitación. La sombra, en verdad, era extraordinaria. En el vano de la puerta estaba parada una figura alta y negra. La luna la iluminaba por completo, a excepción sólo de su cara. Yo no veía más que el fuego de sus pupilas, que nos observaban con una fijeza solemne. Un aura del otro mundo bañaba al incógnito visitante, que permanecía hierático como una estatua de mármol. Vi entonces que levantaba la mano con lentitud y la dama, azorada, se separó de mí, retrocediendo de inmediato hasta el muro, que atravesó, desapareciendo al otro lado. La sombra seguía en su sitio sin moverse. No le vi marcharse aunque, sin mediar apenas un segundo, me encontré sólo en la estancia. Pero recuerdo que una especie de pájaro nocturno pasó cerca de mí y el viento de sus alas rozó mis párpados, Sentí que estaba volando por la habitación; después, el silencio, y me desperté. Bajo la camisa, el corazón me latía enloquecido, golpeando las paredes de mi pecho con grandes golpes que podía percibir claramente y con gran angustia. Había sido un sueño extraño, insólito, aunque algo en mí no se resignaba a que no fuese algo más.
Mi insuperable ansiedad aún persistía. Moví el brazo buscando las cerillas. Las oí crujir entre mis dedos, en el candelero. Encendí la bujía y, al instante, me sentí mucho mejor. La luz acabó por disipar los malos terrores. Estaba sólo en el dormitorio. Resolví beber un vaso de agua fría y volví a acostarme. Traté de razonar y me costó un tanto -me sentía especialmente alterado- pero acabé convenciéndome de que acababa de sufrir un acceso alucinatorio especialmente vívido. A partir de ese momento, me fui tranquilizando poco a poco. Después la fatiga se apoderó de mí como una hola y me dormí enseguida.
Cuando desperté, un sol brillante iluminaba la habitación. Me vestí con premura, olvidándome por completo de los sombríos acontecimientos de la noche anterior. Miré la hora, eran las diez. La parte posterior del club, cuyo edificio se encontraba adosado en esa zona a la imponente muralla que circundaba la ciudad, se alzaba al margen de un impresionante precipicio. Mi ventana daba al mismo y desde allí se veía perderse en lontananza la inmensa masa del bosque, entre las masas filosas y azuladas de los picos de la cordillera cárpata. Aguzando la vista, podían discernirse insignificantes caminillos que cruzaban la espesura por algún tramo, los cuales conducían a los valles, donde se levantaban los pequeños núcleos habitados, aldehuelas perdidas de la mano de Dios y aferradas a costumbres medievales, más bien que a las propias de los tiempos modernos. Este bosque inmenso llegaba, en algunas zonas, a recubrir tupidamente parte de la misma cordillera, por cuyas laderas fluían, de trecho en trecho, numerosos riachuelos que, como finos hilillos argénteos, nacían en las cumbres, desde donde manaban estrepitosamente por las gargantas profundas.
Reconfortado por aquella mirífica visión, acabé de reanimarme con abluciones reiteradas de agua fría. Al cabo de media hora escasa, ya me encontraba vestido, con el ánimo espléndido, y dispuesto para bajar.
Viktor me esperaba en el comedor, sentado delante de un mantel ya dispuesto. Leía el periódico, ante una mesa magníficamente preparada. Siempre me han agradado los detalles y el personal del club se habían esmerado en ello: candelabros de plata, vajilla de porcelana antigua y cubiertos de plata; la buena comida que íbamos a disfrutar, acabó por levantarme el ánimo completamente.
-¿Has pasado buena noche?- quiso saber mi amigo, dejando el periódico a un lado.
-Excelente- mentí, por razones obvias-. Estuve con el conde hasta muy tarde y me dormí como un plomo.
Un sirviente, con librea negra y oro, trajo el desayuno. Hablamos animadamente sobre mis impresiones atingentes al cenceño aristócrata húngaro y también sobre la marcha de mis investigaciones. Sobre este último punto, he de decir que manejé el tema con mucha cautela, pero de una manera que resultase perfectamente creíble. Me centré en asuntos de investigación básica, pero novedosos, como es el de la transmisión del sonido como guía para el vuelo, si bien le pedí que mantuviese la información en secreto, hasta que apareciese publicado un artículo al respecto. Esto sucedería en el próximo bimestre, pues ya había mandado los artículos originales a Inglaterra y había recibido recientemente su aceptación. Me congratulé de que no mencionase para nada el asunto del vampiro gigante, lo cual no era improbable, habida cuenta de que el conde tenía noticia de ello. Me alegré de su carácter reservado y grave, máxime ahora cuando me había prometido que el asunto quedaría entre él y yo. Pese a que hacía apenas nada que nos conocíamos, no tenía el menor motivo para dudar de su palabra.
Una hora después, dejábamos el club, marchándonos al hospital, Viktor a visitar a sus enfermos y yo en busca de algún buen libro. Me solacé algunas horas con la Anatomía superior de Ranko Pravia y los Fundamentos de comportamiento animal de Edward Boring.
Aquel era el gran día. Después de cenar me cambié de ropa y fui a la Clínica Denier, como se llamaba el hospital municipal, en honor al celebérrimo cirujano húngaro. Mientras esperaba a Viktor en la biblioteca, hojeando un libro de fisiología de reciente publicación, descubrí una forma vaporosa junto a las cortinas. No podría jurarlo, pero tuve la impresión de ver unas facciones femeninas, de voluptuosos labios rojos. Me miró procazmente, dejándome la impresión ardiente de su belleza singular; pero desapareció, como si se hubiera esfumado en el vacío, cuando entró mi amigo. Sin duda fue una alucinación, posiblemente motivada por el exceso de trabajo. Ahora pienso que fue una decisión muy acertada alejarme unos días del páramo, evadirme de los rigores del trabajo experimental y de campo. Debo reconocer que mis nervios están un tanto alterados porque, cuando nos dirigíamos al club, creí notar que alguien nos seguía. Empero, cuantas veces me volví con disimulo, no pude ver a nadie. Pienso que comienzo a excitarme con demasiada facilidad. Tendré que buscar un remedio, antes de que mi salud se resienta.
Hacia las once entramos en el club. Viktor se quedó en el bar saboreando un brandy, esperando a que llegase en conde. Le dije que me encontrarían en la biblioteca cuya puerta, accionada por una pesa de reloj, se cerró por sí misma, detrás de mí. Me encontré con un lacayo vestido de roja librea que enseguida me dejó sólo. Me senté en una butaca, encendí la pipa y me reproché, aunque no con excesiva severidad, el olvido en que tenía a mi esposa. Aquellos pensamientos me azoraban, por lo que desvié inmediatamente la atención a otros asuntos. Me gustaba el país, aunque no el espíritu del pueblo. Pero, por lo demás, mi trabajo me entusiasmaba, gozaba de una vigorosa salud y, así mismo, experimenté un grato reconfortamiento al pensar que, antes de que el invierno llegara, habría resuelto el “enigma” que tanto intrigaba y preocupaba a sir Archibald y a van Vooren.
Con los pies apoyados relajadamente en los morillos metálicos y acomodado en aquel confortable sillón de cuero bruñido, me sentí muelle y profundamente solazado. Llevaba apenas media hora en aquella agradable situación cuando entró Viktor. Le acompañaba un anciano caballero, alto y alarmantemente enjuto, aunque de porte extrañamente enérgico. La nariz aquilina, la hosca mandíbula y el gran mostacho le daban una fisonomía resuelta, severa y audaz. En su faz de hombre entero y voluntarioso brillaban unos ojos extraños, en los que se reflejaba, a la vez, una gran decisión y la serena escrutación de un hombre inteligente y equilibrado. Había, sin embargo, algo profundamente inquietante en él, un rasgo primitivo, casi cruel, que disimulaban sus perfectos modales. Su voz era profunda y cavernosa y tenía un no sé qué vibrante, casi metálico, que nunca antes había apreciado en otra persona.
Por lo común las gentes del este de Europa son extremadamente reservadas y el conde no desmerecía en nada este patrón de conducta, pues en todo momento mostró, en grado mayor o menor, esa elusividad tan característica de los países balcánicos, sobre todo cuando se hablaba de folklore, religión o supersticiones, pero no de bienes, familia o ascendencia. Sin embargo, las reglas básicas de cortesía, que ha de observar cualquier caballero, le obligaban a cierto grado de comunicación y de deferencia. Todo era, no obstante, maravillosamente extraño en él. Su mirada parecía, atravesando las apariencias, hundirse en lo más hondo de su interlocutor, llegar al alma, dando la impresión a éste de que sus íntimos deseos eran escrutados como las hojas de un libro. Parecía que este hurón de los Cárpatos adivinase el pensamiento y cuando me presenté y hablé sobre mi vida diríase, por la expresión de su cara, que estaba escuchando una historia consabida, que estuviera extrañamente al tanto de todo, hasta de los más nimios pormenores. Incluso cuando habló de Inglaterra, me dio la impresión de estar ante un ciudadano británico, si bien el conde me juró que no había puesto la planta en mi país. Aquello me fascinó y al inquirirle sobre la razón de tal portento, me dijo simplemente que existían muchas cosas en la naturaleza que escapaban a las simples reglas con que la gente normal interpretaba el mundo. Ni decir tiene que el aire misterioso con que orlaba cada una de sus palabras, cada uno de sus actos, llegó a subyugarme todavía más. Estaba convencido que aquel personaje poseía dones o poderes muy fuera de lo común. A los excéntricos nos agradan las excentricidades, a los que realizamos empresas fuera del orden habitual de las cosas, nos encanta todo aquello que se sale de la norma.
Ya había, en efecto, oído comentar que el conde poseía facultades extraordinarias y había tenido una buena muestra de ello. La mente humana encierra misterios que nosotros, acostumbrados a usar demasiado la razón -o mejor dicho a emplearla a un nivel de análisis empírico-, quizás nunca lleguemos a valorar en su justa medida. Sabía que me encontraba ante un ser excepcional y, aunque no tenía ningún deseo de averiguar más de él de lo que quisiera decirme (las normas del buen gusto y de la corrección se han impuesto siempre, a causa de la educación recibida, a mi natural curiosidad), me felicité ante la perspectiva de una relación interesante. Hablaba en perfecto alemán -dicho sea de paso, su inglés era muy aceptable- aunque con un acento muy característico. Me dijo, en un principio, lo que yo ya sabía: era valaco y vivía en un viejo castelul en una región apartada, donde apenas solía llegar algún viajero. Tan agreste y recóndito era el lugar que ni siquiera figuraba en los mapas oficiales. Sus compañeros, según dijo, eran las fieras del bosque y, de tanto en tanto, solamente los szeganys montaban sus campamentos en los valles próximos, de modo que gozaba de la más completa soledumbre. Raras veces se veía obligado a volver a la civilización para ocuparse de sus negocios, cuya naturaleza no especificó.
Me alegró mucho comprobar que sus conocimientos sobre historia natural eran amplios y precisos y me sentí hondamente halagado cuando manifestó ser un sincero y ferviente admirador de mi obra. Nunca hubiese imaginado que en un remoto país, un anciano gentilhombre se deleitara con la lectura de mis estudios experimentales y sistemáticos. Aquello me conmovió profundamente y animó una larga conversación científica, en la que los tres participamos con entusiasmo. Al día siguiente le regalaría un ejemplar autografiado de mi último libro, del que él no tenía noticia, mis Fundamentos de conducta animal (vertebrados); se mostró encantadísimo con ello y sus ojos reflejaron una emoción genuina que, hasta entonces, había estado ausente. A la par, he de indicar que, a despecho de su vigor y fortaleza aparentes, debía ser una persona muy anciana, debido al color clorótico de su piel, de aspecto apergaminado.
Era casi medianoche cuando Viktor se vio obligado a retirarse ya que a la mañana siguiente, a primera hora, tenía que estar en el hospital. Así que el conde y yo nos quedamos solos y tuvimos el placer de continuar nuestra conversación. He de decir, si bien no sé hasta qué punto se trataba de una impresión mía, que el conde tenía un aire de contención, como si tratase de ocultar su verdadera naturaleza o personalidad. Tuve dicha intuición en varias ocasiones a lo largo de la velada y sentí, posiblemente de manera ilógica o desproporcionada, esa aprensión que siente cualquier humano cuando se enfrenta a situaciones inciertas, ambiguas o desconocidas. También me llamó la atención su aire en exceso melancólico, introspectivo y exánime, que contrastaba grandemente con la energía y fluidez de su vocablo.
Me quedé atónito al comprobar que estaba al corriente de todas mis investigaciones, de todas y cada una sin excepción; incluso conocía el motivo real de mi viaje a Hungría. ¿Cómo podía haberse enterado?. ¿Conocía acaso a sir Archibald o a alguna de las poquísimas personas relacionadas con el asunto?. Estaba estupefacto y, cuando le pregunté al respecto, me dijo que simplemente prefería no responder a mi pregunta pero que, no obstante, no tenía el menor motivo para preocuparme de nada, de nada en absoluto (enfatizó estas últimas palabras). Di el caso por concluido, aunque me sentía desazonado y con cierta preocupación, pero me recuperé un tanto cuando el conde me dijo que si buscaba en el lugar adecuado, encontraría el gran murciélago, pues existía. ¡Entonces, no se trataba de una quimera!. Me respondió que era tan real como la vida misma y esta aseveración hizo que ipso facto se me fueran de la cabeza los anteriores temores. Según él, se trataba de un espécimen extraordinario, una bestia asustadiza y difícil de capturar. Lo importante era que mi viaje no había sido en vano. El Thurul, como lo llamaban los nativos de esta parte de Hungría, se caracterizaba por su gran tamaño y por chupar la sangre de animales y niños indefensos. Existía, sin duda, pese a que nunca se habían presentado pruebas fehacientes. El conde me confesó haber visto al animal en varias ocasiones, asegurándome que no faltaban buenos ejemplares en los Cárpatos húngaros.
Le estreché la mano sumamente agradecido por tan valiosa información : apenas pude resistirlo, pues casi me vi obligado a retirarla en el acto porque su tacto era tan frío como un témpano de hielo. El conde retiró su mano con cierta turbación, confesándome inmediatamente que sufría una rara enfermedad que pronto acabaría con su estadía en este mundo. Me hizo esta confesión, no obstante, sin emoción alguna, como aquél que esta cansado de vivir y espera la muerte tranquilamente. A ello añadió que, desde su infancia, sin embargo había gozado de excelente salud pero, desde que volvió hacía una década de unos viajes por países tropicales, su cuerpo había ido perdiendo poco a poco la salubridad. Le sugerí un examen en la clínica Desnien, pero él dijo que ya había visitado a todos los especialistas del país y de parte del extranjero y añadir uno más a la lista no supondría otra cosa que confirmar un veredicto consabido. El hecho es que estaba enfermo, enfermo de muerte, a despecho de que nadie le hubiera asegurado la etiología exacta de su mal. Con una expresión de tedio en sus facciones, confesó que prefería dejar este asunto por concluido, que las cosas eran como eran y que se debía dejar actuar al destino. Me sentí impresionado por su sangre fría y ecuanimidad en un asunto tan grave.
Me testimonió su ferviente y sincero deseo en pro del éxito de mi empresa científica y su convicción de que estaba ante la persona más indicada para llevarla a cabo, apelando a mi trayectoria científica y personal. Me sentí profundamente halagado; agradecí con emoción estas palabras gentiles y no puede evitar cierta contrariedad cuando me aseguró que no nos veríamos el próximo día, pues se veía obligado a viajar a Budapest para formalizar determinados asuntos legales y comerciales.
Charlando habíamos llegado al rellano de la escalera con las bujías en la mano. Un largo corredor separaba las habitaciones del conde de las mías. El criado abrió las puertas y, tras desearnos buen descanso, se retiró. Como el conde y yo estábamos muy próximos, cuando nos dimos las buenas noches, el reflejo de mi bujía iluminó su cara. ¡Entonces me estremecí!. ¿Qué extraño ser tenía ante mí?. Bien iluminado -y no al amparo de la decrépita luz de los candelabros de la biblioteca- descubrí en su rostro unos rasgos que no había apreciado hasta ese momento. La faz que yo contemplaba era grave, cenceña, de una palidez extrema, una palidez de muerte. Toda su persona estaba revestida de una solemnidad tal que no creí hallarme ante el mismo hombre, sino ante una figura hierática perteneciente a un mundo que no era el nuestro. Una vaga inquietud me oprimió nuevamente, una incipiente y feble certidumbre trató de tomar forma, a la cual siguió una confusión aún mayor. Empero, no me avergüenza confesar que en aquellos instantes de marasmo absoluto sentí miedo, como si me encontrase frente a algo superior y, en parte, desconocido, a despecho de saber que se levantaba ante mí un perfecto caballero centroeuropeo, cuyo vocablo y ademán denotaban la educación más esmerada y los modales más refinados. Sus ojos, por contra, tenían un brillo extraño y fue entonces cuando advertí hasta qué punto su expresión era cruel, a lo que sin duda contribuía la dureza de una boca de dientes singularmente aguzados. Pero su sonrisa amistosa disipó en mí toda intranquilidad, haciéndome sentir culpable por haber albergado ese tipo de pensamientos hacia un hombre frente al cual, como poco, no podía sentir otra cosa que deferencia. El anciano conde me deseó por segunda vez las buenas noches y se retiró después de una corta reverencia.
Esperaba dormirme pronto y profundamente pero, al cabo de unos instantes, tuve que reconocer la imposibilidad de un sueño inmediato. Cuando traté de encender la luz para leer un libro noté que el sueño, minutos antes tan lejano, iba dominándome y una especie de letargo acabó envolviéndome el cuerpo y la mente. Estaba quedándome dormido y rápidamente, sin intervalo alguno, entré en un estado de sopor indefinible. ¿Acaso dormía?. No podría decirlo. Aunque tendido en la cama, con los ojos completamente cerrados, podía ver perfectamente cada objeto del dormitorio. Cosa extraña, ignoraba el lugar exacto donde me encontraba, si bien me creía en Londres. Mi primera impresión fue una repentina sensación de terror. La luna llena brillaba enfrente de la ventana y, a través de las cortinas blancas, proyectaba su luz sobre el centro de la estancia, allí donde un rayo de luna formaba turbulencias, donde rielaba una nube de motas quiméricas. Algo se movió en su mismo vórtice y pareció dirigirse a una velocidad de vértigo hacia donde yo yacía, si bien no fui capaz de ver, en ese instante, nada en concreto. Empero sí presentí una presencia al lado del lecho, una presencia femenina y la vi, como en un sueño, tenue e inapresible, envuelta en un aura contranatural, que resaltaba de una forma máxima su juvenil y extraña belleza. No podría asegurar cómo había entrado ni como se había acercado a la cabecera de mi cama sin que yo la viera, pero en mi ilusión loca me persuadí de que había llegado con la luna y había tomado forma en la tiniebla, inexplicablemente, y que también algo inextricable la había llevado, como una exhalación, a mi vera, en la solitud pagana del dormitorio, tan cerca de mí que podía tocarla, pero tan lejana e inapresible como los deseos de los sueños o la felicidad humana. Pero ya no sentí miedo, sino deseo.
Con un aire levemente perezoso, casi juguetón, rozagante, la dama se inclinó, con el propósito evidente de examinarme. Vi que tenía el cabello obscuro, el seno turgente y abundante y que era bella, muy hermosa y esbelta, de rasgos lívidos y voluptuosos labios encendidos. Sus grandes ojos, casi con avidez, llameaban como ascuas encendidas en la penumbra. Reconocí entonces los rasgos de la dama que, un día antes, creí ver en la biblioteca del hospital. Ella había vuelto, al amparo de la noche, tan silenciosamente como la primera vez, pero mil veces más seductora. Noté su larga y sedosa cabellera cerca de mí -olía a violetas- y deseé ardientemente que se acercase más. En ese momento creo que habló, más su voz era como un eco, sin ningún referente en derredor, que sonó en la ubicuidad de mi cerebro como música cristalina. Me sentí turbado cuando se relamió los labios, como un animal, por cuyas comisuras sobresalían sus dientes erizados como escarpas. Había un sesgo cruel e instintivo en sus facciones singulares. Sentí, a la vez, deseo y terror, pero el primero oprimió al segundo, inhibiéndolo, y solamente tuve deseos de su proximidad, de su contacto. Pero ella levantó la cabeza y me escrutó, seguramente para comprobar si seguía dormido, tiempo suficiente para admirar de cerca aquellos ojos que, a un tiempo, me excitaban y me deprimían. Se inclinó aún más, hasta el punto de que pude oir su respiración y su gélido aliento, que tenía un fondo acre e indefinido. Sus labios rozaron mi cuello, muy delicadamente, y me estremecí. Después, con una fruición casi morbosa, besó y relamió mi cuello. Sentí una vez más su aliento embriagador, pero había en él una insinuación repugnante que la primera vez ya había barruntado. Era frío como el hielo y exquisitamente perfumado pero, entre la ambrosía, mezclábase una esencia acre, que me recordó el olor de la sangre.
Fue entonces cuando presentí que había alguien más en la habitación. La sombra, en verdad, era extraordinaria. En el vano de la puerta estaba parada una figura alta y negra. La luna la iluminaba por completo, a excepción sólo de su cara. Yo no veía más que el fuego de sus pupilas, que nos observaban con una fijeza solemne. Un aura del otro mundo bañaba al incógnito visitante, que permanecía hierático como una estatua de mármol. Vi entonces que levantaba la mano con lentitud y la dama, azorada, se separó de mí, retrocediendo de inmediato hasta el muro, que atravesó, desapareciendo al otro lado. La sombra seguía en su sitio sin moverse. No le vi marcharse aunque, sin mediar apenas un segundo, me encontré sólo en la estancia. Pero recuerdo que una especie de pájaro nocturno pasó cerca de mí y el viento de sus alas rozó mis párpados, Sentí que estaba volando por la habitación; después, el silencio, y me desperté. Bajo la camisa, el corazón me latía enloquecido, golpeando las paredes de mi pecho con grandes golpes que podía percibir claramente y con gran angustia. Había sido un sueño extraño, insólito, aunque algo en mí no se resignaba a que no fuese algo más.
Mi insuperable ansiedad aún persistía. Moví el brazo buscando las cerillas. Las oí crujir entre mis dedos, en el candelero. Encendí la bujía y, al instante, me sentí mucho mejor. La luz acabó por disipar los malos terrores. Estaba sólo en el dormitorio. Resolví beber un vaso de agua fría y volví a acostarme. Traté de razonar y me costó un tanto -me sentía especialmente alterado- pero acabé convenciéndome de que acababa de sufrir un acceso alucinatorio especialmente vívido. A partir de ese momento, me fui tranquilizando poco a poco. Después la fatiga se apoderó de mí como una hola y me dormí enseguida.
Cuando desperté, un sol brillante iluminaba la habitación. Me vestí con premura, olvidándome por completo de los sombríos acontecimientos de la noche anterior. Miré la hora, eran las diez. La parte posterior del club, cuyo edificio se encontraba adosado en esa zona a la imponente muralla que circundaba la ciudad, se alzaba al margen de un impresionante precipicio. Mi ventana daba al mismo y desde allí se veía perderse en lontananza la inmensa masa del bosque, entre las masas filosas y azuladas de los picos de la cordillera cárpata. Aguzando la vista, podían discernirse insignificantes caminillos que cruzaban la espesura por algún tramo, los cuales conducían a los valles, donde se levantaban los pequeños núcleos habitados, aldehuelas perdidas de la mano de Dios y aferradas a costumbres medievales, más bien que a las propias de los tiempos modernos. Este bosque inmenso llegaba, en algunas zonas, a recubrir tupidamente parte de la misma cordillera, por cuyas laderas fluían, de trecho en trecho, numerosos riachuelos que, como finos hilillos argénteos, nacían en las cumbres, desde donde manaban estrepitosamente por las gargantas profundas.
Reconfortado por aquella mirífica visión, acabé de reanimarme con abluciones reiteradas de agua fría. Al cabo de media hora escasa, ya me encontraba vestido, con el ánimo espléndido, y dispuesto para bajar.
Viktor me esperaba en el comedor, sentado delante de un mantel ya dispuesto. Leía el periódico, ante una mesa magníficamente preparada. Siempre me han agradado los detalles y el personal del club se habían esmerado en ello: candelabros de plata, vajilla de porcelana antigua y cubiertos de plata; la buena comida que íbamos a disfrutar, acabó por levantarme el ánimo completamente.
-¿Has pasado buena noche?- quiso saber mi amigo, dejando el periódico a un lado.
-Excelente- mentí, por razones obvias-. Estuve con el conde hasta muy tarde y me dormí como un plomo.
Un sirviente, con librea negra y oro, trajo el desayuno. Hablamos animadamente sobre mis impresiones atingentes al cenceño aristócrata húngaro y también sobre la marcha de mis investigaciones. Sobre este último punto, he de decir que manejé el tema con mucha cautela, pero de una manera que resultase perfectamente creíble. Me centré en asuntos de investigación básica, pero novedosos, como es el de la transmisión del sonido como guía para el vuelo, si bien le pedí que mantuviese la información en secreto, hasta que apareciese publicado un artículo al respecto. Esto sucedería en el próximo bimestre, pues ya había mandado los artículos originales a Inglaterra y había recibido recientemente su aceptación. Me congratulé de que no mencionase para nada el asunto del vampiro gigante, lo cual no era improbable, habida cuenta de que el conde tenía noticia de ello. Me alegré de su carácter reservado y grave, máxime ahora cuando me había prometido que el asunto quedaría entre él y yo. Pese a que hacía apenas nada que nos conocíamos, no tenía el menor motivo para dudar de su palabra.
Una hora después, dejábamos el club, marchándonos al hospital, Viktor a visitar a sus enfermos y yo en busca de algún buen libro. Me solacé algunas horas con la Anatomía superior de Ranko Pravia y los Fundamentos de comportamiento animal de Edward Boring.
"No hay en el mundo fortuna mayor, creo, que la incapacidad de la mente humana para relacionar entre sí todo lo que hay en ella. Vivimos en una isla de plácida ignorancia, rodeados por los negros mares de lo infinito, y no es nuestro destino emprender largos viajes. Las ciencias, que siguen sus caminos propios, no han causado mucho daño hasta ahora; pero algún día la unión de esos disociados conocimientos nos abrirá a la realidad, y a la endeble posición que en ella ocupamos, perspectivas tan terribles que enloqueceremos ante la revelación, o huiremos de esa funesta luz, refugiándonos en la seguridad y la paz de una nueva edad de las tinieblas."
H.P. Lovecraft
Yaiza
“Quiso sonreírme Fortuna aquel luminoso y redondo día, cuando la magia de una concesión divina hizo aparecer ante mí los ojos más hermosos que a lo largo de mi vida había podido contemplar.
Yaiza es una mujer poseedora de la belleza singular de las más altas dignidades, una belleza de color paradisíaco, una belleza nacida de los destellos del arcoíris.
Yaiza es ágil y esbelta. Su tez morena embriaga los sentidos como la caricia de una madre a su criatura. Así de suave y tierna se muestra esta princesa ante un hombre como yo, ávido de luz y amor.
Sus cabellos, tan negros como el mar de una noche sin luna, tan brillantes como el azabache al sol, evocan bostezos de oro y malva al albur de un sueño, el sueño de un amor sin límites, el sueño de un amor refrendado en el cielo.
Esos sus ojos, de tan buen mirar, me guían hasta su corazón entre místicas procesiones de flores y albahaca liberando a un tiempo las voces silentes de un desierto de finísima arena.
Un rostro adorable descubre inocentemente su inteligencia y vivacidad, cualidades que madurarán y se asentarán con el tiempo, cuando la templanza alcance plena autoridad, aunque su divino porte anuncia ya un destino dorado.
Así contemplo a Yaiza y así la venero”
El antiguo manuscrito que así rezaba hizo que yo mismo buscara a esa mujer. Yaiza era como un reclamo, un reclamo incitante que yo no podía obviar. Necesitaba saber más.
Todo parecía indicar hacia el sur y hacia allí me dirigí buscando pistas falsas en Marruecos y posteriormente en Palestina.
Fue sin embargo durante mi viaje de regreso a la península cuando un pasajero me informó de que en las islas Canarias, sobretodo en Lanzarote, existen muchas mujeres con tal nombre, probablemente pues de origen guanche.
Hacia allí me dirigí sin dilaciones, y a mi llegada a Tenerife me informaron de la existencia de una población con tal nombre.
Yaiza es un pueblo encantador, un pueblo en el que parece haberse detenido el tiempo, y donde existe una leyenda sobre una princesa, la princesa Yaiza, de origen bereber, cuyo nombre significa “mujer de hábiles manos”.
De regreso a Valencia, y ya en un centro comercial de la ciudad, contemplé atónito a Yaiza mientras plegaba prendas multicolores con una destreza y delicadeza admirables.
E. Glez
Apocalipsis, Anticristo.... Son mitos y como tales nunca se refieren a personas concretas o a acontecimientos determinados. Cualquier texto apocalíptico constituye una advertencia, para que enmendemos y no sigamos haciendo las cosas como hasta ahora.
El mundo no acabará hoy ni mañana, ni en un futuro próximo, de eso estoy seguro, como también sé sin ninguna duda que el futuro del hombre no está en manos de los mejores hombres, sino de los peores.
S.A.B
Mañana Martes es el día 6 del 6º mes del año 6, 6-6-6, 666, el número de la Bestia, el advenimiento del Anticristo... ¿Qué sucederá?.
Anton Szandor La Vey
La Biblia Satánica
Otro ideólogo destacado que dedicó su vida al sacerdocio de Satán y de notable influencia, después de una vida en la que fue policía, pintor, domador de leones y organista, fue Antón La Vey. El libro, su famosa Biblia de Satán. La Vey es el que protagoniza al demonio en la famosa película de Roman Polanski Rosemary´s Baby (en castellano “La semilla del diablo”), que curiosamente se rodó en el edificio Dakota y en la casa que había pertenecido a Aleister Crowley. Poco después, lo que algunos relacionan con el éxito fulgurante, de la película tuvo lugar el asesinato de Sharon Tate, la mujer de Polanski y otras personas por parte de otro satanisma, Charles Manson. Del mismo modo y curiosamente el siguiente propietario de la casa, John Lennon, moriría asesinado.
La Vey (1930), fundó también la Iglesia Satánica de San Francisco; en su Biblia Satánica (1969), una parodia de la cristiana, afirma que su religión satánica “respeta los deseos egoístas, egocéntricos y lúbricos de la mayoría de los humanos”. En esta nueva religión se adora a Satán en vez de al Dios cristiano, cuyos rituales están descritos –aunque no todos- en su arriba mencionada Satanic Bible (La Vey escribió posteriormente “Los Rituales Satánicos” y “La Bruja Completa”, que fue un best-seller en Italia, pero descatalogado oportunamente en Estados Unidos). Fuera de valoraciones morales, vinculados a una visión antropológica negativa, pensamos que esos son los impulsos humanos básicos y que el hombre es gregario por necesidad no por voluntad; pero de igual manera que la socialización implica control, la evolución personal denota la capacidad de análisis y domeñación de los excesos que esos impulsos sexuales y agresivos pueden llevar. Si además miramos, en pleno siglo XXI, los atributos de la sociedad psicopática que nos rodea, donde prolifera el egoísmo, el vacío ético, la violencia, la mentira y el desmán de todo tipo, nos parece que la Biblia Satánica puede quedarse al nivel de un discípulo tibio y librito parvulario de un diosecillo menor. La realidad consiste en que lo que la moral imperante ha tratado siempre de estrangular consisten en aquellos árboles de la ciencia y de la vida tan recordados, los frutos del conocimiento y del goce a que se tiene derecho. La manera de obtener tales frutos parece ser lo cuestionable. Aún así, precisamente los aconteceres de nuestros días fueron claramente vaticinados por le Vay en su libro esencial, proclamando la liberación de las ataduras, el goce de al carne sin culpa, la liberación de la libido colectiva (especialmente revelador el dato que alude a monjas desnudas bailando con frenesí el “Missa Solemnis Rock”), existiendo detrás de todo ello “una penetrante religión y forma de vida, con gran número de adeptos (Wolfe, 2.000).
Se ha comentado reiteradamente la gran influencia de La Vey en estamentos destacados de la sociedad, quien aseguró contar con más de un millón de miembros; uno de los más famosos era la actriz de cine Jane Mansfield y también tuvo un affaire, -en realidad fueron amantes- sentimental con Marilyn Monroe. Por nombrar solamente un caso, siguiendo a Roberts (1998), cabe mencionar a Kenneth Anger (1930), director de cine americano que presentó de modo especial lo oculto, en sus películas. Estuvo poderosamente influido sobre todo por los ensayos y la doctrina de Crowley y del satanista La Vey y se hizo famoso con su película Lucifer Rising, en la cual Anaïs Nin interpretaba a la diosa Astarté y cuya música fue compuesta por Mick Jagger. En Invocation of My Demon Brother, La Vey interpretó el papel de Satanás (su participación en películas representando el papel del Diablo fue bastante frecuente, recuérdese el film mencionado de Polanski) y el joven músico Bobby Beausoleil el de Lucifer. Anger, que perteneció primero a los adeptos de La Vey, se unió más tarde a Manson y se le declaró culpable del asesinato de Gary Hinman (1996). Asimismo, Anger también dio que hablar cuando descubrió en la antigua "abadía Thelema", en Cefalú (Sicilia), donde había vivido Crowley en los años 20, pinturas eróticas de carácter mágico.
Antes de él, los libros satanistas fueron una añagaza, grimorios escritos por gente gazmoña, acomplejada, temerosos del dios de los cristianos que nunca sistematizaron ése saber antiguo, cosa que sí logró La Vey. En su exaltación de la lubricidad de la carne y la fuerza del conocimiento, esta religión, siguiendo a Wolfe, no resulta de fácil asunción en una sociedad puritana, dado que es extraña a principios como el amor al prójimo, el pon la otra mejilla y la filantropía. Se base en la creencia de que el hombre es un ser esencialmente egoísta, violento, que se encuentra sumido en la lucha darwiniana por la supervivencia, donde los más aptos, que son las más fuertes, estarán llamados a dirigir el mundo, porque esa competición inevitable forma parte del rasgo fundamental del humano, vinculado con la violencia, que siempre es egoísta, porque alzaprima el ego, que es la dominación, expresión fáctica del impulso fundamental que expresamos comúnmente como voluntad de dominio o poder. Estas son las condiciones reales del mundo que hollamos, allende edulcoraciones democráticas y promisiones de un más allá rebosante de leche y miel, donde los débiles (los mansos) serán los primeros y no los fuertes quienes, en cambio, heredarán esta tierra.
Sea como fuera, soslayando moralinas y mejores intenciones de gente sin tacha, falsarios y palabreros de catadura varia, el hecho es que la iglesia de Satán proliferó, generando su semilla en varias ciudades y produciendo una serie de imitadores como los de la Iglesias Satánica de Cincinnati, fundado por un tal James Guthrie a la edad de 22 años, junto a su esposa, los que se hicieron famosos por toda una serie de tropelías, incluidas misas negras rituales y cosas propias a la iglesia aludida; acabaron siendo perseguidos por la justicia y denunciados por la sociedad protectora de animales, evidentemente por emplear anima vili en sus actos sacrificiales.
La Vey (1930), fundó también la Iglesia Satánica de San Francisco; en su Biblia Satánica (1969), una parodia de la cristiana, afirma que su religión satánica “respeta los deseos egoístas, egocéntricos y lúbricos de la mayoría de los humanos”. En esta nueva religión se adora a Satán en vez de al Dios cristiano, cuyos rituales están descritos –aunque no todos- en su arriba mencionada Satanic Bible (La Vey escribió posteriormente “Los Rituales Satánicos” y “La Bruja Completa”, que fue un best-seller en Italia, pero descatalogado oportunamente en Estados Unidos). Fuera de valoraciones morales, vinculados a una visión antropológica negativa, pensamos que esos son los impulsos humanos básicos y que el hombre es gregario por necesidad no por voluntad; pero de igual manera que la socialización implica control, la evolución personal denota la capacidad de análisis y domeñación de los excesos que esos impulsos sexuales y agresivos pueden llevar. Si además miramos, en pleno siglo XXI, los atributos de la sociedad psicopática que nos rodea, donde prolifera el egoísmo, el vacío ético, la violencia, la mentira y el desmán de todo tipo, nos parece que la Biblia Satánica puede quedarse al nivel de un discípulo tibio y librito parvulario de un diosecillo menor. La realidad consiste en que lo que la moral imperante ha tratado siempre de estrangular consisten en aquellos árboles de la ciencia y de la vida tan recordados, los frutos del conocimiento y del goce a que se tiene derecho. La manera de obtener tales frutos parece ser lo cuestionable. Aún así, precisamente los aconteceres de nuestros días fueron claramente vaticinados por le Vay en su libro esencial, proclamando la liberación de las ataduras, el goce de al carne sin culpa, la liberación de la libido colectiva (especialmente revelador el dato que alude a monjas desnudas bailando con frenesí el “Missa Solemnis Rock”), existiendo detrás de todo ello “una penetrante religión y forma de vida, con gran número de adeptos (Wolfe, 2.000).
Se ha comentado reiteradamente la gran influencia de La Vey en estamentos destacados de la sociedad, quien aseguró contar con más de un millón de miembros; uno de los más famosos era la actriz de cine Jane Mansfield y también tuvo un affaire, -en realidad fueron amantes- sentimental con Marilyn Monroe. Por nombrar solamente un caso, siguiendo a Roberts (1998), cabe mencionar a Kenneth Anger (1930), director de cine americano que presentó de modo especial lo oculto, en sus películas. Estuvo poderosamente influido sobre todo por los ensayos y la doctrina de Crowley y del satanista La Vey y se hizo famoso con su película Lucifer Rising, en la cual Anaïs Nin interpretaba a la diosa Astarté y cuya música fue compuesta por Mick Jagger. En Invocation of My Demon Brother, La Vey interpretó el papel de Satanás (su participación en películas representando el papel del Diablo fue bastante frecuente, recuérdese el film mencionado de Polanski) y el joven músico Bobby Beausoleil el de Lucifer. Anger, que perteneció primero a los adeptos de La Vey, se unió más tarde a Manson y se le declaró culpable del asesinato de Gary Hinman (1996). Asimismo, Anger también dio que hablar cuando descubrió en la antigua "abadía Thelema", en Cefalú (Sicilia), donde había vivido Crowley en los años 20, pinturas eróticas de carácter mágico.
Antes de él, los libros satanistas fueron una añagaza, grimorios escritos por gente gazmoña, acomplejada, temerosos del dios de los cristianos que nunca sistematizaron ése saber antiguo, cosa que sí logró La Vey. En su exaltación de la lubricidad de la carne y la fuerza del conocimiento, esta religión, siguiendo a Wolfe, no resulta de fácil asunción en una sociedad puritana, dado que es extraña a principios como el amor al prójimo, el pon la otra mejilla y la filantropía. Se base en la creencia de que el hombre es un ser esencialmente egoísta, violento, que se encuentra sumido en la lucha darwiniana por la supervivencia, donde los más aptos, que son las más fuertes, estarán llamados a dirigir el mundo, porque esa competición inevitable forma parte del rasgo fundamental del humano, vinculado con la violencia, que siempre es egoísta, porque alzaprima el ego, que es la dominación, expresión fáctica del impulso fundamental que expresamos comúnmente como voluntad de dominio o poder. Estas son las condiciones reales del mundo que hollamos, allende edulcoraciones democráticas y promisiones de un más allá rebosante de leche y miel, donde los débiles (los mansos) serán los primeros y no los fuertes quienes, en cambio, heredarán esta tierra.
Sea como fuera, soslayando moralinas y mejores intenciones de gente sin tacha, falsarios y palabreros de catadura varia, el hecho es que la iglesia de Satán proliferó, generando su semilla en varias ciudades y produciendo una serie de imitadores como los de la Iglesias Satánica de Cincinnati, fundado por un tal James Guthrie a la edad de 22 años, junto a su esposa, los que se hicieron famosos por toda una serie de tropelías, incluidas misas negras rituales y cosas propias a la iglesia aludida; acabaron siendo perseguidos por la justicia y denunciados por la sociedad protectora de animales, evidentemente por emplear anima vili en sus actos sacrificiales.
CONTINUACION DEL DIARIO DEL
PROFESOR S.H. BROADHURST
17 de Agosto de 1.8...
Representa un privilegio en la vida de un hombre convivir con personas cuya materia gris hace gala a la evolución, con personajes que están al servicio de nobles intereses intelectuales, caballeros que viven apartados de las banalidades de la existencia y que han erigido sus vidas sobre necesidades y exigencias más trascendentales, como el conocimiento o la sanación. Falto se encuentra este mundo anodino de personajes del calibre de los doctores Besnien y von Ashaer, cuya talla es gigantesca, que se dedican cada minuto de su preciosa existencia a la alta tarea de sanar las miserias del cuerpo y del alma, sin recompensas especialmente destacables. Han soportado estoicamente años de duro trabajo, sin ceder nunca al dinero fácil, ni a la voluble consideración de la masa o de los estamentos oficiales. La dificultad de un problema intelectual es para ellos mucho más excitante que la moliente comodidad que tanto preocupa a las clases opulentas. A decir verdad, se indignan de verse obligados a vivir en una sociedad injusta, de la cual no se obtiene otra cosa que fatigas e ingratitud. Estoy convencido de que este es el tributo secular que los hombres de ciencia reciben por galvanizar el progreso y el bienestar de los pueblos del mundo, después de haber arrojado luz sobre las cuestiones más conspicuas de la vida, del mundo y del universo.
Todo el día hemos estado verdaderamente ocupados. Almorzamos en casa del gobernador Bladesowa, en compañía del alcalde y del doctor Zotovic, el párroco de la ciudadela. Por él me enteré de que, en ocasiones, se ofrecían en el teatro conciertos de música culta y aquella misma noche tuve oportunidad de comprobarlo, con una antología variopinta de Mozart, Chopin, Strauss y Wagner. He de confesar que la orquesta no era de la mejor calidad, pero volver a oir a aquellos autores inmortales representó para mí un verdadero placer.
18 de Agosto de 1.8...
En los comienzos de la segunda quincena de Agosto, no se hablaba de otra cosa entre la gente culta de la ciudad que de cierto personaje, el voivoda Woray Pesthe, quien había acaparado la atención general. Boyard, perteneciente a una de las familias más antiguas de la aristocracia valaca, había detenido un día su carruaje a la puerta del Hotel Emperador Corvinus, donde residía desde esa fecha; a la noche siguiente, con sus credenciales por delante, se presentó en el Club de los Caballeros y pronto se ganó la fama de ser uno de los personajes más peculiares que habían llegado a aquellas tierras desde hacía varias décadas. Se murmuraba que en su corazón no cabían las emociones más fundamentales, aunque se le consideraba un hombre por lo general correcto y muy inteligente. Pronto sus excentricidades llamaron la atención de la gente, como su nocturnidad y su carácter en ocasiones demasiado intransigente. Era, no obstante, un hombre de vastos conocimientos y se ganó la fama de ser un excelente orador. Pero, siguiendo con sus particularidades, sus ideas se tachaban de anticuadas en exceso, perfectamente medievales, puesto que le dominaba una pertinaz obstinación por el pasado. Se refería casi constantemente a las contiendas de otrora con tal énfasis y personalización que daba la impresión de haber estado realmente allí. No faltaban, por ende, quienes dudaban de su buen juicio.
Profundamente interesado por un personaje tan singular, tuve desde el principio grandes deseos de conocerle y me sentí afortunado cuando Viktor me prometió concertar una entrevista. Así es como, de su mano, conocí a un caballero extraordinario, enormemente cultivado e inteligente, de soberbia personalidad y gran prestancia que, según lo que se decían ser fuentes bien informadas, había llegado a Ovërbeck para emprender unos asuntos financieros. Mientras tanto, se dedicaba al dolce far niente en la bella localidad.
Como nunca me cansaré de repetir, el noble había excitado fuertemente mi curiosidad desde el primer momento y me sentí feliz cuando, esa misma noche, mi amigo hamburgués me comunicó que el encuentro tendría lugar dos días más tarde. Inmediatamente, escribí a mi esposa participándole que se prolongaría mi estancia en la ciudad. No me fue difícil hallar una excusa convincente.
Dos días después, conocía al conde Pesthe, vlad Slercväros. Pronto descubrí sus irresistibles poderes de seducción y sus costumbres, al margen de toda norma establecida.
Villiers de L´Isle Adam
La Eva Futura
Valdemar Ediciones
Colección Tiempo Cero
1988
“La Naturaleza cambia, pero no la Andreida. Nosotros vivimos, morimos y, ¿quién sabe…?. La Andreida no conoce la vida, ni la enfermedad, ni la muerte. Está por encima de todas las imperfecciones, de todas las servidumbres y conserva la belleza del ensueño (…) Su corazón no puede cambiar porque carece de él. Vuestro deber será destruirla antes de morir. Un cartucho de nitroglicerina o de panclastita bastará para reducirla a polvo y deshacer su forma en el viento del caduco espacio.” Con estas palabras T.A. Edison, el brujo de Menlo Park, anuncia a los hombres la creación de Hadaly, la mujer ideal, y les invita a desechar para siempre la embustera, mediocre y voluble realidad de la Eva de la leyenda, y substituirla desde ahora por una prodigiosa y fiel ilusión: la Eva Futura, que inmortaliza en su propia esencia las primeras horas del Amor.
El Conde de Villiers de L´Isle Adam (1.838-1.899), creador de Los Cuentos Crueles y La Eva Futura, fue descendiente de una noble familia bretona, arruinada por los delirios de su progenitor, que se pasó la vida buscando los ilusorios tesoros de sus antepasados. Aunque hundido en la miseria, fue siempre bien recibido en los salones y cenáculos literarios gracias a su deslumbrante genio y sus maneras elegantes y distinguidas. “Desde sus veinte años –cuenta Anatole France-, ni un solo día tuvo mesa ni hogar, Treinta años erró por los cafés nocturnos, desapareciendo como una sombra en las primeras luces de la madrugada”. El orgullo de su arruinada estirpe brilló hasta en los más oscuros tugurios de su miseria, encendiendo fantasías que le convirtieron en uno de los personajes más irreales y quiméricos del romanticismo.”
Editorial
La Eva Futura
Valdemar Ediciones
Colección Tiempo Cero
1988
“La Naturaleza cambia, pero no la Andreida. Nosotros vivimos, morimos y, ¿quién sabe…?. La Andreida no conoce la vida, ni la enfermedad, ni la muerte. Está por encima de todas las imperfecciones, de todas las servidumbres y conserva la belleza del ensueño (…) Su corazón no puede cambiar porque carece de él. Vuestro deber será destruirla antes de morir. Un cartucho de nitroglicerina o de panclastita bastará para reducirla a polvo y deshacer su forma en el viento del caduco espacio.” Con estas palabras T.A. Edison, el brujo de Menlo Park, anuncia a los hombres la creación de Hadaly, la mujer ideal, y les invita a desechar para siempre la embustera, mediocre y voluble realidad de la Eva de la leyenda, y substituirla desde ahora por una prodigiosa y fiel ilusión: la Eva Futura, que inmortaliza en su propia esencia las primeras horas del Amor.
El Conde de Villiers de L´Isle Adam (1.838-1.899), creador de Los Cuentos Crueles y La Eva Futura, fue descendiente de una noble familia bretona, arruinada por los delirios de su progenitor, que se pasó la vida buscando los ilusorios tesoros de sus antepasados. Aunque hundido en la miseria, fue siempre bien recibido en los salones y cenáculos literarios gracias a su deslumbrante genio y sus maneras elegantes y distinguidas. “Desde sus veinte años –cuenta Anatole France-, ni un solo día tuvo mesa ni hogar, Treinta años erró por los cafés nocturnos, desapareciendo como una sombra en las primeras luces de la madrugada”. El orgullo de su arruinada estirpe brilló hasta en los más oscuros tugurios de su miseria, encendiendo fantasías que le convirtieron en uno de los personajes más irreales y quiméricos del romanticismo.”
Editorial
Laura Manzanera
Al pie de la sepultura
quinientas frases lapidarias de personajes célebres en la hora de su muerte. Por ejemplo:
Aplaudid amigos, la comedia ha terminado.
LUDWIG VAN BEETHOVEN
Siempre hablo mejor acostado.
JAMES MADISON
Es una pena irse, esto comienza a ponerse divertido.
JOSEPH LOUIS GAY-LUSSAC
Ocho horas con fiebre. ¡Me hubiera dado tiempo a escribir un libro!.
HONORÉ DE BALZAC
***
CONTINUACION DEL DIARIO DE
HELLEN BROADHURST
16 de Agosto de 1.8...
Shepherd ha bajado a Ovërbeck de buena mañana. Su aspecto me impresionó vivamente, pues hacía mucho tiempo que no le veía vestido con tanta elegancia. Se ha puesto su mejor traje y hasta sus modales parecían haber adquirido una refinada sutileza, inclusive una desafiante petulancia. Me disgustó su palpable alegría, pero nunca antes me había cautivado tanto, tal vez porque ahora poseo plena conciencia de mi decadencia. Deseaba vehementemente que no me abandonase, que se quedara a mi lado, ser más importante que su estadía en la ciudad. Empero, se le veía tan entusiasmado, que no tuve fuerzas ni valor para pedírselo.
18 de Agosto de 1.8...
Me encuentro tan débil y cansada que me supone un esfuerzo enorme continuar este diario. Pienso constantemente en mi esposo, divirtiéndose en la ciudad, sin saber de mis sufrimientos. A pesar de todo, hoy me siento un tanto mejorada en comparación con los días pasados.
Anoche, cuando decidí acostarme, me sentía incluso animada, hasta el punto de que llegué a convencerme de que estaba recobrando la salud... ¡Ojalá hubiese sido así, pues esta noche he sufrido nuevamente esas terribles pesadillas!. Trataré de describir, hasta donde me sea posible, cuanto he soñado. Recuerdo que me encontraba sola, inmersa en un vacío de oscuridad infinita y que sentía mucho miedo. De pronto, tuve el presentimiento de que algo acechaba desde la tiniebla. Se trataba de una presencia formidable e inverosímil, de imprecisa naturaleza, que no era humana y de un poder más allá de la comprensión racional. Entretanto, experimenté un ligero mareo y tuve la sensación de que mi cuerpo se tornaba ligero, como una masa evanescente, que fluía del piélago de oscuridad envolvente y empezaba a ascender por un espacio tenebroso, poblado de sombras y formas inquietantes. Entonces abrí los ojos y vi que flotaba, levitando incomprensiblemente, sobre el castillo, un castillo formidable, aunque ruinoso en su mayor parte y luego... Oh sí, Tania me despertó.
La señora Olesowa posee una gran humanidad. se ha preocupado celosamente de mi bienestar, mimándome con toda clase de atenciones. Su diligencia es digna de encomio. Me ha alimentado de su propia mano, pues me era imposible realizar ese esfuerzo insignificante. Me dijo que sería conveniente llamar a un médico, enviar una carta a la ciudad, a fin de poner al corriente a mi esposo sobre mi estado; pero me he negado, no quiero darme por vencida ni causar problemas a nadie. Debo ser fuerte y aguantar, tal vez esto acabe pronto.
No me cansaré de repetirlo: Tania es ciertamente una anciana encantadora. Posee una humanidad y comprensión del dolor que hace del trato con el enfermo una labor grata y rutinaria para ella. Intenté agradecerle sus cuidados, decirle lo mucho que estimaba su diligencia pero ella, sin darme tiempo a hablar, me obligó a acostarme.
***
CONTINUACION DEL DIARIO DE
HELLEN BROADHURST
16 de Agosto de 1.8...
Shepherd ha bajado a Ovërbeck de buena mañana. Su aspecto me impresionó vivamente, pues hacía mucho tiempo que no le veía vestido con tanta elegancia. Se ha puesto su mejor traje y hasta sus modales parecían haber adquirido una refinada sutileza, inclusive una desafiante petulancia. Me disgustó su palpable alegría, pero nunca antes me había cautivado tanto, tal vez porque ahora poseo plena conciencia de mi decadencia. Deseaba vehementemente que no me abandonase, que se quedara a mi lado, ser más importante que su estadía en la ciudad. Empero, se le veía tan entusiasmado, que no tuve fuerzas ni valor para pedírselo.
18 de Agosto de 1.8...
Me encuentro tan débil y cansada que me supone un esfuerzo enorme continuar este diario. Pienso constantemente en mi esposo, divirtiéndose en la ciudad, sin saber de mis sufrimientos. A pesar de todo, hoy me siento un tanto mejorada en comparación con los días pasados.
Anoche, cuando decidí acostarme, me sentía incluso animada, hasta el punto de que llegué a convencerme de que estaba recobrando la salud... ¡Ojalá hubiese sido así, pues esta noche he sufrido nuevamente esas terribles pesadillas!. Trataré de describir, hasta donde me sea posible, cuanto he soñado. Recuerdo que me encontraba sola, inmersa en un vacío de oscuridad infinita y que sentía mucho miedo. De pronto, tuve el presentimiento de que algo acechaba desde la tiniebla. Se trataba de una presencia formidable e inverosímil, de imprecisa naturaleza, que no era humana y de un poder más allá de la comprensión racional. Entretanto, experimenté un ligero mareo y tuve la sensación de que mi cuerpo se tornaba ligero, como una masa evanescente, que fluía del piélago de oscuridad envolvente y empezaba a ascender por un espacio tenebroso, poblado de sombras y formas inquietantes. Entonces abrí los ojos y vi que flotaba, levitando incomprensiblemente, sobre el castillo, un castillo formidable, aunque ruinoso en su mayor parte y luego... Oh sí, Tania me despertó.
La señora Olesowa posee una gran humanidad. se ha preocupado celosamente de mi bienestar, mimándome con toda clase de atenciones. Su diligencia es digna de encomio. Me ha alimentado de su propia mano, pues me era imposible realizar ese esfuerzo insignificante. Me dijo que sería conveniente llamar a un médico, enviar una carta a la ciudad, a fin de poner al corriente a mi esposo sobre mi estado; pero me he negado, no quiero darme por vencida ni causar problemas a nadie. Debo ser fuerte y aguantar, tal vez esto acabe pronto.
No me cansaré de repetirlo: Tania es ciertamente una anciana encantadora. Posee una humanidad y comprensión del dolor que hace del trato con el enfermo una labor grata y rutinaria para ella. Intenté agradecerle sus cuidados, decirle lo mucho que estimaba su diligencia pero ella, sin darme tiempo a hablar, me obligó a acostarme.
***
15 de Agosto de 1.8...
Hellen mejora notablemente y de manera inesperada, gracias a Dios. La herida de su garganta ha cicatrizado y, en general, presenta buen aspecto. Ha recuperado en ánimo habitual y, durante los últimos días, he permanecido a su lado el mayor tiempo posible. No vi ningún desmodino y ella, a su vez, no recuerda nada de lo ocurrido, ni las causas ni las circunstancias en las cuales pudo producirse esos diminutos rasguños. Mencionó, sin embargo, que terribles pesadillas perturbaban su sueño, si bien eso era casi una constante en ella. Empero, cuando despierta no recuerda el contenido de las mismas. Como he dicho, esto no es nuevo para mí, ni para ella.
Por la noche:
Todo sigue perfectamente bien. Hellen duerme apaciblemente, sin que, por lo que puedo observar externamente por su agitación corporal u otro signo, la moleste ningún mal sueño. Ya no me preocupa la herida de su cuello, pues casi ha desaparecido. Cuando le pregunté hasta qué punto le dolía, respondió que no le dolía lo más mínimo. Después, con una naturalidad que me sorprendió, casi llegó a ordenarme que debía bajar a la ciudad y no rechazar la invitación de nuestros amigos. Dijo que estaba convencida de que necesitaba un poco de diversión, mezclarme con la sociedad, disfrutar de la compañía de los amigos y pariguales y evadirme un tanto de las onerosas obligaciones de la investigación científica. Una odiosa sensación de disgusto conmigo mismo me sobrecogió. Comprendí que estaba ante un ser extraordinariamente gentil y noble y me reproché, nuevamente, el abandono en que la tenía, a la par que fui totalmente consciente, quizás por primera vez, de la suerte inmensa que había tenido al encontrar una mujer semejante con la que compartir mi vida. Absorbido en mis investigaciones, ingrato, olvidaba cada día que existía. Un tiempo atrás, llegué a jurarme a mí mismo que no la volvería a dejar sola pero ahora, pensando en la partida, la diversión y los amigos, esa realidad me supo a liberación, convirtiéndose en una expectativa tentadora amén de perentoria. No era mi conciencia la que me hacía obrar así, sino el apremio de la autocomplacencia, o dicho de otro modo, el hábito bien instaurado del egoísmo. En mis fueros internos, nunca me reproché nada referente al modo en que llevaba mis relaciones conyugales porque, como he dicho, en lo hondo, solamente veía las cosas desde una perspectiva, la de mi educación y, según ese entender, era la correcta. Había en ello, por lo demás, una especie de orgullo, de triste proteccionismo y de autosuficiencia.
De nuevo nuestros ojos se encontraron y ella volvió a insistir. Acaricie su sedoso pelo castaño y dije que lo pensaría, aunque la decisión, ufano, convencional y prepotente, ya estaba tomada.
Esa misma tarde, repasando unas anotaciones en mi gabinete, encendí una pipa y se entrometió en mis cavilaciones de nuevo el asunto de mi estancia en la ciudadela. Mientras pensaba en ella, un sentimiento de soledad se apoderó de mí en forma tan espantosa que casi me hacía enfermar. No sentía apartar todas esas sombras de mi espíritu mediante alguna distracción mundana, sino que deseaba ardientemente sentirme entre gente ilustrada, como Viktor y el doctor Besnien. Es un elixir, un acicate existencial, del que necesitan algunas personas, a modo de ayuda para soportar mejor las fatigas y requiebros de vivir en un mundo acéfalo y sin sentido. A la par, tasé la gran solitud de mi vida familiar, que solamente me servía para suplir las necesidades básicas con las cuales poder desarrollar mi actividad profesional, pero mi soledad era algo más grave, iba más allá, trascendía esos parámetros ordinarios, para convertirse en algo virtual; me había sentido sólo en el mundo desde los dieciocho años y ese sentimiento estaba ahí y solamente podía ser paliado compartiendo mi mundo con otros, con seres similares. Resolví, pues, alejarme por unos días, del páramo de Torska y bajar a la ciudad para disfrutar, por unos días, del ambiente civilizado y de la grata camaradería de mis colegas. Además, seguramente encontraría en la biblioteca del hospital algunos volúmenes interesantes y tal vez, en el teatro municipal, representasen algo que valiese la pena. Convencido de la necesidad de esta huida efímera antes de volverme a enclaustrar entre las cuatro paredes de mi laboratorio, olvidando así los días de angustia y preocupaciones, me levanté y, después de sacudir la ceniza de mi pipa, subí para comunicarle a Hellen mi resolución. Saldría a la mañana siguiente a primera hora y, dentro de unos días, cinco a lo sumo, Gödel volvería a por mí.
H.P. Lovecraft
Hongos de Yuggoth
y otros poemas fantásticos
Ed. Valdemar. El Club Diógenes
Y al fin vino del interior de Egipto
el Extraño Oscuro ante el cual se inclinaban los fellás;
silencioso, descarnado, enigmáticamente altivo
y envuelto en telas rojas como las llamas del sol poniente.
A su alrededor se apretaban las masas, ansiosas de sus órdenes,
pero al marcharse no podían repetir lo que habían oído;
mientras por las naciones se propagaba la pavorosa noticia
de que las bestias salvajes le seguían lamiéndole las manos.
Pronto comenzó en el mar un nacimiento pernicioso;
tierras olvidadas con agujas de oro cubiertas de algas;
se abrió el suelo y auroras furiosas se abatieron
sobre las estremecidas ciudadelas de los hombres.
Entonces, aplastando lo que había moldeado por juego,
el Caos Idiota barrió el polvo de la tierra.
Hongos de Yuggoth
y otros poemas fantásticos
Ed. Valdemar. El Club Diógenes
Y al fin vino del interior de Egipto
el Extraño Oscuro ante el cual se inclinaban los fellás;
silencioso, descarnado, enigmáticamente altivo
y envuelto en telas rojas como las llamas del sol poniente.
A su alrededor se apretaban las masas, ansiosas de sus órdenes,
pero al marcharse no podían repetir lo que habían oído;
mientras por las naciones se propagaba la pavorosa noticia
de que las bestias salvajes le seguían lamiéndole las manos.
Pronto comenzó en el mar un nacimiento pernicioso;
tierras olvidadas con agujas de oro cubiertas de algas;
se abrió el suelo y auroras furiosas se abatieron
sobre las estremecidas ciudadelas de los hombres.
Entonces, aplastando lo que había moldeado por juego,
el Caos Idiota barrió el polvo de la tierra.
SEGUNDA PARTE
_________
EL CAMINO DE LA OSCURIDAD
CONTINUACION DEL DIARIO DEL
PROFESOR S.H. BROADHURST
13 de Agosto de 1.8...
Esta mañana, durante el desayuno, me di cuenta de que Hellen estaba mortalmente pálida y, recostada en el viejo sillón tapizado de capitoné de terciopelo granate, acabó por vencerla el sueño. Hacia mediodía pareció reanimarse un tanto y, pese a mis protestas, ayudó a la señora Olesowa a poner la mesa.
Por la tarde, la convencí para que diésemos un corto paseo. Es siempre un ejercicio saludable. Además, hacia un día espléndido y, de seguro, el buen tiempo la beneficiaría. En la densa arboleda, había un tranquilidad bostezante y que inspiraba paz. Un sol templado bañaba el páramo, quebrándose en mil reflejos al pasar entre la cortina de abetos. Pero alarmado me apercibí de que Hellen se fatigaba al menor esfuerzo. Estaba exhausta, su respiración era disneica y el sudor perlaba su frente. Respiraba con dificultad y tenía las palmas de las manos mojadas, como sucede a las personas sometidas a una gran tensión. Al examinarla, noté que su pulso era débil y su cara tenía una palidez alarmante. Verdaderamente preocupado la llevé a casa. Con la ayuda de la señora Olesowa la acosté. Al inclinarme sobre ella, observé algo en su cuello que me provocó una desagradable impresión. Sobre la yugular izquierda tenía dos pequeñas incisiones, que inmediatamente atribuí a los desmodinos que, sin lugar a dudas, se habían aprovechado de su sueño. Vi santiguarse a la gobernanta, presa de una turbación inexplicable. Estaba tan alterada que mascullaba con dificultad el mal alemán que sabía, mezclando palabras de su lengua vernácula. Encontraba ridícula aquella situación y le dije que se tranquilizase y que bajara a la cocina para beber una copa de oporto. No obstante, antes de irse me rogó que no abandonase a la señora cuando llegase la noche pues, en caso contrario, ella misma se encargaría de velarla. Al oír estas palabras, pese a considerarlas exageradas y desproporcionadas con la situación, me sentí emocionado y le agradecí sinceramente su preocupación.
Hellen ha sido, desde niña, una criatura feble. Supe, después de nuestra boda, que los miedos infantiles habían perdurado en ella hasta la edad adulta, pero no di importancia a este hecho, que en realidad si que la tiene, pues indica un elevado grado de inestabilidad emocional. Ahora, ante un medio desconocido que provoca genéricamente ansiedad, en ella más que en otra persona, las pesadillas han vuelto a repetirse y dice la gobernanta que la ha oído hablar en sueños. He pensado que la trate un alienista, pero debo buscar el modo de decírselo para causarle el menor daño posible. Tal vez sea preferible esperar un poco.
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EL CAMINO DE LA OSCURIDAD
CONTINUACION DEL DIARIO DEL
PROFESOR S.H. BROADHURST
13 de Agosto de 1.8...
Esta mañana, durante el desayuno, me di cuenta de que Hellen estaba mortalmente pálida y, recostada en el viejo sillón tapizado de capitoné de terciopelo granate, acabó por vencerla el sueño. Hacia mediodía pareció reanimarse un tanto y, pese a mis protestas, ayudó a la señora Olesowa a poner la mesa.
Por la tarde, la convencí para que diésemos un corto paseo. Es siempre un ejercicio saludable. Además, hacia un día espléndido y, de seguro, el buen tiempo la beneficiaría. En la densa arboleda, había un tranquilidad bostezante y que inspiraba paz. Un sol templado bañaba el páramo, quebrándose en mil reflejos al pasar entre la cortina de abetos. Pero alarmado me apercibí de que Hellen se fatigaba al menor esfuerzo. Estaba exhausta, su respiración era disneica y el sudor perlaba su frente. Respiraba con dificultad y tenía las palmas de las manos mojadas, como sucede a las personas sometidas a una gran tensión. Al examinarla, noté que su pulso era débil y su cara tenía una palidez alarmante. Verdaderamente preocupado la llevé a casa. Con la ayuda de la señora Olesowa la acosté. Al inclinarme sobre ella, observé algo en su cuello que me provocó una desagradable impresión. Sobre la yugular izquierda tenía dos pequeñas incisiones, que inmediatamente atribuí a los desmodinos que, sin lugar a dudas, se habían aprovechado de su sueño. Vi santiguarse a la gobernanta, presa de una turbación inexplicable. Estaba tan alterada que mascullaba con dificultad el mal alemán que sabía, mezclando palabras de su lengua vernácula. Encontraba ridícula aquella situación y le dije que se tranquilizase y que bajara a la cocina para beber una copa de oporto. No obstante, antes de irse me rogó que no abandonase a la señora cuando llegase la noche pues, en caso contrario, ella misma se encargaría de velarla. Al oír estas palabras, pese a considerarlas exageradas y desproporcionadas con la situación, me sentí emocionado y le agradecí sinceramente su preocupación.
Hellen ha sido, desde niña, una criatura feble. Supe, después de nuestra boda, que los miedos infantiles habían perdurado en ella hasta la edad adulta, pero no di importancia a este hecho, que en realidad si que la tiene, pues indica un elevado grado de inestabilidad emocional. Ahora, ante un medio desconocido que provoca genéricamente ansiedad, en ella más que en otra persona, las pesadillas han vuelto a repetirse y dice la gobernanta que la ha oído hablar en sueños. He pensado que la trate un alienista, pero debo buscar el modo de decírselo para causarle el menor daño posible. Tal vez sea preferible esperar un poco.
Agradecemos a nuestro amigo Chorlito (Chorlito de cabeza), http://www.cabezachorlito.blogspot.com, el habernos recordado dos frases del conde. A saber:
1. Entre caballeros el dinero no es problema.
2. Océanos de tiempo nos separan.
Un saludo y a más ver.
S.
12 de Agosto de 1.8...
Hoy gozamos de un tiempo maravilloso. El sol brilla radiante y el viento es apacible. La temperatura ha aumentado considerablemente. Pese a lo magnífico del día, mi ánimo no acompañaba, pues me encontraba débil y, tendida en el sofá, acabé por dormirme. No sé cuanto tiempo pasé durmiendo, pero cuando abrí los ojos comprobé que el día decaía tras los cristales de la ventana. Había alguien más junto a mí, sentado en la butaca junto a la chimenea. Era mi marido que, de manera cariñosa y bromeando, me daba las buenas tardes. No pude contener un estallido de alegría y me arrojé a su cuello como una colegiala. El, notablemente sorprendido y divertido, me examinó atentamente y la expresión de su rostro cambió enseguida pues, sin duda, notó algo que no le gustó, porque me dijo:
-Te veo muy pálida, mi querida Hellen. ¿Te encuentras bien?.
Al oír sus palabras, las lágrimas arrasaron mis ojos, como si se actualizase de súbito el sufrimiento de los últimos días. Había también otro motivo para que me embargara una profunda tristeza: tenía que estar enferma para que reparase en mí. Sin embargo, también consideré que podía ser injusta y no percibir objetivamente las cosas; así que me contuve y resolví poner buena cara. Le dije que me encontraba un poco cansada, que con un poco de descanso me encontraría perfectamente e hice acopio de todas mis energías para aparentar normalidad en lo que quedaba del día. ¡Y que terriblemente mal me sentía!. Se me nublaba la vista, tenía dificultad para respirar e incluso me era penoso pensar. El se deshizo en consejos y dio un sinfín de órdenes a la pobre Tania para que “a la señora nada le faltase” cuando, en realidad, no tenía lo que más necesitaba. También era consciente de que encontrar una solución al problema era casi imposible, pues muchas personas experimentan un verdadero conflicto entre áreas diversas de sus vidas, como el matrimonio y su profesión. Y, en esta época, las necesidades masculinas son imperativas. Nosotras contamos para muy poco, aunque las formas corteses traten de ponernos un velo sobre los ojos. Nada podía hacer yo frente a todo esto, más que resignarme o esperar un cambio poco probable.
Durante la cena Shepherd dio muestras de gran jovialidad y hasta se atrevió con algunos chistes de sabio, que nunca resultan demasiado divertidos. Después del postre, me hizo señas para que le siguiese a su estudio. Una vez allí, Tania trajo el café y, cuando ésta salió, me dijo:
-Mi querida Hellen, eres una mujer encantadora y me has prestado un excelente servicio con tu inmensa paciencia. Esto es algo que nunca podré olvidar, ni recompensártelo suficientemente. Eres la compañera perfecta y tú lo sabes, aunque esta sea la primera vez que te lo diga. Te mereces una parte de la gloria que voy a conquistar, puesto que sin tu colaboración nada de esto hubiera sido posible.
Ante estas afirmaciones me quedé perpleja, sin saber qué contestar.
-Te diré, por ahora, que vamos por buen camino -añadió con satisfacción-. Te recomiendo el silencio más absoluto, aunque solamente sea en esto. ¿Me entiendes?. Hay muchos sabios envidiosos que quisieran arremeter con esta empresa. En su momento, ya te daré más detalles. Pese a que no había entendido una palabra -dudo que algún otro humano sacase mayor entendimiento que yo del asunto-, me hizo jurar que guardaría el “secreto”. En honor a la verdad, he de patentizar que esta era su forma de actuar cuando se encontraba metido en algún asunto científico importante, el cual siempre me participaba cuando sus afirmaciones podía ser respaldadas por la evidencia y, ciertamente, se trataba de asuntos importantes y enriquecedores para mí. Mi actitud negativa, presente internamente de manera casi constante ante su labor científica, nada tenía que ver con él, sino con mi frustración personal de no poder llevar a cabo lo que él realizaba. De haber sido yo un varón y no una chica, ahora me encontraría sumergido en una realidad mucho más rica de la que tengo. Pero también debo ser sincera y sentirme afortunada, pues muchos profesores que conozco relegan a un segundo plano a sus mujeres y en ningún momento hablan con ellas de sus asuntos académicos. Este, a decir verdad, no es, ni de lejos, mi caso. En muchas ocasiones me he sentido culpable por no sentirme más agradecida hacia mi marido y por no valorar apropiadamente la vida que llevo.
Leyó la carta del doctor Ashaer que le entregué. Dijo que su amigo nos invitaba a pasar unos días en la ciudad. Por mi parte, hubiera deseado rehusar la invitación, porque últimamente me encontraba más débil y cansada de lo normal. Y así se lo dije a mi esposo, quien repuso que tampoco deseaba ir a Ovërbeck, porque cierto asunto, que no podía ni eludir ni retardar, le daba vueltas por la cabeza. Y, además, tenía que enviar un detallado informe a sir Archibald. Lo más conveniente sería escribir a nuestros amigos para que dispensasen el que declinásemos su amable invitación y “ponernos manos a la obra”. Y mientras me decía todo esto, asentí maquinalmente y salí de la habitación.
Shepherd estuvo trabajando hasta muy tarde, pues no me di cuenta cuando se acostó. No sé realmente si lo hizo porque, cuando me desperté, oí sus pasos frenéticos en el laboratorio.
El Conde Drácula
En algún lugar de Transilvania yace Drácula, el monstruo, durmiendo en su ataúd y guardando a que caiga la noche. Como el contacto con los rayos solares le causaría la muerte con toda seguridad, permanece en la oscuridad en su caja forrada de raso que lleva iniciales escritas en plata. Luego, llega el momento de la oscuridad, y movido por instinto milagroso, el demonio emerge de la seguridad de su escondite y, asumiendo las formas espantosas de un murciélago o un lobo, recorre los alrededores y bebe la sangre de sus victimas. Por último, antes de que los rayos de su gran enemigo, el sol, anuncien el nuevo día, se apresura a regresar a la seguridad de su ataúd protector y se duerme mientras vuelve a comenzar el ciclo.
Ahora, empieza a moverse. El movimiento de sus cejas responde a un instinto milenario e inexplicable, es señal de que el sol está a punto de desaparecer y se acerca la hora. Esta noche, está especialmente sediento y, mientras allí descansa, ya despierto, con el smoking y la capa forrada de rojo confeccionada en Londres, esperando sentir con espectral exactitud el momento preciso en que la oscuridad es total antes de abrir la tapa y salir, decide quiénes serán las víctimas de esta velada. El panadero y su mujer, reflexiona. Suculentos, disponibles y nada suspicaces. El pensamiento de esa pareja despreocupada, cuya confianza ha cultivado con meticulosidad, excita su sed de sangre y apenas puede aguantar estos últimos segundos de inactividad antes de salir del ataúd y abalanzarse sobre sus presas.
De pronto, sabe que el sol se ha ido. Como un ángel del infierno, se levanta rápidamente, se metamorfosea en murciélago y vuela febrilmente a la casa de sus tentadoras víctimas.
-¿Vaya, conde Drácula, que agradable sorpresa!- dice la mujer del panadero al abrir la puerta para dejarlo pasar. (Asumida otra vez su forma humana. entra en la casa ocultando, con sonrisa encantadora, su rapaz objetivo.)
-¿Qué le trae por aquí tan temprano?- pregunta el panadero.
-Nuestro compromiso de cenar juntos- contesta el conde-. Espero no haber cometido un error. Era esta noche, ¿no?
-Sí, esta noche, pero aún faltan siete horas.
-¿Cómo dice?- inquiere Drácula echando una mirada sorprendida a la habitación.
-¿O es que ha venido a contemplar el eclipse con nosotros?
-¿Eclipse?
-Así es. Hoy tenemos un eclipse total.
-¿Qué dice?
-Dos minutos de oscuridad total a partir de las doce del mediodía.
-¡Vaya por Dios! ¡Qué lío!
-¿Qué pasa, señor conde?
-Perdóneme... debo...Debo irme...Hem...¡Oh, qué lío!...- y, con frenesí, se aferra al picaporte de la puerta.
-¿Ya se va? Si acaba de llegar.
-Sí, pero, creo que...
-Conde Drácula, está usted muy pálido.
-¿Sí? necesito un poco de aire fresco. Me alegro de haberlos visto...
-¡Vamos! Siéntese. Tomaremos un buen vaso de vino juntos.
-¿Un vaso de vino? Oh, no, hace tiempo que dejé la bebida, ya sabe, el hígado y todo eso. Debo irme ya. Acabo de acordarme que dejé encendidas las luces de mi castillo... Imagínese la cuenta que recibiría a fin de mes...
-Por favor- dice el panadero pasándole al conde un brazo por el hombro en señal de amistad- Usted no molesta. No sea tan amable. Ha llegado temprano, eso es todo.
-Créalo, me gustaría quedarme, pero hay una reunión de viejos condes rumanos al otro lado de la ciudad y me han encargado la comida.
-Siempre con prisas. Es un milagro que no haya tenido un infarto.
-Sí, tiene razón, pero ahora...
-Esta noche haré pilaf de pollo- comenta la mujer del panadero- Espero que le guste.
-¡Espléndido, espléndido!- dice el conde con una sonrisa empujando a la buena mujer sobre un montón de ropa sucia. Luego, abriendo por equivocación la puerta del armario, se mete en él-. Diablos, ¿dónde está esa maldita puerta?
-¡Ja, ja!- se ríe la mujer del panadero-¿Qué ocurrencias tiene, señor conde!
-Sabía que le divertiría- dice Drácula con una sonrisa forzada-, pero ahora déjeme pasar.
Por fin, abre la puerta, pero ya no le quedaba tiempo.
-¡Oh, mira, mamá!- dice el panadero-, el eclipse debe de haber terminado! Vuelve a salir el sol.
-Así es- dice Drácula cerrando de un portazo la puerta de entrada- He decidido quedarme. Cierren todas las persianas, rápido, ¡rápido! ¡No se queden ahí!
-¿Qué persianas?- preguntó el panadero.
-¿No hay? ¡lo que faltaba! ¡Qué para de...! ¿Tendrían al menos un sótano en este tugurio?
-No- contesta amablemente la esposa- Siempre le digo a Jarslov que construya uno, pero nunca me presta atención. Ese Jarslov...
-Me estoy ahogando. ¿Dónde está el armario?
-Ya nos ha hecho esa broma, señor conde. Ya nos ha hecho reír lo nuestro.
-¡Ay... qué ocurrencia tiene!
-Miren, estaré en el armario. Llámenme a las siete y media.
Y, con esas palabras, el conde entra al armario y cierra la puerta.
-¡Ja,ja...! ¡qué gracioso es, Jarslov!
-Señor conde, salga del armario. deje de hacer burradas.
Desde el interior del armario, llega la voz sorda de Drácula.
-No puedo... de verdad. Por favor, créanme. Tan solo permítanme quedarme aquí. Estoy muy bien. De verdad.
-Conde Drácula, basta de bromas. Ya no podemos más de tanto reírnos.
-Pero créanme, me encanta este armario.
-Sí, pero...
-Ya sé, ya sé... parece raro y sin embargo aquí estoy, encantado. El otro día precisamente le decía a la señora Hess, deme un buen armario y allí puedo quedarme durante horas. Una buena mujer, la señora Hess. Gorda, pero buena... Ahora, ¿por qué no hacen sus cosas y pasan a buscarme al anochecer? Oh, Ramona, la la la la, Ramona...
En aquel instante entran el alcalde y su mujer, Katia. Pasaban por allí y habían decidido hacer una visita a sus buenos amigo, el panadero y su mujer.
-¡Hola Jarslov! espero que Katia y yo no molestemos.
-Por supuesto que no, señor alcalde. Salga, conde Drácula.¡Tenemos visita!
-¿Está aquí el conde?- pregunta el alcalde, sorprendido.
-Sí, y nunca adivinaría dónde está- dice la mujer del panadero.
-¡Que raro es verlo a esta hora! De hacho no puedo recordar haberle visto ni una sola vez durante el día.
-Pues bien, aquí está. ¡Salga de ahí, conde Drácula!
-¿Dónde está?- pregunta Katia sin saber si reír o no.
-¡Salga de ahí ahora mismo! ¡Vamos!- La mujer del panadero se impacienta.
-Está en el armario- dice el panadero con cierta vergüenza.
-¿No me digas!- exclama el alcalde.
-¡Vamos!- dice el panadero con un falso buen humor mientras llama a la puerta del armario- Ya basta. Aquí está el alcalde.
-Salga de ahí conde Drácula- grita el alcalde- Tome un vaso de vino con nosotros.
-No, no cuenten conmigo. Tengo que despachar unos asuntos pendientes.
-¿En el armario?
-Sí, no quiero estropearles el día. Puedo oír lo que dicen: Estaré con ustedes en cuanto tenga algo que decir.
Se miran y se encogen de hombros. Sirven vino y beben.
-Qué bonito el eclipse de hoy- dice el alcalde tomando un buen trago.
-¿Verdad?- dice el panadero- Algo increíble.
-¡Díganmelo a mí! ¡Espeluznante!- dice una voz desde el armario.
-¿Qué, Drácula?
-Nada, nada. No tiene importancia.
Así pasa el tiempo hasta que el alcalde, que ya no puede soportar esa situación, abre la puerta del armario y grita:
-¡Vamos, Drácula! Siempre pensé que usted era una persona sensata. ¡Déjese de locuras!
Penetra la luz del día; el diabólico monstruo lanza un grito desgarrador y lentamente se disuelve hasta convertirse en un esqueleto y luego en polvo ante los ojos de las cuatro personas presentes. Inclinándose sobre el montón de ceniza blanca, la mujer del panadero pega un grito:
-¡Se ha fastidiado mi cena!.
En algún lugar de Transilvania yace Drácula, el monstruo, durmiendo en su ataúd y guardando a que caiga la noche. Como el contacto con los rayos solares le causaría la muerte con toda seguridad, permanece en la oscuridad en su caja forrada de raso que lleva iniciales escritas en plata. Luego, llega el momento de la oscuridad, y movido por instinto milagroso, el demonio emerge de la seguridad de su escondite y, asumiendo las formas espantosas de un murciélago o un lobo, recorre los alrededores y bebe la sangre de sus victimas. Por último, antes de que los rayos de su gran enemigo, el sol, anuncien el nuevo día, se apresura a regresar a la seguridad de su ataúd protector y se duerme mientras vuelve a comenzar el ciclo.
Ahora, empieza a moverse. El movimiento de sus cejas responde a un instinto milenario e inexplicable, es señal de que el sol está a punto de desaparecer y se acerca la hora. Esta noche, está especialmente sediento y, mientras allí descansa, ya despierto, con el smoking y la capa forrada de rojo confeccionada en Londres, esperando sentir con espectral exactitud el momento preciso en que la oscuridad es total antes de abrir la tapa y salir, decide quiénes serán las víctimas de esta velada. El panadero y su mujer, reflexiona. Suculentos, disponibles y nada suspicaces. El pensamiento de esa pareja despreocupada, cuya confianza ha cultivado con meticulosidad, excita su sed de sangre y apenas puede aguantar estos últimos segundos de inactividad antes de salir del ataúd y abalanzarse sobre sus presas.
De pronto, sabe que el sol se ha ido. Como un ángel del infierno, se levanta rápidamente, se metamorfosea en murciélago y vuela febrilmente a la casa de sus tentadoras víctimas.
-¿Vaya, conde Drácula, que agradable sorpresa!- dice la mujer del panadero al abrir la puerta para dejarlo pasar. (Asumida otra vez su forma humana. entra en la casa ocultando, con sonrisa encantadora, su rapaz objetivo.)
-¿Qué le trae por aquí tan temprano?- pregunta el panadero.
-Nuestro compromiso de cenar juntos- contesta el conde-. Espero no haber cometido un error. Era esta noche, ¿no?
-Sí, esta noche, pero aún faltan siete horas.
-¿Cómo dice?- inquiere Drácula echando una mirada sorprendida a la habitación.
-¿O es que ha venido a contemplar el eclipse con nosotros?
-¿Eclipse?
-Así es. Hoy tenemos un eclipse total.
-¿Qué dice?
-Dos minutos de oscuridad total a partir de las doce del mediodía.
-¡Vaya por Dios! ¡Qué lío!
-¿Qué pasa, señor conde?
-Perdóneme... debo...Debo irme...Hem...¡Oh, qué lío!...- y, con frenesí, se aferra al picaporte de la puerta.
-¿Ya se va? Si acaba de llegar.
-Sí, pero, creo que...
-Conde Drácula, está usted muy pálido.
-¿Sí? necesito un poco de aire fresco. Me alegro de haberlos visto...
-¡Vamos! Siéntese. Tomaremos un buen vaso de vino juntos.
-¿Un vaso de vino? Oh, no, hace tiempo que dejé la bebida, ya sabe, el hígado y todo eso. Debo irme ya. Acabo de acordarme que dejé encendidas las luces de mi castillo... Imagínese la cuenta que recibiría a fin de mes...
-Por favor- dice el panadero pasándole al conde un brazo por el hombro en señal de amistad- Usted no molesta. No sea tan amable. Ha llegado temprano, eso es todo.
-Créalo, me gustaría quedarme, pero hay una reunión de viejos condes rumanos al otro lado de la ciudad y me han encargado la comida.
-Siempre con prisas. Es un milagro que no haya tenido un infarto.
-Sí, tiene razón, pero ahora...
-Esta noche haré pilaf de pollo- comenta la mujer del panadero- Espero que le guste.
-¡Espléndido, espléndido!- dice el conde con una sonrisa empujando a la buena mujer sobre un montón de ropa sucia. Luego, abriendo por equivocación la puerta del armario, se mete en él-. Diablos, ¿dónde está esa maldita puerta?
-¡Ja, ja!- se ríe la mujer del panadero-¿Qué ocurrencias tiene, señor conde!
-Sabía que le divertiría- dice Drácula con una sonrisa forzada-, pero ahora déjeme pasar.
Por fin, abre la puerta, pero ya no le quedaba tiempo.
-¡Oh, mira, mamá!- dice el panadero-, el eclipse debe de haber terminado! Vuelve a salir el sol.
-Así es- dice Drácula cerrando de un portazo la puerta de entrada- He decidido quedarme. Cierren todas las persianas, rápido, ¡rápido! ¡No se queden ahí!
-¿Qué persianas?- preguntó el panadero.
-¿No hay? ¡lo que faltaba! ¡Qué para de...! ¿Tendrían al menos un sótano en este tugurio?
-No- contesta amablemente la esposa- Siempre le digo a Jarslov que construya uno, pero nunca me presta atención. Ese Jarslov...
-Me estoy ahogando. ¿Dónde está el armario?
-Ya nos ha hecho esa broma, señor conde. Ya nos ha hecho reír lo nuestro.
-¡Ay... qué ocurrencia tiene!
-Miren, estaré en el armario. Llámenme a las siete y media.
Y, con esas palabras, el conde entra al armario y cierra la puerta.
-¡Ja,ja...! ¡qué gracioso es, Jarslov!
-Señor conde, salga del armario. deje de hacer burradas.
Desde el interior del armario, llega la voz sorda de Drácula.
-No puedo... de verdad. Por favor, créanme. Tan solo permítanme quedarme aquí. Estoy muy bien. De verdad.
-Conde Drácula, basta de bromas. Ya no podemos más de tanto reírnos.
-Pero créanme, me encanta este armario.
-Sí, pero...
-Ya sé, ya sé... parece raro y sin embargo aquí estoy, encantado. El otro día precisamente le decía a la señora Hess, deme un buen armario y allí puedo quedarme durante horas. Una buena mujer, la señora Hess. Gorda, pero buena... Ahora, ¿por qué no hacen sus cosas y pasan a buscarme al anochecer? Oh, Ramona, la la la la, Ramona...
En aquel instante entran el alcalde y su mujer, Katia. Pasaban por allí y habían decidido hacer una visita a sus buenos amigo, el panadero y su mujer.
-¡Hola Jarslov! espero que Katia y yo no molestemos.
-Por supuesto que no, señor alcalde. Salga, conde Drácula.¡Tenemos visita!
-¿Está aquí el conde?- pregunta el alcalde, sorprendido.
-Sí, y nunca adivinaría dónde está- dice la mujer del panadero.
-¡Que raro es verlo a esta hora! De hacho no puedo recordar haberle visto ni una sola vez durante el día.
-Pues bien, aquí está. ¡Salga de ahí, conde Drácula!
-¿Dónde está?- pregunta Katia sin saber si reír o no.
-¡Salga de ahí ahora mismo! ¡Vamos!- La mujer del panadero se impacienta.
-Está en el armario- dice el panadero con cierta vergüenza.
-¿No me digas!- exclama el alcalde.
-¡Vamos!- dice el panadero con un falso buen humor mientras llama a la puerta del armario- Ya basta. Aquí está el alcalde.
-Salga de ahí conde Drácula- grita el alcalde- Tome un vaso de vino con nosotros.
-No, no cuenten conmigo. Tengo que despachar unos asuntos pendientes.
-¿En el armario?
-Sí, no quiero estropearles el día. Puedo oír lo que dicen: Estaré con ustedes en cuanto tenga algo que decir.
Se miran y se encogen de hombros. Sirven vino y beben.
-Qué bonito el eclipse de hoy- dice el alcalde tomando un buen trago.
-¿Verdad?- dice el panadero- Algo increíble.
-¡Díganmelo a mí! ¡Espeluznante!- dice una voz desde el armario.
-¿Qué, Drácula?
-Nada, nada. No tiene importancia.
Así pasa el tiempo hasta que el alcalde, que ya no puede soportar esa situación, abre la puerta del armario y grita:
-¡Vamos, Drácula! Siempre pensé que usted era una persona sensata. ¡Déjese de locuras!
Penetra la luz del día; el diabólico monstruo lanza un grito desgarrador y lentamente se disuelve hasta convertirse en un esqueleto y luego en polvo ante los ojos de las cuatro personas presentes. Inclinándose sobre el montón de ceniza blanca, la mujer del panadero pega un grito:
-¡Se ha fastidiado mi cena!.
(1988) Woody Allen, "Cuentos sin plumas"
Slawomir Mrozeck
Drácula
Cuando, tras años de destierro, el príncipe Drácula regresó a su castillo, las gentes de la comarca lo recibieron con pan y sal, y las campanas de las iglesias tañeron agradecidas, aunque al príncipe no le agradaban ni las iglesias ni las campanas. Este cruel soberano, vampiro sanguinario de los Cárpatos, , fue antaño odiado por sus súbditos, quienes llegaron a añorarlo una vez reemplazado por la autoridad comunista. Finalmente, ésta cayó y Drácula regresó a sus dominios.
Terminada la fiesta de bienvenida, anocheció. Una tras otra se extinguían las lucecitas de las cabañas bajo el castillo. Pero en éste reinaba un continuo movimiento y llegaban de él extraños ruidos.
Continuó así hasta la aurora, cuando los pastorcillos que sacaban al campo su ganado, vieron al príncipe huyendo del castillo. Salió escopeteado, ladera abajo y desapareció tras el horizonte emitiendo gritos de terror. En cambio, en los muros del castillo apareció el fantasma de Ceausescu, el último primer secretario del Partido Comunista de Rumanía.
Ahora la única esperanza está en los turistas extranjeros, y es que alguien tendrá que tomar el poder.
Drácula
Cuando, tras años de destierro, el príncipe Drácula regresó a su castillo, las gentes de la comarca lo recibieron con pan y sal, y las campanas de las iglesias tañeron agradecidas, aunque al príncipe no le agradaban ni las iglesias ni las campanas. Este cruel soberano, vampiro sanguinario de los Cárpatos, , fue antaño odiado por sus súbditos, quienes llegaron a añorarlo una vez reemplazado por la autoridad comunista. Finalmente, ésta cayó y Drácula regresó a sus dominios.
Terminada la fiesta de bienvenida, anocheció. Una tras otra se extinguían las lucecitas de las cabañas bajo el castillo. Pero en éste reinaba un continuo movimiento y llegaban de él extraños ruidos.
Continuó así hasta la aurora, cuando los pastorcillos que sacaban al campo su ganado, vieron al príncipe huyendo del castillo. Salió escopeteado, ladera abajo y desapareció tras el horizonte emitiendo gritos de terror. En cambio, en los muros del castillo apareció el fantasma de Ceausescu, el último primer secretario del Partido Comunista de Rumanía.
Ahora la única esperanza está en los turistas extranjeros, y es que alguien tendrá que tomar el poder.

Allan Moore y Eddie Campbell
From Hell
Planeta DeAgostini
(1.998)
"FROM HELL es la obra maestra de Allan Moore, considerado como el mejor escritor de cómics de la historia y de Eddie Campbell, el dibujante perfecto para esta obra, en la que se puede asistir a la representación definitiva del mito de Jack el Destripador así como una disección sin piedad de la sociedad victoriana. Y ahora, en la gran pantalla, de la mano de los hermanos Hughes".
Editorial
y
Keith Skinner
La herencia de Jack el Destripador
Círculo de Lectores
(1.987)
Estamos Ante un texto fundamental, un primer peldaño para alcanzar a comprender y quizás desvelar la identidad del asesino de Whitechapel. La Herencia de Jack el Destripador aparece como una obra que, en primer lugar, intenta descubrir la identidad de Jack el Destripador, el mítico artífice del asesinato de siete mujeres durante cuatro meses en 1888 y, además, ofrece una rigurosa revisión de los materiales empleados para señalar a Montague Druit, un personaje singular: abogado frustrado, perteneciente a una familia de cirujanos, desequilibrado mental, ligado a los círculos homosexuales aristocráticos, destacando entre ellos el del propio Víctor Alberto, Duque de Clarence y Montbey, cuya figura suscitaría una nueva tesis ligada con un ínclito doctor y que, como verenos a poco tardar, evocó la denominada Tesis Real, la cual ha merecido películas y seriales televisivos diversos.
HUESOS DE LUCIÉRNAGA
Eddie (J. Bermúdez)
Lo poético es el hueso, materia que premanece.
Lo poético es la luciérnaga, fulgor efímero.
Y lo poético por imposible es reunir ambos objetos en una misma imagen: huesos de luciérnaga.
Porque lo que es imposible en eso que se ha dado en llamar ‘el mundo real’, es perfectamente válido en la lógica sintáctica del lenguaje y, sobre todo, en esa lógica poética que tiene sus propias leyes. Leyes que sólo pueden ser acatadas y comprendidas por quienes moldean sueños, recortan fragmentos de lenguaje, combinan, asocian, dicen y contradicen, y hasta maldicen.
Todas estas cosas acontecen en ese espacio poético donde siempre se anda a tientas, para dejar que se enciendan chispas de revelación que los sentidos y la intuición descubren antes de que el pensamiento analice.
Desde el título, los poemas de Eddie nos dan una clave de interpretación: luces fugaces, que van marcando un itinerario al lector y lo guían en esa constelación de luciérnagas que son palabras, sílabas, voces, susurros, frases, gritos, en busca del Poema desde el poema mismo.
Eddie nos propone un recorrido que abarca tres momentos: Huesos de luciérnaga, La Poema y Lo Lumbre. Del primero paracen abrirse los otros a modo de dos caminos: los huesos hacia la poema; las luciérnagas hacia lo lumbre. La atribución genérica del artículo rompe con la morfología establecida y le da a los términos poema y lumbre un fulgor insólito que los rodea de una extraña atmósfera: la (el) poema; lo (la) lumbre.
Hay, en principio, un despertar, pero no hacia la luz, sino a la incertidumbre del acto de nombrar. Porque la poesía es un puente que se tiende entre la noche, el sueño y el ser palabra, palabra cargada de nada y de silencio. Son la nada y el silencio iniciales, que imponen una negación manifestada en el lenguaje y en el flujo de imágenes que éste crea:
gestos, acordes necios
recuerdos de un poblado
sin habitantes
[...]
me dejo a los gestos,
me abandono a la no escritura
sin más,
a una noche sin retorno
La escritura busca las palabras del poema y encuentra sílabas, susurros, silencio. Intenta un asidero en la realidad, pero ésta escapa a todo signo que la sitúe en otro orden, porque el lenguaje es un sistema simbólico distinto de la realidad: las palabras sólo definen palabras, no objetos, y el lenguaje circula entre el deseo de nombrar y la incertidumbre de la negación.
Los microelementos que constituyen el lenguaje se mueven en los poemas de Eddie como seres diminutos, luciérnagas, libélulas, formando enjambres que llegan hasta los límites y se detienen ante el silencio para volver a deambular por el interior del espacio poético.
Pero también hay un mundo oculto, no el misterio que buscamos tras las apariencias de lo real (que también), sino lo que está enterrado, los muertos, las ratas, los desechos urbanos y humanos. Elementos entrañados que, desde su latencia, van generando un impulso que, de pronto, los expulsa con violencia: vómito que es palabra, o menos, grito, sílaba, voz desarticulada en tránsito hacia el poema.
El poemario está traspasado por un estremecimiento, una agitación proveniente de la rebeldía ante el lenguaje convencional de palabras gastadas, que parecen no querer vaciarse para dejarse penetrar de significados nuevos. Esto supone, por parte del poeta, una relación agónica con el lenguaje, y en muchos momentos sentimos los estertores de esa agonía en palabras rotas, versos anhelantes, ritmos entrecortados, en un choque íntimo de sentidos. Pero el afán creador se impone y, en medio de la lucha, reflejo de la vida misma, en medio del dolor o de la rabia por lo que es como es en el mundo y en los seres humanos, por lo que es imposible cambiar, está la Poesía. Y el Poema que dice es siempre un acto de valentía, de redención y de esperanza.
Eddie es poeta que dice. Su poesía es la expresión de una búsqueda y, sobre todo, de un talento y de un compromiso. Una entrega total:
no vale
ser a medias
si no ser que anuda
una piel anaranjada por el sol
no es lícito
no ser más que quejido
y, si hay que serlo, ya puestos,
seamos grito
Lo poético es el hueso, materia que premanece.
Lo poético es la luciérnaga, fulgor efímero.
Y lo poético por imposible es reunir ambos objetos en una misma imagen: huesos de luciérnaga.
Porque lo que es imposible en eso que se ha dado en llamar ‘el mundo real’, es perfectamente válido en la lógica sintáctica del lenguaje y, sobre todo, en esa lógica poética que tiene sus propias leyes. Leyes que sólo pueden ser acatadas y comprendidas por quienes moldean sueños, recortan fragmentos de lenguaje, combinan, asocian, dicen y contradicen, y hasta maldicen.
Todas estas cosas acontecen en ese espacio poético donde siempre se anda a tientas, para dejar que se enciendan chispas de revelación que los sentidos y la intuición descubren antes de que el pensamiento analice.
Desde el título, los poemas de Eddie nos dan una clave de interpretación: luces fugaces, que van marcando un itinerario al lector y lo guían en esa constelación de luciérnagas que son palabras, sílabas, voces, susurros, frases, gritos, en busca del Poema desde el poema mismo.
Eddie nos propone un recorrido que abarca tres momentos: Huesos de luciérnaga, La Poema y Lo Lumbre. Del primero paracen abrirse los otros a modo de dos caminos: los huesos hacia la poema; las luciérnagas hacia lo lumbre. La atribución genérica del artículo rompe con la morfología establecida y le da a los términos poema y lumbre un fulgor insólito que los rodea de una extraña atmósfera: la (el) poema; lo (la) lumbre.
Hay, en principio, un despertar, pero no hacia la luz, sino a la incertidumbre del acto de nombrar. Porque la poesía es un puente que se tiende entre la noche, el sueño y el ser palabra, palabra cargada de nada y de silencio. Son la nada y el silencio iniciales, que imponen una negación manifestada en el lenguaje y en el flujo de imágenes que éste crea:
gestos, acordes necios
recuerdos de un poblado
sin habitantes
[...]
me dejo a los gestos,
me abandono a la no escritura
sin más,
a una noche sin retorno
La escritura busca las palabras del poema y encuentra sílabas, susurros, silencio. Intenta un asidero en la realidad, pero ésta escapa a todo signo que la sitúe en otro orden, porque el lenguaje es un sistema simbólico distinto de la realidad: las palabras sólo definen palabras, no objetos, y el lenguaje circula entre el deseo de nombrar y la incertidumbre de la negación.
Los microelementos que constituyen el lenguaje se mueven en los poemas de Eddie como seres diminutos, luciérnagas, libélulas, formando enjambres que llegan hasta los límites y se detienen ante el silencio para volver a deambular por el interior del espacio poético.
Pero también hay un mundo oculto, no el misterio que buscamos tras las apariencias de lo real (que también), sino lo que está enterrado, los muertos, las ratas, los desechos urbanos y humanos. Elementos entrañados que, desde su latencia, van generando un impulso que, de pronto, los expulsa con violencia: vómito que es palabra, o menos, grito, sílaba, voz desarticulada en tránsito hacia el poema.
El poemario está traspasado por un estremecimiento, una agitación proveniente de la rebeldía ante el lenguaje convencional de palabras gastadas, que parecen no querer vaciarse para dejarse penetrar de significados nuevos. Esto supone, por parte del poeta, una relación agónica con el lenguaje, y en muchos momentos sentimos los estertores de esa agonía en palabras rotas, versos anhelantes, ritmos entrecortados, en un choque íntimo de sentidos. Pero el afán creador se impone y, en medio de la lucha, reflejo de la vida misma, en medio del dolor o de la rabia por lo que es como es en el mundo y en los seres humanos, por lo que es imposible cambiar, está la Poesía. Y el Poema que dice es siempre un acto de valentía, de redención y de esperanza.
Eddie es poeta que dice. Su poesía es la expresión de una búsqueda y, sobre todo, de un talento y de un compromiso. Una entrega total:
no vale
ser a medias
si no ser que anuda
una piel anaranjada por el sol
no es lícito
no ser más que quejido
y, si hay que serlo, ya puestos,
seamos grito
Teresa Martin Taffarel
Presentación de la Biblioteca CyH
FNAC de Zaragoza
Martes, 18 de abril
A las 19.30 horas
Entre las novedades de la editorial se presentarán los tomos que integran la Antología de la Poesía Visual, El largo viaje al interior de O’ Neill, de Carmen Hernández Bastos y La memoria del laberinto, de Iván Humanes Bespín.
Contará con la presencia y la presentación de Ana María Navales, Rosendo Tello, y el editor Víctor Pozanco.
FNAC de Zaragoza
Martes, 18 de abril
A las 19.30 horas
Entre las novedades de la editorial se presentarán los tomos que integran la Antología de la Poesía Visual, El largo viaje al interior de O’ Neill, de Carmen Hernández Bastos y La memoria del laberinto, de Iván Humanes Bespín.
Contará con la presencia y la presentación de Ana María Navales, Rosendo Tello, y el editor Víctor Pozanco.
11 de Agosto de 1.8...
Acababa de acostarme cuando oí ladrar a los perros en el exterior. Poco después, el viento trajo hasta mi ventana sus gemidos lastimeros. Me asusté, preguntándome qué les habría sucedido. Nada se oía en la casa, excepto el crujir de la madera y la voz de la piedra, esos sonidos que ocupan indefectiblemente las grandes casas solitarias y que cobran ominosa vida en la noche. De súbito, fui más consciente que nunca de que no había ningún hombre en la casa. Encendí una vela y aterrada me senté en la cama, con la espalda pegada al alto cabezal y la boca seca. Comencé a tener dificultad para respirar y el pulso se me aceleró. Recuerdo que entonces recé pero, aunque estaba asustada, comencé a sentir una creciente laxitud por todo el cuerpo. La luz de las velas arrojaban sombras vacilantes en el dormitorio y junto a ellas, mi alma parecía ir cayendo plácidamente en una especie de ensoñación involuntaria. Por un momento hubiera querido levantarme y gritar, pero mi cuerpo no me obedeció y de mi garganta no brotó el menor sonido. Una fuerza indescriptible me mantenía clavada donde estaba, in manus de una indomeñable fascinación, detrás de la cual presentía el influjo de algo anormal e inenarrable. En medio de mi turbación, escuché una vez más los gemidos de los animales y experimenté, con una emoción rayana al paroxismo del horror y por enésima vez, la sensación de aprensión de las noches de mi infancia, con su angustiosa expectación y su pesadilla. Me preguntaba porqué era incapaz de pronunciar una sola palabra o de moverme, a despecho de mi vana lucha interior. Aguardaba, aguardaba,... ¿A qué?. La respuesta era archiconocida, si bien en todo momento trataba de mantenerla apartada de mi conciencia. Creo recordar que, poco después, entró por la ventana un olor penetrante y nauseabundo, acre, fétido, como de materia indeterminada en estado de putrefacción, que se me metió hasta la garganta y a punto estuvo de provocarme el desmayo. No adivinaba a determinar el origen de aquel miasma, que experimentaba por primera vez en mi vida. Nunca antes había percibido nada semejante y las angustiosas sensaciones que me invadieron en aquellos momentos fueron indecibles, atenazada por la desesperación y la náusea. Después hubo un lapsus en que quedé como inconsciente y cuando me repuse ligeramente, me sentía totalmente abatida e incapaz de pensar. Seguidamente, los hechos tomaron otro curso pues, sin saber cómo, me encontré de pie junto a la cama. Me puse la bata de una manera maquinal y, como movida por un resorte, me acerqué a la ventana. Ya no se oía a los perros, pero el aullido de los lobos llegaba nítido desde las nevadas cumbres. Después fue todo silencio, un reinante silencio sobrecogedor y pude ver a las bestias yacer, como dormidas, sobre el césped del jardín.
Lo que seguidamente sucedió fue tan extraordinario que no puedo dar crédito a lo que vieron mis ojos. ¿O fue acaso una alucinación, un sueño tal vez?. Sufrí una gran turbación y debí entrar en un estado de alucinosis, pues lo veía todo como en un sueño: los picos cercanos, la bruma galopante, la sombría mole del castillo moldavo, oscilaban ante mí como las imágenes de un sueño, etéreas e irreales, pero con una extraña substancia propia. La noche era profunda y amenazadora. Tan vaga era cada impresión, que ahora no me atrevería a afirmar que realmente no estuve soñando. El plenilunio refulgía leve en el cielo, como un pálido zafiro. Y, más allá, el páramo se remontaba en lontananza, hundiéndose en el frío y metálico caos del horizonte. Un animal, de laya ancestral parecía susurrarme Hypnos, aulló en aquel abismo de sombras inquietantes y entonces pude verle, aunque no le vi llegar. La sombra avanzó lentamente, deteniéndose a pocos metros bajo la ventana. En un principio apenas le distinguí, pues su perfil era incierto, frágil a mis ojos como un fantasma, pero después pude ver que aquella presencia de forma humana, vestía una manto talar o alguna prenda semejante. Tampoco pude distinguir nada que se pareciese a un rostro humano, tan tenue era la figura y tan densa la niebla que le envolvía. Sin embargo, cuando se acercó más, surgiendo completamente de la blanca veste envolvente, pude ver con claridad un anciano caballero, de porte altivo, alto y de facciones severas, casi feroces, de terribles ojos llameantes. Era él, una vez más, que había atravesado la barrera del tiempo y del espacio para visitarme nuevamente y traerme el aciago don del miedo, el Señor de las Pesadillas. Había oído su voz días antes, surgiendo de espacios indescifrables, llamándome con insistencia. Antaño, muchos años ha, cierto día se marchó, sin razón ni previo aviso, pero había vuelto como el amo que reclama su propiedad. Recuerdo que, de niña, estando ya muy enferma de aquella anemia misteriosa cuyo origen el médico no llegaba a determinar, la vieja ama de llaves adornó la habitación con flores blancas y olorosas. Desde entonces, mis noches estuvieron libres de su presencia, de pesadillas; ya no me volvió a visitar. Mas había regresado, aunque viejo, muy viejo, casi hasta la descomposición.
De súbito, paradójicamente, me fue invadiendo como otrora una paz profunda, substancial, y sentí deseos de que aquel ser se acercase. Unas sombras, cuatro o cinco, se movieron a su alrededor, de ojos brillantes y sesgados y fauces lupinas; los enemigos del hombre, el máximo exponente del mal entre los depredadores, hermanos de brujas y hechiceros, caminaban en la noche con su amo, el señor de las bestias, de las pesadillas, de los terrores atávicos y de la muerte. No tuve miedo, aunque había un sesgo patente macabro, que no era normal, en su presencia, que yo conocía demasiado bien y que no podía definir. Entonces, su voz extraordinaria, muy difícil de describir, que parecía venir de lejos, llegó hasta mí. Dijo:
Lo que seguidamente sucedió fue tan extraordinario que no puedo dar crédito a lo que vieron mis ojos. ¿O fue acaso una alucinación, un sueño tal vez?. Sufrí una gran turbación y debí entrar en un estado de alucinosis, pues lo veía todo como en un sueño: los picos cercanos, la bruma galopante, la sombría mole del castillo moldavo, oscilaban ante mí como las imágenes de un sueño, etéreas e irreales, pero con una extraña substancia propia. La noche era profunda y amenazadora. Tan vaga era cada impresión, que ahora no me atrevería a afirmar que realmente no estuve soñando. El plenilunio refulgía leve en el cielo, como un pálido zafiro. Y, más allá, el páramo se remontaba en lontananza, hundiéndose en el frío y metálico caos del horizonte. Un animal, de laya ancestral parecía susurrarme Hypnos, aulló en aquel abismo de sombras inquietantes y entonces pude verle, aunque no le vi llegar. La sombra avanzó lentamente, deteniéndose a pocos metros bajo la ventana. En un principio apenas le distinguí, pues su perfil era incierto, frágil a mis ojos como un fantasma, pero después pude ver que aquella presencia de forma humana, vestía una manto talar o alguna prenda semejante. Tampoco pude distinguir nada que se pareciese a un rostro humano, tan tenue era la figura y tan densa la niebla que le envolvía. Sin embargo, cuando se acercó más, surgiendo completamente de la blanca veste envolvente, pude ver con claridad un anciano caballero, de porte altivo, alto y de facciones severas, casi feroces, de terribles ojos llameantes. Era él, una vez más, que había atravesado la barrera del tiempo y del espacio para visitarme nuevamente y traerme el aciago don del miedo, el Señor de las Pesadillas. Había oído su voz días antes, surgiendo de espacios indescifrables, llamándome con insistencia. Antaño, muchos años ha, cierto día se marchó, sin razón ni previo aviso, pero había vuelto como el amo que reclama su propiedad. Recuerdo que, de niña, estando ya muy enferma de aquella anemia misteriosa cuyo origen el médico no llegaba a determinar, la vieja ama de llaves adornó la habitación con flores blancas y olorosas. Desde entonces, mis noches estuvieron libres de su presencia, de pesadillas; ya no me volvió a visitar. Mas había regresado, aunque viejo, muy viejo, casi hasta la descomposición.
De súbito, paradójicamente, me fue invadiendo como otrora una paz profunda, substancial, y sentí deseos de que aquel ser se acercase. Unas sombras, cuatro o cinco, se movieron a su alrededor, de ojos brillantes y sesgados y fauces lupinas; los enemigos del hombre, el máximo exponente del mal entre los depredadores, hermanos de brujas y hechiceros, caminaban en la noche con su amo, el señor de las bestias, de las pesadillas, de los terrores atávicos y de la muerte. No tuve miedo, aunque había un sesgo patente macabro, que no era normal, en su presencia, que yo conocía demasiado bien y que no podía definir. Entonces, su voz extraordinaria, muy difícil de describir, que parecía venir de lejos, llegó hasta mí. Dijo:
-Fenecí sin los auxilios de la religión, lejos de mi patria y de los seres amados. Me dio muerte la traición en un país extranjero, donde martiricé y maté a muchos hombres en nombre de Cristo. Me cortaron la cabeza y fui enterrado sin ningún honor en una oscura abadía, yo que lavé el honor de mi patria y de mi rey. Te ruego que acojas mi ánima, pues solamente un alma bondadosa puede ayudarme a obtener el solaz que el vil final no me dispensó. ¡Dame paso, pues me urge entrar!.
Poco recuerdo de lo que sucedió a partir de ese momento, pero tuve la impresión de encontrarme nuevamente en la cama, presa de una gran debilidad. Antes de perder completamente el sentido, oí nuevamente aquella voz:
-Serás una oveja de mi redil, destacada entre las de mi congregación, y aprenderás a vivir alejada de las veleidades del mundo. Ahora gobierno sobre ti y, en lo sucesivo, harás cuanto te ordene.
Poco recuerdo de lo que sucedió a partir de ese momento, pero tuve la impresión de encontrarme nuevamente en la cama, presa de una gran debilidad. Antes de perder completamente el sentido, oí nuevamente aquella voz:
-Serás una oveja de mi redil, destacada entre las de mi congregación, y aprenderás a vivir alejada de las veleidades del mundo. Ahora gobierno sobre ti y, en lo sucesivo, harás cuanto te ordene.
DIARIO DE HELLEN BROADHURST CONTINUACION
10 de Agosto de 1.8...
10 de Agosto de 1.8...
Las desdichas, como dijo alguien, no vienen solas. A mi soledad se ha unido nuevamente la presencia del horror. El ha vuelto. Ahora sé que le conozco, que siempre le he conocido y la incertidumbre ha dado paso al más terrible vórtice del horror. Sí, no me cabe la menor duda: la primera vez que le vi, siendo una niña muy pequeña, creí morirme miedo. Y, no obstante, inclusive en aquellos tiempos lejanos, su rostro me resultaba familiar. ¿Dónde había visto antes una faz semejante?, me preguntaba ya por aquél entonces, pues tenía una angustiante certeza de que su cara me era conocida. Pensé, en un principio, que eran las facciones del señor Black, el monstruo de todos los niños del pueblo quien, en vida, había asesinado a su esposa y a sus dos hijas. Volvía por las noches para llevarse a los niños desobedientes y despellejarlos, como había hecho con los suyos propios. Sí, eso decían las personas mayores y, por tanto, debía ser cierto. Durante el día se ocultaba en el armario y, al llegar la noche, cuando mi madre apagaba la luz y cerraba la puerta del dormitorio, salía de la tiniebla del armario, más densa que la de la habitación y se dejaba ver con todo su terrible aspecto. Mi padre decía que no debía dejar la luz encendida, pues la oscuridad era la forma más adecuada de mantener a raya esos miedos infantiles. Así, con el tiempo, se irían. Creo que eso fue realmente lo que sucedió, pero mientras tanto yo tenía que enfrentarme cada noche a aquellos oscuros temores. Cada noche, cuando los pasos de mi madre se perdían en el piso inferior, la puerta del armario se entreabría un poco (esto lo puedo afirmar en base al leve ruido que llegaba hasta mis atribulados oídos infantiles, pues en aquellos instantes todavía no era capaz de discernir nada) y yo podía ver el rostro pálido y la expresión de los ojos del señor Black. ¡Cuanta maldad había en su mirada ardiente!. He de constatar que más que ver con mis propios ojos, lo hacía, digámoslo así, con los de la mente, al igual que el hecho de escuchar sus voz. No obstante, tampoco puedo afirmar esto último, todo era tan confuso y angustioso que no podría aseverar nada en un sentido o en otro. Tal vez participara en mi percepción uno de esos extraños fenómenos que algunos científicos comienzan a estudiar en nuestros días y que se rotulan bajo el nombre de percepción extrasensorial. No lo sé, si bien lo que ha dejado en mí una huella indeleble ha sido su voz, su rostro, su maldad y la presencia del terror, el terror en estado puro.
¿Qué había en sus facciones para que me resultase tan repelente?. Sin lugar a dudas era el mal, esas maldad primigenia, a la cual ningún humano puede substraerse sin palidecer, esa oscura realidad que llevamos dentro desde que el primer hombre holló con su planta el mundo. Su voz, la voz de Black el asesino, no era natural, pero dominaba, rasgando el alma como un puñal y jugando con ella a su capricho. Sus dedos, largos y sensuales, coronados por largas uñas de fiera, apretaban cada noche mi garganta, casi hasta la asfixia, pero sin que esto sucediese jamás. Yo notaba que algo raro pasaba, como si se me fuera la vida, como si cada hálito de mi existencia me fuese sustraída, pasando a su cuerpo fantasmal por mediación de sus dedos. Después, noche tras noche, oprimía su boca contra mi cuello y aquello era lo peor porque, como cada crepúsculo, creía que había llegado mi fin. Yo retenía el aliento, transida por el espanto, durante lo que parecía ser una eternidad, sin fuerzas ni voluntad para oponerme. -Yo soy el Señor de las Pesadillas -había dicho él.
Y desde entonces supe que tenía un dueño.
Ahora, aquí, en este paraje inhóspito, lejos de la civilización, se han reavivado mis antiguos terrores. A los fantasmas del pasado, esos que nunca dejan de acecharnos, se ha unido en mí la soledad, el más profundo sentimiento de abandono. Me encuentro terriblemente sola, desvalida y también asustada, aunque visto objetivamente, apelando a la fuerza de la razón, no hay ningún motivo por el cual yo deba sentir miedo. Tania es una mujer amable pero, por razones obvias, no puedo compartir con ella mis desdichas. Y si así fuera, no obtendría la solución deseaba. Aunque es una nativa y cree a pies juntillas las tradiciones locales y no me tomaría por loca por dicho motivo, el comunicarle mi angustia la asustaría muy posiblemente y no resulta conveniente perder un servicio tan diligente como el que disponemos. Además, tampoco deben hacerse confidencias a los criados. A ello debo añadir que por mi carácter, desde la infancia tímido e introvertido, no me atrevo a entorpecer las investigaciones del más voluntarioso de los profesores, ni tampoco debo representar un obstáculo para su carrera. Si al menos pudiese ayudarle en sus estudios, me sentiría útil y un tanto aliviada. Si pudiera acompañarle en sus trabajos de campo, se paliaría mi soledad y recobraría el humor pero, a este respecto, únicamente me queda el recurso de darle ánimos y ser solaz para sus fatigas, dado que es ese mi deber como esposa y, por lo demás, nunca podré estar a su altura. En ocasiones pienso que el único beneficio que obtuvo Shepherd de nuestro matrimonio fue ensanchar sus ya de por sí repletas arcas, aparte de mitigar esa vaga pasión primigenia que parece ser tan perentoria para el común de los hombres. Dicen que su satisfacción les proporciona cierto equilibrio... Ni siquiera le he dado un hijo, pero esto parece no importarle, pues nunca menciona el asunto. Tal vez no lo haga porque sea para él doloroso. No lo sé. El está demasiado ocupado para reprocharme nada. De lo contrario, me rompería el corazón... ¡Que tonta soy, no puedo reprimir las lágrimas!. Pero debo apartar de mi cabeza estos asuntos; de poco vale conturbarse por posibilidades o preteribles. Dejemos que la vida siga su curso y ya veremos.
El día ha transcurrido como tantos otros, sin pena ni gloria. Cuando, ya de noche, me disponía a subir a mi habitación, el portón principal chirrió sobre sus goznes y oí a Tania hablar en dialecto con alguien. Después la puerta se cerró y la sirvienta subió al dormitorio. Me entregó un billete del doctor von Ashaer, dirigido a mi esposo. Se lo daré cuando regrese. ¿Cómo estará?. ¿Le habrá sucedido algún percance?. He de confiar en que todo haya transcurrido sin inconvenientes. Mi esposo es una buena persona pero, a menos que se produzcan cambios extraordinarios, morirá siendo un excéntrico, rodeado de montones de libros y apartado de la sociedad. Es un profesor destacado de Oxford y, en la edad provecta y sin lugar a dudas, llegará a engrosar la lista de los eméritos. Es uno de esos personajes singulares, uno de esos sabios egoístas para los cuales no hay otra cosa en el mundo que su biblioteca, su laboratorio y sus clases. No me atrevería a afirmar que descuida sus obligaciones maritales, pero sí que las reduce a casi un mínimo... ¡En ocasiones, como desearía ser uno de esos animaluchos para disfrutar de su compañía!. Supongo que los sabios son así y que sus esposas son infelices. Y, no obstante, viéndolo, ninguno sospecharía que es un hombre de ciencia, porque su porte es el del aventurero antes que el del pensador. Es un hombre alto, de complexión atlética, con una salud de hierro y gran impetuosidad. Su fino bigote le da un aire sumamente atractivo, del cual pienso que no es plenamente consciente, y su fisonomía, en general, es más mediterránea que anglosajona. Tal es el personaje que amo y admiro, tan profunda e intensamente. Sus ojos azules, bajo el espeso cabello negro, miran con densidad y de un modo soñador. Me esfuerzo en hacerle feliz, aunque mis empeños no despierten más su interés que el vuelo, la fisiología o los insoportables chirridos de sus horribles bestiezuelas -sujetos experimentales se denominan en el argot técnico... ¡Dios mío, que vuelva sano y salvo!... Que débil soy, he vuelto a llorar.
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Salvador Alario Bataller
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